Capítulo 5. Clach nam Fiann
Tormod llegaba siempre antes, y siempre la esperaba sonriendo.
Aquella tarde también. Lo vio desde abajo, al subir la loma pelada con las nueve vacas por delante y el toro detrás: una figura alta apoyada en la piedra más grande del círculo, con el manto azul echado sobre un hombro y el perro negro tumbado a sus pies. Al verla, levantó la mano.
Clach nam Fiann eran doce piedras de pie, grises, más altas que un hombre, plantadas en corro en lo alto de una loma donde no crecía ni el brezo.
Decían que eran guerreros de los Fianna convertidos en piedra por no saber callarse.
Marsaili nunca había oído hablar a ninguna. Le parecía un buen castigo.
—Tardas —dijo él.
—Tardo lo que tardan las vacas.
—Entonces la culpa es de ellas. Las perdono.
Tenía la voz cálida, la sonrisa fácil y unos dientes tan blancos que daban rabia.
El pelo moreno, limpio. El manto, de lana buena, teñido de un azul que no salía de ningún tinte de pobre.
Detrás de él, en la ladera de enfrente, pastaba su manada: sesenta o setenta cabezas, vigiladas por media docena de hombres con arcos.
Uno de ellos era Dùghall, con aquella cara estrecha y afilada de hacha que nunca sonreía. Ni siquiera la miró.
Rodeó las vacas sin prisa. Les palpó el lomo a dos, les miró las ubres a otras dos y le dio una palmada en la grupa a la del cuerno roto, que había venido por su cuenta.
—Buena carne —dijo—. ¿De dónde?
—Del cielo. Cayeron anoche.
—Cayeron de Strath Aird. Se nota en el pelo. —Se rio—. Siete marcos de plata y cuatro sacos de avena.
—Diez marcos y seis sacos.
—Ocho y cinco, y te los cargo en mis ponis hasta la mitad del camino.
—Ocho y seis. Los ponis los cargas igual, que te conozco.
Él le tendió la mano. Ella se la estrechó.
Fue entonces cuando lo vio. En el dorso de la mano izquierda, la que no le estrechaba, tenía una cicatriz fina y blanca, larga como un dedo, que le cruzaba los nudillos en diagonal. Marsaili la había visto mil veces. Era de las cosas de Tormod que ya no se ven, como el color de un manto.
Hoy, no sabía por qué, se fijó.
• • •
El perro se levantó.
Gaoth era un perro de caza enorme, negro, de pelo duro y patas largas, con un collar de cuero claveteado de plata que valía más que la ropa de cualquiera de sus niños. Tormod le hablaba como a una novia y le daba de comer con la mano. Marsaili lo había visto partirle una pierna de cordero entera.
Gaoth dio dos pasos hacia el toro y se detuvo.
Rìgh había bajado la cabeza. Tenía los cuernos abiertos hacia delante y los ollares hinchados. Resopló. Un bufido largo, profundo, que levantó polvo del suelo pelado. Escarbó la tierra con una pezuña.
El perro gimió. Metió la cola entre las patas y se fue a esconder detrás de las botas de su amo.
—Vaya —dijo. Miró al toro con interés, como se mira una moneda rara—. Ese toro no me quiere.
—Ese toro no quiere a nadie. Menos a mí.
—Es el toro del MacKerron. El blanco. Lo conoce todo el norte. —Ladeó la cabeza—. ¿Lo vendes?
—No.
—Te daría más que por todas las vacas juntas.
—Me sigue. No puedo venderte algo que se vuelve a casa conmigo.
Él se rio, encantado, y le acarició la cabeza a Gaoth. El perro temblaba.
—Siempre te han seguido los animales difíciles —dijo—. Es un don.
—Será que no les hablo como a una novia.
—Tú no le hablas así a nadie, Marsaili. Ese es tu problema.
• • •
Cargaron la avena en los ponis de él. Seis sacos.
Los contó ella con la mirada, sin acercarse, mientras Tormod le dejaba caer en la palma una bolsita de cuero con las ocho monedas.
Marsaili sopesó la bolsa sin abrirla. Pesaba bien.
Tormod nunca la engañaba en el peso. La engañaba en otras cosas, pero en el peso, nunca.
