Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 30
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La habitación de mi tío la abrí el sábado a las diez de la mañana, cuarenta y dos días después de heredarla y dieciocho después de llegar.

La había abierto dos veces en veintidós días y las dos veces la había cerrado desde la puerta.

El día uno escribí en el cuaderno que la dejaba para el día tres. El día tres escribí que la dejaba para el día cinco. A partir del día cinco dejé de escribirlo, como hace una cuando ya sabe que no lo va a hacer.

Está la cama hecha. Eso es lo que hay. Las zapatillas en el sitio exacto donde uno pone los pies al levantarse, un vaso en la mesilla con tres dedos de polvo y un despertador parado a las once menos veinte de un día de hace ocho meses.

Román subió detrás de mí con dos cajas montadas.

—¿Por dónde?

—Por la cama.

Lo primero que hay que entender de vaciar el cuarto de un muerto es que no se vacía por sentimiento, se vacía por orden, y que si no lo haces por orden te pasas cuatro horas mirando cosas.

Orden: cama, armario, mesilla, cajones, paredes. Y no se abre nada hasta que le toca.

Deshicimos la cama entre los dos. Las sábanas a una bolsa, la manta a otra, el colchón fuera al porche a que le diera el aire, que es lo que hay que hacer con un colchón antes de decidir si se tira.

Y lo hicimos hablando de otra cosa, que es como se hacen estas cosas.

Lo que hay que hablar mientras se vacía el cuarto de un muerto es de papeles, de horarios y de la semana que viene. Nunca de él. Si se habla de él, se para todo el mundo.

—El lunes entra a las nueve menos cinco —dije—. La maestra viene de Villanueva y llega a menos diez.

—¿Y lo del papel?

—Lo del papel está. Baja del CIDEAD el jueves, que la tramitó la propia maestra porque ella ha tenido dos casos de familias itinerantes en Villanueva. Matrícula ordinaria en el colegio de Majadavieja desde el lunes quince. Y el curso lo continúa, no lo repite, porque va con los mismos contenidos.

—¿Y en junio?

—En junio, cuando subáis, se pide otra vez la itinerancia para el trimestre de fuera. Eso lo hace la maestra en mayo y se puede hacer todos los años.

—Todos los años.

—Todos los años. Se lo he preguntado dos veces porque no me lo creía.

La mesilla tenía un vaso, unas gafas de leer, un frasco de pastillas caducado en dos mil veintidós y un recorte de periódico doblado en cuatro, que era la convocatoria de una jornada sobre vías pecuarias en Ciudad Real de hace seis años.

No había ninguna carta. Eso ya lo sabía yo desde el lunes y lo comprobé otra vez, y está bien que no la haya.

Sacamos la ropa del armario. Trajes de invierno de hombre de ochenta y tres años, dos abrigos, once camisas dobladas con papel de seda entre medias. Eso lo hizo mi bisabuela, lo del papel de seda, y estuvo ahí sesenta años.

Todo a bolsas. Tres bolsas grandes a Cáritas de Villanueva, que pasan el martes.

Menos dos cosas. Un chaleco de lana, que se lo quedó él sin decir nada y que le está bien. Y un sombrero de paja de los de trabajar, que lo cogió Martina y que le queda por las orejas.

A las once y media bajó Martina de casa de Angustias con el huevo en la caja de membrillo, que sigue entero, y lo puso encima de la mesa de la cocina.

—¿Y esto qué hago con él?

—Eso ya no se come.

—Ya lo sé.

—Pues ponlo donde quieras.

Lo puso en la alacena de los tarros, entre los garbanzos y el azúcar, con la caja y con el papel de periódico, y ahí sigue.

—¿Y cuándo se lo digo a Angustias?

—¿El qué?

—Que lo he guardado.

—Cuando quieras.

—Se lo digo el lunes, que es cuando la veo.

A las doce Angustias subió con una bandeja y la dejó en el escalón, como hace ella, sin entrar.

—Eso son ocho niños y desde el lunes son nueve.

—Nueve.

—Nueve.

—Con nueve la maestra viene fija. Con ocho estaba en el aire.

—¿Eso es verdad o es lo que a usted le gustaría?

