21
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Angustias subió el lunes a las cinco de la tarde, que es la primera vez que sube ella a la finca, y subió andando, que son veinte minutos de cuesta y que a ella le costaron treinta y cinco.
—No he venido a ver nada. He venido a pedir.
—Pase.
—No entro. Lo digo aquí y me bajo.
Se quedó en el escalón del porche con el bastón entre las dos manos.
—Esta noche me quedo con la niña.
Román estaba en la puerta de la cuadra con el saco a medio abrir.
—¿Pasa algo?
—Pasa que mañana es dos de noviembre y yo mañana a las ocho estoy en el cementerio con los crisantemos, y prefiero salir de mi casa a las ocho menos cuarto y no subir aquí a por ella a las siete y media.
—Puedo bajarla yo a las siete y media.
—Ya lo sé que puedes. Te estoy diciendo que me la quedo esta noche.
Y luego dijo lo otro, que era a lo que había venido y que le costó más.
—Y te estoy diciendo también que la noche del uno al dos yo llevo dieciséis años durmiéndola sola y este año no me apetece.
Nadie dijo nada durante un par de segundos.
—Me la llevo a las siete, le doy de cenar, ve la televisión conmigo hasta las diez y mañana la traigo después del cementerio.
—Vale —dijo Román.
—Y que se traiga el pijama de las estrellas, que el otro es fino.
—Angustias.
—Dime.
—Gracias.
—A mí no me des las gracias, que yo hago lo que me conviene.
Y se dio la vuelta y bajó la cuesta despacio, parándose dos veces, y desde el porche se veía el bastón dando en el suelo cada tres pasos hasta que dobló la curva.
Se bajó a las cinco y veinte. Martina se fue a las siete con una mochila, el pijama, la libreta y la piedra del Vadillo, porque se lleva la piedra a todas partes.
Nando se fue a las seis y media, como todos los días, porque duerme en el bar desde hace doce.
Se despidió desde el camino, levantando la mano sin volverse, y yo, que llevo catorce años calculando la ocupación de un espacio a cualquier hora, hice sin querer la cuenta de quién quedaba dentro de aquella cerca.
Y a las siete y cuarto nos quedamos los dos en una finca con ochocientas dos ovejas y sin nadie más.
Lo primero que hice cuando se fue la niña fue lo que hago siempre, que fue ponerme a trabajar. Abrí la fila cuarenta y uno, que llevaba a medias desde la tarde, y estuve veinte minutos delante de una celda vacía que pedía un nombre para el relevo del control de aforo.
Escribí Nando. Lo borré. Escribí Lorena, que tiene siete años y es la mejor informada de la comarca. Lo dejé.
Después cerré el ordenador a las ocho menos cuarto, que es una hora a la que yo no cierro un ordenador desde dos mil once.
No voy a decir que no lo sabíamos. Lo sabíamos desde las cinco y veinte.
Aquella tarde hice tres cosas y las tres las hice mal.
Escribí a la empresa de los aseos para confirmar la entrega del viernes y les puse la dirección de la era en vez de la del ayuntamiento, que es donde tienen que descargar.
Empecé la fila cuarenta y uno del cuadrante y la dejé a medias.
Y a las seis y media me metí en la ducha, que en aquella casa es una ducha de las de plato hondo y agua que tarda, y estuve dentro más rato del que hacía falta pensando en una cosa que no era ninguna de las dos anteriores.
Hice pasta, que es lo único que sé hacer sin receta, y él puso la mesa poniendo los cubiertos al revés, con el tenedor a la derecha, y no se lo dije.
Cenamos en la cocina, que no habíamos cenado nunca juntos en catorce días, y cenamos mal y tarde y hablando de la fiesta, como se hace cuando hay una cosa encima de la mesa que no se está mencionando.
—El portillo cerró bien anoche —dijo, por decir algo.
—Ya me lo dijiste anoche.
—Ya.
—Y esta mañana.
—Vale.
