TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 2. El MacKerron se moja
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Capítulo 2. El MacKerron se moja

Diarmad MacKerron había tardado tres semanas en preparar la trampa, y Neachdan media hora en peinarle la barba. Las dos cosas habían quedado perfectas.

Desde la loma lo veía todo. Las antorchas, encendidas a su señal en un arco que había medido él mismo a pasos. Las vacas apelotonadas en el recodo. Los ladrones, siete sombras atrapadas entre el agua y los helechos. Y en medio, la fantasma.

La Bean Nighe. La lavandera de los muertos. Llevaba un año asustando a sus pastores, robándole ganado en las noches de niebla y haciendo que hombres hechos y derechos durmieran con la puerta atrancada. En Strath Aird ya había quien no quería bajar al río ni a por agua.

Se acabó.

Desenvainó. La espada salió de la vaina con un siseo largo, y las piedras de la empuñadura recogieron la luz de las antorchas. Era un gesto que había ensayado. Sabía que desde abajo se vería bien.

—Adelante —dijo.

Bajó al trote por la ladera, con la capa verde abierta al viento y cuarenta hombres detrás. La plata del broche le golpeaba el pecho a cada paso. Olía a humo de hoguera, a río y a victoria.

Abajo, la fantasma se echó hacia atrás la sábana gris.

Era una mujer. No había esperado otra cosa, porque él no creía en lavanderas, pero sí había esperado que tuviera miedo.

Tenía la cara blanca de ceniza, el pelo negro chorreando sobre los hombros y un mechón blanco en la sien que parecía pintado.

Lo miró subir hacia ella con su caballo, su espada y su capa.

Y se rio.

No con nervios. Con ganas, con la cabeza echada atrás, como se ríe uno de un gallo que se cree águila.

—¿Has tardado tres semanas en esto? —le gritó—. ¡Te han peinado y todo!

Notó que se le subía la sangre a la cara. Se la había peinado Neachdan. Con aceite.

—¡Ríndete, mujer!

—¡Ven tú a buscarme, que yo estoy mojada!

• • •

Los ladrones pelearon mejor de lo que esperaba.

Uno manco, con un hacha, tumbó a dos de sus hombres sin despeinarse.

Las vacas, enloquecidas por las antorchas, cargaban en todas direcciones y lo convertían todo en barro y cuernos.

Vio caer al suelo a un muchacho flaco y a otros dos que tenían más años que juicio.

—¡Marsaili! —chillaba el flaco, con la cara en el barro—. ¡Marsaili, corre!

—¡Calla, Uilleam! —le contestó ella desde algún sitio—. ¡Encima les das los nombres!

Tres. Tenía tres.

Buscó a la mujer y la encontró junto al aliso grande, el de la orilla, agachada. Hacía algo con una cuerda. Espoleó al caballo hacia ella. La espada en alto, el broche al viento. Estaba a cuatro varas. A tres.

La mujer tiró de la cuerda.

Salió del barro tensa como la cuerda de un arpa, atada del tronco del aliso a una piedra de la orilla, a la altura exacta de las rodillas de un caballo. Le dio tiempo a pensar que era un buen nudo.

El caballo tropezó. Él siguió adelante sin caballo.

Voló. Se golpeó la cara contra algo duro, la ceja izquierda contra una piedra, y le estalló una luz blanca detrás de los ojos. Y luego el agua.

La poza.

El agua honda del vado se le cerró por encima, negra y helada, y le entró por la nariz y la boca a la vez. Pataleó. Los pies no tocaron nada. Las manos no agarraron nada. La capa empapada pesaba como un buey muerto y tiraba de él hacia abajo, y la espada se le escapó de los dedos.

Nadie lo sabía. En todo Strath Aird no había un solo hombre que supiera que su jefe no sabía nadar. El único que lo había sabido estaba enterrado en San Maelrubha.

Iba a morirse delante de sus hombres, ahogado en un vado, por una cuerda de vaca.

Algo le agarró del pelo.

Tiró hacia arriba con una fuerza brutal. Sacó la cara al aire y tosió río, barro y orgullo. Una mano le sujetaba la cabeza por la nuca, con los dedos enredados en el pelo rubio que Neachdan había peinado con tanto cuidado, y otra le apretaba el cuello de la túnica.

Delante tenía una cara blanca de ceniza. Con los ojos grises, de pizarra mojada. Lo miraba muy de cerca.

—Hola —dijo la fantasma.

