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Dormí mal y me levanté a las seis y veinte, que es a la hora a la que me levanto, y eché el pienso, y firmé el turno, y todo eso lo hice antes de que en aquella casa se moviera nadie.
Bajé al Vadillo a las nueve, como había dicho, y me llevé a Nando para no ir solo.
La máquina llevaba dos días. Habían sacado las losas caídas, habían limpiado el cauce y estaban hincando cuatro pilotes de hormigón prefabricado, dos por orilla, para apoyar encima una plataforma metálica de esas que se atornillan y se quitan.
El arroyo bajaba ya como baja en noviembre, con un palmo de agua y la mitad del cauce seco, y costaba creer que aquello se hubiera llevado cuatro losas de piedra hacía dieciocho días.
Eso es lo que no entiende la gente de agua. Un arroyo así, dieciocho días después, parece una tontería. Y el que lo vio bajar aquella noche sabe que no lo era.
El jefe de obra era un hombre de Manzanares con un chaleco y una tablet.
—¿Usted es el del ganado?
—Ese soy.
—Pues esto se abre el lunes que viene.
—¿El ocho?
—El ocho. El viernes lo terminamos y el sábado y el domingo no se toca, que hay que dejar fraguar y además nosotros el sábado no trabajamos.
—¿Y aguanta?
—¿Y llueve y qué?
—Si llueve mucho, se cierra y se revisa. Pero para que esto se mueva tiene que caer lo que cayó, y lo que cayó fue lo del siglo.
—Lo del siglo fue en el noventa y siete.
—Pues lo de este siglo.
—Aguanta doce toneladas. Eso son novecientas ovejas, si le sirve la cuenta.
—Ochocientas dos.
—Pues le sobran noventa y ocho.
Lo miré todo dos veces, que es lo que uno hace con las cosas que va a cruzar. El apoyo de la orilla de arriba está bien. El de abajo está sobre relleno y no me gustó, y se lo dije, y me dijo que por eso llevan cuatro pilotes y no dos.
—Una cosa más —dije—. ¿Por dónde entramos?
—Por donde entraban antes. Hemos dejado la rampa en el mismo sitio.
—¿Con qué ancho?
Miró la tablet.
—Dos sesenta.
Dos sesenta es bueno. Por dos sesenta pasan de cuatro en fondo sin apretarse y no se empozan en la boca, que es lo único que me preocupa de un paso nuevo. Las ovejas no tienen miedo al hierro, tienen miedo al ruido, y una plataforma metálica con ochocientas dos encima suena.
—¿Eso suena?
—Suena un poco.
—Entonces paso yo delante con los mansos y que suene con seis y no con ochocientas.
Lo apuntó en la tablet, aunque no tenía por qué apuntarlo.
Subimos a las once menos cuarto.
Nando bajó conmigo y subió conmigo y en todo el camino de vuelta habló de la fiesta, de si iba a haber baile y de si el cordero de Emérito es mejor que el de Albaladejo. Nando sabe cuándo uno no quiere hablar y entonces habla él, que es una forma de compañía que no se valora.
El resto del día fue raro de una manera que no sé contar bien.
Ella y yo hicimos lo que hacemos todos los días y lo hicimos como si nos estuvieran mirando.
Muy educados. Muy puntuales. Ella me preguntó a las once y veinte si me venía bien a las doce para lo de la baliza, y yo le dije que me venía bien a las doce, y a las doce estábamos los dos allí con la bolsa, y eso, después de catorce días diciéndonos las cosas a gritos de un lado a otro del cercado, era ridículo.
A las once y cincuenta me dijo que si le podía decir la altura del pretil y se lo dije, noventa y cinco por el lado de dentro y metro diez por el de fuera, y ella lo apuntó y me dio las gracias.
Nos dimos las gracias cuatro veces en dos horas. Cuatro. Las conté sin querer, porque cuando una cosa no te sale natural la cuentas.
A las doce y media fuimos los dos a coger el mismo rollo de cinta y nos dimos en la mano, y nos apartamos los dos a la vez, y los dos dijimos perdón.
Ella tenía el rollo en la mano y yo tenía el mío, y estuvimos tres o cuatro segundos con la bolsa abierta entre los dos sin meter ninguno el suyo.
—Esto es idiota —dijo ella.