A las diez menos cuarto bajó a echar el último pienso y a contar, y yo recogí, y cuando subió yo estaba de pie en la cocina sin hacer nada, que es una cosa que no hago nunca.
Volvió a las diez y diez con las botas embarradas y las dejó en el escalón de fuera, que no lo había hecho nunca, porque hasta aquella noche él no entraba más allá de la cocina y en la cocina el suelo es de baldosa.
Se quedó en la puerta.
—Voy a decir yo una cosa —dije—, porque si la digo yo, la digo bien.
—Dila.
—Esto no es un plan.
—No.
—Y no quiero que mañana por la mañana me digas una fecha. Ya me la sé.
Tardó en contestar y contestó de verdad, que es su manera.
—No te la voy a decir.
—Y tampoco quiero que hagas como que no existe.
—Existe.
—Vale.
—Vale.
Nos quedamos así un momento, a dos metros, en una cocina con la luz de arriba encendida, que es la peor luz del mundo.
Yo he trabajado catorce años con luz. Sé exactamente lo que hace una bombilla desnuda a dos metros de altura sobre la cara de una persona a las diez y media de la noche, y sé que no hay nadie en el mundo que aguante eso bien, y aun así lo que vi fue a un hombre esperando sin moverse.
Se quitó la chaqueta y la dejó en el respaldo de la silla, y eso también era la primera vez.
—¿Tú quieres? —dijo.
Y eso me lo ha preguntado poca gente y ninguna así, de pie, con las manos quietas y sin adornarlo.
—Sí. ¿Y tú?
—Sí.
—Una cosa más —dije.
—Dime.
—Si en algún momento esto no te parece bien, lo dices y ya está. No hace falta que lo expliques.
—Igual tú.
—Igual yo.
Fui yo la que crucé los dos metros.
Y ahí ya no había ninguna duda de quién había decidido qué, y eso me importaba, y por eso lo cuento.
Tenía las manos frías de estar fuera y la cara fría y la camisa fría por los hombros, y debajo de todo eso estaba caliente como está la gente que trabaja de noche.
Apagué la luz de arriba porque era espantosa y dejé la de la campana.
Me quitó el pelo de la cara con el dorso de la mano, que es como se toca a alguien cuando se tienen las manos sucias de pienso, y se paró a mirarme, y yo me acordé de la primera mañana, cuando le clasifiqué las manos como herramienta, y de que llevaba catorce días equivocada.
Y en el pasillo, al pasar por delante de la puerta cerrada de la habitación de mi tío, apagué la luz del rellano antes de tiempo, que no sé por qué lo hice y lo hice.
La escalera de aquella casa cruje en el cuarto escalón y en el séptimo, y los dos lo sabíamos, y no había nadie en un kilómetro a la redonda a quien le importara, y aun así los dos los evitamos.
Subimos.
La habitación de arriba es la que no está en el papel que firmamos. Eso se me pasó por la cabeza en el rellano y se me fue en el mismo escalón, y lo cuento porque es verdad y porque en mi cabeza las cosas pasan así, con una cláusula de por medio.
Y de lo que pasó arriba voy a contar tres cosas y no cuatro.
Que hubo un momento, antes de nada, en el que él se quedó quieto con las dos manos a los lados y me dijo que llevaba dos años y medio sin hacer aquello y que no sabía si se le había olvidado algo, y que lo dijo con la misma voz con la que dice que un poste está partido por debajo.
Que le pregunté dos veces si estaba seguro, no por educación sino porque hay un hombre debajo de todo esto que lleva dos años y medio sin decidir nada, y las dos veces dijo que sí sin tardar.
Que hacía frío en aquella habitación porque en aquella casa no hay calefacción arriba, y que eso fue un dato práctico durante once segundos y después dejó de serlo.
Que se rió dos veces. La primera porque me oí decir en voz alta el nombre de la habitación como si estuviera dando una indicación de montaje a un proveedor de Alicante. La segunda no la cuento.
