26
· · ·
Yo recogí lo mío antes de las nueve, que es el cercado, el pilón y el cuarto exterior, y a las nueve estaba en la era con Nando y con el chico de dieciséis.
Se recoge peor de lo que se monta. Eso lo sabe cualquiera que haya montado algo. El sábado a las siete de la mañana hay quince personas con ganas y el domingo a las nueve hay seis con sueño.
El domingo se recogió desde las nueve y a la una estaba la era vacía, con la carpa plegada como la pliega Mansilla y no como la pliega la gente, y con la pancarta enrollada en el ayuntamiento porque Visi dijo que esa se guarda.
Antes de bajar hice la cuenta de lo que dejaba pagado y de lo que me llevaba, que es lo que se hace el día antes.
Pagado: el cuarto de Nando desde el veinte de octubre, dieciocho noches a veinte euros, trescientos sesenta, liquidado con Chelo el sábado por la noche.
El pasto, invitado. La luz de la cuadra, que se la dejé a ella en un sobre encima de la mesa de la cocina con la cuenta hecha a mano, y que ella me devolvió el domingo por la mañana sin decir nada y yo se lo volví a dejar el domingo por la tarde.
Me llevo: cuarenta sacos menos doce que hemos gastado, el rollo de malla, las bombonas mías, los dos palés de plástico que no son míos y que le pregunté si los quería y me dijo que no, y ochocientas dos ovejas.
A la una y media bajé al Vadillo.
Se habían llevado la máquina el viernes y no quedaba nadie. La plataforma está atornillada a los cuatro pilotes, tiene dos metros sesenta de ancho y unas chapas laterales de un palmo para que el ganado no vea el agua por los lados, que eso no se lo pedí y lo pusieron.
Crucé andando. Suena. Suena como una chapa con un hombre encima, que es poco, y con ochocientas dos encima va a sonar como suena todo.
Le di dos patadas a la chapa, fuerte, en el centro, para oírlo como lo van a oír ellas.
Volví a cruzar en sentido contrario y me quedé un rato en la orilla de arriba mirando la cañada subir hacia el pinar, que es por donde no vamos, y bajar hacia el sur, que es por donde vamos el lunes.
Rubio llevaba raro desde el domingo anterior y aquella mañana tardó en levantarse más de la cuenta.
Le miré las manos y las almohadillas y no tiene nada. Lo que tiene son nueve años y las primeras escarchas, que en un perro de trabajo es lo mismo que en un hombre de sesenta: por la mañana cuesta y a los veinte minutos ya no se nota.
Trabajó toda la mañana igual que siempre. Hizo tres recogidas por la izquierda con la nota y las hizo bien.
Le quedan tres o cuatro bajadas. A lo mejor cinco.
Por la tarde preparé la marcha.
Se prepara en este orden: los bultos, la comida, los perros, el agua y los papeles. Lo hago igual desde que tengo rebaño y el orden no es mío, es de mi padre.
A las seis me senté en el escalón del cuarto exterior con la libreta de hule y calculé la etapa.
Del Vadillo a la dehesa hay nueve jornadas. Las tengo puestas desde hace cinco años y me las sé: Torre, el arroyo de las Ánimas, Castellar, el cordel de abajo, el puerto, y de ahí cuatro más hasta Sierra Morena. Salgo el ocho y llego el diecisiete, y el trato dice el doce.
Lo calculé y me dio lo que me da desde hace dieciocho días, que es que no llego.
Y lo volví a calcular.
Eso es lo que quiero dejar escrito. Que lo calculé dos veces, y que la segunda vez no lo calculé igual.
La segunda vez lo calculé con once jornadas en vez de nueve, parando dos días más en el cordel de abajo, donde hay agua y hay pasto de paso y donde se puede parar si uno quiere. Once jornadas son llegar el diecinueve.
Miré el número un rato.
El diecinueve no sirve para nada. El trato es el doce y con el doce llevo cinco años y en la dehesa entra otro el quince. El diecinueve no es una solución, es una fecha que yo he escrito en una libreta un domingo por la tarde para ver cómo quedaba.
