Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 23
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El jueves por la mañana llegó el cartel de la imprenta de Valdepeñas y salió bien, que es lo primero que me sale bien a la primera en toda esta producción.

El cartel es en tono crema con letra negra grande, sin foto, porque pedí a la imprenta que no me metieran ninguna oveja de banco de imágenes y me hicieron caso a la segunda.

Puse doce en el pueblo y uno en el bar, y Chelo lo colgó detrás de la barra con celo, encima del calendario de la cooperativa.

Los carteles los repartí yo andando, con un rollo de celo en el bolsillo, y me llevó una hora y cuarenta minutos poner doce carteles en un pueblo que se cruza en seis minutos.

Eso es porque en cada sitio donde pones un cartel hay alguien que sale a decirte dónde iba el cartel el año que lo puso su padre.

En el estanco me dijeron que ahí no, que ahí se moja. En la puerta del ayuntamiento me dijeron que ese sitio es de los bandos. Y en la fachada de la casa de la esquina de la Fragua me dijeron que sí, que ahí siempre, y cuando lo pegué salió la vecina y me dijo que ahí no, que es su pared.

Lo pegué en el poste de enfrente.

Baeza llamó a las once y diez.

—Jimena, buenos días. Tengo notaría.

—Dígame.

—He reservado el lunes ocho a la una en Valdepeñas, con Ramírez, que es con el que trabajo. Va con la opción A, la de noventa y seis.

—Ya.

—La reserva es una reserva. Yo la puedo soltar. Lo que necesito es que usted me confirme el sábado a las dos, porque el sábado por la tarde tengo visita en Torrenueva, y si a las dos no tengo un sí suyo, voy a esa visita a comprar.

—El sábado a las dos.

—¿Y por qué el sábado y no el lunes por la mañana?

—Porque Ramírez me pide la confirmación con cuarenta y ocho horas y porque el lunes a las nueve tengo que decirle si voy o si no voy.

—El sábado a las dos yo estoy montando una fiesta.

—Ya lo sé, que lo he visto en el cartel. Por eso se lo digo hoy y no el viernes.

—El sábado a las dos. Y le insisto en que no es una presión, es una agenda. Si me dice que no, se lo agradezco igual y no vuelvo a llamarla.

—Se lo agradezco.

—Piénselo con calma. Tiene usted dos días.

—Una cosa —dije, antes de que colgara—. Si le digo que sí el viernes, ¿qué pasa con las ovejas?

—¿Cómo que qué pasa?

—El lunes a las siete y veinte sale el rebaño por el Vadillo. Usted firma a la una. Entre una cosa y la otra hay seis horas.

—Entonces no hay ningún problema.

—No, si ya lo sé. Se lo digo para que conste que la entrega libre de ocupantes se cumple el mismo lunes por la mañana y no antes.

—Consta. ¿Quiere que lo ponga en el correo?

—Quiero que lo ponga en el correo.

Colgué y me quedé en la loma mirando el pueblo, que a las once de la mañana de un jueves de noviembre tiene a cuatro personas en la calle y un perro.

Yo he cerrado en catorce años ciento y pico operaciones con fecha límite y sé perfectamente lo que hace una fecha límite. No te obliga a decidir. Te obliga a saber que estás decidiendo, que es peor.

Dos días.

Antes de bajar hice una cosa que no hago nunca, que fue abrir el correo de junio.

Tengo una carpeta que se llama con dos letras y una fecha y que no he abierto desde el veintiséis de junio. Dentro están los ciento veinte correos de la cancelación, con sus asuntos y sus respuestas, y las facturas, y una hoja de cálculo que se llama definitivo y que tiene cuatro pestañas.

Abrí la pestaña cuatro. Contingencias. Veintidós filas.

La cerré sin leerla y cerré la carpeta.

Bajé y estuve toda la mañana con la fila cuarenta y tres del cuadrante, que es la de los aseos, y con la cuarenta y cuatro, que es la de la basura, que no la había hecho nadie nunca en ninguna fiesta de este pueblo.

