Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 27
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A las siete y dieciocho de la mañana del lunes ocho de noviembre, ochocientas dos ovejas salieron de aquella finca por el camino de abajo, y a las siete y veintiséis dejé de oír los cencerros.

Cerré las dos hojas de la cancela.

Quité las piedras. Las dos. Las puse donde estaban, contra el muro.

Entré en la casa.

Y lo primero que noté no fue el silencio. Fue que la casa estaba a la misma temperatura por dentro que por fuera, cosa que pasa en una casa de pueblo en noviembre cuando llevas veintidós días entrando y saliendo cada veinte minutos y de repente cierras la puerta y la dejas cerrada.

Subí a la habitación de arriba y bajé. Entré en la cocina y salí. Eso lo hice dos veces y no fue por nada.

Puse la calefacción de abajo, que es una caldera de gasóleo que no había encendido en veintidós días, y funcionó a la tercera.

No lloré. Eso no lo digo como un mérito, lo digo porque pasó así. Llevo cuatro meses sin llorar y aquel lunes tampoco.

Lo que hice fue fregar dos tazas.

Y me puse a trabajar, que es mi oficio.

Abrí el ordenador a las ocho menos cuarto y abrí una hoja nueva, no el cuadrante, no el montaje, una hoja en blanco de las de dos columnas. Y no puse encabezados, porque los encabezados se ponen cuando ya sabes qué estás sumando.

Dos columnas. Sin encabezados.

Columna izquierda. Lo que entra si vendo.

Noventa y un mil euros en enero o en febrero.

Menos gastos de cambio de titularidad, notaría y gestoría, que son entre mil doscientos y mil ochocientos según quién lo haga.

Apunté la plusvalía municipal y la taché, porque la plusvalía solo grava suelo urbano y esto es rústico entero menos los metros de la casa.

Lo que sí hay es ganancia patrimonial en el IRPF del año que viene, y esa no supe calcularla y la dejé con un interrogante.

Hasta aquí, fácil. Esa columna la sabe hacer cualquiera.

Columna derecha. Lo que sale si no vendo.

Y esta es la que sabe hacer poca gente, porque hay que ponerlo todo aunque duela.

El tejado. Entre doce y catorce mil euros y no se puede aplazar más de dos inviernos, que me lo dijo Paco Ramiro el jueves mirando el alero desde abajo sin que yo le preguntara.

El canalón, que sigue desviado con un cartel de plástico atado con bridas.

El poste del porche, comido por abajo.

La junta del fregadero.

El IBI, que son cuatrocientos y pico al año. El seguro. La luz mínima de doce meses aunque no haya nadie. Y cuatro horas de coche cada vez que pase algo.

Lo sumé.

Tardé una hora y cuarenta minutos y lo sumé bien, con las dos hipótesis, con la de vender y con la de quedarme y alquilarla en verano, que también la hice porque soy de hacer las tres.

También puse lo que no se pone nunca y que es la mitad de estas cuentas. Lo que cuesta el tiempo.

Cuatro horas de ida y cuatro de vuelta cada vez que hay una gotera. Una mañana en una oficina comarcal de Valdepeñas por cada papel. Y dos meses de titularidad que empiezan cuando alguien se siente a hacer la aceptación de herencia, que soy yo.

Mi hora, a lo que yo la cobro, son cuarenta y dos euros.

Y hay una cosa más que no se puede poner en ninguna columna y que puse en las dos, con signo distinto, para ver qué pasaba. La aceptación de herencia. Firmar un papel delante de un notario diciendo que acepto lo de un hombre al que no fui a ver en seis años.

En la columna de vender, eso es un trámite.

En la de quedarme, no sé lo que es.

El resultado es que hay que vender.

Eso quiero dejarlo escrito exactamente así, sin adornarlo, porque salió eso y porque he pasado catorce años diciéndole a gente que los números no opinan.

Noventa y un mil menos gastos son ochenta y ocho y pico.

Quedarme son catorce mil el primer año y mil doscientos todos los años siguientes.

La diferencia son cien mil euros a cinco años.

Los números decían vender y decían vender con claridad.