—Sí.
—Llevo toda la mañana hablando contigo como si te estuviera contratando.
—Y yo llevo toda la mañana poniéndome de perfil.
—¿De perfil?
—De perfil. Mira.
Es una cosa de oficio. Cuando uno trabaja con animales aprende que ponerse de frente es una amenaza y ponerse de lado es una invitación, y a los veinte años eso se te mete en el cuerpo y ya no distingues si lo haces con una oveja o con una persona.
Y me puse como llevaba toda la mañana, que era de lado, mirando al rebaño mientras hablaba con ella, que es como se habla con alguien a quien uno no quiere mirar de frente.
—Llevas así desde las ocho.
—Desde las siete.
—Desde las siete.
—Es que yo, cuando no sé dónde ponerme, me pongo donde se ve menos. Lo hago en los bares y lo hago en las ferias y lo he hecho toda la vida.
—Pues en tu propia finca es un poco raro.
—Esta no es mi finca.
—Ya lo sé. Era una manera de hablar.
Se rió. Se rió de esa manera que tiene con la boca cerrada y luego se le escapó del todo.
—Vale —dijo—. Pues ya está. Se puede mirar de frente.
—Se puede.
—Y no vamos a hablar de esto ahora, que tenemos la carpa sin decidir.
—No vamos a hablar de esto ahora.
Lo que pasó después fue peor y mejor a la vez.
Estuvimos toda la tarde trabajando a un metro el uno del otro con una normalidad que no era la de antes ni era la de la mañana, y dos veces me pasó una herramienta antes de que yo se la pidiera, y una vez me puso la mano en la espalda para pasar por detrás en la cuadra, que es una cosa que hace todo el mundo y que yo no tenía encima desde hacía dos años y medio.
Y así estuvimos, que no es lo mismo que no hablarlo.
Ella lo dijo mejor a media tarde, sin darle importancia, mientras contábamos sillas.
—Esto es el día después. El día después siempre es tonto. En las bodas también.
—¿En las bodas hay día después?
—En las bodas el día después lo tengo yo, no los novios. Y es el peor.
Por la mañana hicimos tres cosas más, todas del sábado.
Marcamos con cuerda los seis mansos que van delante.
Repasé los pies de las dos que vienen justas y que Angustias me dijo el primer día que venían justas.
Y probé el portillo nuevo con cien, para ver si con el travesaño puesto salen a veinte por minuto.
Salen a veintidós.
Martina llegó a la una menos cuarto con Angustias, las dos con las manos llenas.
—Hemos ido al cementerio.
—Ya lo sé.
—Y he contado la gente.
—¿La gente de dónde?
—La del cementerio. Cuarenta y uno.
Sacó del bolsillo el papel de los cuadros que le había hecho Jimena, doblado en ocho, con cuarenta y una rayitas y ninguna tachada.
—Cuarenta y uno entrando —dijo ella, con la mano en la puerta—. ¿Y saliendo?
—Saliendo no lo he contado.
—Pues entonces no sabes cuántos había a la vez.
—Jolín.
—Eso le pasa a todo el mundo el primer día.
Angustias traía dos crisantemos de más y me dio uno.
—Para la cuadra.
—Angustias, yo no...
—Uno. Que no es para nadie, que es para que huela a algo que no sea pienso.
—¿Y esto para qué es? —dijo Martina.
—Para el cementerio —dijo Angustias—. Y ese que le he dado a tu padre es para la cuadra, que es donde vivís.
—Nosotros no vivimos en la cuadra.
—Pues casi.
Lo puse en la cuadra, en un bote de cristal, y por la tarde había cuatro ovejas intentando comérselo.
Por la tarde probé los mansos con los cencerros puestos, que hacía tres semanas que no los llevaban, y a uno le había crecido el cuello y hubo que darle dos agujeros al collar.
Martina se puso a contar los agujeros.
—Papá, este tiene siete.
—Ese es viejo.
—¿Cuántos años tiene?
—El collar o el manso.
—Los dos.
—El collar, más que tú. El manso, cinco.
Se quedó pensando.
—Entonces el collar es de antes de mí.
—El collar es de antes de todo.
El papel llegó a las seis.
A las cinco y media empezó el viento de poniente que trae siempre el día que amanece rojo, y a las seis menos cuarto estaba moviendo la lona vieja que tenemos echada encima del pienso.
