Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 17
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El viernes por la tarde me puse con el cuadrante del día seis, que ya no tiene cuarenta filas, tiene cincuenta y dos.

Un cuadrante de cincuenta y dos filas no se hace de una vez. Se hace tres veces: la primera para sacarlo todo, la segunda para quitar lo que no existe y la tercera para ponerle nombres, que es la única que sirve.

Lo hago siempre igual. Primero el eje de tiempo, de las nueve de la mañana a la una de la noche, en bloques de quince minutos.

Luego los recursos, que son las personas y las cosas.

Luego las dependencias, que es lo único que importa de verdad, porque una fiesta no se cae por lo que falta sino por lo que llega en el orden equivocado.

Llevaba desde las tres con ello y a las cinco había llegado a la parte que no se puede hacer con una hoja de cálculo, que es la de los permisos.

Una fiesta en la que pasan ochocientas dos ovejas por delante de ciento y pico personas necesita, como mínimo, que alguien haya escrito en algún papel quién responde de qué. Y aquí el papel lo firma Visi, que es lo que le pedí el sábado pasado y que sigue sin estar.

Le mandé un correo a las cinco y cuarto con tres líneas y un adjunto, que era un borrador de las tres líneas para que no tuviera que escribirlas ella.

A las seis y veinte llamaron a la puerta de la cocina. Llamar a la puerta de una cocina en la que estás entrando y saliendo todo el día es una cosa que solo hace una persona en esta finca.

—Pasa, Martina.

Se había peinado. Eso lo noté después, no en el momento: llevaba el pelo mojado y peinado hacia atrás con raya, que es como se peina uno a los seis años cuando va a pedir algo importante.

Entró con la libreta contra el pecho y se quedó de pie en medio, muy derecha.

—Vengo a lo de la lista.

—¿Qué lista?

—La de la fiesta. Lorena dice que los del pueblo van a hacer cosas y que hay una lista y que la tienes tú.

—¿Y Lorena cómo lo sabe?

—Porque su madre está en el ayuntamiento.

Lorena es una de los ocho del colegio. Tiene siete años y es, por lo que he podido reconstruir, la principal fuente de información de esta comarca.

—Hay una lista, sí.

—Pues yo quiero estar.

—¿Y qué sabes hacer?

Ahí fue donde puso la libreta encima de la mesa, entre el ordenador y la funda de las fotocopias, y la abrió del revés para que la leyera yo.

—Esto.

Era un cuaderno de cuadros pequeño, de los de cincuenta céntimos, con las esquinas redondeadas de tanto llevarlo en un bolsillo. Estaba escrito entero. Nombres, uno debajo de otro, con una raya al lado y a veces un dibujo. Rosario. Munera. Pilar la del estanco. Carmen dos. Carmen tres.

—¿Todas estas son ovejas?

—Todas.

—¿Cuántas hay?

—Ciento doce.

—¿Y por qué ciento doce?

—Porque hasta ahí sé contar.

Lo dijo sin ninguna vergüenza, como se dice un dato técnico.

—O sea que sabes ciento doce nombres de memoria.

—Ciento doce no. Los nombres me los sé todos. Contar sé hasta ciento doce.

Leí veinte o treinta nombres seguidos. Pilar la del estanco tenía al lado un dibujo de algo que podía ser una oreja. Carmen dos y Carmen tres estaban juntas y tenían la misma raya. Había una que se llamaba Renfe.

—¿Por qué Renfe?

—Porque es de Alcázar.

Eso, por lo visto, se explica solo.

Me quedé mirando aquello un rato. Hay currículums peores.

Entonces pasé la primera hoja hacia atrás, buscando el principio, y el principio no era suyo.

La primera página estaba escrita con otra letra. Letra de persona mayor, apretada, un poco inclinada a la derecha, de las que se escriben deprisa y de pie. Ponía una fecha de hace tres años, y debajo, tres columnas: nombre, señal, de dónde.

Diez o doce nombres en esa letra. Y luego, a partir de la mitad de la página, empezaban los palotes de una niña de cuatro años, encima de la raya y por debajo de la raya.

No era la letra de Román. La letra de Román la conozco desde el martes pasado, de una casilla de una puerta de cuadra, y es grande y de imprenta y aprieta.

—Esta letra no es la tuya.

—Esa es de mi madre.

