Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 28
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La primera majada está a veintidós kilómetros del Vadillo, encima de Torre.

Es un descansadero con dos paredes de piedra y una charca que no se seca. Llevo cinco años parando ahí.

Llegamos a las cinco y veinte. Con la luz justa.

Veintidós kilómetros son diez horas con ochocientas dos. Eso contando las paradas de agua. Y contando que el primer día se anda peor, porque las patas vienen de veintidós días quietas.

El primer día de una bajada larga se conoce en los pies de las ovejas y en el ánimo del que va detrás.

Las mías venían de veintidós días en un cercado de cuatro mil metros, comiendo bien y sin andar.

Eso engorda y ablanda. A los seis kilómetros se estiró el rebaño más de lo que me gusta y tuvimos que parar dos veces a que se juntara la cola, y a las once, en el descansadero de la carretera vieja, bebieron todas y se echaron veinte minutos sin que nadie se lo dijera.

Nada de eso es malo. Es el primer día.

Metimos en la majada a las seis menos cuarto. Nando puso el eléctrico por el lado abierto y yo di de comer.

Antes de contar hice lo del agua. La charca estaba como tiene que estar y bebieron por tandas, solas, sin que nadie las mandara, que es lo que pasa cuando un rebaño lleva veintidós días bebiendo por turnos escritos en un papel.

Eso no lo había pensado hasta aquella tarde.

Y a las siete conté.

Nando quiso contar él y le dije que no, que el primero lo cuento yo.

Ese es el recuento que vale. No el de la víspera, que no sirve para nada, sino el de la primera parada, cuando ya has andado una jornada y ya sabes si has dejado alguna en el camino.

Conté por bloques desde la pared de arriba. Dos veces. Eso se hace cuando el número tiene que ser bueno.

Ochocientas dos.

Las mismas que salieron de allí a las siete y dieciocho.

Ninguna en el camino. Veintidós kilómetros y ninguna.

Hice la vuelta de la majada antes de cenar, que es lo mismo que la vuelta de la linde pero con paredes de piedra en vez de alambre, y hay dos sitios por donde se sale una oveja si le apetece. Los tapé con dos fardos.

El eléctrico se pone en veinte minutos si el suelo está blando y en cuarenta si no. Estaba blando.

Rubio tardó en levantarse otra vez cuando lo llamé para cenar. Veintidós segundos. Los conté.

Cenamos a las ocho. Comimos lo del táper de Chelo. Está bueno.

Martina se durmió a las nueve menos cuarto encima de la manta, vestida, con la caja de membrillo al lado y el huevo dentro, envuelto en su papel de periódico.

Le dije a Nando que mañana saldríamos a las siete y que el miércoles ya veríamos.

No preguntó por qué el miércoles ya veríamos. Nando lleva seis años conmigo.

Nando se fue con Negra al otro extremo de la majada a las nueve y media, que es donde duerme él.

Martina había preguntado dos veces por Angustias durante el día. La primera a media mañana, para saber si ya había ido al médico, y le dije que era el jueves y no el lunes. La segunda por la tarde, para saber si el jueves alguien le leería el papel.

Le dije que sí.

No sé quién. Le dije que sí porque a una niña de seis años, a las cinco de la tarde de una primera jornada, no se le dice que no lo sabes.

A las diez saqué la libreta de hule y calculé la etapa de mañana.

De aquí al arroyo de las Ánimas hay diecinueve kilómetros, se sale a las siete y se llega a las tres si el tiempo aguanta, y hay agua a mitad de camino en un abrevadero de la carretera vieja que lleva doce años funcionando.

Eso lo sé sin abrir nada.

Lo he hecho cinco veces.

Lo calculé igual.

Y cuando terminé me quedé con el lápiz en la mano.

El domingo, en un escalón, calculé once jornadas en vez de nueve.

Escribí un número que no me servía. Y el viernes, con un cencerro en la mano, empecé una frase y la dejé a la mitad delante de una persona.