Y aquí es donde la cosa se diferencia del viernes.
El viernes, con un cencerro en la mano, empecé a decir una cosa y me callé, y eso lo hice delante de una persona y con la boca.
El domingo no había nadie delante. Estaba yo solo en un escalón con una libreta y un lápiz, y lo que hice fue escribir un número que no me sirve para nada y mirarlo un rato.
A una persona se le puede uno callar. A un papel no, porque el papel se queda con el número escrito.
Cerré la libreta y me fui a dar de comer.
Martina hizo su parte de la marcha, que lleva haciéndola desde los cuatro años y que consiste en su mochila, su saco y la caja de los lápices.
Metió también la piedra del Vadillo, que ya no cabía, y la sacó del fondo y la puso arriba del todo.
A las siete bajamos al pueblo a despedirnos.
Chelo salió de la barra, que no sale nunca, y me dio un táper.
—Esto es de mi hermana. Y el táper lo quiero de vuelta.
—El año que viene.
—El año que viene.
Nando me devolvió la llave del cuarto de arriba con el llavero de la casa de piensos de Manzanares, y quedamos a las siete menos cuarto del lunes en la cancela, y hablamos cuatro minutos del tiempo que iba a hacer el martes, que es lo que se habla.
Paco Ramiro me dio la mano y me dijo que la línea de la era aguanta y que si el año que viene queremos luz en el cercado, que se lo diga en septiembre.
Visi salió del ayuntamiento cuando pasábamos y nos dio la mano a los dos, a mí y a la niña, y dijo lo que dice.
—Como alcaldesa, gracias por lo del sábado.
—De nada.
—Y el año que viene, si paras, hay fiesta.
—Si paro.
—Pararás.
Y a las siete y media subimos a casa de Angustias.
La tenía preparada. Eso se notaba en que la mesa camilla estaba puesta con el brasero encendido y con un plato de rosquillas que no se hacen en media hora.
Martina se sentó donde se sienta desde hace dos semanas.
—Toma —dijo Angustias, y le puso delante un huevo envuelto en papel de periódico—. De la colorá. Lo ha puesto esta mañana.
—¿Me lo puedo llevar?
—Para eso te lo doy.
—¿Y se va a romper?
—Si lo llevas en el bolsillo, sí. Llévalo en la caja.
Le dio una caja de madera de las de los membrillos, con virutas dentro.
Chelo subió también, a las ocho menos cuarto, con la libreta.
—Lo del pasto y lo del cuarto está en el acta y está cerrado. Y hay una cosa más que no está y que la voy a poner.
—¿Cuál?
—Que el año que viene, cuando pares, se te invita igual. Eso no lo he votado. Eso lo pongo yo.
—Eso no se puede poner sin votar.
—Se pone y el sábado que viene se vota, y si sale que no, lo tacho.
Lo escribió allí, en la mesa camilla de Angustias, con el brasero encendido, y luego lo leyó en voz alta como lo lee todo.
Estuvimos cuarenta minutos. Se habló de la fiesta, de los doscientos treinta y seis, de que la hermana de Chelo se quedó sin huevos para el lunes y de que el remolque de Emérito no cabe por la calle de la Fragua, que es una cosa que en ese pueblo se dice todos los años y este año la dijeron cuatro veces.
A las ocho y diez Angustias miró a la niña.
—Oye.
—Dime.
—El once tengo médico en Infantes.
—Ya lo sé, que me lo dijiste.
—Pues el once no vas a estar tú para leerme el papel.
Martina se quedó con la caja del huevo en las dos manos.
—¿Y quién te lo lee?
—Pues alguien.
—¿Quién?
—Alguien, Martina.
—Yo te lo leía bien.
—Tú me lo leías bien.
No hubo nada más. No se llevó ninguna de las dos las manos a la cara. Angustias se levantó a por más rosquillas que nadie había pedido y tardó en volver de la cocina más de lo que se tarda.
