Capítulo 10. La voz en el abedular
—Bájate la calza —dijo Marsaili.
Diarmad había oído aquella frase alguna vez en su vida, pero nunca en un bosque, nunca de boca de una MacCorrach y nunca con un cuchillo en la mano de quien la decía.
—No.
—Tienes una flecha de menos y un agujero de más. Bájatela o te la corto.
—Es una calza de Perth.
—Era.
Habían seguido el arroyo hasta un abedular que bajaba hacia el norte, lejos de las piedras y de los gritos.
Troncos blancos y delgados, con la corteza rizada igual que un pergamino viejo, y hojas amarillas pegadas al barro.
Olía a musgo y a la sangre de él, que ya no corría pero tampoco se había parado.
Rìgh ramoneaba entre los troncos, blanco entre lo blanco, con la calma de quien ha salido de paseo.
Diarmad se sentó en una piedra del arroyo y se bajó la calza hasta la rodilla con toda la dignidad que puede reunir un hombre con el muslo al aire en noviembre.
La flecha le había abierto un surco por fuera del muslo izquierdo, tres dedos por encima de la rodilla. Rojo, sucio, con hilachas de lana dentro.
—Es una herida de guerra —dijo.
—Es un arañazo con plumas.
Se arrodilló delante de él, mojó el borde de su plaid en el agua y le limpió la herida sin avisar. El agua estaba helada y las manos de ella también. Él se agarró a la piedra y no hizo ningún ruido, y estuvo muy orgulloso de no hacerlo.
Desde arriba le veía la nuca, la trenza negra sobre un hombro y el mechón blanco de la sien, que se le había soltado.
Tenía los dedos rápidos de quien ha curado muchas patas de ternera.
Le sacó las hilachas una a una con la punta del cuchillo de mango de hueso, y él miró los abedules, y el toro, y otra vez la nuca.
Hacía dos horas caminaba hacia su madre. Ahora una MacCorrach le soplaba en la herida.
Rasgó una tira del bajo de la camisa de él sin pedir permiso.
—Era mi camisa.
—Sigue siéndolo. Más corta.
Le vendó el muslo con un nudo de boyero. Al apretarlo, dejó la palma abierta sobre la venda un instante de más. Después la retiró igual que se retira de un caldero.
—Súbete eso. Que se te hiela el honor.
• • •
Fue el toro el que los avisó.
Levantó la cabeza, con una brizna colgando del belfo y las orejas tiesas hacia lo alto de la ladera. Marsaili agarró a Diarmad de la capa y tiró de él hacia el talud del arroyo, bajo las raíces de un abedul caído. Él cayó de espaldas en el barro, con la calza a medio atar y ella medio encima.
—Ni respires —le dijo al oído.
No respiró. Ella olía a humo, a agua de turba y a la sangre de él.
Arriba, en la senda de la cresta, crujieron hojas. Pasos de hombres que no se esconden. Cuatro, cinco. Ni caballos ni perros.
Rìgh seguía entre los troncos, a la vista, blanco como la cal.
Marsaili lo miró desde el barro. Y el toro, al ver tumbada a su ladrona, dobló las patas y se tumbó también entre los helechos, con un suspiro de buey ofendido.
—¿Qué es aquello blanco? —dijo una voz arriba.
—Un tronco caído.
—Muy gordo para tronco.
Silencio. Él sentía el corazón de ella contra el pecho, a golpes, y el suyo contestándole igual que un tambor de boda.
—Abedul —dijo otra voz.
Una sola palabra, plana y seca. La había oído en su propio salón, en el extremo de abajo de la mesa, donde se sentaba un hombre con cara de hacha que no se reía nunca cuando el jefe contaba algo. Él lo había tomado siempre por respeto.
Dùghall. El de Tormod.
—¿Y si los encontramos juntos? —preguntó el primero.
—El MacKerron, muerto. La mujer, viva.
—¿Y si sale mal? ¿Quién responde?
—Lo manda Tormod.
Los pasos se alejaron por la cresta hacia el este, sin prisa, hasta que solo quedó el agua y una corneja quejándose en alguna rama.
Ella se apartó primero. Se sentó en el barro y se limpió las manos en la falda, más veces de las necesarias.
—Era Dùghall —dijo él.
—Ya sé quién es.
