Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 20
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El portillo de poniente hay que abrirlo un metro más y eso se hace de noche, con el rebaño echado y con luz artificial, porque de día no se puede tocar un portillo por el que tienen que pasar ochocientas cabezas tres veces al día.

Lo había dejado para el domingo por la noche a propósito. El lunes es festivo y el martes empieza la semana de la fiesta, y a partir del martes esta finca va a tener gente dentro todos los días hasta el sábado.

Y también lo había dejado porque ensanchar el portillo de poniente es la única cosa de esta parada que yo hago para ella y no para el rebaño, y quería hacerla sin nadie delante.

Subí a las diez y media con el frontal, la palanca, el mazo y el poste nuevo, que lo había apartado el jueves de los tres que compré en Villanueva.

Ella subió detrás con la linterna de mango sin que yo se lo pidiera y sin decir a dónde iba.

—Sujeta aquí y no lo bajes.

—¿Cuánto rato?

—Hasta que te lo diga.

—¿Y esto no se podía hacer el sábado por la mañana?

—El sábado por la mañana hay ochocientas dos ovejas queriendo pasar por ahí y una fiesta a las seis.

—Vale.

—Y si me sale mal, quiero tener cinco días para arreglarlo.

Un portillo no es un hueco. Es dos postes hincados, un travesaño y un quicio, y ensanchar un metro quiere decir sacar el poste de la derecha, hacer un hoyo nuevo un metro más allá, hincarlo a la misma altura, cortar el travesaño a medida y volver a colgar la hoja. Hora y media si no hay piedra.

Había piedra.

La piedra apareció a los veinte centímetros y era de las malas, de las que no son una piedra sino la esquina de algo grande. Con eso hay dos opciones: mover el hoyo treinta centímetros y que el portillo quede torcido, o picar.

Piqué.

—¿Por qué no lo mueves?

—Porque si lo muevo, el portillo queda a ochenta y siete y no a un metro.

—Trece centímetros.

—Trece centímetros por ochocientas dos son ocho minutos.

Se calló y siguió aguantando la linterna.

Estuvimos hasta la una menos cuarto.

Un hoyo para un poste de portillo no es como los de la linde. Tiene que ir a sesenta y cinco centímetros y perfectamente a plomo, porque un portillo torcido se come el travesaño en dos temporadas y hay que rehacerlo entero.

Sesenta y cinco centímetros en esa esquina son cuarenta minutos con la tierra buena. Con piedra, lo que sea.

Y las conversaciones que no se quieren tener se tienen ahí, cavando, porque cavando uno mira al suelo y no a la persona, y eso lo cambia todo.

Los primeros veinte minutos no hablamos de nada. Le dije dónde tenía que poner la luz, se lo dije tres veces porque la luz hay que moverla conforme uno baja en el hoyo, y a la tercera ya lo hacía sola.

—Vas a tener frío.

—Ya tengo frío.

—Hay una manta de las del rebaño en la cuadra.

—Huele a oveja.

—Sí.

—Pues tráela.

Se la traje y se la echó por los hombros y estuvo con ella el resto de la noche, y a la una menos cuarto olía a oveja ella también y no dijo nada.

Empezó ella.

—¿Por qué sigues andando?

Metí la barra dos veces más antes de contestar.

—El primer año se paró todo. Se paró la casa, se paró el teléfono, se paró la gente, que llamaba y luego dejó de llamar, que es lo normal. Lo único que no se paró fue el rebaño, porque un rebaño no se para. Hay que darles de comer a las siete estén las cosas como estén.

—Ya.

—Y llegó junio y había que subir a la sierra, y subí, porque había que subir.

Y en octubre había que bajar y bajé. Y eso son veintiséis jornadas de ida y veintiséis de vuelta, y en veintiséis jornadas uno sabe a qué hora se levanta, a qué hora come, dónde duerme y qué tiene que hacer al día siguiente.

—Y así no hay que decidir nada.

—Así no hay que decidir nada.

Es un trabajo bueno para hablar porque no se acaba. Picas, sacas, mides, vuelves a picar. Cada vez que uno dice algo que le cuesta, hay un sitio donde meter la barra.

—¿Y no te cansas?

—Todos los días.

—Digo de eso.

—Ya sé lo que dices.