Y que en algún momento, no sé cuál, dejé de estar pendiente de si aquello era una buena decisión.
Eso último es lo único que me importa de verdad de aquella noche.
Dormí seis horas y media seguidas, que no me pasaba desde junio, y no me desperté ni una vez, cosa que en aquella casa, con ochocientas dos ovejas a treinta metros, llevaba catorce días sin conseguir.
Me desperté a las siete menos veinte y no estaba.
Lo primero que pensé fue lo que piensa cualquiera y lo pensé durante cuatro segundos exactos. Lo segundo que pensé, que es lo importante, fue que eran las siete menos veinte y que el primer turno de agua es a las siete y cincuenta y que a las siete y diez se echa el pienso.
Me vestí y bajé.
Miré el reloj de la cocina al pasar. Las siete menos cuarto.
Estaba en el cercado, con la escarcha todavía en la parte de sombra, echando la primera línea del comedero. Llevaba la misma camisa de ayer y las botas sin atar del todo, que es lo único que delataba algo, y tenía las manos rojas del agua del pilón.
Se había levantado a las seis y veinte, como todos los días de su vida.
Hacía dos grados o tres. Se le veía el aliento y a las ovejas también, que echan más vaho del que uno se espera, y toda la parte de abajo del cercado estaba blanca.
Me vio bajar y no dijo nada de la noche, que se lo agradecí, y me pasó el saco.
—Toma. La segunda línea.
—¿Cuánto?
—Hasta donde llegue.
Un saco de pienso pesa cuarenta kilos y se echa con las dos manos, andando hacia atrás por el lado del comedero, dejando caer un hilo continuo y no montones, porque si haces montones se pelean y las de fuera no llegan.
Me lo explicó el primer día y aquella mañana no me lo explicó.
Echamos las dos líneas, una cada uno, empezando por los extremos y acabando en el medio, que es como se hace cuando son dos.
Amaneció a las ocho menos cuarto y amaneció rojo, que aquí quiere decir que va a hacer viento por la tarde.
A las ocho y cuarto llegó Nando y no preguntó nada, y a mí eso me pareció un milagro hasta que caí en la cuenta de que Nando no tenía por qué saber nada, porque en esa finca no había pasado nada visible desde fuera.
Eso también lo aprendí aquella mañana: que una cosa puede ser enorme y no dejar ni una marca en el suelo.
Desayunamos de pie, apoyados en la cerca, con el café en dos tazas distintas porque en aquella casa no hay dos tazas iguales, y con ochocientas dos ovejas comiendo a cuatro metros y haciendo el ruido que hacen, que ya no me molesta y que no sé desde cuándo.
Habló de tres cosas. De que el viento de la tarde iba a mover la carpa si la montábamos el viernes y no el sábado por la mañana. De que Encarna anda ya sin cojear. Y de que Rubio estaba raro desde el domingo y que a lo mejor era la escarcha.
No dijo la fecha. Cumplió.
Y yo no dije nada tampoco, que era más difícil de lo que parece.
Cuando terminamos el café me dijo que tenía que bajar al Vadillo a ver cómo iba la obra, que llevaba dos días con la máquina y que eso conviene mirarlo uno mismo.
—¿Vas ahora?
—A las nueve.
—Yo a las nueve tengo que llamar a los de la carpa.
—Ya.
Y no dijimos nada más, y eso también fue una manera de decir algo.
A las ocho menos cinco fui a la cuadra a por el papel del día.
La casilla del turno de las siete y cincuenta ya estaba puesta. Una cruz pequeña, de bolígrafo, hecha a las seis y cuarenta, dos horas antes de que yo me despertara.
Antes de salir de la cuadra miré el papel entero, de arriba abajo, que es un folio con cuatro semanas de cruces y de iniciales, las suyas grandes y las mías pequeñas, y con una fila vacía en medio que pone ENCARNA y que ya no hace falta.
Es el documento más feo que he hecho en catorce años y es el único que me voy a llevar.
Puse mis iniciales debajo.