Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 18
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El mercado comarcal de Villanueva es los sábados de nueve a dos y es tres cosas a la vez: un mercado, una feria de maquinaria pequeña y el sitio donde se cierra todo lo que no se ha podido cerrar por teléfono en toda la semana.

Hay tres casetas de embutido, dos de quesos, una de ropa de trabajo, un hombre que vende semillas a granel y, al fondo, en la explanada, veinte o treinta remolques y tractores de segunda mano con el precio escrito en el parabrisas con rotulador blanco.

Fui por mis motivos. Tenía cuatro proveedores allí y dos de ellos llevaban desde el lunes sin cogerme el teléfono.

Él fue por los suyos, que eran dos palés de pienso y un rollo de malla.

Salimos a las ocho y media. Antes de arrancar él bajó la ventanilla, silbó dos veces y Ministro, que ya venía hacia el coche, se paró en seco y se volvió al cercado.

—Ese sí lo obedece.

—Ese es el de quedarse.

Subimos en el Land Rover porque en mi coche no caben dos palés, y el viaje fueron veintitrés minutos con la radio puesta en una emisora comarcal en la que un hombre leyó las esquelas, y ninguno de los dos dijo nada en veintitrés minutos, y no fue incómodo, que es lo que me llamó la atención.

A las diez y cuarto ya había cerrado yo dos cosas: la parrilla grande de Emérito con su remolque, y ochenta vasos de sidra de plástico duro que me vendió un hombre de La Solana por veintidós euros porque eran del año pasado.

El cuarto proveedor era el que menos me importaba y fue el que más tardó. Un hombre que alquila equipos de sonido y que quería venderme un juego de altavoces para una era de novecientos metros, con la lógica de que si pagas más se oye mejor.

—Yo no necesito que se oiga mejor. Necesito que se oiga en el pretil y que no se oiga en la calle de la Fragua, que hay una señora que se acuesta a las diez.

—Eso no se puede.

—Eso se puede con dos cajas pequeñas y un cable largo.

—Eso suena peor.

—Eso suena suficiente.

Al final me alquiló las dos cajas pequeñas y me dijo que iba a sonar mal. Me lo dijo tres veces. Es la tercera persona esta semana que me advierte por escrito de lo que va a salir mal, y las tres tenían razón en algo.

Y a las diez y media lo vi regatear.

Yo he visto negociar a mucha gente. He visto a directores financieros pelear dos mil euros por teléfono con una vena en la frente. Nunca había visto a nadie negociar como él, que consiste básicamente en no decir nada y en mirar el género.

—Este de aquí, ¿cuánto?

—Trece con cuarenta.

Cogió un puñado del saco abierto, lo miró, lo dejó caer, se limpió la mano.

—¿Y el de ahí?

—Ese es de la otra marca. Catorce.

Nada. No dijo nada. Cogió un puñado del segundo, lo dejó caer, y se quedó mirando los dos sacos, uno y luego el otro, durante un tiempo que a mí me pareció ofensivamente largo.

—Te lo dejo en trece si te llevas los dos palés —dijo el hombre.

—Trece con los dos palés y me lo cargas.

—Y te lo cargo.

Cuarenta sacos. Cinco euros con sesenta de diferencia. Trece minutos de mi vida. Yo lo habría cerrado en cuatro y habría pagado quince.

—Hemos ahorrado cinco sesenta —le dije cuando nos apartamos.

—Dieciséis.

—¿Dieciséis?

—Cinco sesenta del precio y diez cuarenta de no tener que ir a cargarlos yo.

El tercero fue el de las mesas. Un hombre de Torrenueva que alquila mesas y sillas para comuniones y que me tuvo veinte minutos explicándome por qué no me podía dar precio hasta que supiera cuántas mesas me daba el ayuntamiento, que es exactamente la conversación que yo llevaba intentando tener por teléfono desde el martes.

Salió a un euro con veinte la mesa, con entrega el viernes cinco y recogida el lunes ocho.

El lunes ocho.

Lo apunté y seguí.

A las once menos veinte apareció Aída, que estaba allí porque los sábados pasa por el mercado a ver ganado de cerca, que es su manera de enterarse de cómo está la comarca sin que nadie le cuente nada.

Y con Aída, o al lado de Aída, había un hombre de unos cuarenta y tantos apoyado en la valla de un corralillo de venta.