Lo dijo igual que había dicho lo de ciento doce.

—Ella lo empezó y luego lo sigo yo. Y no puedo empezar otro hasta que este se acabe, que eso lo dice papá. Me quedan once hojas.

—Once hojas.

—Once. Las he contado.

—¿Y las once hojas para qué las guardas?

—No las guardo. Es que solo caben once.

—¿Once qué?

—Once hojas de nombres. Y en cada hoja caben catorce, o dieciséis si escribo pequeño.

Hizo la cuenta en voz alta, con los dedos, y le salió mal dos veces y a la tercera le salió.

—Ciento setenta y seis. Con las de ahora, doscientas ochenta y ocho.

—Te sobran quinientas y pico.

—Ya lo sé —dijo, muy tranquila—. Por eso hay que empezar por las que se dejan.

Y volvió a lo suyo, que era la lista, porque para ella aquello no era una conversación sobre su madre, era la parte de atrás de su solicitud.

Yo estuve unos segundos sin saber qué hacer con las manos.

Lo primero que se me pasó por la cabeza fue cerrar el cuaderno, y no lo hice porque cerrarlo habría sido decirle a una niña de seis años que había enseñado algo que no se enseña.

Lo segundo que se me pasó por la cabeza fue preguntar. Cuántos años tenía. Cómo fue. Si se acuerda.

Eso tampoco lo hice, y de eso sí estoy segura.

Se me da bien casi todo lo que tiene que ver con organizar a la gente.

Llevo catorce años diciéndole a gente con la que no tengo ninguna confianza dónde tiene que ponerse y a qué hora.

Y una niña de seis años me puso encima de la mesa una libreta con la letra de su madre muerta y yo no supe ni cerrarla ni dejarla abierta.

Así que hice lo que hago.

—Vale —dije—. Te apunto.

—¿En serio?

—En serio. Pero no para poner nombres, que eso ya está hecho. Te voy a dar el trabajo que a mí me falta.

Giré el ordenador.

—¿Ves esta fila? Riesgo cuatro. Aforo.

—¿Qué es aforo?

—Cuánta gente hay. Si vienen ciento veinte, la comida da. Si vienen trescientos, la comida no da y además es peligroso, porque va a pasar un rebaño y la gente tiene que caber detrás del pretil.

—¿Y quién los cuenta?

—Nadie. Ese es el problema. En todas las fiestas de pueblo del mundo nadie cuenta.

Se le puso una cara que no le había visto.

—Yo los cuento.

—Tú sabes contar hasta ciento doce.

—Empiezo otra vez.

—Eso es exactamente lo que se hace. Se cuenta hasta cien y se hace una raya, y se vuelve a empezar. Cada raya son cien.

—Eso es fácil.

—Es lo más fácil y es lo que no hace nadie.

—¿Y a qué hora es?

—A las cuatro. Empiezas a las cuatro y terminas cuando pase el rebaño.

—¿Y si tengo que hacer pis?

—Entonces llamas a otra persona y le dices por dónde ibas, y esa persona sigue, y cuando vuelves te dice por dónde va.

—¿Y quién es la otra persona?

—Esa es la parte que todavía no tengo.

Le puse en la fila de las 16:00 su nombre, con dos palabras al lado: entrada era. Le hice la hoja en dos minutos. Diez filas de diez cuadros, un recuadro grande abajo para el total, y arriba, en negrita, dos palabras: CONTROL DE AFORO.

—¿Qué pone?

—Control de aforo.

—¿Eso es lo que hago yo?

—Eso es lo que haces tú.

Se quedó mirando el papel como si le acabaran de dar un carné.

Y le imprimí una hoja con cuadros para las rayas, que me pidió que le imprimiera con el nombre arriba.

—Ponme el apellido también.

—¿Cuál es?

—Ochoa Moreno.

Moreno. Lo escribí.

—¿Y si se me olvida dónde voy?

—Por eso están las rayas. Si se te olvida, miras las rayas y sabes cuántos cientos llevas, y empiezas otra vez desde el número redondo.

—¿Y si alguien entra dos veces?

Esa pregunta me la han hecho tres jefes de seguridad y ninguno de menos de cuarenta años.

—Eso pasa siempre y no se puede arreglar. Por eso el número que sale nunca es exacto. Lo que importa es que se parezca.

