TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 16. Un juramento sobre piedras
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Capítulo 16. Un juramento sobre piedras

La espada le volvió a las manos envuelta en un trapo de cocina que olía a cebolla, y Diarmad tardó un momento en reconocerla.

—Toma —dijo Marsaili—. Antes de que se me olvide que es tuya.

Estaban en la sala redonda del fondo, alrededor del fuego, con la mañana del domingo entrando a duras penas por el pasadizo como un perro que no se atreve.

Los proscritos sentados en el suelo, en troncos, en sacos.

Pàdraig de pie, como siempre. Sìne en su tronco.

Raonaid con el niño. Uilleam con la boca abierta, que era su manera de escuchar.

Diarmad apartó el trapo. Las piedras de la empuñadura recogieron la luz del fuego: el granate, las dos amatistas, la piedra verde que su padre había traído de Perth. El cuero del puño estaba seco. Alguien lo había engrasado.

—La has cuidado.

—Es buena plata. Pensaba venderla.

—Me la devuelves.

—Te la presto. —Ella se sentó al otro lado del fuego y se abrazó las rodillas—. Si vas a jurar algo, jura con lo tuyo. Lo de los demás no cuenta.

—¿Quién ha dicho que vaya a jurar nada?

Ella lo miró. Toda la sala lo miró. Diarmad entendió, con el estómago, que el consejo había empezado sin él.

• • •

—Lo que necesito —dijo él— es llegar a mi hueste vivo.

—Eso ya lo sabemos —dijo Raonaid.

—Y antes que los perros de Tormod. Si me encuentran sus perros, no llego. Si me encuentran mis hombres de noche, con lo que les habrá contado, puede que tampoco.

—¿Te dispararían? —preguntó Uilleam—. ¿Los tuyos?

—A un hombre que baja del monte a oscuras, con barba y sin capa, gritando que es el jefe… —Lo pensó con honestidad—. Yo le dispararía.

Uilleam se rio. Nadie más.

—Y no basta con llegar —siguió—. Si me presento delante de mi madre y digo que Tormod me quiere muerto, él dirá que me tenéis embrujado. Que me habéis tenido una semana a pan y agua y que he perdido el juicio. Es mi palabra contra la suya. —Miró a Marsaili—. Y la suya, hoy, vale más.

—¿Y qué quieres? —dijo ella—. ¿Pruebas? ¿De qué? ¿De que es simpático?

—De que compra tus vacas. Mis vacas. Las que me robas tú y él vende a los isleños.

Hubo un silencio en el que se oyó a Eòin chuparse el puño.

—Eso no es un crimen —dijo ella al fin—. Para un MacCorrach, robar a un MacKerron no es un crimen. Es justicia con cuernos.

—Para un hombre que tiene comisión del rey para cazar proscritos, comprarles el ganado es otra cosa. Y para mi madre, que quiere casar a Sorcha con él, también.

Marsaili no contestó. Bajó la vista al fuego. Él conocía ya aquella cara: la de una mujer que guarda algo en un sitio donde no lo mira.

Pàdraig se movió junto a la pared. No dijo nada. Pero miró a Marsaili un momento largo, y ella le sostuvo la mirada, y algo pasó entre los dos que él no supo leer.

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Lo de la piedra fue idea de Sìne.

—Si va a jurar —dijo la vieja—, que jure en el umbral. Esta casa la hicieron los que estaban aquí antes que los MacCorrach y antes que los MacKerron. Si miente, se le cae encima.

—¿La casa?

—El montículo entero. Con la hierba.

Lo llevaron al pasadizo, a la entrada, donde había una losa ancha atravesada en el suelo, gastada en el centro por siglos de rodillas y de pies.

Fuera nevaba fino sobre el lago. Se arrodilló en la piedra.

Le costó: el umbral era bajo, el techo más, y tuvo que hacerlo medio encorvado, con la cabeza contra las losas, que no era la postura en la que un jefe se imagina jurando.

Puso la espada plana sobre la piedra. La mano derecha encima.

Detrás de él, en el pasadizo, había treinta personas que habían perdido sus casas por una orden suya.