—Román, este es Saúl Bravo. Es el guarda mayor de la dehesa de los Aguirre, la de bajando a Sierra Morena.

—Guarda mayor y lo que haga falta —dijo él.

—Lo que haga falta quiere decir que lleva los arrendamientos de pastos y que la señora le ha dado poder para firmar.

—Eso también.

Se dieron la mano. Yo estaba a tres metros, en el puesto de al lado, mirando unas bombonas de gas de camping que necesitaba para los calentadores.

—A ti te conozco de bajar —dijo Saúl—. Tú eres el que para en Majadavieja.

—Ese soy.

—Y ahora no puedes pasar.

—Ahora no puedo pasar.

—Ya. Oye, pues igual te interesa una cosa.

Y ahí me giré, porque ahí cambió el tono.

Me acerqué un paso, con las bombonas en la mano, porque las bombonas me daban una excusa para estar allí.

Lo que oí fue esto. Saúl dijo que se le había quedado libre una parcela porque un ganadero de Almuradiel se había retirado en septiembre.

Dijo que tiene agua propia y el cerramiento entero hecho el año pasado.

Y dijo dos números: doscientas veinte hectáreas, y que ahí entran ochocientas sin apretar.

Eso fue lo que oí, porque justo entonces me sonó el móvil.

Era Baeza y eran las once menos cuarto de un sábado, que es la primera vez que ese hombre se salta su propia franja, así que lo cogí.

Me aparté cuatro pasos hacia la esquina del puesto y hablé dos minutos y medio.

—Sí, las he recibido las dos. No, todavía no. Le contesto el lunes. Sí, lo tengo. Mire, le confirmo lo que sí tengo: el ocho a la una lo tengo libre, y si vamos a esa, la notaría la elige usted. Lo otro, el lunes.

Hablé como hablo por teléfono, que es la voz que uso desde hace catorce años y que no se parece a ninguna otra que tenga. Es más baja, es más rápida y no admite interrupciones, y funciona con notarios, con hoteles y con proveedores de Alicante.

Dos minutos y medio. Lo sé porque lo miré al colgar, que es una cosa que hago desde que facturo por horas.

Colgué, volví, y ya no había conversación.

Saúl estaba diciéndole algo a Aída y Aída le estaba contestando con el dedo levantado.

—En doscientas veinte hectáreas de esa dehesa no entran ochocientas. Entran seiscientas y con suerte.

—Entran ochocientas.

—Entran ochocientas si llueve en noviembre. Y si no llueve, en enero estás comprando paja y el que la paga es él, no tú.

—Yo pongo agua y cerramiento. La hierba la pone el cielo.

—Pues díselo así, que es más honrado.

—Se lo estoy diciendo así.

Los dos se quedaron mirándose un momento. No fue una discusión de las que acaban mal. Fue una discusión de dos personas que saben exactamente lo mismo y no están de acuerdo, que es la única clase de discusión que me gusta ver.

Saúl se apoyó otra vez en la valla del corralillo, con esa manera que tiene de apoyarse en las vallas de todo el mundo, y dejó pasar el asunto de la densidad como quien deja pasar un coche.

—Bueno. Tú piénsatelo, que hasta que no te abran el paso yo no la muevo.

Y entonces Román dijo que no.

Lo dijo sin adornarlo, mirando al suelo.

—Te lo agradezco, pero no.

—¿No te interesa?

—No.

—Hombre, ni siquiera te he dicho el precio.

—No hace falta.

—¿Y eso?

—Que no, Saúl. Gracias.

Y se fue a mirar el rollo de malla.

Aída se había quedado a dos pasos con la libreta de campo en la mano y no dijo nada, que en ella es mucho decir.

Saúl se quedó con las manos en los bolsillos, sin ofenderse, y me miró a mí, que era lo que quedaba allí.

—Oye, señora, ¿ese hombre está bien?

—Yo qué sé.

—Porque acabo de ofrecerle lo que lleva buscando desde septiembre.

En el camino hacia la explanada pasamos por delante del corralillo otra vez y Saúl seguía allí, hablando con otro, apoyado en la misma valla.

Cargamos los dos palés a las doce y veinte con una carretilla elevadora que manejaba un chico de veinte años con un cigarro en la boca, y los dos se quedaron mirando cómo lo hacía con esa cara que ponen los hombres cuando ven a otro hacer bien una cosa que ellos también saben hacer.

