TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 3. Marcha de Samhain
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Capítulo 3. Marcha de Samhain

A la segunda legua, el jefe de los MacKerron empezó a protestar, y ya no paró.

—Exijo que me desates.

—No.

—Exijo, por lo menos, que me desates del toro.

—El toro no se queja.

—¡El toro no va atado a nadie!

Marsaili no se volvió. Iba delante, con la mano en el cuello de la vaca del cuerno roto, canturreando bajito para que el rebaño no se desparramara por la ladera.

Treinta y cuatro cabezas. Había contado las que cruzaron el vado detrás de Pàdraig y no había más.

Treinta y cuatro vacas, un toro y un jefe, a cambio de Uilleam y de los dos hermanos pelirrojos.

No era un buen negocio. Todavía.

La senda subía entre brezo negro y peñascos. La niebla se había quedado en el río y aquí arriba la noche era limpia y helada, con un cielo lleno de estrellas que no calentaban nada. A la izquierda, muy abajo, las hogueras de Samhain se iban apagando una a una. A la derecha, el monte.

—Mujer.

—Marsaili.

—No te he preguntado el nombre.

—Te lo digo para que dejes de llamarme «mujer». Me suena a que vas a pedir la cena.

Detrás de ella, la cuerda crujió. Él se había parado. El toro no, y el jefe dio un tirón hacia delante con un ruido de bota encharcada y una palabra que no se decía delante de las madres.

—Soy el MacKerron —anunció, cuando recuperó el paso. Lo dijo con una voz grave y redonda, de leer un testamento delante de los herederos—. Señor de Strath Aird. Trescientos hombres me deben su espada.

—Pues que vengan a por ti.

—Vendrán.

—Que traigan cuerda. La mía es buena, pero no es eterna.

Fearghus Liath, que iba en la retaguardia con el hacha al hombro, se adelantó dos pasos.

—¿Qué ha dicho?

—Que es el MacKerron —le contestó Marsaili, más alto.

—¿El qué?

—¡El MacKerron, Fearghus!

—Ah. —El viejo miró al preso de arriba abajo, empapado, con la barba en dos mechones lacios y el chichón de la ceja ya del tamaño de un huevo de paloma. Se rascó la oreja—. Pues yo me lo imaginaba más seco.

• • •

Pararon en la fuente de las Tres Mujeres, a media noche de camino, porque una ternera cojeaba y porque las piernas de todos empezaban a irse cada una por su lado.

Marsaili se agachó junto a la ternera. Una piedra en la pezuña. Se la sacó con la punta del cuchillo y la ternera le dio las gracias con una coz que no llegó a acertar.

Cuando se volvió, el jefe estaba sentado en una roca, con las manos atadas delante. Pàdraig le había cambiado la cuerda para que pudiera beber. Se había quitado una bota y la estaba sacudiendo con mucha ceremonia.

—¿Qué haces?

—Una piedra. —Él no levantó la vista. Volvió a calzarse con dificultad, tirando con los dedos atados—. Tu monte está lleno de piedras.

—Es un monte.

—En Strath Aird los caminos están limpios.

—En Strath Aird los caminos los limpian otros.

Se acercó con el odre. Él bebió como bebía todo, con la barbilla alta, sin prisas, sin dar las gracias. Tenía las manos grandes, blancas de frío, y al sostener el odre le brilló algo en un dedo. Una sortija de plata. Valía dos terneras, calculó Marsaili. Tres, si se la vendía a un isleño con prisa.

Ya se la quitaría al llegar. Había tiempo.

Le quitó el odre. Él se limpió la boca con la muñeca y la miró.

A la luz de las estrellas tenía los ojos muy claros. Azules, de los que parecen agua. No le había mirado bien la cara en el vado. Ahora sí: la mandíbula cuadrada, ancha como la de un toro joven, la nariz recta, la boca apretada. Era más guapo de lo que tenía derecho a ser un hombre así.

Era más guapo de lo que había sido en su recuerdo, y en su recuerdo tenía fuego detrás.

—¿Sabes quién soy? —preguntó él, en voz baja.

No era la pregunta del camino. No era la del señor de trescientas espadas. Era otra.

—Lo sé desde hace cuatro años.