Hice una tercera hipótesis, que es la que hago siempre y que no le enseño a nadie: vender ahora y arrepentirme. Cuánto cuesta volver a comprar una casa así dentro de cinco años en ese pueblo.

Salió que no cuesta nada, porque dentro de cinco años en ese pueblo habrá seis casas en venta y ninguna con cuatro mil metros y agua.

Eso no cambió la suma. Lo apunté igual.

Me levanté y me fui a la segunda habitación.

Subí la escalera. Cruje en el cuarto escalón y en el séptimo.

No fui a buscar una señal. Fui porque me quedaban cuatro estantes y porque era lunes por la mañana y porque yo, cuando no sé qué hacer, vacío cajas.

Estuve una hora.

La segunda habitación lleva veintidós días vaciándose y todavía tiene cuatro estantes. Eso es lo que nadie te dice de vaciar una casa: que la primera mitad se hace en dos días y la segunda no se acaba nunca, porque la primera mitad es papel y la segunda son cosas.

Saqué tres cajas de tirar y una de mirar. Encontré un juego de llaves inglesas, una caja de fusibles de cerámica y ciento y pico sobres de fotos más, que no abrí.

Los cuatro estantes que quedaban eran los de abajo, que son los peores, los que hay que vaciar de rodillas.

Había una caja de zapatos con recibos de la cooperativa. Había un rollo de mapas del ejército del año sesenta y tantos. Había dos botes de cristal con tornillos.

Mi tío no dejó ninguna carta. Eso lo digo porque en algún momento de esa hora me sorprendí buscándola, y no hay ninguna, y un hombre que guardó facturas de la luz de mil novecientos noventa y cuatro no escribió nada para nadie, y eso es lo que hay y es lo normal.

Y no pasa nada. Eso también lo escribo.

Lo único que hay de él en esa habitación es lo que hizo: veintiún acuerdos firmados en orden, siete carpetas rotuladas y un legajo de mil novecientos uno que fue a buscar a un archivo provincial en coche, él solo, y del que no le contó nada a su sobrina nieta porque su sobrina nieta no vino a verlo.

Me lavé las manos, que las tenía negras de polvo de papel, y me sequé en un trapo de cocina que no es mío.

A las once bajé y me senté otra vez delante de las dos columnas.

Eran las once y diez.

Y entonces hice la única cosa de todo aquel día que no era una suma.

Cogí el cuaderno, la página de la derecha, que es donde pongo lo que sirve, y escribí arriba una pregunta que no había escrito nunca en catorce años: qué quiero.

Tardé once minutos en escribir lo siguiente. Lo sé porque miré la hora antes y después, que es una costumbre que tengo y que no se quita.

Debajo no escribí a nadie.

Eso hay que explicarlo, porque es lo único que importa de todo aquel día.

No escribí un nombre, no escribí una casa y no escribí un pueblo. Escribí una cosa que no sabía que sabía hasta que la vi en la hoja, y era esta: quiero volver a hacer lo que hice el sábado.

Nada más. Eso.

Sin adjetivos, sin plazo y sin sitio.

El sábado monté un evento para doscientas treinta y seis personas con dos mil cuatrocientos euros de partida, una derrama de sesenta euros por barra, setenta y seis sillas, una pancarta con una falta de ortografía pintada por ocho niños y catorce docenas de huevos que le quité a la hermana de Chelo.

Y salió. Y no salió por milagro, salió porque hubo un ensayo el domingo, un plano el sábado anterior, una lista de riesgos con cinco entradas y una mujer de setenta y tantos años diciéndome desde una silla que el pie va antes de la música.

Yo he montado bodas de ciento cuarenta mil euros.

No me ha salido ninguna mejor que esa. Ni una.

Y hay tres ayuntamientos de esta comarca que el sábado me preguntaron cosas. Puebla del Príncipe, Villanueva y Terrinches. No me ofrecieron nada. Preguntaron cuánto costaba y cómo se hacía, que es la pregunta de los que no tienen a quién preguntársela.

Eso no es un trabajo. Eso es un dato de mercado, y yo llevo catorce años leyendo datos de mercado.

