Capítulo 11. El corrie quemado
Tres piedras en el umbral de la choza de Sìne Mhòr, una encima de otra, la más pequeña arriba, igual que un niño a hombros de su padre.
Marsaili las vio antes que las vigas caídas y antes que el corral vacío, y fue lo único que le impidió ponerse a gritar.
—¿Qué es eso? —preguntó Diarmad a su espalda.
—Que están vivos.
Habían corrido toda la noche. Ella delante, por sendas que conocía con los pies; él detrás, cojeando de la pierna de la flecha y sin quejarse, lo cual en un MacKerron ya era una novedad.
Rìgh cerraba la marcha resoplando como un fuelle.
Habían bajado la última ladera con un alba sucia, sin color, y el humo ya no era rojo.
Era blanco, fino, cansado. Salía de lo que había sido Coire nam Fiadh.
Las chozas de piedra seguían en pie, porque la piedra no arde. El brezo de los techos se había ido al cielo. Quedaban los muros ennegrecidos, los huecos de las puertas y una costra de ceniza húmeda que se pegaba a las botas. El corral estaba abierto. La puerta de varas, tirada en el barro.
Ni un cuerpo. Ni una vaca. Ni un perro ladrando a los extraños.
Marsaili se agachó junto al umbral y tocó la piedra de arriba con un dedo. Señal pactada desde el primer invierno: tres piedras, Loch na Caillich. Dos, las piedras de Clach nam Fiann. Ninguna, que buscaras tú solo.
—Se han ido al norte —dijo.
—¿Todos?
—Si faltara alguien habría cuatro.
Diarmad no preguntó qué significaba la cuarta. Mejor. Ella tampoco tenía ganas de explicárselo.
Se levantó. Dio dos pasos hacia el centro del corrie, donde estaba el fuego grande, el de las noches de contar historias, y no supo bien por qué se le doblaron las rodillas. Se encontró sentada en la ceniza. Tibia todavía. Olía a turba, a brezo y a lana chamuscada.
Y a otra cosa. A una sala con vigas de roble. A su madre gritando un nombre. Al pelo de Ailean ardiendo en la nuca y ella apagándoselo con la mano.
1154 no pedía permiso. Entraba.
Oyó las botas de él en la ceniza. Se paró a tres pasos, y ella supo, sin mirarlo, que estaba mirando lo mismo que ella y viendo otra cosa. Su propia ceniza. La de otra noche.
—Marsaili.
—No.
—Solo iba a…
—¿Te gusta? —Se volvió de rodillas hacia él. Tenía la voz más alta de lo que quería y no la bajó—. ¿Es así como lo dejaste? ¿Olía igual?
Él aguantó la mirada. Tenía la cara gris de no dormir, el chichón de la ceja ya amarillo, la barba de dos puntas hecha una ruina de nudos. No dio un paso atrás.
—Igual.
—¿Te quedaste a olerlo? ¿O te fuiste a cenar?
—Me quedé.
—¡Pues ahora huele otra vez! —Cogió un puñado de ceniza y se lo tiró a las botas. No llegó. La ceniza no vuela, cae—. ¡Huele bien, MacKerron! ¡Esto es lo que se queda cuando os vais!
—Grita más —dijo él, muy bajo—. Tengo cuatro años de atraso.
Eso la dejó sin aire. Había esperado que se pusiera en jarras, que le hablara de su padre y de la justicia del rey. Él solo estaba allí, de pie en la ceniza, con las manos abiertas a los costados, y se dejaba gritar.
Se limpió la cara con la manga. Se manchó más.
—No te debo nada —dijo.
—Lo sé.
• • •
Las huellas estaban en el barro del corral, donde la ceniza no había llegado.
Botas de hombre, muchas. Pies que habían corrido en todas direcciones. Y entre ellas, por todas partes, las de un perro.
Marsaili se puso en cuclillas. Las midió con la mano abierta.
Grandes. Cuatro almohadillas hondas, las uñas marcadas, y en la pata delantera izquierda un dedo un poco torcido hacia fuera.
Ese dedo lo había visto hacía cuatro días, en el barro de Clach nam Fiann, junto a las botas de cuero bueno de un hombre que le pagaba en plata.
—¿Qué es? —preguntó Diarmad.
—Un perro.
—Muy grande.
—Hay muchos perros grandes.
—En el monte, pocos. Los perros grandes comen mucho. —Se agachó a su lado, con una mueca por la pierna, y miró la huella con ojos de cazador—. Lebrel. Bien alimentado. De los que se llevan de caza, no de los que guardan ovejas.
