Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 29
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Aída me llamó el miércoles a las diez y cuarenta, y me llamó por un papel.

—Jimena, dos minutos. Estoy con el saneamiento de la comarca y tengo una duda con lo tuyo.

—Dime.

—La finca de Salcedo figura inscrita como descansadero y parada. Si la vendes y el comprador da de baja la actividad, yo tengo que sacarla del listado de puntos de parada de la comarca, y eso lo tengo que hacer antes de fin de año.

—No la vendo.

Hubo dos segundos de silencio administrativo.

—¿No la vendes?

—No la vendo. Se lo dije al comprador el lunes por escrito. La finca sigue inscrita y sigue siendo parada.

—Ah, pues mejor. Mejor para el listado, quiero decir.

—Mejor para el listado.

—Pues ya está, eso era todo. Me quito una carta de encima.

Iba a colgar. Lo oí. Se oye cuando alguien va a colgar.

Y entonces, sin cambiar de tono, con la misma voz con la que acababa de hablar de un listado:

—Oye, pues fíjate, qué cosas. El otro me llamó ayer para pedirme el teléfono de Saúl Bravo y esta mañana me ha dicho Saúl que ha cogido la parcela de los Aguirre. La de las seiscientas.

Me apoyé en la mesa de la cocina, que es de madera y aguanta.

—¿Qué parcela?

—La de los Aguirre. La de Sierra Morena, bajando, a dos jornadas de aquí. Se la ha cogido para la invernada entera.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer. Entran hoy o mañana, me ha dicho Saúl. Y le he vuelto a decir a Saúl que ahí no entran ochocientas si no llueve, y me ha dicho que ya lo han hablado los dos y que tienen apalabrado lo de la paja. Que eso lo han hablado ellos.

—Ya.

—Bueno, pues nada, que no te entretengo. Ah, y el sábado bajo a lo del acta de Chelo, que me ha dicho que voto.

Colgó a las diez y cuarenta y seis. Seis minutos de llamada, contados, porque el móvil los cuenta solo.

Estuve doce minutos de pie en la cocina.

Lo que hice en esos doce minutos no fue pensar si iba. Fue exactamente lo que hago siempre, que es mirar qué tenía en el día y qué se movía, y lo que tenía era una llamada a las doce con el de Puebla del Príncipe y el borrador de una factura.

Y lo que tenía en la cabeza era una sola pregunta, que no era si iba, sino qué le decía primero.

Moví la llamada a las cinco. La factura no la moví porque las facturas no se mueven, se hacen por la noche.

Lo que sí hice en esos doce minutos fue una cosa muy tonta que cuento porque es verdad: me cambié de pantalón.

No me arreglé. Me puse el de campo limpio en vez del sucio, que es exactamente lo que se hace cuando una va a un sitio donde hay barro y no quiere llegar como si no lo hubiera pensado.

Salí a las once y diez.

Son cuarenta y un minutos por la comarcal, pasando Castellar, y el desvío de la dehesa de los Aguirre es un camino de tierra de dos kilómetros con una cadena a la entrada que estaba abierta.

Por la comarcal, pasando Castellar, el paisaje cambia a los veinte minutos. Se acaba el cereal y empieza el monte bajo, y a la izquierda, al fondo, se ve la línea de Sierra Morena, que desde aquí es una raya azul y desde cerca es otra cosa.

Llegué a las doce menos cinco.

La parcela es grande y está bien cerrada, con malla de dos metros y postes nuevos del año pasado, y tiene el abrevadero en la parte de arriba, al lado de una nave baja de piedra con techo de chapa.

El rebaño estaba fuera, en el camino, apretado, esperando a entrar. Ochocientas dos ovejas paradas en un camino hacen un ruido distinto al de ochocientas dos ovejas andando. Es más bajo y es peor.

Estaban Román, Nando, los dos careos, los dos mastines y un hombre de cuarenta y tantos apoyado en el poste de la cancilla, que era Saúl Bravo.

Y estaba Martina, sentada encima de un fardo de paja con la manta por los hombros.

Me vio ella primero.

No corrió. Levantó la mano, así, como se saluda a alguien que va a llegar en un rato, y volvió a bajarla.

En un camino de tierra de dos kilómetros con un rebaño parado en la cabecera no se llega en coche hasta el final. Eso lo sé desde hace tres semanas y hace tres semanas no lo sabía.