Y eso no me lo dijo el archivo, ni la casa, ni nadie. Lo hice yo y lo conté yo, con una hoja de cuadros que llevaba el nombre de una niña de seis años escrito arriba.

Volví a sumar. Por si acaso. Lo hice con la calculadora del móvil y no con la hoja, cosa que hago cuando no me fío del resultado y quiero que me lo diga otra máquina.

Salió lo mismo.

Miré las dos columnas otra vez.

Los números seguían diciendo vender. No cambiaron. No hay ninguna cuenta en el mundo que diga que una mujer de treinta y seis años con una empresa en Madrid tiene que quedarse con una casa con el tejado roto en un pueblo de ciento y pico habitantes.

Lo que pasa es que yo llevaba cuatro meses sin fiarme de nada que yo quisiera, y aquella mañana había una cosa que yo quería y que podía sostener con datos que no eran sentimentales: doscientas treinta y seis personas, dos mil cuatrocientos euros y catorce horas.

Y había otra cosa, que es la que me costó escribir y que escribí debajo, y era que aquel hombre se había ido a las siete y dieciocho de la mañana sin pedirme nada y sin decirme que volvía.

No sé si vuelve. No lo sabía entonces y no lo supe hasta dos días después.

Se fue sin pedirme nada. Eso es un hecho y está en la columna de los hechos.

Y por eso cuenta.

Porque si me quedo y él vuelve, el pueblo va a decir que me quedé por un pastor, y lo va a decir Angustias la primera, y va a tener toda la razón del mundo en decirlo y no va a tener ninguna en el fondo. Eso es lo que hay que poder decir.

Y si me quedo y él no vuelve, me quedo igual.

Eso es lo único que yo puedo contestarle a la palabra que me dijo esa mujer en un coche entre Valdepeñas y aquí.

Estuve veinte minutos sin escribir nada.

No dudando. Sabiendo.

Hay una diferencia entre esas dos cosas que yo no conocía hasta aquel lunes. Dudar es tener dos opciones encima de la mesa. Saber y no escribir es otra cosa, y lo que se hace en esos veinte minutos es despedirse de la versión de una misma que habría hecho lo otro.

A las once y cuarenta y dos abrí el correo y contesté al hilo, sin cambiar el asunto, porque los hilos no se cambian.

Lo escribí como escribo yo.

Corto. Con la decisión en la primera línea, que es donde va, porque a un profesional no se le hace leer tres párrafos para saber si sí o si no.

Buenos días, Baeza.

Le confirmo que retiro la finca de la venta. No voy a firmar en enero ni en ninguna otra fecha. Le agradezco las dos ofertas, la de septiembre y la de ahora, y el trato, que ha sido correcto de principio a fin. Siento el tiempo que le he hecho perder y no le pido nada a cambio.

Si algún día cambio de criterio, será usted el primero al que llame.

Un saludo.

Jimena Salcedo.

Lo escribí de una vez, sin borrador, que no me pasa nunca.

Lo leí dos veces, como hago con los correos importantes, y le quité un adverbio.

No lo releí una tercera vez.

Lo mandé a las once y cuarenta y cuatro.

Después bajé la tapa del ordenador, me puse el abrigo y salí al porche.

Hacía frío. Cuatro grados, según el móvil.

El cercado estaba vacío. Vacío de verdad, no vacío de por la mañana. Se veía la tierra pelada donde estuvieron los comederos, tres círculos más oscuros donde estuvo el pilón desbordando y el rectángulo de hierba seca del sitio donde estuvo la furgoneta de Chus hace dieciocho días.

Estuve una hora sentada en el porche con el abrigo puesto.

A la una menos cinco me acordé de que a la una, en Valdepeñas, había una notaría que ya no existía.

A la una salí al lado del porche, debajo del canalón, que es donde sigue atornillado con dos bridas un cartel de plástico blanco que por el otro lado pone SE VENDE y un número de teléfono.

Estaba cayendo agua de la noche. Poca, la que queda.

Una gota cada tres segundos.

El cartel la sacaba metro y medio más allá de la puerta, como llevaba haciendo diecisiete días.

Me quedé debajo un rato.

Lo dejé donde estaba y entré.