TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 15. La cueva de la gente
10%

Capítulo 15. La cueva de la gente

Para entrar en Uamh nan Daoine había que ponerse a cuatro patas, y Marsaili llevaba todo el camino esperando ver al MacKerron hacerlo.

—Ahí no quepo —dijo él.

—Cabe una vaca pequeña.

—Yo no soy una vaca pequeña.

—Eso lo sabe todo el monte. Agáchate.

La casa de tierra estaba en la orilla norte de Loch na Caillich, debajo de un montículo de hierba que en verano parecía una tumba de gigante y en invierno no parecía nada.

La entrada era un agujero entre dos piedras, bajo, oscuro, con tierra removida delante, como la boca de una madriguera de tejón.

Dentro empezaba un pasadizo de losas que bajaba y torcía, y en el fondo, donde nadie lo veía desde el lago, olía a humo de turba, a gente y a gachas.

Habían caminado toda la mañana sin hablar.

Desde el alba, desde que ella se había despertado en la majada envuelta en la capa de él, con la ropa seca doblada a sus pies y él sentado en la puerta junto al toro, de espaldas, vigilando la nieve.

Ni una palabra. Ni de la noche, ni del río, ni de la boca de él, que ella seguía notando en la suya como una quemadura pequeña.

Esto no ha pasado, se había dicho. Lo había repetido por el camino a cada paso, igual que se repite una cuenta para que salga.

Le seguía sin salir.

Rìgh se quedó fuera, en la orilla, donde mugían las vacas que su gente había salvado del corrie. Las olió una por una, con mucha ceremonia, y luego se tumbó en medio del rebaño igual que un rey que vuelve de la guerra.

Marsaili se metió en el agujero. Oyó detrás al MacKerron rozar las piedras con los hombros, resoplar y maldecir por lo bajo.

—¿Qué has dicho?

—Que es una casa muy acogedora.

• • •

Estaban todos.

Los vio a la luz del fuego del fondo, en la sala redonda de piedra donde el pasadizo se ensanchaba, y los contó sin querer.

Sìne Mhòr, sentada en un tronco con el bastón entre las rodillas.

Raonaid, con Eòin dormido contra el pecho.

Uilleam, que se levantó de un salto y tiró un cuenco.

Pàdraig, de pie junto a la pared, con el hacha apoyada y la mano buena en el mango. Los niños. Las mujeres. Los viejos.

Faltaba uno.

Lo supo antes de terminar de contar. Lo supo como se sabe que falta una vaca en un rebaño de treinta: por un hueco en la forma de las cosas.

—¿Dónde está Ailean?

Nadie contestó enseguida. Fue Raonaid la que habló, meciendo al niño.

—Con Tormod.

Marsaili se apoyó en la pared.

—Cuenta.

—Llegó cuando ardía el corrie. Con sus hombres y su perro.

—Raonaid tenía la voz cansada, de haberlo contado ya a todos—.

Dijo que había visto el humo desde el camino.

Nos ayudó a sacar a los viejos y las vacas.

Nos trajo hasta aquí por la senda alta, de noche, él delante con una tea.

Ailean tosía. Llevaba tosiendo desde el canje, del frío.

Y aquí dentro hay más humedad que en un pozo.

—¿Y?

—Y anteayer al alba se lo llevó a su pabellón. A Tom an Fhuarain. Para que esté caliente. —Raonaid levantó la barbilla—. Yo se lo dejé. Tú no estabas.

Marsaili cerró los ojos.

Caliente. Con fuego de verdad, con pan, con una cama de lana y no de brezo. Lejos de los perros de los MacKerron, lejos de las flechas de las piedras. Se le aflojó algo en el pecho que llevaba días apretado, y tuvo que respirar dos veces para no echarse a llorar delante de todos.

—Bien —dijo—. Bien. Hiciste bien.

Detrás de ella, el MacKerron no dijo nada.

Ella se volvió. Él estaba en la boca del pasadizo, con la cabeza agachada bajo las losas del techo, y la luz del fuego le daba de lleno en la cara. No estaba aliviado. Estaba blanco. Blanco como en la orilla del Corrach, antes de meterse en el agua.

—¿Qué? —le dijo ella.

—Nada.

—Tienes cara de algo.

—Tengo cara de haber entrado a gatas. —La miró. Luego miró a Raonaid—. ¿Os trajo él? ¿Hasta aquí? ¿Hasta la puerta?