Él intentó agarrarse a ella. Ella lo hundió un palmo y lo volvió a sacar.

—Las manos quietas, jefe.

Lo dejó así, con la boca justo por encima del agua. Ella tenía los pies en algo, en el borde de piedra de la poza, porque no se hundía. Él no tenía nada. Solo aquella mano en el pelo.

—¡MacKerron! —gritó la mujer hacia la orilla, sin soltarlo—. ¡Tus hombres sueltan a los míos o te suelto yo!

En la orilla, cuarenta hombres con antorchas miraban a su jefe colgado del pelo de una lavandera. Nadie se movió. Nadie soltó a nadie. Nadie supo qué hacer, porque en ninguna canción de Strath Aird había pasado nunca nada parecido.

—Se lo están pensando —le dijo ella, casi amable—. Eso no es buena señal para ti.

Diarmad escupió agua.

—Suéltame y verás…

—¿Qué veré? ¿Cómo te hundes? Ya lo he visto. No tiene gracia.

Algo brilló en el fondo, a sus pies. Las piedras de la empuñadura. La espada había caído en el borde, donde el agua era menos honda. La mujer la vio también. Sin soltarlo, estiró una pierna, enganchó la cruz con el pie, la subió con una habilidad indecente y la cogió con la mano libre.

—Mira qué bonita —dijo, encantada—. ¿Eso son piedras de verdad?

Fue entonces cuando vio la otra espada.

La llevaba ella al costado, corta, vieja, de las que se usan de cerca. A la luz de las antorchas, el pomo dejó ver un jabalí grabado.

Un jabalí.

Lo conocía. Lo había visto en un escudo colgado en la pared de una sala que ardía, cuatro años atrás, mientras el techo se venía abajo. El jabalí de los MacCorrach.

Se le revolvió el estómago, y no era por el agua.

• • •

Fue ella la que lo sacó. A la otra orilla, la del monte, lejos de las antorchas.

Lo arrastró por la poza agarrado del pelo, y en el último tramo, cuando él por fin notó grava bajo los pies, lo empujó de cara contra la orilla.

Arriba lo esperaba el manco del hacha, que había cruzado el vado por las losas con cuatro ladrones y todas las vacas que pudo arrear.

—¡Si una sola antorcha cruza el río —gritó ella a la otra orilla—, vuestro jefe vuelve a bañarse!

Diarmad, a cuatro patas, vomitaba agua.

—¿Señor? —gritó desde el otro lado el más veterano de sus hombres—. ¿Cargamos?

Podía ordenar la carga y morir ahogado con mucha dignidad.

—Quietos —dijo. Le salió una voz de rana.

La mujer le ató las manos a la espalda con un nudo que no había visto en su vida. Luego, sin prisa, le pasó otra cuerda entre las muñecas y se la llevó hacia atrás.

El toro estaba allí. Su toro. Rìgh, el blanco, el que había criado él de ternero con leche en un cuerno, el orgullo de Strath Aird. Estaba en la grava, tranquilo, rumiando, y la miraba a ella.

La mujer ató el otro extremo de la cuerda a la cola del toro.

El manco lo señaló a él, y luego la capa empapada, y luego el lomo de Rìgh. Una pregunta clara: «¿Lo cargamos encima?».

—No —dijo ella—. Mi toro no lleva equipaje.

—¡Es mi toro!

La mujer se volvió hacia él. La ceniza se le había ido de media cara con el agua y debajo había piel morena y una boca que se lo estaba pasando muy bien.

—Pregúntaselo a él.

Le dio un golpecito en la grupa al toro. Rìgh echó a andar hacia el monte, detrás de ella. La cuerda se tensó. Diarmad tuvo que elegir entre seguirlo o perder los brazos, y lo siguió.

En lo alto de la orilla miró atrás. No pudo evitarlo.

Las antorchas seguían allí, en el vado, quietas. Veía a sus hombres. Veía a los tres ladrones arrodillados en el barro, sujetos. Veía su caballo, sin jinete, bebiendo en la poza.

Tenía la barba deshecha, chorreando en dos mechones lacios. La ceja le latía. El agua le salía por las botas a cada paso.

—Tienen a tres de los tuyos —le dijo a la espalda de la mujer—. Te ahorcarán por esto.

—Ellos tienen tres ladrones —contestó ella sin volverse—. Yo tengo al jefe.

Se colgó al hombro la espada de las piedras.

—El canje lo pongo yo.