Cuando volvió, le puso a la niña la mano en la cabeza al pasar por detrás de la silla y la dejó ahí dos segundos y siguió andando.
Nos fuimos a las ocho y media.
—Hala —dijo desde la puerta—. Andando.
Y cerró.
Bajamos la calle de la Fragua y por la ventana de Angustias se veía la luz de la cocina encendida y la televisión puesta.
Martina lloró en la cuesta, a la altura de la curva, y lloró como llora ella, que es de golpe y poco rato, y me pidió que la subiera y la subí, y pesa veintidós kilos y los últimos cuatrocientos metros los hice despacio.
La llevé a caballito los últimos cuatrocientos metros y ella iba con la barbilla en mi hombro derecho, que es donde se pone desde que tenía dos años.
Me preguntó dos cosas.
La primera fue si Angustias se va a morir.
Le dije que no, que un médico en Infantes es un médico en Infantes, y que la gente mayor va al médico igual que la gente joven va al colegio.
La segunda fue si volvemos en octubre.
Le dije que sí.
Aquella noche no conté.
No es que se me olvidara. La víspera de una marcha no se cuenta, porque el recuento de la víspera no vale para nada: lo que importa es el de la primera parada, cuando ya has andado una jornada y sabes si has perdido alguna en el camino.
Eso lo hago desde siempre y aquella noche lo hice igual que siempre.
El lunes ocho me levanté a las cinco y media.
Cargamos el remolque de mano entre Nando y yo a las seis.
A las seis y veinte eché el último pienso en aquella finca y a las seis y cuarenta y cinco recogí el papel de la puerta de la cuadra, que llevaba veintidós días clavado con celo sobre celo, y lo doblé en cuatro y me lo metí en el bolsillo de dentro, que es donde llevo lo que no se puede mojar.
A las seis y cincuenta y cinco se encendió la luz de la cocina.
Ella estaba en la cancela a las siete.
Había abierto las dos hojas y las había sujetado con dos piedras, que no se lo había pedido nadie.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Está todo.
—Está todo.
Martina la abrazó por la cintura durante siete u ocho segundos y ella le puso la mano en la espalda y no dijo nada, y luego le dijo dos palabras que no oí.
No hubo nadie más en la cancela. A las siete de la mañana de un lunes en ese pueblo no hay nadie levantado que no tenga que estarlo, y los que tenían que estarlo estaban.
Nando cerró el remolque y se puso detrás con Negra.
Los careos sacaron el rebaño a las siete y dieciocho.
Delante fui yo con los seis mansos, y a mi izquierda, agarrada de mi cinturón, Martina, que lo había pedido el martes y que se lo había dicho el sábado.
El sitio de Ministro cuando sale un rebaño es el lado izquierdo, a la altura del tercio de atrás, y lleva ocupando ese sitio desde que tiene dos años.
Ministro no se puso en su sitio. Se quedó en la cancela, sentado, mirando hacia la casa.
Lo llamé por su nombre. Una vez.
Vino. Tardó lo que tarda un perro que viene porque lo llaman y no porque quiera venir, que son dos segundos más de lo normal y se notan.
Salimos por el camino de abajo y a las siete y cuarenta y ocho estábamos en el Vadillo. Los mansos entraron sin pararse, que es lo que uno quiere, y detrás entró el resto en fila de cuatro en fondo con el ruido entero.
Martina me soltó el cinturón en mitad de la plataforma y se quedó parada con las dos manos en las chapas laterales.
—Papá.
—Dime.
—Suena.
—Ya te dije que sonaba.
—Suena mucho.
Sonaba mucho. Sonaba a mil ochocientas pezuñas sobre una chapa de nueve metros, que es un ruido que yo no había oído nunca y que ella tampoco, y que duró un minuto y cuarenta segundos.
Al otro lado la cañada sube entre dos paredes de piedra y se pone otra vez de tierra.
Y a partir de ahí ya era tierra.