—Eso es verdad y además es lo que me gustaría —dijo, y se bajó la cuesta sin despedirse.

En los cajones de abajo había once cuadernos de tapa dura, de los de cuentas, uno por década larga, con la letra de mi tío. No los abrí. Los puse en la caja de mirar, que es la que sigue sin crecer y sin bajar y que a estas alturas ya tiene nombre propio en esta casa.

En la pared, detrás de la puerta, había un calendario de mil novecientos ochenta y ocho de una casa de piensos, con el mes de noviembre puesto.

Ese lo dejé donde estaba.

A la una y media el cuarto estaba vacío. Cuatro bolsas, dos cajas, un colchón en el porche y una habitación con la ventana abierta y el suelo barrido, que es una habitación de siete metros con buena luz de mañana.

Nos quedamos los dos en la puerta mirándolo desde fuera, como se hace cuando se acaba de vaciar una habitación y todavía no es de nadie.

—Aquí cabe una cama de noventa y una mesa.

—Y una estantería, que hay ciento doce ovejas y once hojas.

—Doscientas ochenta y ocho —dije—. Me lo explicó ella.

A las cuatro subió Nando del coche con el resto de las cosas de ellos, que son dos bolsas y un cajón. Dos bolsas y un cajón es todo lo que tienen un hombre y una niña que llevan nueve años andando.

Nando se queda en el cuarto del bar hasta abril y hace la guardia de la dehesa tres noches por semana, alternando con Román. Eso lo hablaron ellos el martes por la noche y a Nando le sale mejor, porque cobra igual y duerme en una cama.

Por la tarde bajamos al pueblo, porque el sábado había punto.

El Esquileo estaba como está un sábado. Chelo sacó la libreta de hule a las siete y cuarto y leyó lo que había escrito el domingo anterior en la mesa camilla de Angustias.

—Punto dos. Que cuando el pastor pare en el término, se le invita el pasto. Esto lo puse yo sin votar y dije que se votaba hoy, y si sale que no, lo tacho.

—Chelo —dije—, eso ahora no tiene sentido.

—¿Por qué no?

—Porque el pasto es mío y ya está invitado. No hace falta votarlo.

—Se vota igual.

—¿Por qué?

—Porque lo que se vota es del pueblo y lo que no se vota es de quien sea. Y esto queremos que sea del pueblo.

—Y hay un punto tres —dijo Chelo.

—¿Cuál?

—Que lo de la fiesta se hace todos los años el primer sábado de noviembre, pase o no pase el rebaño.

—Eso no lo he propuesto yo.

—Eso lo ha propuesto Paco Ramiro el martes en la barra.

Lo votaron. Salió que sí por trece a cero, con la mano levantada de Angustias la primera, que es la primera vez que esa mujer levanta la mano en veintidós días.

Y Visi se puso de pie.

—Bueno, pues como alcaldesa quiero decir que esto es lo que yo dije en octubre, que la trashumancia era patrimonio vivo y que había que apoyarla, y que si no llega a ser por la corporación no estaríamos aquí.

Nadie la contradijo. Chelo lo apuntó tal cual.

Antes de subir cerré con Chelo lo del jueves.

—El jueves a las diez y veinte tiene médico Angustias en Infantes.

—Ya lo sé.

—¿Lo sabe?

—Aquí lo sabe todo el mundo menos ella, que se cree que no lo sabe nadie.

—La llevo yo.

—Ya lo sé también.

—¿Y eso cómo lo sabe?

—Porque no hay nadie más.

Subimos a las nueve. Martina se quedó con Angustias, que se la pidió el jueves para el sábado y que ya no da explicaciones.

—Que se traiga el pijama de las estrellas.

—Ya lo sabe.

—Y que la traigo a las doce, que mañana es domingo.

La cuesta son veinte minutos. Los hemos subido juntos catorce veces y siempre callados o hablando de horarios.

Y en la cuesta, subiendo, con la linterna del móvil, él dijo una cosa que no había dicho nunca.

—Oye.

—Dime.

—Quiero que te quedes esta noche conmigo abajo.

Me paré en el camino.

—¿Abajo?

—En la cocina no. Abajo es una manera de hablar. Quiero decir que te lo estoy pidiendo.

