Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 19
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Me desperté el domingo a las siete y diez y lo primero que hice fue abrir el calendario, que es lo primero que hago todos los días desde hace catorce años.

Treinta y uno de octubre.

Lo que había en la casa eran cuarenta sacos de pienso en el cuarto exterior, siete libretas de actas de un bar encima de la mesa de la cocina y un plano de una era con una flecha que decía cuarenta minutos.

Me levanté, me vestí y bajé al pueblo a las doce y veinte, que es cuando sale la gente de misa y cuando El Esquileo tiene el doble de gente que un sábado.

No bajé enfadada con el pueblo. Eso es lo que me costó entender aquella mañana y lo que hizo que la cosa saliera como salió. Yo estaba enfadada conmigo, que llevaba nueve días dejando que otros me escribieran el calendario.

Por el camino me crucé con tres personas y las tres me saludaron por mi nombre, cosa que hace once días no pasaba y que aquella mañana no me pareció bonita, me pareció un dato.

El bar estaba lleno. Chelo detrás de la barra, Visi en la mesa del fondo con dos más, Angustias en su silla de la esquina y catorce o quince de pie.

Hay una cosa que se aprende en este oficio y que no se aprende en ningún otro, y es dónde ponerse en una sala.

La gente cree que el sitio de mando es el de delante.

No lo es. El sitio de mando es el punto desde el que te ven las tres cuartas partes de la sala girando la cabeza y no el cuerpo, porque a nadie le apetece girar el cuerpo y todo el mundo gira la cabeza.

En El Esquileo ese punto está a metro y medio de la esquina de la barra, entre la máquina de tabaco y la primera mesa.

Me puse en el medio, donde se ve.

—Chelo, ¿me puedes sacar la libreta?

—¿Cuál?

—La de ahora.

La sacó. Es de tapas de hule verde y tiene una goma.

—¿Y qué quieres?

—Que me leas el punto tres de ayer.

Se hizo lo que se hace en un bar cuando alguien dice una cosa con voz de reunión. Chelo abrió por la última página escrita y lo leyó, porque a esta mujer no hay que pedirle dos veces que lea en voz alta.

—Punto tres. Estos dos. Once a tres.

Levanté la mano un poco, a la altura del pecho, que es lo que hago en una reunión de cuarenta personas cuando quiero el turno sin cortar a nadie.

—Gracias. Ahora quiero abrir un punto.

—¿Tú?

—Yo.

—Los puntos los abre quien los abre.

—Ayer abriste tú uno sobre mí sin preguntarme. Hoy abro yo uno.

Se quedó con el bolígrafo en el aire.

—Venga, dilo.

—Los puntos se numeran por orden del día, no por orden de llegada.

—Pues punto cuatro.

—Punto uno —dijo Chelo—. Hoy no hay orden del día.

—Punto uno. Retirada del punto tres del acta de ayer.

Alguien se rió al fondo y alguien le dio un golpe en el brazo al que se rió, y eso fue lo primero que pasó aquella mañana que no me esperaba.

—A ver, hija —dijo Chelo—. Que aquí eso no es nada. Que eso es que a la gente le hace ilusión.

—Ya lo sé. Por eso no vengo a echaros la bronca. Vengo a pedir que se retire.

—Pero si es una broma.

—Es una broma escrita.

Y ahí me paré, porque lo siguiente era lo único que yo tenía y era mejor decirlo una vez.

—El lunes pasado estuve en esta barra hora y veinte con las siete libretas encima de esa mesa.

Y encontré nueve palabras escritas el diecisiete de junio del setenta y nueve que llevaban cincuenta y un años impidiendo que se pusiera un cable de cuatrocientos euros.

Nueve palabras. En esa misma libreta, con esa misma goma.

Se oyó la cafetera y no se oyó nada más, y Chelo dejó el paño en la barra, que en esta mujer es el equivalente a sentarse.

—Lo que se escribe ahí dura cincuenta años. Lo he visto. Así que no me da igual lo que ponga, aunque a vosotros os dé igual, y aunque sea una broma, y aunque sea con cariño.

