Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 25
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Mansilla llegó a las siete menos diez y a las siete y cuarto estaba desenrollando la lona en el suelo de la era con dos hijos y una furgoneta.

Una carpa de diez por seis se monta en hora y media si la gente sabe, y estos sabían. Lo que no sabían era el terreno, y el terreno de esa era tiene una caída de once centímetros hacia la higuera que yo había medido tres veces.

—Las patas de ese lado hay que calzarlas.

—Ya lo vemos nosotros.

—Hay once centímetros.

Las calzaron.

A las ocho y media estaba montada y tirante y nadie se cayó de ninguna escalera, que en catorce años es la única métrica de montaje que me importa de verdad.

El viento entró a las nueve menos veinte, de poniente, flojo, el que llevaba dos días anunciándose.

Si la hubiéramos montado el viernes por la tarde, como estaba en la fila once del cuadrante hasta el miércoles, habríamos pasado la noche del viernes con una carpa a medio tensar y con un hombre subiendo cada dos horas a mirarla.

A las nueve subió Nando con el Land Rover y con las cuatro bombonas y descargamos los calentadores, que son cuatro setas de gas de las que alquila el mismo de las mesas y que a las diez de la noche de un seis de noviembre son la diferencia entre una fiesta y ciento y pico personas en su casa.

Los puse en las cuatro esquinas de la carpa y no en el centro, que es lo que hace todo el mundo y es lo que no hay que hacer.

Emérito entró por el camino de arriba a las nueve y cinco, con el remolque y la parrilla y dos kilómetros de rodeo que descubrimos en el ensayo del domingo.

El hielo llegó a las once en un camión que no podía subir. Trescientos kilos en la plaza y la era a doscientos metros cuesta arriba.

—Yo aquí no subo.

—No hace falta que suba usted. Descárguelo aquí.

Lo subimos en carretilla en seis viajes, entre Nando, el chico de dieciséis, Paco y yo.

Cincuenta kilos por viaje. Y no cabía en los dos arcones del bar, así que bajé a la cuadra de la finca, cogí las dos bañeras de zinc de mi tío, que llevaban veinte años puestas boca abajo contra la pared y que yo había apuntado en el montón de tirar el segundo día, las subí en el coche y las llené de hielo.

Las bañeras tenían veinte años de polvo y una de ellas tenía dentro un nido viejo. Las fregué en el pilón del bar con la manguera, las sequé con papel y las subí llenas de hielo en el maletero, forradas por dentro con dos bolsas de basura industriales de las que llevo siempre en el coche.

Nadie que estuviera allí aquella tarde sabe que bebió de dos bañeras de un muerto.

Doscientos ochenta litros de capacidad entre las dos. Con eso aguantan ciento cincuenta cervezas y sesenta refrescos hasta las nueve de la noche.

A las doce pasó lo único que salió mal del todo y que no se pudo arreglar.

El de las cajas de sonido había mandado el cable equivocado. El de dos metros en vez del de veinte, que es justo la diferencia entre colgar las cajas hacia dentro desde el pretil, como estaba en el plano, y ponerlas en el suelo al lado del cuadro de Paco.

Llamé. No cogió. Volví a llamar. No cogió.

Y ahí se acabó. En un montaje uno tiene dos horas para arreglar las cosas y cuando se acaban las dos horas se cambia el plan, no se sigue llamando.

Las pusimos en el suelo, al lado del cuadro, apuntando hacia arriba, y la música se oyó donde tenía que oírse y también se oyó en la calle de la Fragua, que es lo que yo llevaba tres semanas intentando evitar.

A las once de la noche subió la vecina de la Fragua a decirlo. Le pedí perdón. Tenía razón.

A la una menos cuarto llegó la pancarta.

La habían hecho los ocho del colegio con la maestra, en papel continuo, con tempera y con las letras repartidas entre los ocho, y la traían enrollada entre cuatro como quien trae un herido.

La desplegamos en el suelo, de izquierda a derecha, delante de todo el mundo.

XLVIII FIESTA DE LA TRANSHUMANCIA Y DEL PASO.

Con hache.

