Capítulo 7. La nota de Sorcha
La nota venía cosida dentro del gorro del pastor, y Marsaili la leyó antes que nadie.
No le pidió permiso a nadie. El viejo se lo confesó al ir a marcharse, con el gorro retorcido entre las manos, que la hermana pequeña del jefe se la había dado a escondidas en la puerta de la cocina y le había hecho jurar por sus ovejas que se la daría a su hermano y a nadie más.
—Y se la darás —le dijo Marsaili, tendiendo la mano—. Después.
Era un trozo de pergamino del tamaño de una hoja de acedera, raspado y vuelto a usar.
Letra pequeña, apretada, de alguien que escribe poco y con miedo a que la pillen.
Su madre se había empeñado en que aprendiera letras con un monje que pasó un invierno en Glen Corrach, cuando ella tenía nueve años, y Marsaili lo había odiado con toda su alma. Hoy, por una vez, le servía para algo.
¿Te dan de comer? Madre ha llorado; no se lo digas. Tormod está siempre en casa. No me gusta su perro. S.
La leyó dos veces.
Lo del perro la hizo sonreír sin querer. A ella tampoco le gustaba Gaoth, ni su collar de plata, ni la pierna de cordero. Lo de la madre que lloraba le dio un pellizco que no esperaba.
Fue la otra frase la que se le quedó dentro, como una espina pequeña en el talón, de esas que no ves y notas a cada paso.
Tormod está siempre en casa.
En casa de los MacKerron. En Dùn Àird. Tormod tenía comisión del justicia del rey para cazar proscritos; tenía que tratar con jefes, con sheriffs, con quien fuera. Era normal que fuera a Dùn Àird.
Ayer, en las piedras, no lo había mencionado. Ni una vez. Le había pedido que le vendiera al jefe sin decirle que dormía bajo el techo de su madre.
No sabía por qué le molestaba. Pero le molestaba.
• • •
Se la dio al anochecer, en el corral, sin decir que la había leído. No hizo falta. Él la miró a la cara antes de mirar el pergamino, y lo supo.
—La has leído.
—Podía ser una navaja escrita.
—Es mi hermana.
—Las hermanas también escriben navajas.
Le había desatado una mano para que la cogiera. Él la desplegó con cuidado, con aquellos dedos grandes, y la leyó a la luz del fuego del corral. Marsaili lo miraba de reojo mientras removía las brasas.
Vio cuándo llegó a lo de la madre. Se le aflojó la mandíbula. Fue un instante. Se le fue toda la cara de jefe, la de leer testamentos, y debajo había un hombre que acababa de enterarse de que su madre había llorado por él.
Luego llegó a lo del perro y casi sonrió.
—Sorcha —dijo, en voz baja, como quien se acuerda de una canción.
Dobló la nota y se la guardó en la túnica, contra el pecho.
• • •
Las gachas de la noche fueron de las de siempre: agua caliente con recuerdos de avena. La avena de Tormod seguía en sus sacos, contada para el invierno. Raonaid repartió desde el caldero. A Marsaili le tocó su cuenco, como a todos.
Se lo dio entero a los dos niños de la choza del fondo, los más pequeños, que se lo comieron agachados contra la pared como dos cachorros. Lo hacía casi todas las noches. Nadie lo comentaba ya.
Al levantar la vista, el MacKerron la estaba mirando.
Desde el poste, con su cuenco a medio comer en la mano libre. No dijo nada. Pero la miraba de una manera distinta. No la del vado ni la del duelo. Como se mira una cosa que no encaja con lo que uno había decidido de antemano.
Ella le sostuvo la mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues come. Que si te mueres no vales nada. Lo ha dicho Sìne.
Él bajó la vista al cuenco. Comió. Despacio, con la barbilla alta, como si fuera carne de ciervo y no agua gris.
• • •
Esa noche le tocó la guardia a ella.
Se sentó en una piedra junto al fuego del corral, con la manta sobre los hombros y la espada de las piedras cruzada en las rodillas. Las vacas rumiaban. Rìgh estaba tumbado contra la cerca, a dos pasos del poste, y de vez en cuando suspiraba con un ruido de fuelle.