Saqué la piedra con las manos y la tiré fuera del hoyo.

—¿Y Martina lo sabe?

—Martina sabe que nos vamos y que volvemos. Eso es lo que sabe.

—Eso también es una decisión.

—Eso es la única que tomé, y la tomé en marzo de hace dos años y consistió en no cambiar nada. En que siguiera durmiendo donde dormía y comiendo lo que comía y andando por donde andaba. Y de esa no me arrepiento.

—Llevo dos años y medio sin tomar una decisión. Ni una. Y funciona. Ese es el problema, que funciona.

—El segundo año ya no fue por necesidad —dije—. El segundo año subí porque el primero había subido. Y el tercero es este.

—¿Y Martina?

—Martina lleva en la cañada desde que anda. Ella no conoce otra cosa y a ella le parece normal, que es lo peor.

—¿Por qué lo peor?

—Porque el día que le parezca raro va a ser porque alguien se lo haya dicho, y ese día yo no voy a tener nada que contestarle.

Ella no dijo lo que dice la gente. No dijo que eso no es vida ni que hay que seguir adelante ni ninguna de las catorce frases que me han dicho.

—Yo estuve tres años tomando decisiones todos los días —dijo—. Doscientas al día. Y no tomé la única.

—¿Cuál?

—Si quería aquello.

Se sentó en el poste viejo, que estaba tumbado al lado del hoyo, con la linterna todavía apuntando al sitio que yo le había dicho.

—Yo produje mi propia boda. Eso ya lo sabes, que se sabe en el bar. Lo que no se sabe es que la produje bien. Doscientos once proveedores en catorce años y aquella fue la mejor escaleta que he hecho en mi vida.

—Ya.

—Todo estaba bien. Él estaba bien, la finca estaba bien, mi madre estaba contenta. Y un jueves a las once de la noche me di cuenta de que llevaba tres años montando una vida igual que monto un evento, que es decidiendo cosas pequeñas muy bien para no tener que mirar la grande.

—¿Y cómo te diste cuenta?

—Repasando la pestaña de contingencias. Tenía plan B para la lluvia, para el catering, para que se pusiera malo alguien y para que se rompiera el coche del novio. Y no tenía ninguno para mí.

—Eso no se puede tener.

—Ya lo sé. Por eso me fijé.

Apoyé el poste nuevo en el hoyo y lo enderecé a ojo.

—Eso es lo mismo que yo —dije.

—Eso es lo mismo que tú.

—Solo que tú lo paraste.

—¿Y él qué dijo?

—Dijo que vale. Y me ayudó a llamar a los de su lado.

—Eso es peor.

—Eso es mucho peor.

—Yo lo paré a once días y pagué ochenta y siete mil euros de cancelación. No me lo pongas de ejemplo, que no es un ejemplo. Es una factura.

Me reí. No era el sitio, pero me reí.

El mazo pesa cuatro kilos y hay que darle a un poste de nueve centímetros a oscuras con una persona sujetándolo. Eso solo se hace con gente en la que uno confía, porque el que sujeta tiene las manos donde tiene que caer el hierro.

No se lo dije. Se puso ella sola.

Hincamos el poste entre los dos, ella sujetando y yo con el mazo, y cuando estuvo hecho se quedó mirando el hueco nuevo, que a oscuras parece más grande de lo que es.

—Oye —dijo—. Una cosa que encontré el jueves pasado y que no te he contado.

—Dime.

—En la carpeta de las vías de mi tío hay un legajo del archivo provincial. Una relación de mil novecientos uno. Fincas de invernada del término de Majadavieja. Once, con su cabida y su propietario. Siete mil ochocientas cabezas en total.

Dejé el mazo.

—Aquí se invernaba —dijo—. Aquí, en este término, hasta el sesenta y uno. Lo pone a lápiz, de puño de mi tío. Última campaña, mil novecientos sesenta y uno.

Lo entendí a la primera. No soy tonto.

—Eso era antes.

—Eso fue durante trescientos años.

—¿Y por qué se dejó?

—Eso yo no lo sé.

—Pues mi tío lo sabía y no lo escribió, que es lo que más rabia me da de ese hombre.