A mediodía subió Aída a poner la vacuna de algo a dos corderos que nacieron fuera de tiempo, y se quedó a comer con nosotros un táper de Chelo, y estuvo veinte minutos explicándome por qué en esta comarca ya no hay quien haga la trashumancia a pie y por qué a ella eso le da rabia profesionalmente y no sentimentalmente.

—Un rebaño que anda está más sano. Eso no es folclore, eso está medido. Lo que pasa es que andar cuesta dinero y nadie te paga por que tus ovejas estén más sanas.

Se fue a las tres y cuarto, y al subirse a la furgoneta me dijo una cosa que no venía a cuento y que a lo mejor sí.

—Oye, ¿al final lo de la parcela?

—Yo eso no lo llevo.

—Ya. Pregunto.

A las cuatro estuvimos los dos en la cuadra dos horas.

Había que preparar lo del sábado por el lado del rebaño, que es un trabajo que hicimos juntos porque no lo podía hacer ninguno solo.

Contar los cencerros, que van sesenta y dos y estaban treinta y ocho, y buscar los otros veinticuatro en dos sacos.

Repasar los collares. Cortar cuerda. Y separar los mansos, que son los que van delante y los que hay que llevar limpios.

Un cencerro no es un cencerro. Hay de cuatro tamaños y cada tamaño va en un sitio del rebaño, y el más grande va al manso de delante, y el orden importa porque el ruido tiene que ir de delante hacia atrás y no al revés.

Eso me lo explicó en dos frases mientras los sacaba del saco, y lo entendí a la primera, y ninguna de las dos frases tenía nada que ver con nosotros.

Se trabaja bien con este hombre. Eso lo digo sin ninguna intención. Se trabaja bien porque no habla mientras trabaja y porque cuando habla es para decirte algo que hay que saber.

A las cinco y media, con las manos metidas en un saco de cencerros, me lo preguntó.

—Oye.

—Dime.

—¿Tú cuándo te vas?

Lo preguntó igual que preguntaba las cosas del agua. Sin subir la voz, sin mirarme, con la cabeza dentro del saco.

Y aquí es donde tengo que contarlo bien, porque llevo cuatro meses aprendiendo a contarme las cosas como son y no como me convienen.

No fue un momento confuso. No fue que no me diera cuenta. Yo supe exactamente lo que estaba haciendo y tardé menos de dos segundos en hacerlo.

Tenía tres respuestas.

La primera era la verdad entera: que tenía una notaría reservada el lunes a la una en Valdepeñas, que tenía que confirmarla el sábado a las dos, y que todavía no sabía qué iba a decir.

La segunda era una mentira: que me iba el martes.

Y la tercera era esto.

—Todavía no lo sé.

Que es verdad. Que es literalmente verdad y que sigue siéndolo mientras escribo esto. Yo no sabía qué iba a hacer. Lo que sabía era que había una hora reservada a una hora concreta en una notaría concreta, y eso no lo dije.

—Vale —dijo él.

Y siguió sacando cencerros.

Tuve dos horas más para decírselo. Dos horas con las manos ocupadas y sin nadie delante, que es el único sitio del mundo donde este hombre habla.

A las seis y veinte me pasó un collar y me rozó la muñeca con el dorso de la mano, sin querer o queriendo, y hubo un silencio de esos en los que uno mete lo que quiera meter.

A las seis y cuarto entró Martina a preguntar si podía llevarse un cencerro de los pequeños a casa de Angustias y su padre le dijo que no, y ella dijo que por qué, y él dijo que porque un cencerro suelto en una casa es un problema para todo el mundo menos para la que lo lleva.

Se fue riéndose.

Y con la puerta abierta y la niña bajando la cuesta hubo otro silencio, y ese era el bueno.

No lo dije.

Y no lo dije por una razón que me costó tres días entender y que era esta: si se lo decía, él me iba a preguntar qué iba a hacer, y yo no lo sabía, y yo llevo catorce años sin decirle a nadie que no lo sé.

