TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 12. Al abrigo del toro
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Capítulo 12. Al abrigo del toro

Diarmad MacKerron había dormido en una cama con dosel, en el suelo de piedra de San Maelrubha la víspera de ser jefe y, una vez, de muchacho, en un pesebre por una apuesta. Nunca había dormido pegado a un toro.

—No —dijo.

—Sí —dijo ella.

El corte de turba era una zanja vieja, abandonada por quien la hubiera cavado, con una pared negra y húmeda a la espalda que les llegaba al pecho.

Arriba, el viento barría la loma y levantaba la nieve en remolinos finos como harina.

Abajo, en la zanja, al menos no soplaba. Eso era todo lo bueno que tenía.

No había leña. Habían buscado hasta que se fue la luz: brezo empapado, raíces de pino podridas, un espino que se negó a arder con la dignidad de un viejo testarudo.

La noche anterior la habían pasado bajo una roca, por turnos, sin fuego y sin dormir.

Llevaban todo el jueves andando hacia el norte con la nieve en la cara. Él ya no sentía los dedos de los pies.

Rìgh se había tumbado al borde de la zanja, pesado, con un gruñido de satisfacción, igual que se tumbaba en el establo de Dùn Àird cuando él le rascaba la frente. Ocupaba lo que ocupa una barca. Echaba vapor por los ollares y calor por todo lo demás.

Marsaili se metió entre el toro y la turba y se acurrucó contra el costado blanco. Luego levantó la cabeza.

—¿Vienes o te congelas de pie? Lo segundo es más digno, te lo concedo.

—¿Dónde se supone que me pongo?

—Detrás de mí.

—Eso no es decoroso.

—Morirse tampoco.

Diarmad repasó la situación como repasaba un campo antes de una batalla. A su izquierda, la pared de turba. Delante, una mujer MacCorrach que le había robado el toro, el orgullo y la espada. Detrás de ella, el toro. Si Neachdan lo viera, se tiraría al río con el espejo.

Se tumbó.

Lo hizo con la espalda contra la turba y un palmo de aire entre los dos, por principio.

—El palmo ese es por donde entra el frío —dijo ella, sin volverse.

—El palmo ese es mi honor.

—Pues tu honor tiene los pies helados. Te los noto desde aquí.

Se acercó. El honor se encogió con él.

Al principio no supo qué hacer con el brazo.

Lo dejó encima de su propia cadera, rígido, como un tronco en un río.

Ella resopló, le cogió la muñeca sin ceremonia y se lo pasó por encima de la cintura, y allí se quedó, sobre la lana mojada de su manto, notando cómo respiraba.

Debajo de la lana había un cuerpo fibroso, duro, caliente.

Detrás de ella, el toro. El calor pasaba de uno a otro como el agua entre las piedras de un vado.

Tenía su trenza en la cara. Olía a humo, a nieve y a vaca.

«No debería tener ganas de tocarla», se dijo. «Me ha robado el toro.»

Lo pensó dos veces más. No sirvió de nada.

• • •

—¿Quién fue? —preguntó ella en la oscuridad.

—¿Quién fue qué?

—La una. La que te dijo que no.

Él miró el cielo. No había. Solo una negrura blanda de la que caían copos sin ruido.

—Una arquera de Glen Dubh —dijo—. Al otro lado del Bealach. La mejor arquera de las Highlands, según ella.

—¿Y según los demás?

—También. Es lo que tienen las arqueras: no se las puede contradecir de lejos.

Ella hizo un ruido pequeño contra el pelo del toro.

—Su hermano, que es el jefe allí, me la ofreció.

Era buena alianza. Buena sangre. —Lo dijo con la solemnidad de quien recita un linaje—.

Crucé el paso con veinte hombres. Neachdan me peinó la barba tres veces.

Llevaba la capa nueva. Me presenté ante la fine de su casa, entera, en el salón, y pedí su mano.

—¿Y?

—Y se levantó y dijo que no.

—¿Así?

—Así. Delante de todos. Dijo que no se casaba con un hombre que se peinaba más que ella. —Hizo una pausa digna—. Y luego se casó con un irlandés.

Marsaili se quedó callada.

Primero notó el temblor y lo achacó al frío. Después notó que le temblaban los hombros a sacudidas, y que el temblor le subía por el cuello, y que se tapaba la boca con la mano.

—¿Te ríes?

—No.

—Te estás riendo.