Visi se removió en la silla del fondo.

—Eso es verdad —dijo Angustias desde su esquina, sin levantar la voz—. Lo del motor es verdad.

Chelo se limpió las manos en el paño y se quedó mirando la libreta abierta.

—Eso no se borra —dijo.

—No te he pedido que lo borres.

—Aquí no se borra nada. Aquí se escribe debajo.

—Pues escribe debajo.

Se puso las gafas, que no se las había puesto para leer y se las puso para escribir, y escribió despacio, y luego lo leyó en voz alta como lee siempre.

—Punto uno. Se retira el punto tres del acta de ayer a petición de la interesada. Aprobado por... —levantó la cabeza—. ¿Esto hay que votarlo?

—Eso lo decides tú, que la libreta es tuya.

—Aprobado y ya está.

Cerró la goma.

Un hombre de la barra, uno de los que había levantado la mano el sábado, dijo que entonces qué pasaba con la apuesta, y no le contestó nadie, y él mismo se calló solo, que es lo máximo que se puede pedir.

Me tomé un café que no me cobraron y me fui a las doce y cincuenta, y al salir Angustias me cogió del brazo en la puerta, que es lo que hace esta mujer cuando quiere decir algo sin que lo oiga la barra.

—Bien.

—No he venido a quedar bien.

—Ya lo sé. Por eso ha quedado bien.

Me soltó el brazo.

—Yo no levanté la mano ayer.

—Ya lo vi.

—Que conste.

—Consta.

El ensayo fue a las cuatro, en la era.

El ensayo de una fiesta es la cosa más ridícula del mundo y la única que evita que salga mal. Consiste en andar por un sitio vacío diciendo en voz alta lo que va a pasar, mientras la gente que te acompaña pone cara de estar perdiendo la tarde.

Fuimos ocho. Yo, Visi, Chelo, Paco, Emérito, Nando, Angustias en una silla que le puso alguien y un chico de dieciséis que había venido a ver si esto le libraba de algo.

Lo primero que hicimos fue andar el recorrido entero en el orden en que lo va a andar la gente. Se entra por la calle de arriba, se pasa por delante de la carpa, se come, se bebe, se baila y a las seis se sube al pretil.

Ocho personas andando en fila por una era vacía a las cuatro de la tarde de un domingo, con Visi señalando cosas que no están.

Pusimos la baliza roja y blanca de poste a poste, cincuenta metros, para ver por dónde quedaba la gente.

Marcamos con cal el sitio de la carpa. Emérito puso el remolque donde va a ponerlo y descubrimos que no cabe por la calle de la Fragua, cosa que yo sabía desde el sábado, y que entra por el camino de arriba dando un rodeo de dos kilómetros, cosa que no sabía nadie.

También descubrimos que el poste de la luz que Paco había dejado listo el martes queda justo donde yo había puesto la barra, que la barra hay que moverla dos metros a la derecha, y que moverla dos metros a la derecha deja la cola de la barra en el paso de la gente.

Eso se arregló en once minutos entre cuatro personas de pie con un plano doblado encima de un pretil, y ninguna de esas once minutos salen en ninguna hoja de cálculo, y esa es exactamente la razón por la que se hacen los ensayos.

Y a las cinco y media Román subió el rebaño por el portillo de poniente para medir el tiempo.

No lo subió entero. Subió doscientas, que es el tercio de arriba, para no cansarlas. Cruzaron el portillo en fila, de veinte en veinte, y yo los conté con el móvil en la mano.

Pasaron mirando al frente, con el cencerro del manso delante, sin pararse en el hueco nuevo, que era lo que a él le preocupaba. Un portillo que acaban de ensanchar les puede dar reparo y entonces se empozan en la boca y se pierde todo el tiempo ganado.

No les dio reparo.

Nueve minutos y cuarenta segundos.

—Por tres, treinta minutos —dije.

—Cuarenta.

