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Nando me lo dijo el viernes a las siete y veinticinco de la mañana, en el cercado, con los dos sacos al hombro.
No me lo dijo como se dice una cosa mala. Me lo dijo como se dice una cosa, que es como se dicen aquí las que hacen daño.
—Oye, Román.
—Dime.
—¿Tú sabías que la sobrina firma el lunes?
Dejé el saco en el suelo.
—¿Que firma qué?
—La venta de esto. Lo dijo anoche la alcaldesa en el bar, que la ha llamado el de los apartamentos. El lunes a la una, en Valdepeñas, con el notario ese.
—Ya.
—Yo pensaba que lo sabías.
—Ya.
Cogí el saco otra vez y eché la primera línea, y a los tres metros me di cuenta de que la estaba echando en montones y no en hilo, que es lo primero que se aprende, y volví atrás y lo repartí con el pie.
Estuve dos horas dándole vueltas con las manos ocupadas, que es como le doy vueltas yo a las cosas, y a las nueve y media había llegado a tres conclusiones y las tres eran malas.
La primera era que ella no me lo había dicho. La segunda era que yo tampoco se lo había preguntado, y que el martes por la tarde, con el papel del ocho en la mano, tuve delante el momento exacto de preguntárselo y lo dejé pasar. Y la tercera era que a mí lo que me dolía no era la venta.
La venta es suya. Esa casa es suya, el tejado es suyo y los impuestos los paga ella. Yo no tengo ni media palabra que decir sobre eso y lo sabía desde el primer día.
Lo que me dolía era la hora.
El viernes era el día más lleno de toda la semana.
A las ocho bajó ella a la cuadra con dos cafés y me dio uno y me dijo buenos días, y yo le dije buenos días, y estuvimos siete minutos hablando del viento.
Yo ya lo sabía desde las siete y veinticinco y no dije nada, y ella no sabía que yo lo sabía, y los dos hablamos del viento, que iba a entrar de poniente por la tarde y que es el que mueve una carpa.
A las diez llegó el camión de los aseos y no llegó al ayuntamiento, llegó a la era, porque en el pedido ponía la era.
El hombre estuvo veinte minutos en la calle de arriba con un camión de nueve metros que no podía dar la vuelta, y lo arreglaron ella y Paco moviendo dos coches y un remolque, y cuando terminaron ella dijo en voz alta que la dirección la había puesto mal ella el lunes y que constaba.
A las once y media subió Angustias a la era con una bolsa y se sentó en la única silla que ya estaba puesta, y estuvo allí hasta las dos viendo trabajar y diciéndole a la gente dónde iban las cosas.
Nadie le hizo caso y todo el mundo la escuchó, que en este pueblo es lo mismo.
A las doce llegaron las mesas de Torrenueva. Catorce, como estaba dicho.
A la una decidimos lo de la carpa. Yo dije que el viento de la tarde y el de la noche del viernes son los malos y que con una carpa de diez por seis medio montada uno se acuesta preocupado, y ella dijo que entonces se monta el sábado a las siete de la mañana y que había que llamar a Mansilla.
Y llamó, y Mansilla dijo que sí, y se cambió la fila once del cuadrante.
A las tres subieron Visi y dos más con las ochenta sillas del almacén en una furgoneta prestada y las dejamos apiladas debajo de la carpa que todavía no estaba.
A las cinco vino Paco a poner la caja estanca y a probar la línea, y la línea dio luz a la primera, cincuenta y un años después.
Nadie dijo nada especial. Se encendieron dos bombillas colgadas de un cable en una era vacía a las cinco y veinte de la tarde de un viernes de noviembre, y Paco se quedó mirándolas desde abajo con las manos en los bolsillos, y luego dijo que había que quitar una porque con dos se veía demasiado.
Trabajamos juntos hasta las siete y media.
No se lo pregunté en todo el día. Eso quiero dejarlo escrito, porque es lo único que hice bien y también lo peor.
