Capítulo 4. Los niños del corrie
Nadie le escupió, y eso fue lo peor.
Diarmad había pasado la mañana atado a un poste del corral, con las manos a la espalda y la ropa secándose encima a fuerza de sol flojo y viento. Había esperado escupitajos. Piedras. Algún insulto bien escogido. Lo había esperado con la barbilla alta, preparado para soportarlo como un jefe.
No llegó nada de eso. La gente del corrie pasaba por delante, lo miraba y seguía con lo suyo.
Y lo suyo era poca cosa.
Había contado veintinueve personas, sin los niños pequeños.
Las chozas eran de piedra suelta y brezo, tan bajas que había que entrar doblado.
Los hombres tenían las mejillas hundidas.
Las mujeres, las manos agrietadas. A media mañana una muchacha repartió gachas de un caldero, y Diarmad vio desde el poste que eran casi agua, grises, con un puñado de avena flotando.
Nadie protestó. Los niños se lamían los dedos.
Era el día de Todos los Santos. En San Maelrubha, el padre Colmán estaría tartamudeando la misa delante de su madre, con la capilla llena de velas. Después habría carne en el salón, pan blanco y cerveza de la buena.
Aquí rascaban el fondo de un caldero.
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—Abre la boca.
Bajó la vista. Delante tenía a una vieja diminuta, arrugada como una manzana de abril, con un manto negro, un bastón y unos ojillos negros y rápidos de urraca.
—¿Perdón?
—Que abras la boca. No pienso repetirlo, que a mi edad cada palabra cuesta.
Por pura sorpresa, la abrió. La vieja le agarró la mandíbula con unos dedos como raíces, le giró la cara a un lado y al otro, le miró los dientes, le tiró del párpado de abajo y le palpó el chichón de la ceja con una falta de delicadeza que debía de ser de nacimiento.
—Buenos dientes —anunció hacia el corral, donde varias mujeres miraban con interés—. Buena carne. Bien comido. —Le pellizcó el brazo—. Eso es avena fina de Strath Aird, se nota.
—Señora…
—La barba sobra.
Cerró la boca de golpe.
—Mi barba —dijo, con toda la dignidad que se puede tener atado a un poste— es asunto mío.
—Tu barba es asunto de quien la tenga que lavar. —La vieja no le hizo caso. Había visto el broche. Se le iluminaron los ojillos y alargó la mano hacia la plata—. Mira qué cosa. Con esto se compra grano para todo el invierno. Se lo parto en cuatro a un herrero y…
—Sìne.
La voz llegó desde la puerta del corral. Marsaili. Se había lavado la ceniza y se había trenzado el pelo en una sola trenza gruesa, negra, con aquel mechón blanco en la sien. Ya no parecía una fantasma. Parecía algo peor: una mujer despierta.
—Entero vale más —dijo.
La vieja suspiró. Retiró la mano.
—Siempre fuiste una niña tacaña —le dijo a Marsaili—. Te di el pecho dos años, y ni las gracias.
—Te las doy ahora.
—Ahora ya no me sirven. —Sìne Mhòr lo miró una última vez, de arriba abajo, como se mira un buey en una feria cuando no te llega el dinero—. Que coma. Si se muere, no vale nada.
Se fue. Él soltó el aire.
—¿Quién era eso?
—Mi nodriza.
—Me ha mirado los dientes.
—Ha mirado los de cientos de terneros. No te creas especial.
• • •
El pastor llegó a mediodía.
Bajó por la senda de la cresta con dos perros y una vara de avellano, viejo, encorvado, con un plaid lleno de remiendos. Diarmad lo reconoció antes de que llegara al arroyo, y se le enfrió algo en el pecho.
Era uno de los suyos. Uno de los viejos de la majada alta del Bealach, de los que subían las ovejas de Strath Aird a los pastos de verano. Diarmad le había dado una moneda por Pascua, como a todos. Le había preguntado por las rodillas.
El viejo lo vio en el poste y se quitó el gorro. Tuvo la decencia de ponerse colorado.
—Señor.
—Eres de los míos.
