TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 17. Am Monadh
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Capítulo 17. Am Monadh

En Am Monadh no había nada, y Marsaili había aprendido de niña que la nada es lo que más mata.

Ni un árbol. Ni una piedra más alta que una oveja.

Solo el páramo, blanco y ondulado hasta donde llegaba la vista, con el cielo apoyado encima como una tapa de olla y un viento del norte que no paraba nunca, que no subía ni bajaba, que soplaba con la constancia de un viejo que ha decidido no callarse.

Se te metía por las costuras. Te hablaba en los oídos.

Llevaban todo el día andando. Ella delante, con una de las terneras del ronzal y un saco de turba seca a la espalda. Él detrás, con la otra ternera y la espada de piedras al cinto, que había vuelto a ser suya y que se tocaba de vez en cuando para asegurarse.

La ternera de él no quería andar.

—Esta ternera no me respeta —dijo hacia media tarde.

—Es de tu casa. Te conoce.

—En mi casa me respetan.

—Te cortan la carne.

Él no contestó. Tiró del ronzal. La ternera clavó las patas en la nieve y lo miró con la indiferencia infinita de su especie.

Marsaili se volvió y silbó entre dientes, bajo, el silbido de arrear. La ternera echó a andar al trote hasta ponerse a su lado y le metió el morro en la mano.

—Eso es trampa —dijo él.

—Eso es oficio.

Lo había dicho riéndose, y la risa se le apagó enseguida, sin saber por qué.

O sabiéndolo. Desde la majada no se había atrevido a mirarlo más de tres latidos seguidos.

Cada vez que lo hacía se le iba la vista a la boca, y de la boca a las manos, y de las manos a la noche del fuego, a una sala ardiendo y a un cuchillo de mango de hueso que ahora le pesaba en el cinto como una piedra de molino.

Él no sabía lo del cuchillo. Ella había besado a un hombre que había jurado colgarla, y él no lo sabía.

Mejor no mirarlo.

• • •

El viento cayó con la luz. Eso fue lo primero que no le gustó.

Lo segundo fue la ternera de él, que se paró en seco, levantó la cabeza y empezó a temblar.

Marsaili se quedó inmóvil. Escuchó. En el silencio nuevo, sin viento, se oía la nieve crujir bajo su propio peso. Y algo más. Lejos. A la izquierda.

Un aullido. Corto. Y otro que le contestaba, a la derecha.

—Lobos —dijo él.

—Ya.

—¿Cuántos?

—Más de dos.

Miró alrededor. A cien pasos, a la derecha, había una roca grande, la única del páramo, un lomo de granito negro que asomaba de la nieve como el lomo de una ballena. Era poco. Era lo que había.

—A la roca. Las terneras delante. Corre.

Corrieron. Las terneras no necesitaron que nadie las arrease; corrieron solas, con los ojos en blanco, y se apretaron contra la piedra con el culo hacia fuera.

Marsaili se arrancó el saco de la espalda, sacó a puñados la turba seca, el brezo del fondo, la bolsa del pedernal. Le temblaban los dedos. Los odió.

Él se puso delante, de cara al páramo, con la espada desnuda.

—Date prisa.

—Me la estoy dando.

—Date más.

Chispa. Nada. Chispa. El brezo humeó. Sopló. Sopló otra vez, con la cara casi dentro del montón, y la llama asomó, pequeña, amarilla, tímida, como un niño que se asoma a una puerta.

Cuando levantó la cabeza, los lobos estaban allí.

Grises. Cinco, seis. Era difícil contarlos en la penumbra azul, porque se movían, porque no dejaban de moverse, en un círculo amplio y lento alrededor de la roca, con las cabezas bajas y las colas también.

Uno más grande que los otros se sentó sobre las patas traseras y los miró, nada más. Como mira un tratante.

—No vienen por nosotros —dijo ella—. Vienen por las terneras.

—¿Y eso me tiene que consolar?

—Un poco.

Le dio un tizón. Él lo cogió con la izquierda sin apartar la vista del círculo. Ella desenvainó a Mordaz y se puso de espaldas a él, de cara al otro lado, con la roca a un costado y las terneras temblando en medio.

Notaba su espalda contra la suya. Ancha, caliente, dura. Como en la majada. Igual y nada igual.

