TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5) Capítulo 1. La lavandera del vado
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TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5)

TRILOGÍA HIGHLANDER. LA LADRONA, LA CAZADORA Y LA TEJEDORA (AMORES PROHIBIDOS DE LAS HIGHLANDS nº 5)

Por AVELINE SINCLAIR

© inepub.com

Capítulo 1. La lavandera del vado

Para estar muerta, Marsaili tenía demasiado frío en los pies.

Llevaba media noche de rodillas en las losas del vado del Aird, con el agua hasta los tobillos y una camisa empapada entre las manos.

La levantaba. La dejaba caer contra la piedra de moler.

Plaf. La retorcía. Otra vez. El río le había dormido los dedos hacía rato, y el que le faltaba en la punta del meñique le dolía igual que si siguiera allí.

Cantaba bajito. Un lamento sin palabras, de esos que se cantan a los muertos con la boca casi cerrada.

En las lomas ardían las hogueras de Samhain, una en cada cumbre, rojas en la niebla. Abajo, en el prado de la orilla, mugían doscientas vacas MacKerron, bajadas de los pastos de verano para pasar al alba entre dos fuegos y tener suerte en invierno.

No iban a tener ninguna.

—¿Lo oyes? —dijo una voz de muchacho, al otro lado del aliso.

—Es el río.

—El río no canta.

—Este sí. Bebe y canta. Como tu padre.

Marsaili golpeó la camisa contra la piedra. Plaf. Subió el canto medio tono, que era donde mejor sonaba la pena.

La sábana de lino gris le tapaba la cabeza y los hombros.

Llevaba el pelo suelto, negro, pegado a la cara, y la ceniza le había quitado el color hasta de los labios.

Sìne Mhòr le había mojado la ropa con un cubo antes de salir, a conciencia, y le había dicho que una lavandera seca no asustaba ni a una gallina.

Los pasos se acercaron por la orilla. Tres pastores, a juzgar por cómo resbalaban. Uno llevaba una tea.

—Ahí —susurró el más joven—. Ahí, en las piedras. Es una mujer.

—¿A estas horas?

—Está lavando.

—¿Qué lava?

Marsaili dejó de cantar. Levantó la camisa chorreando hacia la luz de la tea, muy despacio, para que vieran bien que era una camisa de hombre y que estaba manchada de algo oscuro. Era barro de turba. Desde la orilla, y con miedo, el barro de turba es otra cosa.

Volvió la cara hacia ellos.

—La tuya —dijo, con una voz que no era de este mundo ni del otro, sino de una garganta que llevaba tres horas a remojo.

El de la tea gritó primero. El más joven gritó mejor. El tercero no gritó, porque ya iba corriendo y necesitaba el aire para otra cosa. La tea cayó al barro y se apagó con un chisporroteo, y los tres se perdieron prado arriba, chillando hacia las hogueras y la torre.

Esperó a contar diez latidos. Después escupió la ceniza que se le había metido en la boca.

—Mi padre no bebía tanto —dijo una voz ofendida entre los juncos.

—Tu padre se bebía el río entero, Uilleam. Mueve las vacas.

• • •

Salieron del agua sin ruido: Uilleam delante, flaco y con prisa, y detrás Pàdraig y cinco más. Pàdraig no dijo nada, porque Pàdraig no decía nada nunca, pero le tocó el hombro al pasar con la mano buena, y eso en él era un discurso.

Se puso en pie. Las rodillas le crujieron como una puerta vieja.

Silbó entre dientes, dos notas cortas y una larga, y las vacas más cercanas levantaron la cabeza.

Después empezó a canturrear, grave, con el ritmo de un paso tranquilo, y la primera, una vaca parda con un cuerno roto, echó a andar hacia ella.

Las demás la siguieron. Las vacas son como los hombres: van donde va la que parece saber adónde va.

Las sacaron por la orilla, por la franja de grava que dejaba el río bajo. El agua tapaba el ruido de las pezuñas. La niebla tapaba lo demás.

Fue entonces cuando lo vio.

Estaba aparte, en un cercado de varas junto al aliso, solo. Blanco. No blanco de vaca sucia, sino blanco de verdad, de luna, con unos cuernos largos y abiertos que habrían podido llevar una puerta. Tenía la cabeza levantada y la miraba.

—No —dijo Uilleam, que había vuelto atrás a ver por qué se paraba—. Ese no.

—¿Por qué no?

