TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 14. Fuego de pastores
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Capítulo 14. Fuego de pastores

El fuego prendió a la quinta chispa, y Diarmad juró que, si salía vivo de aquel invierno, le levantaría una capilla al pedernal.

La majada estaba a media legua del río, en una hondonada de la ladera: cuatro paredes de piedra seca de las que los pastores usan en verano, el techo hundido hacia dentro y una puerta tan baja que había que entrar agachado.

Él había entrado con ella en brazos. Ella había protestado todo el camino con los dientes castañeteando, y él no le había hecho caso ni una sola vez, y eso, entre todo lo que le había pasado aquella semana, era lo único que le había salido bien.

Debajo de las piedras del techo caído quedaba brezo viejo, del de las techumbres, seco por dentro como un pan duro.

Ella llevaba el pedernal y el eslabón en una bolsa de cuero untada de sebo, atada al cuello.

Él no había preguntado cómo sabía que había que llevarlos así.

Ella lo sabía todo de las cosas que matan en el monte.

Ahora el fuego crujía en el centro de la majada, alimentado con brezo, con las varas podridas de una cerca y con la paciencia de dos personas que no tenían otra cosa que hacer.

El humo buscaba el agujero del techo y casi siempre lo encontraba.

Fuera nevaba. En la puerta, tumbado de través como una muralla, Rìgh tapaba el viento y rumiaba.

—La ropa —dijo ella.

Ya no tiritaba. Tenía la cara roja de fuego y los labios todavía un poco azules.

—¿Qué le pasa?

—Que está mojada, MacKerron. Si dormimos con ella, mañana me ahorro el trabajo de escaparme de ti.

Diarmad miró su capa, que humeaba sobre dos piedras. Miró su túnica, pegada al cuerpo. Miró a la mujer.

—Me daré la vuelta —dijo, con toda la solemnidad del mundo.

—Qué alivio.

Se sentaron espalda contra espalda, en camisa, con las rodillas hacia el fuego y la ropa tendida alrededor en una corona de lana que humeaba y olía a oveja mojada y a río. Él notaba los omoplatos de ella contra los suyos. El calor de su espalda. Cada vez que respiraba, él lo sabía.

Fijó la vista en las llamas con la determinación de un hombre que vigila un paso de montaña.

—Tienes la espalda muy tiesa —dijo ella.

—Es mi espalda.

—Relájala. Me estás clavando un hueso.

—Es un hueso noble.

La oyó resoplar. Algo parecido a una risa.

• • •

Comieron harina de avena mojada en agua de nieve, en la palma de la mano, a lametones, como los perros. Él no había comido nunca así. Le supo mejor que el último banquete de San Miguel en Dùn Àird, donde su madre le había cortado el venado en trozos pequeños delante de dos jefes vecinos.

—¿Por qué no huiste en el abedular?

Lo preguntó sin volverse. Él sintió que la pregunta le entraba por la espalda.

Había tenido el día entero para pensarlo y no había llegado a ninguna parte. Podía haberse ido. La pierna le dolía, pero andaba. Ella dormía a ratos. Dùghall lo buscaba para matarlo, sí, pero conocía el camino a casa. Podía haberse ido cualquier noche.

—Porque me robaste —dijo al fin.

—Eso es una razón para irse.

—No. —Se volvió un poco, lo justo para verle la oreja y el mechón blanco—. Me robaste el toro, la espada y la dignidad, delante de cuarenta hombres. Uno no deja a medias a quien le roba. Tengo que ver cómo acaba.

Ella tardó en contestar.

—Acaba en Loch na Caillich.

—Ya veremos.

Fuera, Rìgh soltó un suspiro largo, de toro que ha oído suficiente.

—¿Quién era el uno? —preguntó ella al cabo.

—¿Qué uno?

—El que sabía lo del agua.

Diarmad echó una vara al fuego y la miró prender.

—Mi hermano de leche. Mamamos de la misma madre; él primero, que era mayor y tenía más hambre.

Me enseñó a montar, a pelear y a no llorar delante de los mozos de cuadra.

