Capítulo 9. Canje en las piedras
—Tu madre lo quiere peinado —dijo Marsaili, y le tendió el peine.
Era de hueso, de Sìne Mhòr, con la mitad de las púas rotas. Él lo miró como se mira una culebra.
—¿Ha estado en la cabeza de esa mujer?
—Ha estado en cabezas peores. Péinate, que no quiero que me devuelvan la mercancía.
Estaban en la última loma antes de Clach nam Fiann, a media mañana, con el sol frío de noviembre en la cara.
Habían salido del corrie de noche. Iban ocho: ella, el preso, Pàdraig, cuatro hombres con hachas y Fearghus Liath, que había insistido en venir porque «a los canjes hay que ir con alguien que haya visto alguno».
Rìgh se había quedado encerrado en el corral, mugiendo como un alma en pena.
El rehén se peinó con las manos atadas. Primero el pelo. Luego, con mucha más ceremonia, la barba, separándola en sus dos puntas con unos dedos que sabían exactamente lo que hacían.
—¿Mejor? —preguntó.
—Pareces un macho cabrío en domingo.
—Gracias.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Fearghus.
—¡Que gracias!
—Ah. —El viejo asintió, satisfecho—. Educado, por lo menos.
• • •
Desde lo alto vio las piedras, y a los MacKerron al otro lado.
Cuarenta, a ojo. A caballo y a pie, con lanzas, con el ciervo blanco sobre verde ondeando en un asta.
Delante de todos, una mujer pequeña y redonda, envuelta en un manto oscuro, montada en un poni gris con las piernas tan cortas que no le llegaban a los estribos.
A su lado, en una yegua castaña, una muchacha delgada de pelo rubio rojizo que no paraba de mirar a todas partes: las piedras, las lomas, la cresta, los pinos.
—Mi madre —dijo él, en voz baja. Y luego, más bajo—: Y Sorcha. Le dije que no viniera.
—Se ve que le hace el mismo caso que tu toro.
En medio de las lanzas, de pie, con las manos atadas, estaban Uilleam y los dos hermanos pelirrojos. Uilleam la vio y levantó la barbilla. Tenía un ojo hinchado. Estaba vivo.
Marsaili soltó un aire que no sabía que tenía dentro.
A la izquierda, en la loma de los pinos, no se movía nada. Los cazadores de Tormod estarían allí. Cubriéndolos.
El jefe miró hacia los pinos. Luego la miró a ella.
—Esos que te cubren —dijo—. ¿Te lo pidió alguien?
—No.
—Desconfía de quien te cubre la espalda sin que se lo pidas.
—Desconfío de todo el mundo, MacKerron. Es lo que me mantiene viva.
Él abrió la boca para decir algo más. La cerró.
• • •
Bajaron al círculo. Las doce piedras grises se alzaban a su alrededor, mudas. El viento silbaba entre ellas.
Lo habían pactado por medio del pastor: el jefe cruzaría solo desde un lado; los tres presos, desde el otro. Se cruzarían en medio, junto a la piedra caída. Nadie más se movería.
Marsaili le cortó la cuerda de las muñecas con el cuchillo de su padre. Él se frotó las manos.
—Anda —le dijo—. Que te espera tu madre con el cuchillo de la carne.
Él la miró un instante. Tenía una cara rara, como si quisiera decir algo y no supiera qué.
—Mi espada —dijo al fin.
—Botín.
—Es la espada de mi padre.
—Y esta es la de mío. —Puso la mano en el pomo de Mordaz—. La tuya me la gané en el río. Anda.
Él echó a andar.
Desde el otro lado, Uilleam y los hermanos empezaron a cruzar también.
Despacio. Marsaili los veía acercarse los unos a los otros, el jefe alto con su capa verde y su barba peinada y los tres muchachos flacos, por el espacio pelado entre las piedras.
Treinta pasos. Veinte. La mujer pequeña del poni se había incorporado en la silla.
Diez pasos.
Algo silbó en el aire. Un sonido fino, de cuerda de arpa que se rompe.
La flecha se clavó en el suelo, entre el jefe y Uilleam, temblando.
Durante un latido, nadie se movió.
Luego el cielo se llenó de silbidos.
Venían de la loma. De arriba, de detrás de la cresta, de algún sitio entre los pinos y las rocas, no se sabía.
Caían sobre las piedras, sobre el suelo, sobre los de Strath Aird y sobre los suyos sin distinguir.
Un caballo relinchó y se encabritó. Un hombre de Strath Aird cayó de rodillas agarrándose el brazo.
