Capítulo 6. Fuga con toro
La cuerda sabía a sebo, a barro y a vaca, y Diarmad MacKerron la había mordido durante toda la tarde.
Al anochecer le habían atado las manos por delante para que comiera, que así lo había mandado la vieja.
Fue el error de los MacCorrach. Un hombre con las manos delante tiene la cuerda al alcance de los dientes, y a él, que nunca en su vida había roído nada que no fuera un hueso de ciervo en un banquete, le sobraban dientes y le sobraba orgullo.
La última hebra cedió cuando ya no se veía el poste.
Ahora corría.
O algo parecido. El bosque de abedules bajaba por la ladera en una oscuridad casi completa, con troncos blancos que salían de la nada y le golpeaban los hombros.
El suelo era musgo, raíces y piedras sueltas.
Había caído tres veces. Tenía la ceja abierta otra vez y las manos, todavía atadas entre sí, llenas de arañazos.
Pero estaba libre.
Iba hacia el sureste. O eso creía. Lo había calculado al anochecer, por dónde se ponía el sol, antes de que las nubes taparan las estrellas.
Strath Aird estaba a una noche de marcha.
Llegaría al alba, sucio, a pie, sin espada, y entraría en Dùn Àird por su propio portón.
Neachdan lloraría. Su madre le gritaría y luego le cortaría la carne.
Y él mandaría cien hombres a este corrie.
Cien hombres. Contra niños que se lamían los dedos.
Apartó la idea de un manotazo.
Más arriba, en el corrie, se habían encendido antorchas. Voces. Se agachó detrás de una roca y esperó. Las antorchas pasaron de largo, hacia el oeste.
Sonrió en la oscuridad. Iban por el lado equivocado.
Se levantó. Dio diez pasos. Y detrás de él, en el bosque, sonó un mugido.
Largo, profundo, ronco. Lo habría reconocido en cualquier parte. Lo había oído por primera vez hacía siete años, en un establo, de madrugada, con un ternero blanco temblando entre la paja.
—No —susurró—. Ahora no.
Las ramas crujieron. Algo enorme y pálido avanzaba entre los troncos, directo hacia él, con una seguridad de perro de rastro.
Rìgh salió de entre los árboles, se plantó a cuatro pasos, lo miró y volvió a mugir. Más fuerte. Con todas sus ganas. Hacia el corrie.
—¡Calla! —Levantó las manos atadas—. ¡Soy yo, animal! ¡Soy yo!
Rìgh mugió por tercera vez.
Arriba, todas las antorchas se dieron la vuelta.
• • •
Corrió. El toro corrió detrás, encantado, mugiendo a cada zancada como un pregonero de feria.
—¡Por ahí! —gritó una voz aguda—. ¡Va por ahí, sigue a la vaca!
—¡No es una vaca, es el toro!
—¡Pues sigue al toro!
Eran niños. Lo estaban cazando niños. Una piedra le pasó silbando junto a la oreja. Otra le dio en la espalda. Otra en el hombro, y esa dolió. Tenían buena puntería, los condenados; eran niños de monte, de los que tiran piedras a los cuervos para que no se coman la siembra.
—¡Basta! —gritó, volviéndose—. ¡Soy el…!
Una piedra le dio en el pecho y no acabó la frase.
Saltó un tronco caído. Al otro lado había una pequeña figura agachada, tan quieta y tan pegada a las raíces que no la vio hasta que la tuvo debajo. Un palo se le metió entre los tobillos.
Cayó cuan largo era. De bruces. En el musgo mojado.
Levantó la cara. Delante tenía a Ailean, el niño del remolino, con un palo de avellano en las manos y una expresión feroz.
—Te he cogido —dijo el niño. Le temblaba la voz, pero no el palo.
—Eso parece.
Se incorporó sobre los codos. Podía levantarse. Podía apartar a aquel crío de un empujón y seguir corriendo. Era la mitad de él. Menos.
No lo apartó.
Fue entonces cuando las antorchas llegaron a la loma, y entre ellas, sin antorcha y sin prisa, Marsaili.
Bajó hasta el tronco caído y se quedó allí, mirándolo desde arriba. Tenía la trenza deshecha de correr y el pecho le subía y le bajaba.
—Si vas a decir algo hiriente —dijo él desde el suelo—, dilo ya, que tengo frío.
Ella se metió dos dedos en la boca y silbó.
Dos notas. Agudas, cortas, como dos cuchillos.