Hubo un silencio de dos segundos, de esos en los que treinta adultos deciden a la vez y sin hablar lo mismo.

—Está preciosa —dijo Visi.

—Está preciosa —dijo Chelo.

Y la colgamos con hache entre los dos postes de la entrada, y en las cuatro horas siguientes ningún vecino, ningún forastero y ninguno de los tres periodistas comarcales que vinieron dijo nada, y a las nueve de la noche la fotografiaron catorce personas.

Baeza llamó a las dos y tres minutos, mientras subía el cuarto viaje de hielo.

Le dije al chico que parara la carretilla y me aparté a la esquina del pretil, que es donde hay cobertura.

—Jimena, no la molesto. Son las dos.

—Son las dos.

—¿Qué me dice?

Y yo llevaba cuarenta y ocho horas sabiendo lo que iba a decir y no lo supe hasta que lo dije.

—La B.

—¿La de enero?

—La de enero. Noventa y uno. Firmo cuando esté la titularidad y si no está en enero, en febrero.

—¿Está segura?

—No. Estoy segura de que no voy a firmar el lunes.

Hubo un silencio corto al otro lado.

—Le voy a decir una cosa y luego cuelgo, que la oigo trabajar. Yo cierro doce operaciones al año y la mitad de la gente me dice que sí un viernes para no tener que pensarlo el fin de semana. Usted acaba de pagar cinco mil euros por dos meses.

—Ya lo sé.

—Lo digo con respeto.

—Y yo se lo agradezco con respeto. Mándemelo por escrito esta tarde.

—Se lo mando.

Colgué y volví a la carretilla, y el chico de dieciséis me preguntó si pasaba algo y le dije que no pasaba nada y subimos los otros dos viajes.

Cinco mil euros. Eso es lo que cuesta a los precios de mi vida no tener que decidir todavía.

Las mesas se pusieron a las doce, las sillas a las tres y la gente empezó a entrar a las cuatro menos diez.

Martina estaba en el portillo de la entrada desde las tres y cincuenta con su hoja de cuadros, su nombre arriba y un bolígrafo atado con un cordel a la carpeta, porque los bolígrafos se pierden.

A las cuatro y media vino a buscarme corriendo.

—Ciento veinte.

—¿Ya?

—Ciento veinte y una raya.

A las cinco menos cuarto iba por ciento noventa.

A las cinco y diez me trajo la hoja con dos rayas enteras y treinta y seis palotes.

Doscientos treinta y seis.

Yo había previsto ciento cincuenta y había preparado comida para ciento ochenta, que es como se prepara. Doscientos treinta y seis personas en novecientos metros con un rebaño entrando a las seis no son un problema de comida. Son un problema de espacio.

Hice tres cosas en cuatro minutos.

La primera fue parar la entrada. Le dije a Lorena, que estaba de relevo, que cerrara el portillo de la entrada y que no dejara pasar a nadie más hasta que yo dijera, y que contara los que salían. Estuvo cerrado once minutos y entró gente después, cuando salió gente.

La segunda fue Emérito.

—En dos turnos.

—Ya lo sé, si eso ya lo sé desde el jueves.

—Y el segundo a las siete y media, después del paso, no antes, que si la gente está comiendo a las seis no se sube al pretil.

—A las siete y media.

La tercera fue Chelo. Bajó al bar con dos y subió con lo que tenía: cuatro barras, un queso entero, dos latas grandes de aceitunas y catorce docenas de huevos que su hermana tenía para el lunes.

Sesenta euros de derrama por barra, que se apuntaron en la libreta de hule delante de todo el mundo.

A las cinco y media di la única instrucción del día que era de seguridad y no de fiesta, y la di subida a una silla con las dos cajas de sonido encendidas.

—Escuchadme todos treinta segundos. A las seis menos cinco todo el mundo detrás del pretil.

Todo el mundo. Nadie en el camino, nadie en la boca del portillo y nadie con el móvil a un palmo de una oveja.

Y una cosa más, y esta es la importante.

Desde las seis menos cinco hasta las seis y diez, nadie grita.

Ni para llamar a un crío, ni para saludar a nadie, ni porque le haga gracia.