Lo trajo Visi andando y subiendo con él en la mano por delante, que es como sube ella cuando trae algo bueno.
—Ya está. Ha llegado esta tarde al ayuntamiento y lo he leído tres veces.
Era un folio con el mismo membrete que el de hace dieciocho días y con un número de expediente en la esquina, que es lo que ella había pedido en su primera pregunta y que a mí me pareció entonces una manía de ciudad.
Finalización de la instalación del paso provisional: viernes 5 de noviembre. Fraguado y pruebas: sábado 6 y domingo 7. Apertura al tránsito ganadero: lunes 8 de noviembre, a partir de las 00:00 horas. Carga máxima, doce toneladas. Tránsito bajo responsabilidad del usuario.
Estaba ella al lado, leyéndolo por encima de mi brazo, y Visi delante esperando a que alguno de los dos dijera algo.
Lo leí entero de pie en el porche.
Los veintiún días contaban desde la caída, no desde la firma. Eso lo preguntó ella el segundo día y nadie supo contestarle, y la respuesta estaba en un papel que ha tardado dieciocho días en llegar y que dice exactamente lo que ella dijo que iba a decir.
—Y hay otra cosa —dijo Visi—. Que como el paso se abre el lunes a las cero horas, el domingo por la noche ya no hay obra y la máquina se la llevan el viernes. O sea que el sábado y el domingo el Vadillo está vacío.
—Mejor.
—Digo que si alguien quiere bajar a verlo, se puede bajar.
—Ya.
—¿Ves? —dijo Visi—. Si llegas a no pedirlo por escrito, no lo tenemos.
—Lo tenemos igual —dijo ella—. Lo que pasa es que lo tenemos con número.
Yo me quedé con el papel en la mano más rato del que hacía falta para leerlo.
Hasta aquella tarde el ocho era una fecha de las que uno dice para no decir otra cosa.
Yo la había dicho dos veces y las dos veces la había usado para taparme.
Y a las seis de la tarde de un martes el ocho dejó de ser una manera de hablar y pasó a ser un folio con membrete que dice a partir de las cero horas.
Cinco días.
—El lunes ocho a las siete y veinte —dije, y me oí decirlo.
Ella no levantó la cabeza del papel.
—Eso ya no cuenta —dijo.
—¿El qué?
—Lo de no decirme la fecha. Eso valía para el martes por la mañana. Ahora es un dato.
—Ya.
—Ahora es un dato y lo tengo que poner en el cuadrante.
Se llevó el papel a la cocina y lo dejó encima de la mesa, al lado de la funda de plástico de las fotocopias y de la caja de vino con las siete libretas de Chelo.
Y lo puso. Bajó a la cocina, abrió el archivo y escribió en la última fila, debajo de la recogida del domingo, una línea que decía salida del rebaño, lunes 8, siete y veinte, y le puso mi nombre en la columna de responsable.
—¿Lo pongo con hora? —preguntó desde abajo.
—Ponlo con hora.
—¿Siete y veinte?
—Siete y veinte.
La fiesta tiene cincuenta y dos filas y la última es que yo me voy.
Martina se durmió a las nueve y media preguntando si el lunes vamos a pasar por el puente nuevo y si suena, y le dije que suena un poco, y me dijo que entonces lo quiere oír desde delante.
—Desde delante voy yo con los mansos.
—Pues me llevas.
—Ya veremos.
—Eso es que sí.
Aquella noche conté y me salió lo de siempre, y luego, en la libreta de hule, hice otra cuenta que no había hecho en veintitrés años, que fue restar.
Y debajo apunté la otra, que es la que yo llevo haciendo toda la vida y que aquella noche no me salió a la primera: veintiséis jornadas de aquí a la dehesa menos las que ya no hacen falta, porque desde el Vadillo al sur quedan nueve, no veintiséis.
Nueve jornadas. Del ocho al diecisiete, si el tiempo aguanta.
Y el doce hay que estar.
Del ocho al doce hay cuatro días y de aquí a la dehesa hay nueve jornadas, y esa cuenta no sale desde hace dieciocho días y no se lo he dicho a nadie.
Cinco. Miércoles, jueves, viernes, sábado y domingo.