Rìgh, a cuatro pasos de él, bajó la cabeza.
Conocía ese gesto. Se lo había visto hacer contra un toro de los MacRannoch, el verano que lo llevaron a cubrir vacas al otro lado del Bealach. El cuello encogido. Los cuernos hacia delante.
—Por la barba de mi padre —dijo, muy bajito.
El toro cargó.
Se tiró a un lado sin pensar. Rodó por la pendiente, entre helechos, y fue a parar de espaldas en un charco de turba, negro y helado, con un chapoteo que se oyó en todo el bosque. El toro pasó por encima del sitio donde había estado su cabeza y frenó con las patas delanteras clavadas en el barro.
Una nota larga cruzó el aire. Suave, sostenida, como un suspiro.
Rìgh levantó la cabeza. Resopló. Se dio la vuelta y subió la ladera al trote hasta quedarse junto a Marsaili, que le rascó la frente entre los cuernos.
Se sentó en el charco. El agua de turba le corría por la barba. Por la espalda. Por dentro de las botas.
Los niños se reían. Todos. Ailean no, pero los otros sí, a carcajadas, sujetándose las tripas, y alguien más arriba, una mujer, se reía también.
—¿Qué le has enseñado a mi toro? —preguntó él.
—Modales.
• • •
Lo devolvieron al poste al filo de la medianoche. Esta vez con las manos atrás, dos nudos más y un muchacho de guardia.
No durmió. Y cuando el cielo empezó a clarear por encima del corrie, había tomado una decisión.
—Quiero un duelo —dijo, en cuanto la vio salir de la choza.
Marsaili se detuvo con el cubo en la mano.
—¿Un qué?
—Un duelo. Tú y yo. Con armas. Delante de tu gente. —Levantó la barbilla—. Si te gano, sin cuerdas.
—¿Sin cuerdas y libre?
—Sin cuerdas. No pido la libertad. —Le costó decirlo—. Solo que no me aten como a un buey. Mis hombres no han visto nunca a su jefe atado a un poste. Tus niños no tienen por qué acostumbrarse.
Ella lo miró mucho rato. Luego dejó el cubo en el suelo.
—Vale.
• • •
Le dieron una vara de avellano larga como él. Ella sacó a Mordaz.
Parecía injusto, pero con una vara larga, en un corral, contra una espada corta, el que tenía la ventaja era él. Lo había aprendido de niño, con el maestro de armas de su padre: la distancia es la mitad de cualquier pelea.
Medio corrie se había juntado en la cerca. La vieja Sìne estaba sentada en una piedra con las manos en el bastón, como en una boda.
—¡Dale en las rodillas, niña! —gritó—. ¡Que son de salón!
—Gracias, señora —dijo Diarmad.
—No era para ti.
La primera embestida la paró sin esfuerzo.
La segunda también. Marsaili era rápida, muy rápida, y tenía unos pies de bailarina que no se quedaban quietos nunca.
Pero él era más alto, tenía los brazos más largos y sabía lo que hacía.
A la quinta vez, le hizo saltar la espada de la mano de un golpe seco en la muñeca.
Mordaz cayó al barro. Él adelantó la punta de la vara hacia su pecho.
—Ríndete.
Ella le pisó la vara.
Con todo el peso, de lado, contra el barro. Él tiró para liberarla y en ese instante ella ya estaba dentro de su guardia. Le enganchó el tobillo con el pie, le empujó el pecho con el hombro, y Diarmad MacKerron cayó de espaldas por segunda vez en una noche.
Cuando abrió los ojos, Marsaili tenía a Mordaz otra vez en la mano y la punta apoyada en su broche de plata.
—Así no se pelea —jadeó él.
—Así se gana.
Hubo aplausos en la cerca. Sìne Mhòr dio tres golpes de bastón en la piedra.
Y por la senda de la cresta, con sus dos perros, bajaba el pastor viejo. Venía cansado, despeinado, con un mensaje en la cara. Se quitó el gorro al llegar.
—Habla la señora —dijo, y recitó de memoria, con los ojos cerrados—: canje el martes a mediodía en Clach nam Fiann. Los tres presos por el jefe. Ni una vaca. Y la fine se reunirá el día de San Andrés para elegir caudillo, si el jefe no ha vuelto.
Diarmad, en el barro, notó que se le helaba la sangre. Elegir caudillo. Elegir a otro.
El pastor abrió los ojos y carraspeó.
—Y dice también la señora que se lo devuelvan peinado.