Antes de salir compré las bombonas, cuatro, y un rollo de cinta de baliza de las de rayas rojas y blancas, cincuenta metros, que es lo que voy a necesitar para separar a ciento y pico personas de un rebaño.

Aída me alcanzó en la caseta de las semillas cuando yo ya iba hacia el coche.

—Oye. Lo de la parcela no era mala idea, ¿eh? Yo le he discutido el número, no la idea.

—Ya.

—Si a ese hombre le entra el invierno sin dehesa cerrada, eso es un problema gordo. Y estamos a treinta de octubre.

—¿Y por qué me lo cuenta a mí?

Se quedó pensándolo un segundo.

—Pues no lo sé —dijo—. Ha sido automático.

Volvimos a Majadavieja a las dos menos cuarto. En el camino sí hablamos, pero de la fiesta, de las bombonas y de si el remolque de Emérito pasa por la calle de la Fragua, que no pasa.

No le pregunté por Saúl. Dos veces estuve a punto y las dos veces me dije que aquello no era asunto mío, que es una frase que llevaba once días sin necesitar usar.

Por la tarde monté el plano definitivo de la era.

Novecientos metros útiles. Carpa de diez por seis en la esquina de poniente, que es donde la caída del terreno es menor.

Parrilla de Emérito fuera de la carpa, a ocho metros, por el humo y por el reglamento.

Barra al final del recorrido, contra el pretil, con las dos cajas de sonido colgadas hacia dentro.

Aseos en el callejón de la fragua, a cuarenta metros.

Baliza roja y blanca en toda la línea del paso, de poste a poste, cincuenta metros.

Público detrás del pretil. Portillo de poniente abierto un metro más.

Y una flecha, de un lado a otro del papel, con dos palabras escritas encima: cuarenta minutos.

Lo imprimí a las siete y lo doblé en cuatro.

Bajamos al bar a las ocho porque el sábado había que cerrar lo de las mesas con Chelo.

Lo de las mesas se cerró en cinco minutos. Doce del ayuntamiento, catorce alquiladas al de Torrenueva, montaje el viernes cinco por la tarde.

Y a las nueve menos veinte, cuando ya estaba todo hablado, Chelo dio dos golpes en la barra con el mando de la tele.

—Punto tres. Estos dos.

Tardé dos segundos en entender que estos dos éramos nosotros.

—Chelo, ¿qué?

—Que se vota.

—¿Que se vota qué?

—Que si estáis o no estáis.

El bar se rió. Se rió con ganas y sin ninguna maldad, que es lo que tiene esto y lo que hace que sea peor.

—Yo digo que sí —dijo alguien del fondo.

—Yo digo que todavía no —dijo otro.

—Todavía no es que sí —dijo Chelo—. Se vota sí o no.

—Esto no se vota —dije.

—Esto ya se ha votado, hija.

—Esto no.

—Mira, aquí se vota todo. Se votó el pasto, se votó el váter, se votó en el setenta y nueve lo del motor y mira cómo acabó. Y esto se vota.

—¿Y para qué sirve?

—Para nada. Para saber en qué anda el pueblo.

Levantaron la mano once personas de catorce. Angustias no. Nando sí, el primero, con las dos.

Yo estaba de pie al lado de la máquina de tabaco, con un vaso de agua en la mano, y Román estaba en su sitio de siempre, al lado de la puerta, con la espalda en la pared.

Angustias, desde su silla de la esquina, no levantó la mano y tampoco dijo nada, y eso fue lo único decente que pasó en aquel bar en diez minutos.

No nos miramos. Eso es lo que mejor recuerdo de aquella noche. Que en todo el rato no nos miramos ni una vez, porque mirarse habría sido contestar.

Chelo abrió la libreta de hule y escribió.

Y luego, como hace siempre, lo leyó en voz alta.

—Punto tres. Once a tres.

Salimos a las nueve y cuarto. Subimos el camino con las linternas del móvil, como todas las noches, con Ministro a mi izquierda a un metro.

En la curva de arriba él se paró.

—Lo del bar.

—Ya.

—No hagas caso.

—No hago caso.

—Yo tampoco.

Y eso fue todo lo que dijimos, y los dos supimos que era mentira por las dos partes, porque una cosa a la que no se hace caso no se menciona a doscientos metros de donde ha pasado.