—Juro —dijo, y le salió la voz de leer un testamento, y esta vez no le importó— por esta espada, que fue de mi padre, y por esta piedra, que no es de nadie, proteger a los proscritos de Glen Corrach, a sus viejos y a sus niños, mientras yo viva y sea el MacKerron.

Las palabras se quedaron en el aire frío. Fuera, en la orilla, Rìgh mugió, y él decidió tomarlo por un amén.

—Los MacKerron jurabais muchas cosas —dijo Raonaid.

Lo dijo sin levantar la voz, desde el fondo del pasadizo, con el niño en brazos. Diarmad se volvió hacia ella.

Raonaid tenía veintiséis años y ya era viuda. Su marido había muerto en una puerta, en Glen Corrach, una noche de septiembre en la que él estaba al otro lado de la puerta.

—Es verdad —dijo él.

No añadió nada. No había nada que añadir que no sonara a excusa. Se levantó, se dio con la cabeza en la losa del techo, y nadie se rio. Ni siquiera Uilleam.

• • •

El pacto con Pàdraig se hizo sin palabras de más, porque Pàdraig no las tenía.

—Hay una garganta cerca de Strath Aird —dijo Marsaili, que hablaba por los dos—. La Leum. A media noche de marcha de tu valle. No se ve desde arriba y cabe un rebaño.

—En mis tierras no hay ninguna garganta donde quepa un rebaño.

—Hay una. Hemos tenido tus vacas allí dos inviernos.

Abrió la boca. La cerró. Pàdraig, por primera vez desde que lo conocía, hizo algo parecido a sonreír con media cara.

—Si en diez días no sabéis nada de nosotros —siguió ella—, Pàdraig baja a la Leum con los que puedan pelear, con el ganado y con Rìgh. Y espera allí. Y si ve un fuego de brezo en la Cresta Gris, sube.

—¿Qué es la Cresta Gris?

—Un espinazo de piedra que se ve desde todas partes. Si encendemos fuego allí, es que todo ha salido mal y necesitamos a todo el que tenga manos.

—¿Y los demás?

—Sìne, los niños y los viejos se quedan aquí, con dos hombres.

—Yo me quedo —dijo Sìne—. Con mis rodillas no bajo yo a ninguna garganta. Bajaré a la tumba, y eso cuesta abajo.

Pàdraig asintió una sola vez. Le tendió a Diarmad la mano buena, la derecha. Él la estrechó. Era dura como un cuerno y no apretó ni más ni menos de lo necesario.

—Yo voy contigo —dijo Marsaili.

—¿Por qué?

—Como garantía.

—¿Garantía de qué?

—De que cumples lo que acabas de jurar. —Se levantó y se colgó al hombro a Mordaz—. Y porque no sabes el camino. Y porque sin mí te caes a un río.

—Eso es injusto.

—Eso es la cuenta.

Sìne se le acercó entonces arrastrando el bastón, se le plantó delante y lo miró desde abajo con un ojo cerrado, como se mira un ternero que se va a vender.

—Escúchame bien, MacKerron. Si le haces daño a mi niña, te echo un mal de ojo que se te cae la barba.

Diarmad se llevó la mano a las dos puntas, por instinto, y las sujetó.

—¿Por mechones —preguntó, horrorizado— o entera?

—Eso depende del daño.

• • •

Salieron con el alba del lunes, por la orilla, hacia el sur.

El páramo los esperaba blanco, liso, sin una sola sombra. Marsaili iba delante con dos terneras flacas atadas de un ronzal. Lo había decidido a última hora, con lógica de ladrona: dos boyeros con dos terneras son dos boyeros; dos personas solas en el monte son una pregunta.

—Son mías —había dicho él, al ver la doble muesca en la oreja.

—Eran.

Detrás, en la orilla del lago, Rìgh se había quedado entre las vacas. Pàdraig lo sujetaba por un cuerno, sin fuerza, porque con aquel toro la fuerza no servía. Al verlos alejarse, levantó la cabeza enorme y mugió. Un mugido largo, ronco, que rodó por el agua quieta y se perdió en las lomas.

Marsaili no se volvió.

—Te echará de menos —dijo.

Diarmad miró al toro blanco en la orilla. Después la miró a ella, de espaldas, con la trenza sobre el hombro y el ronzal en la mano.

—A ti.