—Sale treinta.

—Sale treinta con doscientas descansadas a las cinco de la tarde. Con ochocientas dos, a las seis, con gente gritando y con el sol de cara, cuarenta.

Lo apunté con su número y no con el mío.

A las siete se puso a sonar música en el móvil de alguien y fue cuando pasó lo del baile.

Aquí hay una seguidilla que se baila en la fiesta desde siempre y que se sabe media docena de personas, y de esas seis, cuatro estaban en la era.

Angustias dirigió desde la silla. Chelo se puso en medio con dos más y estuvieron veinte minutos enseñándonos el paso a los que no lo sabíamos, que éramos el chico de dieciséis y yo.

No me sale. Lo digo sin ninguna coquetería: yo he montado ciento y pico bodas con orquesta y no sé bailar nada. El brazo va donde no va y el pie entra tarde.

—El pie no. La mano.

—¿Cuál?

—Esa no.

—Lo del pie es que va antes —dijo Angustias desde la silla—. Tú lo metes con la música y hay que meterlo un poco antes, que la música te pilla ya dentro.

—Eso no tiene ningún sentido.

—Pues es lo que hay.

Lo hice antes. Salió.

—Hala.

—¿Ya está?

—Ya está eso. Ahora las vueltas, que eso es peor.

Las vueltas no las hice.

Se fueron bajando a las ocho menos cuarto, de dos en dos, con las sillas y la cal y la cinta. Angustias la última, del brazo de Nando.

Emérito se llevó el remolque y se fue el último de los que se iban en coche, y antes de subirse me dijo que el cordero lo trae a las nueve del sábado y no a las diez, porque a las diez ya no se asa bien, y me lo dijo como quien corrige un plano.

Lo corregí en el plano.

Quedamos él y yo recogiendo la baliza, que son cincuenta metros de cinta que hay que enrollar a mano y que dan para mucho rato.

La música seguía puesta, porque el chico de dieciséis se había ido y se había dejado el altavoz pequeño encima del pretil.

—Tú eso lo sabes —dije.

—Lo sé desde los siete años.

—Enséñame el paso.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no lo hago desde hace veinte años.

Pero dejó la cinta en el suelo.

Y me lo enseñó mal, de memoria, contando en voz alta, con las manos en el sitio en el que se ponen las manos para eso, que es más cerca de lo que uno cree y no es ninguna broma.

Lo hicimos cuatro veces. A la cuarta me salió la mitad.

Y a la quinta dejamos de contar.

Se paró la música porque el altavoz de aquel chico se quedó sin batería, y nos quedamos en mitad de una era a oscuras con las manos donde las teníamos, y yo estaba a esa distancia a la que ya no se está por casualidad.

Y fui yo.

Subí la barbilla y llegué a estar a un palmo, y le vi la cara desde muy cerca por primera vez, y entonces me paré.

—Espera.

Se paró en el acto. No se apartó, pero se paró.

—Yo dije que sí a una cosa muy grande y estaba equivocada —dije—. Y desde junio no sé distinguir entre querer una cosa y querer no estar donde estaba.

—Vale.

—No es por ti.

—Ya lo sé.

Y no se apartó, que fue lo que me descolocó. Se quedó exactamente donde estaba, con la mano donde la tenía, hasta que fui yo la que dio el paso atrás.

Recogimos los cincuenta metros de cinta en silencio y bajamos.

Bajamos sin hablar y no fue un silencio malo, fue el silencio de dos personas que llevan una cinta enrollada cada una y que saben que si empiezan a hablar van a hablar de eso.

En la cancela me dio los cincuenta metros suyos y yo los metí en la bolsa con los míos, y hubo un momento, con las dos manos en la misma bolsa, en el que pudo haber pasado otra vez y no pasó porque ninguno de los dos lo intentó.

Aquella noche abrí el calendario y borré la nota del treinta y uno de octubre, que ya no servía para nada, y no puse ninguna en su sitio.

Es la primera casilla vacía que tengo en catorce años.