Aparqué a cincuenta metros y fui andando.

Saúl se separó del poste y me dio la mano como si me hubiera visto ayer.

—Señora.

—Jimena.

—Jimena. Pues mire, ahí lo tiene. Cerrado desde ayer a las dos.

—Ya me lo han dicho.

—¿Y a qué viene usted, si se puede saber?

—A verlo.

—¿Se lo ha dicho Aída?

—Me lo ha dicho Aída.

—Esa mujer es peor que un bando —dijo, y se fue hacia su camioneta a por algo que no necesitaba.

Román estaba a diez metros con el cayado y no se había movido.

Tenía la ropa de andar tres días, la barba de tres días y las manos como las tiene siempre. Había bajado veintidós kilómetros el lunes, diecinueve el martes y no sé cuántos aquella mañana.

Fui hasta él.

Y antes de que dijera nada, porque esto lo llevaba pensado desde la comarcal y porque el orden importa, dije lo mío primero.

—El lunes a las once y cuarenta y cuatro le escribí a Baeza y le dije que retiro la finca de la venta. No vendo. Ni en enero ni nunca.

Se quedó quieto.

—El lunes.

—El lunes. Tres horas y media después de que os fuerais.

—¿Por qué?

—Porque eché las cuentas y las cuentas decían vender, y aun así no vendo. Y te lo digo antes de que tú me digas nada, porque no quiero que te enteres después y pienses que lo he decidido esta mañana en un coche.

—Ya.

—Y hay otra cosa que también te digo antes. Esto no es una oferta. No te estoy ofreciendo una casa. Yo me he quedado con esa casa para mí.

—Vale.

—Vale.

Se pasó la mano por la boca, como hace cuando va a decir una cosa larga.

—Pues ahora te digo yo la mía, y te la digo entera, porque la mitad no vale.

Y me la dijo entera, allí de pie, en un camino de tierra, con ochocientas dos ovejas esperando y sin bajar la voz.

Parcela de los Aguirre, doscientas veinte hectáreas, cerramiento del año pasado y agua propia de sondeo.

Firmada con Saúl Bravo el martes a las dos de la tarde, que tiene poder de la propietaria para firmar arrendamientos y lo enseñó.

Tres euros con veinte por cabeza y mes, cuatro meses y medio, del diez de noviembre al veinticinco de marzo. Once mil quinientos y pico.

—Y hay una condición que me ha puesto Aída sin ponérmela, que es que aquí no entran ochocientas si no llueve.

Tiene razón. Así que lo que he hecho es apalabrar con Saúl cuarenta toneladas de paja a cuarenta euros, que es el precio de hoy, para entregar si el quince de diciembre no ha llovido.

Si llueve, no la compro y pierdo doscientos euros de reserva.

Si no llueve, la tengo al precio de noviembre y no al de enero, que es cuando se pone imposible.

Yo llevo catorce años oyendo a gente presentarme soluciones y sé distinguir en treinta segundos entre una solución y un deseo con números encima. Esto tenía precio, fecha, superficie, una contingencia costeada y un nombre con poder para firmar.

—Eso está bien pensado.

—Eso lo pensó ella hace cuatro días en un mercado y yo le dije que no.

—Dos cosas más que tienes que saber, porque son dinero y porque son mías.

—Dime.

Luego me contó lo de Requena, que es el de la dehesa de abajo, la de Sierra Morena, donde ha entrado cinco años el doce de noviembre.

Lo llamó el martes por la mañana y le dijo que este año no entraba.

Mil doscientos euros de señal pagados en agosto que no se devuelven.

Y la plaza, que la coge otro antes de Navidad y que ya no vuelve.

—O sea que esto te ha costado dinero.

—Esto me ha costado tres mil doscientos euros más que la de abajo, mil doscientos de señal que no me devuelven y una dehesa de cinco años.

—¿Y por qué lo has hecho?

Llevo catorce años haciendo esa pregunta en salas de reuniones. La hago cuando alguien acaba de enseñarme un número y quiero saber qué hay detrás del número, y lo normal es que la gente tarde, se remueva y empiece por el final.

Y ahí es donde este hombre hizo la única cosa que yo no tenía prevista, que fue contestar deprisa.

—Porque quiero pasar el invierno a cuarenta minutos de ti y no a nueve jornadas.