—Eso se dejó porque se dejó todo. Se metió el cereal, se fue la gente, se acabaron los pastores de aquí y los que quedaron vendieron. Eso pasó en toda España entre el cincuenta y el setenta y no hace falta ningún archivo.

—Ya.

—Eso era antes —repetí, y cogí el mazo otra vez—.

Ahora esto es cereal y viña. La hierba de invierno de esta comarca da para lo que da, y lo que da no son ochocientas.

Yo tengo contratada una dehesa en Sierra Morena desde hace cinco años, con su agua y su cerramiento y su precio, y sé exactamente lo que come ese pasto y cuánto aguanta.

Y la ruta hasta allí son veintiséis jornadas que están puestas una por una, con el agua de cada parada.

—Ya.

—¿Y si hubiera algo de eso?

—No lo hay.

—Digo si lo hubiera.

—Si lo hubiera, habría que verlo en noviembre, andarlo, medir el agua y hablar con quien sea. Y yo tengo nueve días y una fiesta de por medio.

—Ya.

—Aquí no hay nada de eso. Aquí hay un papel de mil novecientos uno.

—Vale.

—Vale —dijo—. Era por si servía.

—Sirve para la fiesta.

—Sí. Eso sí.

—Ponlo en el cartel. La cuarenta y ocho, y que aquí invernaron ochocientas en mil novecientos uno. Eso le gusta a la gente.

—Siete mil ochocientas.

—Pues siete mil ochocientas.

Y lo dejó. No insistió, no me dio la vuelta al argumento, no me dijo lo que le habrían dicho otros dos que yo me sé, que es que una ruta se puede cambiar.

Y tampoco me dijo lo otro.

Porque ella estuvo el sábado a tres metros de un hombre que me ofreció una parcela con agua y cerramiento y sitio para ochocientas, y lo oyó, y podía haberme dicho en aquel momento que lo que yo estaba defendiendo con tanto detalle me lo habían puesto delante hacía treinta y seis horas y yo había dicho que no antes de saber el precio.

Y no lo dijo porque no era asunto suyo, que es exactamente lo que ella me habría contestado si yo se lo hubiera preguntado, y porque en once días he aprendido que esta mujer se calla las cosas de los demás con una disciplina que no tiene para las suyas.

No lo dijo.

Corté el travesaño con la sierra de mano, a medida, y le di dos pasadas de cepillo al canto de abajo, que no hace ninguna falta y que hago siempre, porque un canto astillado en un portillo por el que pasan ochocientas dos acaba llevándose lana y luego sangre.

Colgué la hoja, la probé tres veces y cerró las tres. Un metro más. Ochocientas dos a cincuenta por minuto si la abro entera, y a veinte si dejo el travesaño puesto, que es lo que voy a hacer el día seis.

Le enseñé a colgar la hoja, que es lo único de aquello que ella no había hecho nunca, y consiste en levantarla con la rodilla mientras metes el gozne, y le salió a la segunda.

—¿Y esto en la fiesta quién lo abre?

—Yo.

—Ponlo en el cuadrante.

—Ponlo tú, que la que escribe eres tú.

—Ya está puesto desde el jueves.

Recogimos a la una menos cuarto.

—Buenas noches —dijo.

—Buenas noches.

Y se quedó en el escalón del porche hasta que yo llegué al cercado, que se veía la luz de su móvil quieta ahí arriba, y hasta que no entró no empecé a contar.

Antes de bajar recogí la herramienta en su orden y le devolví la manta, que la llevaba todavía por los hombros.

—Huele a oveja.

—Ya te lo dije.

—No lo decía por quejarme.

Bajé al cercado y conté. Seis minutos, por bloques, desde el sitio alto.

En el papel de la puerta de la cuadra estaban las casillas del domingo puestas, las suyas y las mías, y en el margen de abajo, con su letra, había una línea nueva.

PORTILLO PONIENTE, UN METRO MAS. 00.45.

No lo había escrito yo. Lo había escrito ella, con mi hora y con mi trabajo, que es una manera de apuntar las cosas que yo no había visto nunca.

Y luego me quedé mirando el portillo nuevo, que a oscuras se nota que es más ancho, y me acordé de que el año pasado, en Villamanrique, ensanché otro exactamente igual y tardé cuarenta minutos menos, porque entonces el que sujetaba la luz no me hablaba.