—Le dio la vuelta a la vara con la punta de la bota—.

Con el agua no pudo. Cada verano me tiraba al Aird, y cada verano tenía que sacarme él.

—¿Y dónde está ahora?

—En San Maelrubha.

No añadió nada más. Ella tampoco preguntó. Echó otra vara a las llamas, sin prisa, y él se lo agradeció más que la avena.

• • •

Fue culpa del fuego, se dijo después. Del fuego, de la camisa y del río. De haberla tenido entre los brazos aquella mañana, helada, con las manos metidas bajo su túnica como dos peces muertos, y de haber sentido cómo se le iban calentando contra la piel.

Se volvió del todo.

Ella también se había vuelto. No sabía cuándo.

Estaba sentada sobre los talones, con la trenza deshecha, el pelo negro azulado secándose en ondas sobre los hombros, la camisa de lino gastada que le dejaba al aire las clavículas y la quemadura vieja del antebrazo.

Lo miraba de frente. Sin ceniza en la cara. Sin cuchillo en la mano.

Diarmad notó que se le secaba la boca.

Era una MacCorrach. Era la hija de Iain Dubh, el de la sala de las vigas de roble, la del escudo del jabalí que se había caído en llamas delante de él.

Él tenía aquella noche entera en la mano todavía.

La notaba en la palma: el peso de la tea, el calor en los nudillos.

No había eraic en el mundo para pagar aquello. Ni vacas, ni plata, ni tierra.

Y, sin embargo, quería tocarle la cara.

Carraspeó. Le salió la voz de leer un testamento, y no la pudo arreglar.

—Voy a hacer una cosa —dijo— que mi fine no aprobaría.

Ella levantó una ceja.

—Tu fine no está.

Y antes de que él terminara de decidir nada, se inclinó por encima del fuego pequeño que los separaba y lo besó.

Fue breve. Fue seco y caliente a la vez, con sabor a humo y a avena, y le pilló con la boca medio abierta para seguir hablando. Ella se apartó enseguida, lo justo para mirarlo. Tenía los ojos grises muy abiertos, asustados, como si acabara de saltar una cerca sin ver qué había al otro lado.

Él se quedó donde estaba.

—Esa no cuenta —dijo.

—¿Cómo que no cuenta?

—La había pedido yo. Me la has robado.

—Es lo que hago.

—Lo sé. —Tragó saliva—. ¿Puedo?

—Ya lo has preguntado.

—Lo pregunto otra vez. Por si acaso.

Ella lo miró mucho rato. El fuego chasqueó entre los dos.

—Sí.

La besó él.

Despacio. Con una mano en su mejilla, que estaba caliente y tenía una cicatriz pequeña junto a la oreja que él no había visto nunca, y con la otra quieta en el aire, sin saber dónde ponerla, hasta que ella se la cogió y se la apoyó en su cintura.

Notó cómo ella le metía los dedos en la barba, entre las dos puntas deshechas, y tiraba un poco, no para apartarlo.

Notó su respiración. Notó que el mundo, por una vez, se había callado.

Y entonces notó otra cosa.

El olor del humo. El crujido del brezo. Un techo cayendo hacia dentro. Por un instante no estaba en la majada: estaba delante de una puerta en llamas, en una noche de septiembre, y aquella mujer tenía diecisiete años y estaba dentro.

Se apartó.

Ella también. A la vez. Como dos animales que tocan la misma cerca de espino.

Se quedaron mirándose a un brazo de distancia, respirando fuerte, sin decir nada. Él vio en su cara el mismo susto que tenía en la suya. Y algo más, una sombra que se le cruzó por los ojos y no supo leer. Una culpa que no era la de él.

Ella se dio la vuelta. Se puso de espaldas, cara a la pared, abrazándose las rodillas.

—Esto no ha pasado, MacKerron.

Diarmad se tocó la boca con dos dedos. Le temblaban. Esta vez no era del río.

—Ha pasado dos veces —dijo—. Y la primera la empezaste tú.