TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 13. El río crecido
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Capítulo 13. El río crecido

El Corrach bajaba gordo de nieve, marrón como una gacha y con más prisa que un ladrón al alba.

Marsaili lo oyó antes de verlo, un rugido sordo detrás de los abedules, y apretó el paso con un mal presentimiento. Cuando salió a la orilla, el presentimiento estaba allí, esperándola, con espuma en los bordes.

El vado que conocía, el de las tres piedras planas, había desaparecido. En su lugar corría una lengua de agua ancha, rápida, con remolinos que giraban sobre sí mismos y se deshacían. Arrastraba ramas, terrones de turba, un cubo de madera que alguien habría echado de menos río arriba.

Río arriba. Cuatro leguas río arriba, aquella misma agua pasaba por delante de una sala sin techo y de un fresno que no había ardido. Marsaili apartó la idea igual que se aparta una vaca terca del borde de un barranco: sin mirarla a los ojos.

—Hay que cruzar —dijo.

Diarmad no contestó.

Se volvió. Él estaba tres pasos atrás, entre los abedules, y no miraba el río. Lo miraba como se mira a un perro que te ha mordido de pequeño. Tenía la cara del color de la nieve que le cubría los hombros. Hasta los labios.

Ella se acordó de pronto del vado del Aird. De cómo pataleaba en la poza, de cómo se le había agarrado al cuello como un ternero recién nacido, de aquellos ojos claros abiertos de par en par bajo el agua. Había creído que era la capa. El golpe. La vergüenza.

—No sabes nadar —dijo.

Él se irguió. Se puso en jarras. Se le movió la nuez.

—Sé estar de pie en sitios secos.

—MacKerron.

—Y lo hago muy bien. Pregunta en Strath Aird.

—¿Lo sabe alguien en Strath Aird?

Él miró el agua. Tardó en contestar.

—Lo sabía uno.

No dijo quién. Marsaili no preguntó. Algo en la manera de decir uno, como quien deja una piedra sobre una tumba, le cerró la boca.

• • •

Llevaba al hombro la cuerda de ganado, treinta varas de crin trenzada, la buena, la que no se pudría con el agua. La desenrolló en la orilla.

—Cruzo yo primero —dijo—. Con la cuerda a la cintura. Allí hay una barra de grava, ¿la ves? En medio el agua me llegará al pecho. A ti, a la barriga.

—Qué consuelo.

—Rìgh cruzará arriba, un poco más arriba que yo. Rompe la corriente. Es lo que hacen los toros grandes: son una pared con patas. Cuando llegue al otro lado ato la cuerda y tú vienes agarrado. Mano tras mano. No miras el agua. No sueltas.

—¿Y si suelto?

—No sueltas.

Se descolgó de la espalda la espada de piedras, su botín del vado del Aird, y la colgó del cuerno izquierdo de Rìgh, bien atada por el tahalí. El toro sacudió la cabeza, ofendido. La espada tintineó.

—¿Mi espada en los cuernos de mi toro? —dijo Diarmad, con un hilo de voz.

—Las dos cosas son mías.

—Por ahora.

—Eso ya me gusta más. Tienes color.

No era verdad. Pero él se rio por la nariz y eso bastó.

Entró en el agua.

El frío no se sentía como frío. Se sentía como un puño.

Le cerró los muslos, el vientre, el pecho, y le sacó el aire de golpe.

Avanzó de lado, con los pies buscando piedra, apoyando el hombro en la corriente, como contra una puerta que empujan desde el otro lado.

A su izquierda, río arriba, Rìgh se metió en el Corrach con un resoplido de fastidio y vadeó solo, enorme, imperturbable, con el agua partiéndose contra su pecho blanco en dos bigotes de espuma.

Llegó a la barra de grava. Llegó a la otra orilla. Salió chorreando, con las piernas que no eran suyas, y ató la cuerda a la base de los cuernos del toro con el nudo de su padre, el que no se suelta si tiras y se suelta si sabes.

—¡Ahora!

Diarmad agarró la cuerda.

Lo vio entrar. Lo vio meterse hasta las rodillas, hasta los muslos, con la cara vuelta hacia ella y no hacia el agua, como le había dicho.

Mano tras mano. La cuerda se tensaba y vibraba.