Eso es todo. Y lo he hecho antes de saber lo tuyo y lo habría hecho igual si hubieras vendido, porque si hubieras vendido a lo mejor te quedabas en la comarca de todas formas y a lo mejor no, pero yo el invierno lo quiero aquí.

—Román.

—Espera, que falta lo otro.

Y dijo lo otro.

—Yo no dejo la trashumancia. En junio subo a la sierra con el rebaño y son veintiséis jornadas y estoy fuera de junio a octubre. Eso no lo voy a cambiar, porque eso es lo que hago y porque es lo único que sé hacer bien.

—No te he pedido que lo cambies.

—Ya lo sé. Te lo digo porque si empezamos, empezamos sabiendo que hay cuatro meses al año que yo no estoy.

—Yo tengo clientes en Madrid y voy a seguir subiendo dos días a la semana, y en primavera hay tres bodas que ya están firmadas desde marzo.

—Pues eso.

—Pues eso.

—¿Y Martina qué dice?

—Martina no sabe todavía que va al colegio aquí, porque eso no se lo digo hasta que esté el papel. Lo que sabe es que este invierno estamos cerca.

—¿Y qué dijo?

—Preguntó si Angustias estaba cerca de aquí.

—¿Y qué le dijiste?

—Que cuarenta minutos.

—¿Y?

—Y dijo que eso es poco.

Nos quedamos así un momento, a dos metros, con el ruido de fondo.

—Una cosa más —dije—. Y esta es la que importa y la digo yo porque si la dices tú no me la creo.

—Dila.

—Yo no me quedo porque tú vengas. Llevo tres días quedándome y tú no habías venido.

—Ya lo sé.

—Y tú no vienes porque yo me quede.

—No. Yo vine ayer a las dos de la tarde.

—Pues entonces ya está.

—Ya está.

Y no hubo nada más de eso, porque a las doce y cuarto había que meter ochocientas dos ovejas en una parcela.

Nando abrió la cancilla pequeña y se puso por detrás con Negra, y los dos careos hicieron lo suyo, que es empujar sin apretar, que es lo más difícil que hace un perro.

Eso es lo que hicimos hasta las dos menos veinte.

Meter un rebaño en un sitio nuevo se hace despacio y por la cancilla pequeña, de una en una, porque hay que contarlas.

La primera entrada en una parcela arrendada se cuenta siempre.

Se cuenta por el que entra y se cuenta por el que cobra, y esta vez lo contaba el que entraba, porque Saúl se fue a las doce y media.

Él se puso en la cancilla.

—Ponte ahí, del otro lado del poste. Yo canto de veinte en veinte y tú me lo repites.

—¿Solo repetirlo?

—Solo repetirlo. Y si me lío, tú me dices por dónde iba.

—Vale.

—Y no te muevas de ahí, porque si te mueves se paran.

Me puse.

Y empezó.

—Veinte.

—Veinte.

—Cuarenta.

—Cuarenta.

Al principio pensé que iba a ser aburrido.

Pasan de una en una por un hueco de un palmo y no se puede mirar otra cosa que el hueco.

A las diez veintenas el ruido de las pezuñas en la tierra se convierte en una sola cosa continua.

A las veinte ya no ves ovejas, ves un borde que se mueve, y lo que te sostiene es la voz del otro, que dice un número cada cuarenta segundos y te confirma que sigues en el mundo.

—Doscientos.

—Doscientos.

A los doscientos cuarenta hubo un hueco de dos segundos en el que no dijo nada.

—Doscientos cuarenta —dije yo.

—Doscientos cuarenta —dijo él.

Y siguió.

A las trescientas Martina empezó a cantar desde el fardo de paja, con la manta por los hombros, una cosa que no sé lo que era y que estaba mal cantada de una manera que no se parece a nada del mundo.

Nadie le dijo que se callara.

Cantó hasta las quinientas y luego se cansó y se puso a mirar.

—Setecientos ochenta.

—Setecientos ochenta.

—Ochocientos.

—Ochocientos.

Y luego, dos.

—Ochocientas dos —dijo él.

—Ochocientas dos —dije yo.

Y no había ninguna de menos y no había ninguna de más, y entre los dos habíamos tardado una hora y veinte minutos en decir cuarenta y un números.

Y cerró la cancilla. Echó el pasador. Comprobó el pasador.