—¡Traición! —gritó alguien en las filas de los MacKerron—. ¡Nos han vendido!
—¡Son ellos! —gritó uno de los suyos, detrás de ella—. ¡Han traído arqueros!
Marsaili se volvió.
Fearghus Liath estaba de pie, a su espalda, con el hacha en la mano y la cabeza ladeada. Miraba alrededor con el ceño fruncido, como cuando no entendía lo que le decían.
—¿Qué pasa? —preguntó—. ¿Qué gritan?
—¡Al suelo, Fearghus!
No lo oyó.
La flecha le entró por debajo de la clavícula. Fearghus Liath abrió la boca, miró hacia abajo, a la vara que le salía del pecho, con una pluma azul en la punta, y se sentó en la hierba. Sin prisa. Como se sentaba junto al fuego por las noches, con un gruñido de viejo.
Marsaili se tiró a su lado.
—Fearghus. Fearghus, mírame.
Él la miró. Tenía los ojos claros, aguados, sorprendidos.
—¿Qué ha dicho? —preguntó, muy bajito.
A ella se le rompió la voz.
—Nada. No ha dicho nada.
—Ah. —Fearghus asintió. Le buscó la mano y se la apretó con unos dedos que todavía tenían fuerza—. Bien.
Y ya no dijo nada más.
• • •
Los MacKerron cargaron.
Lo oyó antes de verlo: el trueno de los cascos, los gritos, el ciervo blanco inclinado hacia delante. Venían a por ellos. Creían que los habían traicionado y venían a cobrarse la traición.
Marsaili se levantó con Mordaz en la mano. Las flechas seguían cayendo. Pàdraig gritaba algo, el manco que no gritaba nunca, gritaba su nombre.
Y delante de ella, de pronto, había una capa verde.
El MacKerron. No había cruzado hacia los suyos. Había vuelto. Estaba de pie entre ella y la loma, con los brazos abiertos, gigantesco, gritando a su gente con aquella voz de salón que retumbaba entre las piedras.
—¡Alto! ¡Quietos! ¡No son ellos!
Una flecha le pasó rozando. Marsaili la oyó rasgar la tela. Él se tambaleó y se llevó la mano al muslo izquierdo, y la mano volvió roja.
No se apartó.
Por el rabillo del ojo vio a Uilleam y a los hermanos llegar a donde estaban Pàdraig y los suyos, corriendo agachados. Uilleam la buscó con la mirada. Ella le hizo la señal pactada: la mano abierta, hacia el suelo, y luego hacia el monte. Dispersaos. Cada uno por su lado. Nos vemos en casa.
Pàdraig agarró a Uilleam del cuello de la camisa y se lo llevó. Los demás echaron a correr cada uno hacia una ladera distinta.
Ella se quedó.
Los jinetes de Strath Aird estaban a cuarenta pasos. A treinta. Si lo soltaba, la arrollaban. Si se lo llevaba, quizá no.
Lo agarró del brazo.
—Corre.
—Estoy herido.
—Pues corre herido.
Él la miró, con la cara blanca y la mano roja en el muslo. En la loma alguien seguía tirando.
Echaron a correr.
Bajaron por la otra ladera de la loma, entre peñascos, saltando matas de brezo.
Ella delante y él detrás, cojeando, con la capa enganchándose en todo.
Oyeron los cascos llegar a las piedras y pararse.
Oyeron gritar su nombre de él. Oyeron a una mujer chillar algo que sonaba a orden y a llanto a la vez.
No pararon. Corrieron hasta que la loma les tapó las piedras, y después hasta que les tapó el ruido, y después hasta que él cayó de rodillas junto a un arroyo, en una hondonada llena de helechos secos, y ya no pudo más.
Marsaili se dejó caer a su lado. Le ardían los pulmones. Tenía la mano de Fearghus todavía en la suya, el apretón, aunque la mano ya no estuviera.
Estaban solos. Ni Pàdraig, ni Uilleam, ni nadie. Ella, el jefe de los MacKerron y la sangre que le empapaba el muslo.
Él respiraba con la cabeza baja, a bocanadas. Al cabo, sin levantarla, habló entre dientes.
—Esas flechas no eran mías.
Ella miró la loma por donde habían bajado. Pensó en una pluma azul.
—Ni mías.
Arriba, en lo alto, algo blanco asomó entre los peñascos. Grande. Con cuernos.
Rìgh había roto la cerca del corral. Venía bajando la loma al trote, detrás de ellos.