Los dos primeros minutos son los que valen.

Si entran bien las primeras cien, entran las ochocientas.

—¿Y si se para alguna? —preguntó uno de Puebla.

—Si se para alguna, la mira el pastor y no la mira usted.

Se rieron. Y a las seis menos cinco estaba todo el mundo detrás del pretil, incluidos los tres periodistas, incluida Visi, que llevaba desde las cinco y veinte con un papel doblado en el bolsillo que no llegó a sacar.

A las seis menos dos minutos no se oía nada.

Doscientas y pico personas callándose a la vez en una era no es silencio. Es un ruido que baja, como cuando alguien quita el volumen despacio, y luego queda el viento en la lona de la carpa y las dos bombillas de Paco haciendo ese zumbido que hacen las bombillas cuando no hay nada más que oír.

Entraron a las seis y cuatro minutos.

Delante, los seis mansos con los cencerros grandes. Detrás de los mansos, él. Y al lado de él, agarrada del cinturón de su padre con la mano izquierda y sin soltarse, Martina.

Los cencerros suenan de delante hacia atrás, que eso me lo explicó el jueves sacándolos de un saco. Primero seis. Luego cuarenta. Luego el ruido entero.

Tardaron treinta y ocho minutos.

Yo los pasé en el sitio en el que tenía que estar, que era en el poste de la izquierda del portillo, con la carpeta y el cronómetro y sin mirar a nadie más que a la boca del hueco, que es donde se empozan.

No se empozaron. Pasaron a veintidós por minuto los primeros diez minutos y a veintiséis después, cuando se soltaron.

No lo miré ni una vez. Eso lo digo porque es verdad y porque me costó treinta y ocho minutos.

A las siete menos diez estaba el rebaño en la parte de arriba y la gente aplaudiendo, que es la única vez en toda la tarde en que alguien hizo ruido.

Aquello fue lo más difícil de todo el día y lo digo con conocimiento.

Doscientas treinta y seis personas que acaban de ver pasar un rebaño quieren dos cosas a la vez, y son comer y contárselo. Si les das de comer a la vez que se lo cuentan, se te junta todo el mundo en la parrilla y tienes cuarenta minutos de cola y gente enfadada.

Así que retrasamos la comida treinta y cinco minutos y pusimos las cuatro setas de gas encendidas antes, a las siete, para que la gente se quedara de pie donde estaba hablando en vez de bajar a la barra.

Funcionó. Y funcionó porque lo había visto fallar en una boda en Chinchón en dos mil dieciocho.

A las siete y media Emérito puso el segundo turno.

Emérito asó ciento sesenta raciones en dos turnos y le sobraron nueve.

A las ocho se bailó la seguidilla, la bailaron once personas y yo hice el paso y no hice las vueltas.

A las nueve y veinte, en la cola de la barra, una señora de Puebla del Príncipe le preguntó a Chelo quién organizaba esto.

Y contestaron tres a la vez.

—Jimena.

No dijeron la sobrina de Ovidio. Llevaba veinte días siendo la sobrina de Ovidio y a las nueve y veinte de un sábado dejé de serlo.

A las once y media, cuando ya quedaba poca gente, Visi se subió a una silla con el papel doblado por fin en la mano y dijo tres frases. Dio las gracias al ayuntamiento, que es ella, dio las gracias a la corporación, que es ella y cuatro más, y dijo que el año que viene la cuarenta y nueve.

Nadie se calló para oírla y ella la dio igual, y luego bajó de la silla y se guardó el papel sin leerlo entero, y me dijo al pasar que había salido muy bien y que si el año que viene le hacía el plano.

Le dije que ya hablaríamos.

Terminamos a la una menos veinte. La última hoja del cuadrante, la cincuenta y dos, la dejé sin tocar.

Y en el coche, antes de arrancar, hice lo que hago siempre al final de un montaje, que es abrir el cuaderno y escribir la hora de recogida del día siguiente.

Domingo, nueve.

Debajo, sin hora, porque no tiene hora, escribí una línea que no supe dónde poner: doscientas treinta y seis.