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Para cambiar dos postes de la linde de abajo hay que quitar de allí ochocientas dos ovejas, y para quitarlas de allí hay que subirlas al pedazo de arriba y que se queden.
Eso último es lo difícil. Subirlas es fácil. Que se queden, no, porque la hierba buena está abajo y una oveja que sabe dónde está la hierba buena no tiene ningún interés en tu alambrada.
El poste que hay que cambiar se conoce desde veinte metros. No se ve torcido, porque los postes torcidos son los que ya no aguantan nada. Se ve que el alambre que sale de él va más bajo que el del poste de al lado, cuatro dedos, y ese desnivel es todo lo que hay que mirar.
Los dos de abajo llevaban así desde antes de la lluvia y yo los había apuntado el primer día, en la vuelta larga de la linde, en el orden en que los iba a arreglar y no en el orden en que los iba viendo.
El viernes por la mañana se lo expliqué mientras desayunaba de pie en la puerta de la cocina.
—Necesito el pedazo de abajo vacío tres horas.
—¿Y qué hago yo?
—Ponerte donde yo te diga y no moverte.
—Eso lo hago bien.
—Ya lo sé.
Salimos a las nueve menos cuarto, con la escarcha todavía en la parte de sombra del cercado, que es la primera escarcha de este otoño y que llegó tres días más tarde que el año pasado. Lo apunté de cabeza, como se apuntan esas cosas.
El trabajo era este. Dos postes de la linde de abajo, los dos de la parte donde la tierra se hunde, uno ya cambiado el jueves pasado y estos dos pendientes desde antes de la lluvia.
Y el alambre de ese tramo, que había cedido cuatro dedos y que con cuatro dedos de holgura ya no es una alambrada, es una sugerencia.
Los careos hacen el trabajo. Son dos, se llaman Negra y Rubio, y llevan seis y nueve años conmigo y no hace falta que me entienda nadie más que ellos. Ministro no cierra ganado, Ministro guarda, y desde hace once días Ministro guarda lo que le parece, que es ella.
Eso, que a mí me había fastidiado el miércoles, aquel viernes me venía bien.
—Tú te pones ahí, en el paso de la higuera.
—¿Y qué hago?
—Estar.
—¿Nada más?
—El perro se va a poner contigo. Y donde está ese perro no pasa una oveja, porque las ovejas lo saben desde el primer día. Si tú estás ahí, ese hueco está cerrado. Y ese hueco es el único por el que se me vuelven abajo.
Se quedó un momento con la taza a medio camino.
—O sea que yo soy una valla.
—Tú eres el poste. La valla es el perro.
—¿Y cuánto va a durar?
—Dos horas y media, si no se parte nada.
—¿Y si se parte algo?
—Entonces tres y media y hay que volver a subirlas.
—¿Y puedo sentarme?
—Puedes sentarte. Lo que no puedes es irte.
—¿Y si me hablan?
—Aquí no hay nadie que te hable.
—Aquí siempre aparece alguien que habla.
Eso era verdad y no se me había ocurrido.
Se fue al paso de la higuera y no se movió de allí en dos horas y cuarenta minutos, y no pasó ni una.
Lo primero fue sacar el agua del turno de las ocho menos diez, porque si subes el rebaño con sed se te viene abajo en veinte minutos por mucho perro que pongas. Bebieron los tres lotes seguidos, con la cuba de Julián llenando por detrás, y a las nueve y veinte estaban listas.
Yo subí el rebaño con los careos en veinte minutos. Los silbidos son seis. Tres para Negra y tres para Rubio, que hacen cosas distintas, y luego hay dos generales que valen para los dos.
Los de Negra son cortos y agudos. Los de Rubio son largos. Los dos generales son dobles, uno para abrir y otro para parar, y esos dos los saben todos los perros de este oficio en toda España, porque son los de siempre y los aprendí yo de mi padre igual que él del suyo.
Y luego está el otro.
El primer poste salió limpio. Se saca con la palanca y con paciencia, meciéndolo, y sale con su pella de tierra pegada como si sacaras una muela.
