Capítulo 8. Lo que cuentan los vivos
La vaca se estaba hundiendo y nadie en el corrie tenía fuerza para sacarla.
Diarmad la oyó antes de verla. Un mugido ahogado, de pánico, desde la turbera que había al fondo del arroyo.
Levantó la cabeza. Desde el alba lo tenían atado por un tobillo con una cuerda larga, de veinte pasos, al poste del corral; Marsaili había decidido que un hombre que no había dormido en toda la noche no iba a ir muy lejos, y que si iba, el toro avisaría.
El toro, por cierto, ni lo miraba. Estaba tumbado al sol junto a las chozas, rumiando con los ojos medio cerrados, como un obispo después de comer.
En la turbera, la vaca parda del cuerno roto tenía las patas de delante metidas hasta el pecho en el barro negro. Pataleaba, y cada patada la hundía más. Pàdraig, el manco, tiraba de un ronzal con su única mano. Dos muchachos empujaban por detrás y resbalaban. Una mujer gritaba que trajeran tablas.
Diarmad miró la cuerda de su tobillo. Veinte pasos. Hasta la turbera habría veintidós.
Se levantó, arrancó el poste.
No del todo. Lo justo. El poste era de abedul y estaba clavado en tierra blanda, y él había movido postes más gordos para ganar apuestas. Lo sacó de un tirón, se lo echó al hombro con la cuerda colgando y bajó al arroyo entre el silencio de todo el corrie.
—No tires del ronzal —le dijo a Pàdraig—. La ahogas.
Se metió en la turbera hasta los muslos, pasó los brazos bajo el pecho de la vaca y empujó hacia arriba mientras los muchachos tiraban de la cola.
La vaca salió con un ruido de bota enorme despegándose del barro.
Diarmad no tanto. Se quedó sentado en el fango, con el poste al lado y la ropa negra hasta el pecho.
Cuando levantó la vista, Sìne Mhòr lo miraba desde la orilla, apoyada en su bastón.
—Mira tú —dijo la vieja—. Sirve para algo.
No era un elogio. Diarmad había oído suficientes elogios en su vida para reconocerlos. Pero la vieja lo miraba con otros ojos, y eso era más raro.
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Lo de los muchachos fue peor, porque no lo pudo evitar.
Estaban en el prado de detrás del corral, peleando con palos. Dos chicos de trece o catorce años, con más ganas que juicio, dándose golpes de leñador. Agarraban los palos con las dos manos, de cualquier manera, y se lanzaban al cuello del otro.
Aguantó un buen rato. Lo aguantó de verdad.
—Así os vais a abrir la cabeza —dijo al fin.
Los dos se volvieron.
—¿Y a ti qué te importa?
—Nada. Pero si alguno de los dos acaba en una pelea de verdad, durará lo que tarde en levantar los brazos. —Se acercó con el poste al hombro, que seguía llevando con él a todas partes como un estandarte ridículo—. Dame eso.
El chico más alto le dio el palo, por pura sorpresa.
—Una mano aquí, junto a la cruz. La otra no. La otra, libre. Los pies así, uno delante, que no te tiren. Y no levantes el arma por encima de la cabeza, que eso es para cortar leña.
—Pues ella pelea con los pies —dijo el otro.
—Ella pelea sucio.
—Y te ganó.
—Ella —dijo Diarmad, con mucha dignidad— es una excepción.
Les enseñó la guardia baja, el paso atrás y la estocada corta. A la tercera vez, el alto ya la hacía mejor que la mitad de los hombres de su hueste. Diarmad no supo si alegrarse.
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Raonaid le trajo agua al mediodía. Era la mujer de la mirada dura, la que había querido saltarle encima el primer día. Le dejó el cuenco en el suelo, cerca, y no se fue.
—Mi marido se llamaba Coinneach —dijo.
Él levantó la vista.
—Lo mataron en la puerta de casa. Llegasteis de noche, con antorchas.
Él salió con un hacha de partir leña, en camisa, porque no le dio tiempo a vestirse.
Yo estaba dentro, con Eòin en la barriga.
—Se le quebró algo y lo recompuso—. Nació en el monte, en enero, en la nieve.
Su padre no llegó a saber si era niño o niña.