—Ah.

Se quedó pensando.

—Pues entonces es como contar ovejas.

—¿Por qué?

—Porque papá dice que contar no es para saber cuántas hay. Es para saber cuándo faltan.

Se fue con la hoja y con la libreta a las siete y diez, y desde la puerta se dio la vuelta.

—Oye.

—Dime.

—El de papá es más grande.

—¿El qué?

—El cuaderno. El suyo es de tapas duras y tiene una hoja de cada sitio, con los kilómetros y el agua. Yo no lo puedo coger.

—¿Y qué pone?

—Kilómetros y agua. Ya te lo he dicho.

Y se fue.

Y a los diez segundos volvió a asomar la cabeza por la puerta.

—¿Y tú cuentas?

—¿Cómo?

—Que si tú sabes contar mucho.

—Yo cuento sillas.

—¿Cuántas?

—Setenta y seis.

—Eso es menos que ciento doce.

Y se fue otra vez, esta vez de verdad, dejándome la última palabra puesta en el sitio de otra persona.

Visi me contestó a las ocho menos cuarto y me contestó al adjunto, cosa que no había hecho nunca. Había cambiado dos palabras de mis tres líneas y había añadido una cuarta que decía que el ayuntamiento de Majadavieja asume la organización y la responsabilidad de la XLVIII Fiesta del Paso.

Cuarenta y ocho.

Me quedé un rato con eso. La del ochenta y ocho fue la cuarenta y siete, y la siguiente, treinta y siete años después, es la cuarenta y ocho, porque un pueblo cuenta sus fiestas como le da la gana y en esa cuenta los años que no se hizo no existen.

Estuve hasta las nueve con el cuadrante y avancé nueve filas, que para dos horas es poco.

Cené de pie, como siempre, y a las ocho y media salí al porche a que se me fuera de la cabeza la letra apretada de la primera página.

Abajo se veía la linterna de él moviéndose por el cercado a la altura de la cintura, parándose cada pocos metros. Conté once paradas, igual que el domingo, y cuando me di cuenta de que las estaba contando otra vez me metí para dentro.

A las nueve bajé a la segunda habitación con la linterna, porque llevaba dos días con una cosa pendiente de la oficina comarcal: el libro de explotación. Si está en algún sitio de esta casa, está ahí.

Miré las siete carpetas. No estaba. Miré la caja de puros de las llaves.

No estaba. Miré detrás de los planos de deslinde, que es donde estaban las fotocopias de 1901, y encontré un talonario de la cooperativa del ochenta y seis y una funda con las cartillas de vacunación de un perro que se murió en 1994.

Encontré tres cosas que no buscaba, que es lo que pasa siempre en esa habitación.

Un sobre con doce fotos de carné de mi tío de distintas décadas, sujetas con una goma que se rompió al tocarla.

Una caja de latón con doscientas y pico pesetas en monedas de las gordas.

Y un plano a mano, en papel vegetal, de la finca, con las cuatro lindes acotadas y una línea de puntos que sale de la esquina de abajo y se va hacia el sur, con una palabra escrita al lado: descansadero.

Ese lo dejé encima de la mesa.

Antes de subir puse la linterna encima del plano de vegetal y me quedé mirando la línea de puntos que sale de la esquina de abajo.

Esa línea es la cañada. Ese papel lo dibujó alguien que quería que quedara claro por dónde pasa, y lo dibujó con la escuadra y con paciencia, y luego lo guardó detrás de unos planos oficiales que decían exactamente lo mismo.

A las diez y media lo dejé.

Una cosa aprendí en catorce años de montar sitios para que la gente sea feliz un día, y es que en toda producción hay un momento en que dejas de saber qué haces ahí.

No es el momento de las dudas. Las dudas vienen antes, con el presupuesto.

Es un momento más tonto, que llega siempre de noche y con una linterna en la mano, y consiste en mirar una caja de cosas de otro y pensar que uno ha llegado hasta ahí por una cadena de decisiones perfectamente razonables y que ninguna de ellas explica por qué sigue.

Y antes de subir, con la linterna todavía encendida, me quedé un momento delante del montón de mirar, que es el que no crece y no baja, y donde están el cartel del ochenta y ocho, las fotocopias y ahora, desde hacía dos horas, un dato que yo no había ido a buscar y que no sabía dónde poner.