—Cuando vengan —dijo él—, vendrán a la vez.

—Cuando vengan, gritas.

—Yo no grito.

—Pues hoy aprendes.

Vinieron a la vez.

• • •

Fue rápido. Fue sucio, y ruidoso, y Marsaili no se acordaría luego de la mitad.

Gruñidos. Nieve levantada. El olor a pelo chamuscado cuando el tizón de él se le hundió en el hocico a uno.

Ella le dio a otro en el lomo con la hoja plana de Mordaz, de lado, y el lobo se fue gimiendo.

Una ternera berreó. Un lobo pequeño se le coló por debajo del brazo hacia la ternera de ella, y Marsaili lo agarró del pellejo del cuello con la mano izquierda, sin pensar, y lo echó hacia atrás de un tirón.

El lobo se revolvió y le pasó las uñas por el dorso de la mano, cuatro rayas calientes, antes de soltarse y huir.

Y entonces lo oyó gritar.

No un grito. Un gruñido de hombre, ronco, de dolor y de rabia. Se volvió.

El grande. El que se había sentado a mirarlos.

Le había saltado al brazo de la espada y le tenía el antebrazo derecho entre los dientes, por encima de la muñeca, colgado de él con todo su peso, sacudiendo la cabeza.

Él no podía levantar la espada. Le daba con el tizón en el lomo y el lobo no soltaba.

Marsaili no pensó.

Dio dos pasos y le metió a Mordaz al lobo por detrás del codo, hasta el puño.

El animal soltó el brazo. Cayó en la nieve. No volvió a moverse.

Los otros se quedaron quietos en el borde de la luz.

Miraron al grande. Miraron el fuego, que ahora ardía alto con la turba.

Miraron a aquellos dos animales de dos patas, uno con un tizón y otro con una hoja roja.

Después, uno detrás de otro, sin prisa, como quien se retira de una feria donde no ha comprado nada, se dieron la vuelta y se fundieron con el páramo.

• • •

—Enséñamelo.

—No es nada.

—Enséñamelo o te lo enseño yo.

Le había mordido a través de la manga de cuero del jubón viejo que Sìne le había obligado a ponerse en la cueva, «para que no te coma el frío».

El frío no se lo había comido. El lobo casi.

El cuero estaba agujereado en dos hileras y debajo había sangre, bastante, pero los colmillos no habían llegado al hueso.

—El cuero de Sìne —dijo ella, mientras le lavaba la herida con nieve derretida en la mano—. Se lo tendrás que agradecer.

—Le besaré los pies.

—No te los dejará. Tiene juanetes.

Le vendó el brazo con una tira de su propia camisa. Él la miró hacerlo sin decir nada. Cuando terminó, le cogió la mano izquierda, la de los arañazos, y le dio la vuelta a la luz del fuego.

—Ahora tú.

—Son cuatro rayas.

—Son cuatro rayas de lobo.

Se rasgó él una tira de la camisa, torpe, con los dientes, y le vendó la mano.

Mal. Demasiado apretado, con un nudo de jefe que no habría sujetado ni a una gallina.

Ella lo dejó hacer. Se quedaron un momento así, sentados en la nieve junto a la roca, con las dos manos vendadas, mirándose, mientras las terneras se calmaban resoplando.

Y entonces él se rio. Una risa corta, nerviosa, que le salió por la nariz.

—Me ha mordido un lobo —dijo—. Y me has vendado tú. Neachdan se muere.

Ella se rio también. No pudo evitarlo. Se rio de miedo, de alivio, de cansancio, y él se rio más, y los dos se quedaron allí riéndose como tontos sobre la nieve roja, con el lobo muerto a dos pasos.

Fue él quien dejó de reírse primero. Estaba mirando por encima del hombro de ella, hacia el sur.

Marsaili se volvió.

Lejos, muy lejos, al borde del páramo, donde la tierra empezaba a bajar, había luces. No una. Muchas. Hogueras pequeñas, desperdigadas, como un puñado de brasas tirado en la oscuridad.

—Druim —dijo ella—. Mañana es San Martín. Matanza, ganado, gente y cerveza.

Él se apretó el vendaje del brazo.

—Y ojos.