Marsaili borró la huella con el canto de la mano.
—Un perro —repitió.
Él la miró. Abrió la boca. Ella vio la palabra que iba a decir; la vio formarse detrás de aquellos dientes y esperó el golpe.
Diarmad cerró la boca. Se levantó.
—Un perro —concedió.
Fue lo más amable que había hecho desde que lo sacó del río, y por eso mismo le dieron ganas de pegarle.
Algo frío le tocó la nuca.
Levantó la cara. Del cielo bajo, del color de una olla de hierro, caía un copo. Otro. Diez. Pequeños, secos, de los que no se derriten al tocar la lana.
—Nieve —dijo él, con el tono de quien anuncia la muerte de un pariente lejano.
—Primera nieve.
—¿Eso es bueno o malo?
—Para las huellas, malo. Para los perros, peor. —Se puso en pie y miró hacia el norte, hacia las lomas que ya se borraban—. Si vamos derechos a Loch na Caillich, les llevamos de la mano hasta mi gente. Hay que rodear.
—¿Cuánto?
—Lo que haga falta.
Rìgh había metido el morro en un rincón del corral, donde quedaba un poco de heno chamuscado, y se lo comía con la calma de un obispo. Cada pezuña suya, en el barro, dejaba un agujero del tamaño de un escudo pequeño.
Marsaili lo miró. Después miró sus propias huellas, y las de Diarmad, y otra vez las del toro.
—¿Qué piensas? —preguntó él, con desconfianza.
—Que tu toro deja un rastro que se ve desde Inverness.
—Es un toro grande.
—Es un toro útil.
Le dio una palmada en el anca blanca, silbó entre dientes el silbido de arrear de todos los días, y Rìgh levantó la cabeza, ofendido, con briznas de heno colgando del belfo.
—Anda, grandullón. Hacia el sol.
—¿Qué sol? —dijo Diarmad.
—Hacia donde estaría.
El toro miró a Marsaili. Ella señaló la ladera del este con la barbilla y repitió el silbido, más agudo. Rìgh soltó un bufido de rey destronado y echó a trotar ladera arriba, pesado, abriendo un surco oscuro en la nieve recién caída, recto como una calzada.
Diarmad se quedó mirándolo con la boca abierta.
—Se va.
—Se va hacia el este. Los perros irán detrás. Los hombres irán detrás de los perros.
—¿Y si no vuelve?
—Volverá. Le gusto.
—¡Es mi toro!
—Pues llámalo tú.
Él no lo llamó. Tenía orgullo, pero no tanto.
• • •
Rodearon por el norte, por el lado que no daba al viento.
Marsaili los metió por la piedra suelta, donde las huellas no se quedan, y luego por el lecho de un arroyo de agua parda que bajaba de la loma.
El agua les entraba por las botas y le cortaba los tobillos como un cuchillo de esquilar.
Diarmad la seguía sin rechistar, apretando la mandíbula cada vez que la pierna mala pisaba hondo.
Caminaron arroyo abajo hasta donde se cruzaba con el surco del toro. El rastro de Rìgh bajaba de la ladera, entraba en el agua y no volvía a salir por el otro lado.
Marsaili no silbó. Canturreó, grave, la canción de los potros, la de su madre.
La nieve caía más gorda. Ya no se veía la loma.
Nada.
—Le gustas —dijo Diarmad.
—Calla.
Siguió canturreando. Le temblaba un poco la voz y fingió que era el frío.
Al principio fue solo un ruido de agua removida, río arriba.
Después una mancha más clara dentro de lo claro.
Después dos cuernos largos, abiertos, cargados de nieve como las ramas de un abeto.
Rìgh bajaba por el centro del arroyo, con el agua por los corvejones, despacio, solemne, sin dejar en ninguna orilla una sola huella que los perros pudieran oler.
Se paró delante de ella y le sopló en la cara, caliente, oliendo a heno quemado.
Marsaili le apoyó la frente en el morro. No dijo nada. No hacía falta.
Diarmad miraba al toro blanco aparecer y desaparecer entre los copos, blanco sobre blanco. Tenía nieve en las cejas, en la capa, en las dos puntas de la barba.
—Ese toro —dijo, al fin— me ha dado más disgustos que todas mis mujeres juntas.
Marsaili levantó la cabeza.
—¿Cuántas?
Él se irguió, empapado hasta las rodillas, con toda la dignidad de un hombre que lleva tres días sin peinarse.
—Una. Y me dijo que no.