—Entonces ya sabes de quién eran las flechas.
—Sé lo que he oído. —No lo miraba—. Dùghall cobra de muchos.
• • •
Se ató la calza. Le temblaban los dedos, y no era del frío.
—Te voy a contar una cosa —dijo—. No hace falta que me creas.
—No pensaba hacerlo.
—Tormod me guió a tu puerta.
Ella levantó la cabeza.
—Una semana después de enterrar a mi padre, se arrodilló en Dùn Àird delante de la cruz y me juró que los tuyos habían guiado la creach por el monte. Y una noche de septiembre nos llevó a Glen Corrach por la senda de arriba. Él delante. Al llegar se quedó atrás, con la capucha puesta, mirando.
—¡Lo obligasteis! —Se puso de pie de un salto—. Fue a Strath Aird a jurar que éramos inocentes y lo trajisteis a punta de espada. Y se adelantó para sacarme del fuego. ¡Me sacó! A mí y a Ailean. Yo estaba dentro. Tú no.
—Yo estaba fuera —dijo él—. Y no lo obligó nadie.
—Te lo inventas para que te suelte.
—No estoy atado.
—Estás conmigo. Es peor.
La miró. Tenía la cara blanca, los ojos de pizarra muy abiertos y los puños cerrados en la falda. No se lo iba a creer. No ese día. Lo supo como se sabe que una línea de lanzas no va a ceder.
Probó por otro lado.
—¿Quién te compra mis vacas?
Ella no contestó.
—Treinta personas no se comen cien vacas en un otoño.
Alguien se las lleva. Alguien con plata, con caminos hasta Loch nan Ròn y con una comisión del rey para que nadie le pregunte de dónde las saca.
—Lo iba viendo mientras lo decía, pieza a pieza, igual que se ve un campo desde una loma—.
Alguien que sabía lo del canje porque come en la mesa de mi madre.
Y que sabía dónde mandarte recado, y eso no se aprende en mi mesa.
Conocía aquel silencio de interrogar a ladrones: el de quien tiene la respuesta en la boca y aprieta los dientes.
—Te quiere viva —dijo, más bajo—. Una vez, con el vino, me contó en mi mesa que tenía una prometida en el monte y que la esperaba. Pensé que era una manera de hablar.
—Fuimos prometidos. Rompí yo.
—Te compra el ganado, te cubre los canjes y te quiere viva. Y a mí, muerto. Eso no es un amigo, Marsaili. Es un tratante.
Algo se le movió en la cara, una duda pequeña, un junco que se dobla con el viento.
—Es lo único que tengo —dijo.
Fue hasta un abedul grueso y se sentó contra el tronco con las dos espadas en el regazo, la suya y la de él. Ya no habló más.
• • •
La luz se fue pronto, como se va en noviembre, sin despedirse.
Ella llevaba en pie desde la noche del domingo. Diarmad la vio pelear contra el sueño con la misma terquedad con que peleaba contra todo, y la vio perder. La cabeza se le fue de lado contra la corteza. La mano derecha se le quedó floja sobre la empuñadura de piedras.
Se levantó sin ruido.
Al sur estaba la senda de las piedras, y después Strath Aird. Su madre estaría furiosa y llorando a la vez, que era su manera de rezar. La espada, a tres pasos, en unas rodillas dormidas. Un rehén que escapa no se deshonra.
Dio un paso. Se paró.
Volvió a sentarse en su piedra, con la pierna estirada y la barba de dos puntas llena de hojas. No supo por qué. Lo supo un poco, y prefirió no mirarlo.
Rìgh lo observaba desde los helechos con un ojo negro de juez.
—No me mires así —le dijo—. Tú tampoco te has ido.
Marsaili se despertó de un respingo, con la mano cerrada sobre la espada. Lo buscó. Lo encontró.
—Sigues aquí.
—Me duele la pierna.
—Mientes.
—Un poco.
Por encima de los abedules, detrás de la cresta del norte, el cielo se había puesto de un color que no era de la noche. Un rojo sucio que manchaba las nubes por debajo y crecía, y olía ya, aunque estaba muy lejos, a lo que huele todo cuando arde.
Diarmad conocía ese color. Lo había encendido él una vez.
Marsaili se levantó con las dos espadas en la mano. No la había oído nunca hablar tan bajo.
—Mi gente.