—Ya lo he entendido.

—Es que llevo desde el veintinueve de octubre sin pedir nada y me está costando.

—Te está costando poco para lo que yo pensaba.

—Pues entonces pido otra cosa.

—Pide.

—Que mañana no te levantes a las siete.

Eso me hizo reír en mitad de una cuesta a las nueve y veinte de la noche.

—Eso no lo puedo prometer.

—Ya lo sé.

—Pero lo voy a intentar.

—Con eso vale.

Cerramos la puerta de abajo con llave. Eso tampoco lo habíamos hecho.

La habitación de arriba tiene una ventana que da al cercado y el cercado está vacío desde el lunes, y desde la cama se ve el hueco donde estaban los comederos.

No corrimos las cortinas porque no hay cortinas.

La primera vez fue en noviembre y con la puerta de abajo sin cerrar con llave, porque a ninguno de los dos se nos ocurrió, y con una fecha encima de la cabeza que ninguno de los dos nombró.

Esta no tenía fecha encima.

Y fue distinto, y lo voy a contar en una sola cosa, porque las otras son mías.

Fue que hablamos.

La primera vez no habló ninguno de los dos. Aquella noche él dijo cuatro veces lo que quería, en voz alta, con palabras normales, como quien pide que le pasen una herramienta, y dos de esas cuatro veces le dije que no y no pasó absolutamente nada, y las otras dos le dije que sí.

Y yo dije tres.

—Eso no lo había hecho nunca —dije después.

—¿El qué?

—Decirlo.

—¿Nunca?

—En treinta y seis años, nunca. Y no te pongas contento, que no es por ti. Es que hasta hace tres semanas yo no me fiaba de nada que yo quisiera.

—No me estoy poniendo contento.

—Te estás poniendo contento.

—Una cosa —dijo antes de dormirse.

—Dime.

—El jueves llevas a Angustias.

—El jueves llevo a Angustias.

—Y yo el jueves no puedo, que viene el de la paja a ver la parcela.

—Ya lo sé. No te lo he pedido.

—Ya lo sé. Te lo digo para que conste.

Se durmió a las doce menos veinte. Duerme como duerme la gente que se levanta a las seis y veinte, que es de golpe y boca arriba.

Yo no.

Yo me quedé despierta un rato mirando el techo, que tiene un cerco del tamaño de una mesa camilla y que en primavera hay que arreglar, porque Paco me hizo el presupuesto el jueves y son trece mil doscientos y no los tengo.

Voy a hacer cuatro cosas para tenerlos y ya las tengo escritas.

Dos son bodas de marzo que ya estaban firmadas.

La tercera es Puebla del Príncipe, que me llamó el martes para preguntarme cuánto costaba lo suyo de mayo y a la que le he mandado presupuesto el viernes.

Y la cuarta es que en febrero no hay nada y en febrero se cobra lo de enero.

A las doce y media bajé a la cocina a por agua.

La cocina de esta casa a las doce y media de la noche, con la calefacción puesta y con dos abrigos en las sillas en vez de uno, es una habitación distinta de la que yo entré el dieciocho de octubre con un cuaderno y una lista de trece días.

Encima de la mesa, al lado de la funda de plástico con las fotocopias de mil novecientos uno y de la caja de vino con las siete libretas de Chelo, está el papel de la puerta de la cuadra.

Veintidós días de casillas, dos columnas de cruces y de iniciales, una fila que pone ENCARNA y está vacía y una última que pone SALIDA DEL REBAÑO, LUNES 8, 7. 20.

Lo trajo él el miércoles, doblado en cuatro, y lo puso ahí sin decir nada y yo tampoco dije nada.

Al lado hay una hoja nueva que imprimí el jueves y que todavía no tiene ninguna cruz.

Pone INVERNADA. NOVIEMbrE. Tiene treinta columnas y cuatro filas, que son agua, pienso, vuelta a la malla y paja, y la fila de la paja está en blanco porque depende de si llueve antes del quince de diciembre.

Y arriba, en la cabecera, donde yo pongo siempre el sitio y la fecha, no puse el sitio.

Puse los dos nombres.

Por orden alfabético, que es como pongo yo todo y que esta vez no dice nada, porque la J va antes que la R.