A las siete menos cuarto terminamos con los cencerros y él subió a hacer la cena de la niña y yo me quedé sola en la cuadra cinco minutos, de pie, mirando un travesaño con sesenta y dos cencerros colgados por tamaño.

Y pensé, con estas palabras, que todavía tenía tiempo de subir a la cocina y decirlo en treinta segundos.

A las siete y media bajé al bar a dejar el último cartel y a cerrar con Chelo lo del hielo.

Visi estaba en la mesa del fondo con el móvil en la mano y con esa cara de haber colgado hace poco.

—¿Tú sabes que el de los apartamentos me ha llamado esta tarde?

Se me paró todo.

—¿Baeza?

—Ese. Que quería saber si el ayuntamiento iba a poner pegas a la baja del descansadero. Y le he dicho que el ayuntamiento no pone pegas a nada que sea legal, pero que le iba a costar, que eso lleva su tiempo.

—Ya.

—Y me ha dicho que tiene firma el lunes.

Lo dijo en voz normal. Ni alta ni baja. Una señora contándole a otra señora una llamada de trabajo, en un bar con nueve personas dentro y con la televisión puesta sin sonido.

—El lunes.

—A la una, me ha dicho. Con Ramírez.

Chelo, que estaba a metro y medio secando un vaso, no dijo nada y no levantó la cabeza, y eso fue lo peor de todo, porque significaba que lo había oído perfectamente.

Y en la esquina de la barra, de espaldas, con una caña y con el partido puesto, estaba Nando.

Yo no dije nada. Ese fue mi último error de aquel día y no fue por cobardía, fue por cálculo, porque a las siete y media de la tarde de un jueves, en la barra de El Esquileo, cualquier cosa que yo dijera habría convertido aquello en una noticia.

Chelo me lo apuntó en la libreta delante de mí y me cobró la mitad por adelantado, como hace con todo desde que la conozco.

—¿Y las mesas se ponen a las cuatro o a las tres?

—A las tres.

—Pues díselo a Emérito, que ese pone la parrilla donde le da la gana.

—Ya se lo he dicho dos veces.

—Pues tres.

Cerré lo del hielo. Trescientos kilos, el sábado a las once, del de La Solana.

Y mientras lo cerraba, con la libreta de Chelo abierta encima de la barra y con Visi a dos metros contando por segunda vez lo de la llamada, entendí una cosa muy sencilla que en catorce años de oficio no se me había ocurrido nunca.

Que la información no viaja como uno la manda. Viaja como la cuenta el que la recibe.

Salí del bar a las ocho y veinte con el rollo de celo en el bolsillo y sin el último cartel, que se lo dejé a Chelo para la puerta de fuera.

En el camino, en la curva de arriba, me paré a mirar la finca desde fuera, que es una cosa que no había hecho todavía.

Desde ahí se ve el cercado entero, la cuadra, el porche, el cartel de SE VENDE todavía atado al canalón con dos bridas, y ochocientas dos ovejas que a esa hora son una mancha que se mueve despacio.

Y se ve una luz en la cuadra y otra en el cuarto exterior.

Subí a las ocho y media.

Él estaba en el cercado echando el último pienso y me dijo buenas noches y yo le dije buenas noches, y subí a la casa, y me senté delante del ordenador, y abrí la fila cuarenta y cinco.

Hice la fila cuarenta y cinco, que es la de la recogida del domingo, y la cuarenta y seis, que es la devolución de las mesas, y la cuarenta y siete, que es la de la carpa.

A las diez menos cuarto abrí el correo y escribí tres líneas a Baeza que decían que confirmaba recepción y que le contestaría el sábado a las dos, y las borré, y escribí otras tres que decían lo mismo con otras palabras, y las mandé.

A las diez me levanté para bajar y decírselo.

Llegué hasta la puerta de la cocina. Desde la puerta de la cocina se ve el cercado y se veía su linterna moviéndose a la altura de la cintura, parándose cada pocos metros, contando.

Me senté otra vez.

Y estuve una hora sabiendo perfectamente lo que iba a pasar a la mañana siguiente y sin hacer absolutamente nada para impedirlo.