Las vacas de Strath Aird pasaron a la manada de la ladera. Marsaili las vio ir con un pellizco en el pecho. Siempre le pasaba con las buenas.
Fue al mirarlas cuando se fijó en las otras.
Al borde de la manada de Tormod, apartadas, pastaban tres vacas viejas.
Viejísimas. Tenían los lomos huesudos, los cuernos gastados y esa forma de mover la cabeza, despacio, de las vacas que han parido diez veces y ya no se asustan de nada.
Una era de un color raro, entre gris y azul, como la pizarra mojada.
Las tres tenían el mismo corte en la oreja izquierda. Una muesca en forma de cola de golondrina, dos picos y un hueco en medio.
Marsaili conocía las marcas de todos los clanes de aquel lado del Bealach. La muesca redonda de los MacKerron. El corte doble de la gente del lago. El agujero de los de la costa. Las había aprendido de niña, sentada en la cerca con su padre, como otras niñas aprendían canciones.
Aquella no la había visto nunca.
—¿Y esas? —preguntó, señalando con la barbilla—. Las viejas.
Él no se volvió a mirar.
—De los isleños. Las compré en Loch nan Ròn hace años. Son buenas criadoras, las conservo por eso.
—¿Los isleños venden vacas? Creía que solo las compraban.
—Los isleños venden cualquier cosa. —Le sonrió—. Igual que tú.
Ella se encogió de hombros. Las vacas viejas siguieron pastando. La azul levantó la cabeza un instante y la miró con unos ojos mansos de vaca que lo ha visto todo, y luego volvió a bajarla.
• • •
—¿Y el niño? —preguntó Tormod, cuando ya se iba—. ¿Come?
—Come.
—Me gustaría verlo. Hace mucho.
—Cuando tenga techo, vienes a cenar.
—Rompiste nuestro compromiso por un techo —dijo él. Sin rencor. Con la voz cálida, tranquila, de quien recuerda una cosa simpática—. Delante de toda tu gente.
—Rompí el compromiso porque no me caso con nadie hasta que Glen Corrach tenga techo. Te lo dije así. Era muy claro.
—Lo era. —Tormod le puso la mano en la mejilla. Ella no se apartó. Le debía la vida, a él y a sus manos: eran las que la habían sacado a rastras de una sala en llamas, con Ailean en brazos, aquella noche. Con eso no se discute—. Ya tendrás techo.
La miraba de una manera que conocía desde niña. Como se mira un caballo que es tuyo aunque todavía no lo hayas pagado.
Ella apartó la cara.
—Tengo al MacKerron.
Lo dijo para cambiar de tema. Para ver qué cara ponía. Para tener, por una vez, algo que Tormod no tuviera.
La cara no le cambió. Fueron los ojos. Algo se movió en el fondo, rápido, como un pez bajo el hielo, y se quedó quieto otra vez.
—¿Al jefe?
—Al jefe. Atado a un poste. Se cayó al río.
—Véndemelo.
Marsaili parpadeó.
—No está en venta.
—Te daré por él lo que pidas. Plata. Grano para todo el invierno. Tengo comisión del justicia, me lo pagarán a mí, y tú no tendrás que ensuciarte. —Le sonrió con todos los dientes—. Piénsalo.
—Ya lo he pensado. No está en venta.
Tormod se encogió de hombros. Silbó al perro, que salió de detrás de sus botas aliviado.
—Todo está en venta, Marsaili. —Se echó el manto azul sobre el hombro—. Hasta tú, si el invierno aprieta.
• • •
Llegó al corrie de noche cerrada, con los ponis vacíos ya devueltos, los seis sacos repartidos a lomos de Pàdraig, de dos muchachos y suyo, y el toro detrás. Tenía las piernas de madera y la bolsa de plata al cuello.
Había luz en las chozas. Olía a turba y a gachas. Los niños dormían.
Se acercó al corral a comprobar al preso, con una antorcha en la mano y un comentario venenoso preparado.
El poste estaba vacío.
A sus pies, en el barro, había un trozo de cuerda. Marsaili se agachó a cogerlo. La cuerda no estaba cortada. Estaba roída, deshilachada, mordida hebra a hebra con una paciencia de ratón.
Detrás de ella, Rìgh levantó la cabeza enorme hacia el bosque de abedules que bajaba por la ladera.
Y mugió.