—Yo no…
—No te he preguntado nada. —Raonaid se cruzó de brazos—. Te lo cuento para que lo sepas. Dicen que bajamos a Strath Aird a guiar a los saqueadores del normando. Dicen que nos repartimos vuestras vacas.
—Lo juró un hombre de los vuestros.
—Entonces juró mentira. —Raonaid lo miró sin parpadear—. Nadie de Glen Corrach había bajado nunca a Strath Aird. Ni a guiar ni a comprar ni a nada. ¿Guiar a los saqueadores? Si aquí no sabíamos ni por dónde caía el Bealach.
Se dio la vuelta y se fue.
Diarmad se quedó con el cuenco de agua en las manos. No la creyó. No podía creerla. Si la creía, el suelo se abría.
Pero recordó.
Recordó a Tormod MacCorrach en el salón de Dùn Àird, hacía cuatro años, una semana después del entierro de su padre.
Arrodillado. Con la voz cálida, rota, los ojos húmedos.
Jurando sobre la cruz de San Maelrubha que los suyos habían guiado a los del barón por las sendas del monte.
Que él no podía callar más. Que la justicia era la justicia aunque doliera a la propia sangre.
Recordó la sala de Glen Corrach ardiendo. El techo de brezo cayendo hacia dentro en una lluvia de chispas. El escudo del jabalí en la pared.
Y recordó, sin quererlo, como siempre que bajaba la guardia, a Lachlan en el barro, boca arriba, con la garganta abierta.
Después, en el camino de vuelta, uno de los hombres de la retaguardia le había contado que Lachlan había gritado algo en la puerta de la sala, poco antes de que lo perdieran de vista entre el humo. «¡A ese lo he visto antes!» Eso había gritado. Nada más.
Durante cuatro años, aquella frase había sido una prueba. Lachlan había peleado en la creach de agosto, había visto a los guías. Si en Glen Corrach reconoció a alguien, era porque los MacCorrach estuvieron allí.
Hoy, con el cuenco de agua en las manos, la frase le sonó distinta. Y no supo por qué.
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Marsaili lo encontró así, a media tarde, sentado contra el poste caído.
Se sentó a tres pasos de él, en una piedra, con la espada de piedras cruzada a la espalda como siempre. No le dijo nada de la vaca ni de los muchachos. Lo sabría. En aquel corrie se sabía todo antes de que pasara.
—Raonaid te ha hablado.
—Sí.
—¿La crees?
Él tardó en contestar.
—Juró un hombre. Ante la cruz.
—Los hombres juran mucho. —Marsaili cogió una brizna de brezo y la partió en dos—. Te voy a hacer una pregunta, MacKerron. No hace falta que contestes.
—No pensaba hacerlo.
—Si no fuimos nosotros —dijo ella, mirándolo de frente, con aquellos ojos de pizarra—, ¿qué te queda?
Diarmad abrió la boca.
Le quedaba un valle quemado. Le quedaban un marido en camisa en una puerta y un niño nacido en la nieve. Le quedaban cuatro años sin mirar hacia el noroeste. Le quedaba un juramento sobre una tumba.
No contestó.
Ella asintió despacio, como si fuera exactamente la respuesta que esperaba, tiró la brizna al viento y se levantó.
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El pastor volvió al anochecer, cuando ya no lo esperaban.
Se había marchado al alba con la respuesta de Marsaili para Lady Muirne: aceptaban el martes, aceptaban las piedras. Volvía sin aliento, con los perros detrás y el gorro en la mano.
—Hay hombres en el monte —jadeó—. Cerca de las piedras, en la loma de los pinos. Cazadores, con arcos. Me han parado en el camino.
Pàdraig se llevó la mano al hacha. Marsaili no se movió.
—¿De quién?
—Del Cazador, señora. —El viejo tragó aire—. De Tormod. Me han dado recado para vos. Dice que no os preocupéis. Que viene a cubriros el canje.
Diarmad notó que la espalda se le ponía rígida contra el poste.
Tormod.
El hombre del juramento ante la cruz. El MacCorrach que había vendido a los suyos por justicia. El que comía en la mesa de su madre.
Y aquí, en el corrie de los proscritos, lo nombraban como se nombra a un amigo.
Miró a Marsaili. Ella no lo miraba a él. Asentía al pastor, tranquila, con la cara de quien recibe una buena noticia.
Diarmad apretó la mandíbula y no dijo nada.
Todavía.