Podía haberlo dicho a las ocho de la mañana con los cafés. Podía haberlo dicho a las diez, con el camión atravesado en la calle de arriba. Podía haberlo dicho a la una, cuando decidimos lo de la carpa y estuvimos los dos mirando el cielo por el mismo motivo.
Y esperé a las siete y media, con los cencerros, que es el último rato del día en que se puede hablar sin que te vea nadie.
Eso también hay que escribirlo, porque yo lo elegí igual que ella eligió lo suyo.
A las siete y media estábamos los dos en la cuadra colgando los sesenta y dos cencerros en el travesaño por orden, que es como se llevan al día siguiente, y se lo dije.
—Dice Nando que el lunes tienes notaría.
No se paró. Colgó el cencerro que tenía en la mano y colgó el siguiente.
—Sí.
—¿A la una?
—A la una.
—Vale.
Colgué tres más. El del manso grande lo dejé para el final, que es el que va delante y el que más pesa.
—¿Por qué no me lo preguntaste ayer? —dijo.
—Porque no quería saberlo.
Y ella dejó el cencerro en el travesaño y se quedó con la mano encima.
—Y yo no te lo dije por lo mismo.
Sesenta y dos cencerros hacen un ruido continuo, bajo, que no se parece a nada. En el camino no se oye porque va el rebaño andando y se oye el rebaño. Colgados de un travesaño en una cuadra cerrada, con el aire de la puerta, suenan como suena una cosa parada que debería estar moviéndose.
Me acordé, sin venir a cuento, de una cosa que me dijo Nando el primer día en el Vadillo, que fue preguntarme quién pagaba aquello. Y de lo que le contesté, que fue que aquello no lo pagaba nadie, que aquello se perdía.
Ahí estuvimos un rato sin decir nada, con sesenta y dos cencerros colgados delante y el ruido que hacen cuando se mueve el aire, que es un ruido pequeño y muy feo.
Se quedó un momento con las dos manos en el travesaño, apoyada, mirando los cencerros.
—No he decidido nada —dijo—. Eso es verdad y no te lo digo para arreglarlo. Tengo dos ofertas. Una es el lunes y la otra es en enero y son cinco mil euros menos. Y tengo que decir algo mañana a las dos.
—Mañana es la fiesta.
—Mañana a las dos es antes de la fiesta.
—Ya.
—¿Tú qué habrías hecho? —dijo.
—Yo no vendo nada.
—No te estoy preguntando eso.
—Ya sé lo que me estás preguntando y no te lo voy a contestar, porque si te contesto te estoy diciendo lo que quiero yo, y eso no es contestar.
Cogí otro cencerro y no lo colgué.
—Yo el lunes a las siete y veinte salgo por el Vadillo —dije—. Y a la una tú estás en Valdepeñas. Eso son seis horas de diferencia y ciento cuarenta kilómetros.
—Lo sé.
—Y yo el doce tengo que estar en la dehesa, que llevo cinco años entrando el doce.
—Lo sé.
Y aquí es donde empieza lo que llevo desde el viernes dándole vueltas.
Porque yo tenía una cosa que decir y no era ninguna de las que dije.
Lo que yo tenía que decir era que la etapa se puede partir, que de aquí a Sierra Morena hay dos sitios donde se puede parar más días de los que paro, que el doce es una fecha mía y no de nadie más, y que hay una parcela a dos jornadas de aquí con agua y cerramiento que me ofrecieron el sábado pasado delante de ella y que yo rechacé antes de saber el precio.
Y empecé.
—Yo podría...
Y ahí me paré.
No me paré porque me interrumpiera nadie. Me paré yo, con la boca abierta, con un cencerro en la mano, y lo que me paró fue una cuenta muy sencilla que hice en un segundo y medio.
Si yo digo eso, le estoy pidiendo algo.
Y si le pido algo a una mujer que tiene una notaría reservada el lunes a la una, la estoy metiendo en una decisión que no es suya, y ella va a decidir con eso encima.
Y si luego se va, y se va a ir, porque su vida está a cuatro horas de aquí y lleva catorce años montándola, entonces yo me quedo con una respuesta y ya no puedo hacer nada con ella.