El preso no dormía.
—Tu madre te peina —dijo ella al cabo.
—No me peina mi madre. Me peina Neachdan. Mi senescal.
—¿Tu senescal te peina?
—Me peina la barba antes de cada consejo. —Lo dijo con perfecta seriedad—. Hay que estar presentable delante de la fine.
Marsaili lo miró. La barba, que había vuelto a su sitio a fuerza de secarse, se le abría otra vez en sus dos puntas, más o menos. Un poco torcidas.
—¿Y también te corta la carne, tu madre? —preguntó, por decir una barbaridad.
Él tardó un poco en contestar.
—Tiene manías.
Marsaili parpadeó.
—Era una broma.
—Lo sé.
—Te corta la carne. De verdad.
—Tiene manías —repitió él, con la mandíbula tensa.
—Tienes treinta y un años.
—Tiene muchas manías.
Marsaili se tapó la boca con la manta. No sirvió de nada. La risa se le escapó por debajo, ronca, a borbotones, y tuvo que doblarse sobre la espada de piedras para que no la oyera todo el corrie. Rìgh levantó la cabeza, ofendido.
—No tiene gracia —dijo el MacKerron.
—Un poco.
—Empezó cuando murió mi padre. Nunca le he preguntado por qué. —Lo dijo sin mirarla, al fuego—. Le dejo. No me cuesta nada.
La risa se le cortó a Marsaili en la garganta. Se quedó mirando las brasas, con la manta todavía en la boca.
Pasó un buen trecho de noche sin que hablaran.
—¿Por qué a nosotros? —preguntó él después.
—¿Qué?
—Robáis a todo el mundo. A los del lago, a los de la costa. Pero sobre todo a los MacKerron. Mis pastores lo dicen. Mis cuentas lo dicen. ¿Por qué?
Marsaili echó un trozo de turba al fuego. Era el último que quedaba en el cesto. Mañana habría que cortar más, y en noviembre la turba no se seca.
—Porque nos lo debéis.
Él no contestó. Ella tampoco esperaba que lo hiciera.
Cuando el fuego bajó, se levantó, se quitó la manta de los hombros y se la tiró. Le cayó en la cara.
Él se la quitó de un tirón, con la mano libre, y la miró como si le hubiera tirado un gato muerto.
—No tengo frío.
—Te castañetean los dientes desde que salió la luna. Suena igual que un telar.
Él no dijo gracias. Se echó la manta por encima sin una palabra, con la barbilla alta, como un rey que acepta un tributo. Y ella supo, sin necesidad de mirarlo más, que aquel hombre no iba a dormir en toda la noche aunque se le cayeran los ojos. Por orgullo. Por no darle el gusto.
Tampoco ella iba a dormir.
• • •
Pasada la medianoche, cuando la respiración del corral se volvió lenta y pesada, Marsaili se apartó del fuego hasta la piedra grande del arroyo, donde no llegaba la luz.
Se sentó. Desenvainó el cuchillo que llevaba al cinto.
Era corto, de hoja ancha, con el mango de hueso de ciervo amarillento y gastado por la mano de su padre. Iain Dubh lo había usado para todo: para cortar cuerdas, para el pan, para marcar las orejas de los terneros. Lo había limpiado en la hierba mil veces.
Ella lo había limpiado una sola. En el brezo, al amanecer, cuatro años atrás, con Ailean llorando a su lado y el cielo entero oliendo a humo. Lo había frotado con tanta fuerza que se había cortado el dedo.
En las ferias contaban que el jefe de Strath Aird había jurado algo sobre una tumba. Que colgaría a quien la llenó.
Miró hacia el corral. Al bulto envuelto en su manta, junto al poste, con los ojos abiertos en la oscuridad y la barbilla alta incluso tumbado.
Pasó el pulgar por el filo.
—Si supiera de quién fue la sangre de esta hoja —murmuró—, me mataría.