El segundo no. El segundo estaba partido por debajo del nivel, que es lo peor, porque arriba parece entero y abajo no hay nada, y salió en dos trozos y el de abajo hubo que sacarlo cavando.
Ella bajó de la higuera dos veces a preguntar si hacía falta, y las dos veces le dije que no, y las dos veces tenía razón yo, porque el hueco de la higuera sin nadie es el hueco por el que se vuelven.
—Estoy aquí de florero.
—Estás aquí de poste.
—Un poste que se mueve y te avisa.
—Un poste que se mueve y avisa vale más que un poste.
Cuando llevábamos hora y media y yo estaba con el segundo poste metido en el hoyo hasta la rodilla, se me fue un grupo de treinta por el lado del pozo, que es por donde se van siempre cuando se aburren.
Tenía las dos manos en el poste.
Así que canté.
Es una nota larga y desafinada, que empieza y se cae, como si a uno se le acabara el aire a la mitad. Rubio giró en seco, cortó por delante y me devolvió las treinta al pedazo de arriba en cuarenta segundos.
Rubio no es un perro rápido. Es un perro que sabe dónde va a estar la oveja dentro de cuatro segundos, que es otra cosa y que no se enseña. Cortó por delante del grupo sin correr más de lo necesario y las devolvió arriba metiéndose por el lado, no por detrás, como hacen los perros malos.
Me di la vuelta y ella me estaba mirando desde la higuera con una cara que no le había visto.
—¿Qué ha sido eso?
—El de recoger por la izquierda.
—Eso no es un silbido.
—No.
—Eso es una nota. Y perdona, pero es una nota horrible.
Me reí. No me acordaba de la última vez que me había reído trabajando.
Terminé de calzar el poste antes de contestar, porque tenía las manos ahí y porque hay cosas que se dicen mejor con las manos ocupadas.
—Esa nota la aprendió el perro de mi mujer.
Lo dije así, con el poste en la mano, sin haberlo pensado antes, y no pasó nada de lo que yo llevaba dos años y medio suponiendo que pasaba cuando uno dice esa palabra en voz alta.
Ella no puso cara de nada. Siguió en su sitio, porque estaba trabajando, que fue lo mejor que pudo hacer.
—¿Tu mujer silbaba mal?
—Mi mujer no silbaba. No le salía. Lo intentó dos años y no le salió nunca.
—¿Y entonces?
—Entonces cantaba. Y cantaba fatal.
—¿Fatal como Martina?
—Martina canta igual que ella. Exactamente igual. Es lo único que ha sacado de la cara que no se le ve.
Metí la piedra de calzar con el pie y apreté.
—El caso es que los perros aprenden lo que oyen, no lo que uno querría que oyeran. Y Rubio, de cachorro, aprendió los tres silbidos míos y esa nota suya. Y de los cuatro, el que mejor hace es el de la nota.
—¿Por qué?
—Porque no se parece a nada. Un silbido bueno puede confundirse con otro silbido. Esa cosa no se confunde con nada del mundo.
Se rió. Se rió de verdad, con la boca abierta, que es la primera vez que se la oigo.
—O sea que tu mujer desafinaba tan mal que inventó un idioma.
—Eso.
—¿Y tú lo cantas bien?
—Yo lo canto mal a propósito.
Lo dije igual que lo anterior, sin frenar, y cuando ya lo había dicho me oí.
Llevo dos años y medio cantando mal a propósito una nota que a ella le salía así sin querer, dos o tres veces al día, todos los días, porque si la canto bien el perro no me hace caso.
Ella no dijo nada durante un rato. Estaba con la mano en el poste de la higuera, quieta, con el perro grande echado a dos metros.
—Enséñamela —dijo.
—¿Para qué?
—Porque si me pongo otra vez de poste y se te van otra vez por el pozo y tú tienes las dos manos ocupadas, prefiero saber hacerlo.
Era una razón buena. No se me ocurrió ninguna en contra.
—Una cosa —dijo—. ¿Y no te molesta?
—¿El qué?
—Cantarla.
Me quedé un momento con el alambre en la mano.
—Al principio no la cantaba. Estuve un año con los tres silbidos míos y Rubio hacía lo que podía.
—¿Y qué pasó?