Así que colgué el cencerro.
—¿Tú podrías qué? —dijo.
—Nada.
—Román.
—Nada.
Ella dio medio paso. Lo vi.
Y eso es lo que hice. Y no fue generosidad, aunque yo me lo conté así durante tres días. Fue que prefiero no pedir a que me digan que no.
Ella esperó. Esperó de verdad, con la espalda en el marco de la puerta de la cuadra, más de lo que espera normalmente.
Yo he visto esperar a mucha gente. Se espera mal casi siempre: se mira el reloj, se cambia el peso de pie, se empieza otra frase. Ella esperó quieta y sin llenar el hueco, que es lo más difícil que hay y que ella sabe hacer porque es su oficio.
Y lo que pasó fue que no dije nada más.
—Vale —dijo.
—Vale.
—Entonces yo tampoco voy a decir nada, porque lo que yo tenía que decir era que no sé lo que voy a hacer, y eso ya te lo he dicho.
—Ya.
—Y no te voy a prometer nada, porque llevo cuatro meses sin fiarme de lo que prometo.
—No te he pedido nada.
—No me has pedido nada.
Lo dijo sin reproche, que fue lo que más me dolió de toda la noche.
—Una cosa práctica —dijo.
—Dime.
—Mañana necesito saber si hay algo que no funcione con lo del paso. Si el portillo, si el ruido de la gente, si los mansos. Lo que sea.
—Mañana funciona.
—No te estoy preguntando si va a salir bien. Te estoy preguntando qué puede salir mal para que yo lo tenga escrito.
—Que un crío se meta en el camino. Que alguien abra la cancela de arriba por hacer el tonto. Y que se me empocen en la boca del portillo si hay ruido de golpe.
—¿Y eso cómo se evita?
—Que nadie grite entre las seis menos cinco y las seis y diez. Los primeros dos minutos son los que valen. Si entran bien los primeros ciento y pico, entran todas.
—Eso lo pongo.
Y lo puso, allí mismo, en el móvil, de pie en la puerta de una cuadra.
Se apartó del marco y se quedó dos pasos más adentro, que en aquel momento fue lo más parecido a algo que hizo ninguno de los dos.
—Mañana a las siete monta Mansilla la carpa.
A las ocho subo yo con el coche cargado.
A las nueve viene Emérito con el remolque por el camino de arriba, que por la Fragua no cabe.
A las once el hielo. A las doce las mesas.
A las tres las sillas. A las cuatro entra la gente y a las seis pasáis vosotros.
—A las seis.
—Y el domingo se recoge desde las nueve, y el ayuntamiento se lleva lo que quede a mediodía. Las mesas las recoge Torrenueva el lunes.
—El lunes.
—El lunes.
—Vale.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
No hubo portazo. No hubo nada de lo que sale en la televisión. Hubo una mujer diciendo buenas noches en la puerta de una cuadra y un hombre contestando buenas noches con un cencerro en la mano.
Se fue a la casa y encendió la luz de la cocina y luego la de arriba, y yo me quedé en la cuadra terminando de colgar los cencerros que faltaban, que eran nueve, y los colgué todos por orden de tamaño, que es como van, y tardé mucho más de lo que se tarda.
Ochocientas dos.
Después eché el último pienso y conté.
Y antes de entrar en el cuarto exterior pasé por la puerta de la cuadra y miré el papel, como hago todas las noches desde hace dos semanas.
Ella lo había cambiado por la mañana. Había puesto la hoja del sábado, que es distinta porque es el día de la fiesta y tiene columnas nuevas, y había impreso las dos columnas de firmas de siempre con las iniciales ya puestas arriba, la R y la J, para no tener que escribirlas cincuenta veces.
Estaba clavada con celo nuevo encima del celo viejo.
Me quedé delante un rato, con el frontal apagado, leyendo una hoja que me sé de memoria.
Cincuenta y dos filas. La última tiene mi nombre.
No la toqué.