—Hasta la puerta.

—Ahora sabe dónde dormís.

—Es de los nuestros —dijo Marsaili.

Él no contestó. En la pared, Pàdraig movió la mano buena sobre el mango del hacha. Solo eso. Pero ella lo vio.

• • •

Sìne Mhòr se levantó de su tronco con un crujido de rodillas y se acercó al MacKerron arrastrando el bastón. Lo miró de abajo arriba, despacio, como miraba los terneros en la feria antes de decir un precio.

—Lo has traído mojado otra vez —le dijo a Marsaili.

—Se cayó al río.

—¿Otra vez?

—Es su costumbre.

La vieja le tocó la capa con la punta del bastón. Le levantó una de las dos puntas de la barba, deshecha, lacia, con un hilo de musgo enredado.

—Se le ha estropeado.

—Me la peino yo luego —dijo él, muy digno.

—¿Tú? ¿Con qué manos? —Sìne soltó la barba y se volvió hacia Marsaili, entornando los ojos—. ¿Y a vosotros dos qué os ha pasado? Venís como dos que han roto un cántaro y se echan la culpa.

Marsaili notó que se le subía el calor a la cara. Él se miró los pies.

—Nada —dijeron a la vez.

Sìne soltó una risa que parecía un graznido y se volvió a su tronco.

—He enterrado a tres maridos —dijo, a nadie en particular— y a ninguno le dije nunca nada con esa cara.

• • •

El pastor llegó con la última luz.

Era el viejo de Strath Aird, el que les llevaba los recados, el único de fuera que conocía la madriguera.

Entró a gatas, sin aliento, con la nieve hasta las rodillas y el poni reventado atado fuera.

Cuando vio al MacKerron sentado junto al fuego, con un cuenco de gachas en la mano, se quedó con la boca abierta.

—Señor.

—Siéntate —dijo el MacKerron—. Y habla.

El pastor habló. Que Tormod había llegado a Dùn Àird el jueves por la noche, con el caballo echando espuma.

Que había contado delante de Lady Muirne y de toda la sala que los proscritos tenían al jefe en el monte y que lo estaban matando poco a poco.

Que él mismo había visto las cuerdas. La sangre.

Que la gente gritaba. Que la señora no gritó: pidió su capa.

—Y esta mañana, al alba, han salido —dijo el viejo—. Doscientos hombres. El ciervo blanco delante. Y Tormod en cabeza, señor, que se lo ha pedido la señora. Y ella va también. Y la señorita Sorcha. No se han querido quedar.

Hubo un silencio en el que solo se oyó el fuego. Eòin se despertó y empezó a lloriquear, y Raonaid lo meció sin mirarlo.

El MacKerron dejó el cuenco en el suelo.

—No vienen a rescatarme —dijo.

—Viene tu madre —dijo Marsaili.

—Mi madre viene a rescatarme. Los demás vienen detrás de Tormod. —Se pasó la mano por la barba, una sola vez, y la dejó caer—. No vienen a rescatarme. Vienen a que me maten en la confusión. A mí, y a vosotros conmigo.

—Eso no lo sabes.

—Sé lo que oí en el abedular. Tú también lo oíste.

Ella no contestó. Lo había oído. El MacKerron muerto. La mujer, viva. Lo había guardado en un sitio donde no lo miraba.

—Los hará ir sin prisa, buscando —siguió él, hacia el fuego—.

Por los corries, por las majadas, por donde les diga.

Hasta que sus perros me encuentren a mí antes que mis hombres.

—Levantó la vista—. Y en San Andrés la fine se reúne a elegir caudillo, si el jefe no ha vuelto. Si no aparezco ese día, será él.

—¿Tormod? —dijo Uilleam—. ¡Pero si es un MacCorrach!

—Es el hombre que le llevó la noticia a mi madre y la sostuvo del brazo —dijo el MacKerron—. En un salón, eso vale más que un apellido.

Nadie habló. Marsaili miró el fuego. Miró a su gente, flaca, sucia, viva. Miró el sitio junto a Sìne donde Ailean se sentaba siempre y que ahora tenía un hueco del tamaño de un niño.

—Entonces tenemos hasta San Andrés —dijo.

—Tres semanas.

Marsaili se levantó y se sacudió la ceniza de las rodillas.

—Y un toro.