Y aquella noche, en una majada de Torre, con la niña dormida y con todo hecho, acababa de calcular por tercera vez en cuatro días una etapa que me sé desde hace cinco años.

Mi padre decía que el que cuenta tres veces es un desconfiado. De calcular no dijo nada, porque él no calculaba: andaba lo que había que andar y llegaba cuando llegaba.

Un hombre que calcula tres veces lo mismo no está calculando.

Eso es lo que no podía seguir contándome.

Lo que hay dentro de un petate de bajada, por orden de arriba abajo: lo de la niña, lo mío, el botiquín de los animales, los papeles de la explotación en una funda, y debajo de todo, en el fondo, envuelto en una bolsa, el cuaderno.

Está debajo de todo porque no hace falta arriba. Eso es lo que me he dicho nueve años.

Me levanté. Fui al petate. Volví.

Abrí el petate y saqué el cuaderno.

Hay dos maneras de llevar una ruta. Una es en la cabeza, que es como la llevaba mi padre y como la llevo yo desde hace cinco años. La otra es escrita.

Escrita solo sirve si la escribe alguien que va a volver a pasar por allí. Si no, es un recuerdo de viaje, y un recuerdo de viaje no dice dónde está el agua.

El cuaderno de ruta es de tapas duras, azul, con las esquinas forradas de cinta, y tiene una hoja por parada desde la sierra hasta la dehesa.

Lo empezamos hace nueve años, con el rebaño nuestro, en la primera bajada.

Lo abro una vez al año, al empezar octubre, para mirar la primera etapa. Y lo cierro.

Lo abrí por Torre. Es donde estaba. Quería la del arroyo, que es la siguiente.

Y la de Torre va después de la de Majadavieja.

Así que primero pasó la de Majadavieja por debajo de mis dedos, como pasa siempre, y esta vez no pasó.

La página está escrita con su letra. Apretada. Inclinada a la derecha, que es la que le salía cuando escribía de pie. Arriba, la fecha de hace nueve años. Debajo, lo de siempre, que es lo que hay que saber de un sitio.

Kilómetros desde el anterior. Agua: pozo con bomba, buena. Pasto: de paso, poco, suficiente para dos días. Dueño: Ovidio Salcedo, cuarenta y ocho horas, formal. Un teléfono de un veterinario que ya no ejerce.

Y al final, torcido, en el margen de abajo, puesto después y con el lápiz que se le acababa, tres líneas:

Majadavieja. Llovió toda la noche. Román no miró el camino ni una vez.

Yo esa página la he abierto nueve veces y siempre la he abierto a las cinco de la mañana de un dos de octubre, para mirar los kilómetros, que es para lo que está el cuaderno.

La letra de la última línea es más pequeña que la de las otras dos. Eso pasa cuando uno escribe con el cuaderno en la mano y no apoyado, y se le acaba el renglón.

Aquella noche la leí entera.

No decía nada más.

No dice quédate. No dice sigue. No dice ninguna de las cosas que dice la gente cuando se imagina que le escriben desde algún sitio.

Elisa no dejaba recados. Apuntaba lo que veía, igual que apuntaba el agua y el pasto, porque para ella el cuaderno era una herramienta de trabajo y no un diario, y lo que vio aquella noche, con Martina a tres meses de nacer y con los dos durmiendo en un corral de paredes bajas, fue a un hombre que no miró el camino.

Y tenía razón.

Aquella noche yo no miré el camino. Es verdad. Lo recuerdo.

Lo que pasa con esas tres líneas es que no me las escribió a mí. Se las escribió a ella. En un cuaderno de trabajo, al lado del agua y del pasto, para acordarse de una cosa de aquel sitio como se acordaba de que en la parada de Villanueva el pozo está lejos.

Y lo que apuntó de Majadavieja, teniendo un pozo con bomba y un dueño formal que la esperaba con un papel firmado, fue eso.

Nueve años. Nueve veces esa página. Nunca entera.

Estuve un rato con el cuaderno abierto encima de las rodillas y con la mano puesta en la hoja de al lado, y lo que hice después no fue nada emocionante.