Él no apartó la mirada. Ella tampoco. Se quedaron así, con el odre entre los dos y la ternera coja resoplando detrás, hasta que fue él quien bajó los ojos primero, a las manos atadas.

Marsaili se dio la vuelta. Le temblaban las rodillas y se dijo que era del frío.

—Andando —dijo, a todos y a nadie.

• • •

En la cuesta del Lomo Negro, el jefe empezó a quedarse atrás.

No por terquedad. La ropa mojada se le había helado encima y las botas le chapoteaban a cada paso.

Arrastraba los pies. La cuerda iba tensa del toro a sus muñecas, y Rìgh, que tenía paciencia de rey pero no infinita, volvía la cabeza de vez en cuando para mirar qué era aquello que le colgaba de la cola.

En una revuelta, el MacKerron tropezó y se quedó de rodillas en el brezo.

El toro se detuvo. Se dio la vuelta, despacio, con toda la cuerda enredándose en sus patas, y se acercó al hombre arrodillado. Bajó la cabeza enorme. Los cuernos pasaron a un palmo de las orejas del jefe.

Uno de los muchachos sacó el cuchillo. Marsaili le hizo un gesto. Quieto.

Rìgh le puso el morro en la espalda al MacKerron y empujó.

No fuerte. Con firmeza. Como empuja una vaca a un ternero que se ha quedado dormido en el camino.

El jefe se tambaleó hacia delante y se levantó. El toro volvió a empujarlo. Él dio dos pasos, ofendidísimo.

—¿Has visto eso? —le dijo a Marsaili.

—Lo he visto.

—¡Lo crie yo! ¡Con leche en un cuerno, de mi mano! ¡Dormía en el establo con él cuando tenía cólicos!

—Pues se nota que te tiene cariño. A otro lo habría dejado en la cuesta.

El MacKerron abrió la boca. La cerró. Siguió andando, con el toro detrás, que le daba con el morro en los riñones cada vez que aflojaba el paso. Marsaili oyó reírse a Fearghus Liath, una risa ronca de viejo que no se le había oído desde la primavera. No había entendido nada, pero se rio igual.

Ella no se rio. Se mordió el carrillo por dentro y miró al frente.

Le estaba gustando demasiado aquello. Y tenía que acordarse, a cada paso, de qué hombre era el que iba atado a la cola del toro.

• • •

El alba los pilló bajando al corrie.

Coire nam Fiadh se abría como una mano entre dos montañas, con un arroyo en el centro y paredes de roca a los lados. Diez chozas de piedra seca y tejado de brezo, pegadas al suelo para que no las viera nadie desde abajo. Un corral de piedra. Humo de turba, poco, porque la turba se acababa.

Olía a casa. A la única casa que les quedaba.

Las vacas olieron el agua y bajaron solas. Pàdraig abrió el corral. Y de las chozas, al oír las pezuñas, empezó a salir la gente.

Primero los perros. Después los niños, cinco, descalzos, flacos, con las mejillas rojas de frío y los ojos como platos al ver el rebaño.

Después las mujeres. Raonaid, con el pequeño Eòin en brazos y el pelo recogido de cualquier manera.

Y Sìne Mhòr, al final, con su bastón, su manto negro y su cara de haber visto ya todo lo que se podía ver y no haberle gustado nada.

—¿Dónde está Uilleam? —preguntó Raonaid.

—Lo tienen ellos.

—¿Y tú a quién tienes?

Marsaili se hizo a un lado.

El MacKerron entró en el corrie detrás del toro, atado, empapado, con la barba hecha un desastre, el chichón morado y la capa verde chorreando barro.

Todavía llevaba el broche de plata en el pecho, grande como un puño.

Al sol bajo del amanecer, el broche brillaba igual que en otra noche había brillado al resplandor de las llamas.

Un niño se había quedado delante de todos, el más flaco, con el remolino de pelo negro de punta y los ojos grises. Ailean.

Marsaili lo vio mirar al hombre. Lo vio mirar la capa. El broche. La barba, aunque estuviera deshecha, partida en dos.

Lo vio quedarse blanco.

Ailean retrocedió un paso. Luego otro. Y luego echó a correr y se escondió detrás de las faldas de Sìne Mhòr, agarrado a la tela con los dos puños, temblando como no había temblado desde hacía años.

—Es él —dijo, con una vocecita que se oyó en todo el corrie—. El del fuego.