—Que un día se me fueron cuarenta por un barranco en la sierra de Albarracín y no me daba tiempo con un silbido. Y la canté.
—¿Y?
—Y las paró.
Tensé el alambre dos vueltas más de las que hacían falta.
—Si la haces bien, no vale. Tiene que caerse al final.
—¿Caerse cómo?
—Como si se te acabara el aire.
Se la canté tres veces. Ella la cantó cuatro y a la cuarta le salió lo bastante mal como para que Rubio levantara la cabeza desde ochenta metros y se quedara mirando.
—Ha funcionado.
—Ha funcionado a medias. Te ha mirado, no ha ido.
—Pues es la primera vez en mi vida que canto y alguien me hace caso a medias.
Estuvimos veinte minutos con la nota, ella en la higuera y yo en el hoyo del segundo poste, cantándola por turnos como dos tontos, hasta que Rubio se hartó y se fue a beber.
—Se ha ido.
—Se ha hartado.
—¿Los perros se hartan?
—Los perros se hartan antes que las personas. Por eso son mejores.
Terminamos los dos postes a la una menos cuarto. Tensé el alambre con el tensor de trinquete, que se aprieta hasta que el hilo canta al tocarlo con la uña, ni más ni menos. Si aprietas de más, con la helada de enero se parte, y el que no está aquí en enero es el que aprieta de más.
Comprobé los tres tramos de al lado y bajamos el rebaño otra vez, que se baja solo en cuanto abres.
Bajaron solas en cuatro minutos y se repartieron por el pedazo de abajo como se reparte el agua en una mesa.
Mientras recogía la herramienta, en el orden en que se recoge, le conté la otra cosa. No me la pidió nadie.
—La de los silbidos de Negra los inventó ella también. Y les puso nombres. Negra tiene uno que se llama la eme, porque lo apuntó con una eme en un papel para acordarse, y luego el papel se perdió y el nombre se quedó.
—¿Y qué hace la eme?
—Parar.
—¿Parar cómo?
—Parar del todo. Es el único que hace que un perro se pare y se eche y no se levante hasta que le digas.
—Ese quiero aprenderlo.
—Ese no. Ese si lo haces mal el perro se levanta a destiempo y se te mete debajo del rebaño.
—Vale.
—¿Y Ministro? ¿Ministro tiene silbidos?
—Ministro tiene uno y no lo usa.
—Ese quiero aprenderlo.
—Ese ya te lo sabes. Ese es tu nombre.
—Ese te lo enseño otro día.
Lo dije sin pensar, y era viernes veintinueve, y en aquella finca los otros días que quedaban eran nueve.
Comimos cada uno en su sitio, como siempre.
A las cuatro Nando y yo movimos el rollo de malla nuevo a la cuadra y a las cinco y media bajé a Martina a por ella a casa de Angustias, que los viernes la tiene hasta más tarde porque los viernes le lee el periódico entero, incluidas las esquelas, que Angustias dice que son lo único que trae información de verdad.
A las siete y media, con la niña ya cenando, ella subió de la cuadra con el papel del día y se paró en la puerta de la cocina.
—Te he puesto la cura de Encarna en la fila de arriba, que ya son los diez días.
—Se los quité ayer.
—¿Los puntos?
—Los puntos se caen solos. Los que quedaban se los quité ayer.
—Pues entonces borro la fila.
—Bórrala.
—Me da pena.
—Pues no la borres.
No la borró. Al día siguiente seguía ahí, con las tres casillas vacías y el nombre escrito.
Por la noche conté. Seis minutos, por bloques, desde el sitio alto.
Y cuando terminé, en vez de meterme, me quedé un rato mirando a Rubio, que estaba echado en la puerta de la cuadra donde se echa siempre, con nueve años y con una nota desafinada metida en la cabeza que ya no canta nadie bien.
Cuando se murió, Negra tenía tres años y Rubio seis. Los dos estuvieron una semana yendo a la puerta de la furgoneta a la hora a la que ella salía, y luego dejaron de ir, como hacen, y siguieron trabajando igual, que también es lo suyo.
Nueve años. Les quedan tres o cuatro.