—¡Un irlandés! —Se le escapó un hipido—. ¿Y tú qué le dijiste?

—Le dije: «Me lo han dicho peor. Nunca a la cara».

Ella se dobló. Se rio hasta que el toro levantó la cabeza, ofendido, y la volvió a bajar. Se rio con unas carcajadas roncas, de garganta, que le salían a pesar suyo y se le saltaban las lágrimas, y él notaba las sacudidas contra el pecho y contra el brazo.

Y Diarmad, sin saber por qué, se rio también.

Un poco. Se rio porque ella se reía, porque el sonido era bueno en aquella zanja negra, porque hacía tres días que nadie se reía cerca de él. De la arquera no se rio. La arquera seguía sin tener ninguna gracia.

—Perdona —dijo ella al final, sorbiendo—. Perdona. Es que… un irlandés.

—Es un buen hombre. Pelea bien.

—¿Mejor que tú?

—Distinto.

Ella volvió a temblar. Decidió dejarla.

• • •

Más tarde, cuando el viento cambió y empezó a silbar en el borde de la zanja, fue ella la que habló.

—A mí también me prometieron.

—Lo sé. Con Tormod.

Se le puso tensa la espalda contra él. Él se arrepintió del nombre en cuanto lo dijo, pero ya estaba dicho, entre los dos, como un tercero en la manta.

—De niños —dijo ella—. Yo tenía trece años.

Él venía a Glen Corrach por Pascua y me traía cintas de Inverness.

Mi padre decía que era el único MacCorrach que sabía contar más allá de las vacas que tenía.

—Una pausa—. Y luego vino tu fuego. Y le dije que no me casaba con nadie hasta que Glen Corrach tuviera techo.

—¿Y él?

—Él dijo que esperaría.

Diarmad apretó la mandíbula en la oscuridad.

Tenía en la lengua la voz de Dùghall en el abedular, la puerta de la sala de Iain Dubh en 1154 y un hombre encapuchado quedándose atrás.

Ya se lo había dicho y ella no lo había creído.

Un jefe que repite una orden que nadie obedece es un jefe que pierde dos veces.

—Es paciente —dijo solo.

—Me sacó del fuego.

—Lo sé.

—No lo sabes. No estabas dentro.

Eso era verdad. Él estaba fuera, con la tea.

Calló. Se le había quedado la boca seca, y no por el frío.

• • •

Debía de ser muy tarde cuando ella, medio dormida, empezó a hablar de otra cosa.

—Si alguna vez se pone nervioso… —murmuró.

—¿Quién?

—Rìgh. Si se pone nervioso, no le grites. Silba largo. Una nota sola. Así.

Lo hizo. Fue un silbido bajo, tendido, que se quedó flotando en la zanja como el humo de una vela recién apagada. El toro movió una oreja y soltó un suspiro enorme, de buey satisfecho.

—Las dos agudas ya las conoces —añadió ella, con algo de risa en la voz.

—Las conozco del charco.

—Pues esta es la otra. Prueba.

Se humedeció los labios cortados. Silbó.

Le salió algo entre el chillido de un ratón pisado y el último aliento de un fuelle. Rìgh no movió ni la oreja. Ni siquiera abrió el ojo. Siguió rumiando con la calma de quien ha oído cosas peores y no piensa darse por enterado.

—Otra vez —murmuró ella.

—Me ignora.

—Te ignora con razón. Otra vez.

Silbó otra vez. El toro rumió.

—Mejor —mintió Marsaili, y se durmió a media palabra.

• • •

Se despertó con el alba gris y un peso en el hombro.

En algún momento de la noche ella se había dado la vuelta.

Tenía la cabeza en el hueco de su hombro, la frente contra su cuello, una mano cerrada en la tela de su túnica, como si alguien fuera a quitársela.

Respiraba hondo. Tenía nieve en la trenza y en el mechón blanco de la sien, y la cara, dormida, era mucho más joven que la que le gritaba en la ceniza.

Diarmad no se movió. Tenía el brazo muerto, la pierna de la flecha agarrotada y una piedra clavada en los riñones.

No se movió.

Por encima de la cabeza de ella, a una vara de distancia, Rìgh había abierto un ojo enorme, negro, húmedo, y lo miraba fijamente. Con odio. Con un odio antiguo y paciente, de toro que ha visto a su ladrona favorita dormirse en el hombro equivocado.

—Ha empezado ella —le susurró Diarmad.

El toro resopló.