Llegó a la barra de grava. Se quedó allí un momento, de pie, jadeando, y ella lo vio sonreír, una sonrisa torcida, incrédula, de hombre que se sorprende de seguir vivo.

Dio un paso más.

La pierna mala, la de la flecha, resbaló en una losa con verdín.

No gritó. Se le fue el cuerpo de lado, la corriente lo cogió por la capa como una mano coge un trapo, y Marsaili vio, con una claridad espantosa, cómo él soltaba la cuerda. No porque quisiera. Porque las manos de un hombre que se ahoga buscan agua para agarrarse, y el agua no se deja.

La capa verde giró una vez en un remolino y se fue río abajo.

Ella ya estaba corriendo.

• • •

No pensó. Soltó la cuerda de los cuernos del toro, deshizo el nudo de un tirón, se dio dos vueltas al antebrazo con el cabo y saltó.

El agua se la tragó entera. Salió escupiendo. La corriente la llevaba, la llevaba, y delante, a cuatro brazadas, vio una mano abierta, una cabeza rubia que asomaba y se hundía, y una mancha verde.

Le agarró el pelo. Otra vez el pelo. Tiró.

Él se le echó encima con todo el peso de un buey y la hundió. Ella le dio un codazo en el pecho, sin piedad, y volvió a sacar la cabeza.

—¡Quieto! —le gritó en la oreja—. ¡Quieto o nos ahogamos los dos!

Él se quedó rígido. Le obedeció. Fue lo más valiente que le había visto hacer.

La cuerda se tensó de un tirón que casi le arranca el brazo.

Los dos giraron en el agua, colgados del cabo, y la corriente los empujó en arco hacia la orilla, igual que se empuja una puerta sobre sus goznes.

Marsaili levantó la cabeza. Arriba, en la orilla, Rìgh se había plantado sobre las cuatro patas con la cuerda tirante desde los cuernos, la cabeza baja, los ojos en blanco.

—¡Arriba, Rìgh! —gritó—. ¡Arriba!

Y luego el canto. Sin aire, roto, con agua en la boca, la llamada de las vacas al ordeño, la que sabía todo el ganado de Glen Corrach.

El toro levantó la cabeza. Dio un paso atrás. Otro. Retrocedió ladera arriba, pesado, sin prisa, como un buey que arrastra un tronco, y la cuerda los sacó del remolino, los arrastró sobre la grava, los dejó en la orilla boqueando como dos truchas.

Diarmad tosió agua durante mucho rato. A cuatro patas. Luego se dejó caer de espaldas en la nieve.

—Me ha sacado un toro —dijo al cielo.

—Te he sacado yo.

—Me ha sacado mi toro.

—Mi toro.

Él volvió la cabeza hacia ella para contestar algo y la miró. Y se le borró la cara.

Marsaili no entendió por qué hasta que intentó levantarse y no pudo.

Las piernas no le respondían. Los dientes le sonaban como guijarros en un cubo.

Las manos, las tenía blancas, con los dedos encogidos como garras, y no conseguía abrirlas.

El frío le había entrado hasta un sitio que no sabía que tenía.

—No es nada —dijo, o quiso decir. Le salió una tiritona de palabras.

Él ya estaba de rodillas.

La levantó en vilo. Ella protestó; él no hizo caso.

La llevó hasta el costado de Rìgh, que se había tumbado al pie de la ladera, resoplando vapor, y se sentó con la espalda contra el toro y ella encima, entre las piernas, envuelta en su propia capa empapada y luego en la de él, más empapada todavía.

Le cogió las manos. Se las frotó. Se las metió dentro de la túnica, contra su pecho, y le echó el aliento en la nuca, en las orejas, en la cara.

—No te duermas.

—No… me… duermo.

—Háblame.

—Pesas.

—Tú también. Sigue.

Tenía el pecho caliente. Imposiblemente caliente, para alguien que acababa de salir del mismo río. Ella le notaba el corazón contra las palmas, corriendo todavía.

Contra la cadera se le clavaba algo duro: el mango de hueso del cuchillo de su padre, en su cinto, entre los dos. Lo notó como se nota una mirada en la espalda.

Él le apartó el pelo mojado de la frente con una mano que temblaba tanto como ella.

—Me has sacado del agua dos veces —dijo. Tenía los labios morados.

Marsaili cerró los ojos.

—La primera era para cobrarte —dijo—. Esta…

No acabó.