No la arranqué, no la doblé, no le hice nada.

Pasé la página a Torre, leí los diecinueve kilómetros del arroyo de las Ánimas, que ya me los sabía, y cerré el cuaderno y lo metí en el petate en su sitio, que es debajo de todo.

Luego saqué la libreta de hule, la del bolsillo, que es la de trabajo.

Escribo mal con el lápiz de carpintero y allí no tenía otro. Salió gordo y torcido.

Y escribí lo que había que escribir, que es una lista de cosas que hacer y no una decisión, porque las decisiones de verdad no se escriben, se escriben las tareas que salen de ellas.

Son las cinco de la lista. Las escribí en cinco minutos.

Uno. Llamar a Aída a las ocho y pedirle el teléfono de Saúl Bravo. A las ocho, que a esa hora todavía está en su casa y coge.

Dos. Preguntar a Saúl si la parcela sigue libre y a qué precio. Cabida real, agua, cerramiento y fecha de entrada.

Tres. Llamar a Requena, el de la dehesa de abajo, y decirle que este año no entro. Cinco años entrando el doce. La señal está pagada desde agosto y son mil doscientos. Los voy a perder y voy a perder la plaza, porque la plaza la coge otro antes de Navidad.

Cuatro. Si sale, dos jornadas. Si no sale, siete más y entro el diecisiete y le pido perdón a Requena.

Cinco. Hablar con Nando, que tiene campaña conmigo hasta abril y que se tiene que enterar por mí y no por nadie. Si nos quedamos a dos jornadas, él puede dormir en una cama cuatro noches por semana, y eso no se le quita a un hombre sin contárselo antes.

Seis. Mirar el agua de la parcela. No fiarse de que ponga sondeo.

Debajo de los cinco puntos no escribí ningún nombre.

No porque no lo pensara. Lo pensé todo el rato, desde el punto uno hasta el punto cinco y antes.

Lo que pasa es que aquella lista era mía y esas cinco cosas hay que hacerlas aunque al final no haya nada, porque si las hago y luego resulta que no hay nada, me he cambiado la invernada por gusto y lo pago yo.

Y si las hago y no me atrevo a decírselo, también lo pago yo.

Leí la lista dos veces.

El punto tres es el que cuesta. Requena es un hombre de setenta años que me dio la plaza cuando yo no era nadie, y decirle el nueve de noviembre que no entro el doce es una cosa que no se hace y que voy a hacer.

El punto cuatro es la garantía. Si Saúl me dice que no, o me dice un precio que no puedo, sigo andando siete jornadas más, llego el diecisiete y le pido perdón a Requena por la llamada. Se puede. Es peor y se puede.

Me quedé sentado hasta las once menos cuarto.

Martina se destapó a las diez y media, como se destapa siempre, y la tapé, y le quité la caja de membrillo de debajo del codo y se la puse al lado de la cabeza.

Hay una cosa que no he dicho y que aquella noche estaba encima de todo lo demás.

La ruta esta la hicimos entre los dos. Yo puse las jornadas y ella puso el agua, que es la mitad que importa, y la anduvimos entera hace nueve años con ella de siete meses, y la hemos andado cinco veces más.

Cambiarla no es cambiar un camino. Es que a partir de este año la ruta sea otra cosa, y que dentro de tres años yo ya no me acuerde de por qué parábamos en el arroyo de las Ánimas.

Eso es lo que llevaba dos días sin querer decirme, y no tiene nada que ver con ninguna página de ningún cuaderno.

Y aun así hay que hacerlo, porque un hombre de cuarenta y un años no puede pasarse la vida entera andando una ruta para no tener que decidir de qué lado quiere estar en enero.

Después bajé a mirar el eléctrico, que estaba bien, y me eché.

No dormí bien. Eso pasa el primer día. Siempre.

Mañana hay diecinueve kilómetros hasta el arroyo de las Ánimas y hay que salir a las siete.

Eso es lo único que estaba decidido a las once menos cuarto de aquella noche.