—Soy de los de ella también, señor. —Se retorció el gorro entre las manos—. Mi mujer era de Glen Corrach. Le quedaban dos hermanas aquí arriba.
Le quedaban. Se guardó el tiempo del verbo como se guarda una astilla.
Marsaili se acercó con Pàdraig, el manco, y con una mujer joven de mirada dura que no le había quitado los ojos de encima en toda la mañana. Se plantó delante del poste.
—Escucha bien, que no hay nada escrito. —Hablaba para el pastor, pero lo miraba a él—. Le dirás a Lady Muirne que tenemos a su hijo, que está vivo y que come. Que nos lo llevamos del río porque se cayó solo.
—Me empujaste.
—Te caíste encima de mi cuerda. —No se distrajo—. A cambio queremos tres cosas. Los tres presos que se quedaron en el vado, enteros. Cien vacas para pasar el invierno, escogidas por mí. Y Glen Corrach.
El viejo parpadeó.
—¿Glen Corrach, señora?
—Devuelto. Con la proscripción levantada. Para volver a vivir donde vivíamos.
Diarmad se rio. No pudo evitarlo. Se rio con la garganta, una sola vez, seco.
—Jamás.
Ella no pestañeó.
—Tienes todo el invierno para cambiar de idea.
—Mi clan no negocia con ladrones. Mi madre no dará ni una vaca. Y la fine de Strath Aird no devolverá un palmo de tierra a los que guiaron la creach que mató a mi padre.
Lo dijo con su mejor voz. La del consejo. La que hacía callar a los ancianos.
La mujer de la mirada dura dio un paso hacia él. Marsaili la sujetó del brazo sin mirarla.
—Díselo así —le dijo al pastor—. Palabra por palabra. Y dile que nadie de Glen Corrach bajó nunca a guiar a nadie. Que eso también lo diga su hijo, si quiere, cuando aprenda.
El viejo se puso el gorro y se fue por donde había venido. Al pasar junto a Diarmad no lo miró.
• • •
El niño apareció a media tarde.
Ya lo conocía. Era el que se había escondido detrás de la vieja al amanecer, el flaco del remolino. Llevaba toda la mañana rondando el corral a distancia, como ronda un perro a un forastero: acercándose dos pasos, alejándose tres.
Ahora se plantó delante del poste. Solo. Con los puños cerrados y la barbilla temblando.
Tenía los ojos de ella. Grises, de pizarra.
—Tú quemaste a mi madre.
Diarmad abrió la boca.
Tenía respuestas para todo. Para la fine, para su madre, para el justicia del rey, para la arquera de Glen Dubh que lo había dejado plantado delante de medio clan. Tenía una respuesta para la vieja de los dientes y otra para la mujer de la cuerda.
Para aquello no tenía nada.
—Yo no… —empezó.
—Sí. —El niño no lloraba. Hablaba bajo y muy claro—. Tenías la capa. Y esa cosa de plata. Y la barba así, en dos. Yo lo vi. Estaba en la puerta y te vi con una antorcha.
Notó algo que se agrietaba por dentro. Una grieta pequeña. Del tamaño de un niño de cuatro años en una puerta.
—¿Cómo te llamas? —preguntó. Le salió más ronco de lo que quería.
El niño no contestó. Dio media vuelta y se fue corriendo hacia las chozas.
—Ailean —dijo Marsaili a su espalda. No la había oído llegar—. Se llama Ailean. Es mi hermano. Tenía cuatro años.
Él no se volvió a mirarla. No podía.
Ella pasó por su lado. Llevaba una cuerda enrollada al hombro y la espada de piedras colgada a la espalda, su espada, como si llevara un hacha de leña. Abajo, en el corral, Pàdraig y dos muchachos estaban separando vacas. Las suyas. Las de Strath Aird. Ocho o nueve de las mejores.
Y el toro, plantado en la puerta del corral, esperándola a ella.
—¿Adónde vas?
Marsaili se detuvo. Lo miró por encima del hombro, con la trenza negra cayéndole por la espalda.
—Voy a vender tus vacas, MacKerron. —Abrió el corral con el pie—. Que alguien se las coma.