—Porque es Rìgh. Es el toro del jefe. Lo crio él de ternero, dicen que le canta. Si nos llevamos ese, nos persigue hasta el mar.

—Que nos persiga. Andar le vendrá bien.

—Marsaili…

Ella ya había pasado una pierna por encima de las varas.

El toro bufó. Tenía un aliento caliente que olía a hierba y a establo, y era tan grande que la sombra le cubría a ella entera.

Se paró a dos pasos. No le miró a los ojos.

A los toros no se les mira a los ojos, igual que a los jefes: se les habla de lado, como de pasada, para que crean que la idea es suya.

Canturreó.

No la nana de las vacas. Otra, más baja, que su madre cantaba a los potros cuando había que ponerles la primera cuerda. Le salió ronca por la noche de río.

Rìgh movió una oreja. Después la otra. Dio un paso hacia ella y bajó el morro hasta su mano, la de los cuatro dedos y medio, y la olió con calma, con unos ollares húmedos y enormes.

Luego le lamió la ceniza de la muñeca.

—Bueno —dijo ella, con la voz un poco rota—. Bueno, grandullón. Ya está.

Abrió el cercado con el pie y salió andando sin volverse. Oyó detrás el peso del toro sobre la grava. La seguía.

Uilleam se había quedado con la boca abierta.

—Este se viene conmigo —dijo ella al pasar.

—Pero ¿qué le has hecho?

—Le he hablado con educación. Prueba algún día.

Pàdraig la miró desde la cabeza del rebaño, y luego miró al toro, y luego otra vez a ella. Levantó la ceja. Era lo más parecido a una pregunta que se le había oído en años.

—Lo sé —contestó Marsaili—. Pero mira qué cuernos.

• • •

Caminaron por la orilla. Las hogueras se quedaban atrás. El canto de los pastores también.

Y sin embargo, a Marsaili se le había metido algo frío por la espalda que no era la ropa mojada.

Miró el rebaño. Doscientas cabezas y ni un perro. Tres pastores, y uno de ellos casi un niño. Ni una cuerda en el cercado del toro más valioso de Strath Aird. Las vacas estaban gordas, limpias, bien escogidas, como para enseñarlas en una feria.

O en un escaparate.

Había robado ganado en todas las orillas de aquel valle durante tres inviernos. Nunca lo había encontrado tan fácil. Y lo fácil, en la montaña, es lo primero que te mata: el puente que parece firme, la nieve que parece dura, la vaca que se deja.

Además, estaba aquel río.

La última vez que había tenido a un MacKerron tan cerca tenía diecisiete años y un cuchillo en la mano. Se lo clavó a un hombre en el hombro, hasta donde dio el brazo. Él cayó gritando. Ella no se quedó a ver más.

Se pasó el pulgar por el mango de hueso que llevaba al cinto, bajo la sábana. Seguía allí. Siempre seguía allí.

—Pàdraig —llamó, bajito.

Él se volvió.

—Demasiado fácil.

Pàdraig miró las lomas. Asintió una vez y se llevó la mano al hacha.

Uilleam no se enteró de nada. Iba feliz, junto a la vaca del cuerno roto, haciéndole carantoñas.

—Esta noche cenamos carne —le decía a la vaca—. No tú, tranquila. Tus primas.

—Uilleam.

—¿Qué?

—Calla.

El rebaño llegó al recodo donde, a un tiro de piedra del aliso, el vado se abría en la poza honda. Allí la orilla se estrechaba entre el agua y una pared de helechos. Era el único paso. Marsaili lo había elegido por eso: si alguien los seguía, solo podía seguirlos por allí.

Si alguien los esperaba, también.

Rìgh se paró en seco. Levantó la cabeza y olió el aire. Las vacas de delante se apelotonaron.

Notó cómo se le erizaba el vello de la nuca. Llevó la mano a la empuñadura de Mordaz, la espada corta de su padre, y el jabalí del pomo le mordió la palma, frío como un aviso.

Y entonces la noche se encendió.

Veinte antorchas prendieron a la vez en las lomas, en un arco perfecto, de un lado a otro del valle. Abajo, en la orilla, entre los alisos, brillaron cascos y lanzas. Las vacas mugieron. Uilleam soltó una palabra que su madre le habría lavado con jabón.

Una voz bajó desde la loma. Era grave y profunda, de las que llenan un salón sin esfuerzo, y venía muy, pero que muy satisfecha de sí misma.

—Buenas noches, lavandera. Te estábamos esperando.