Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 15
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El jueves salí para Valdepeñas a las ocho y media y llevé a Angustias, porque el miércoles en el bar me dijo que tenía que ir al médico el jueves y que iba a coger el autobús de las siete y diez, y el autobús de las siete y diez tarda una hora y veinte y para en cuatro sitios.

—Yo voy a las nueve. La llevo.

—Tú vas a lo tuyo.

—Voy a lo mío y la llevo a usted. Es el mismo coche.

No dormí. Eso hay que decirlo porque explica el resto del jueves.

Me acosté a las doce y estuve hasta las tres repasando en la cabeza una escena de once segundos, que es lo que duró, y a las tres me levanté, bajé a la cocina y me puse a trabajar en el plano de la era hasta las cinco y cuarto, y avancé más en esas dos horas que en los cuatro días anteriores, que es una cosa que me pasa desde siempre y de la que no estoy orgullosa.

A las siete y media él estaba en el cercado con el pienso, igual que todos los días, y me dio los buenos días igual que todos los días, y eso fue peor que cualquier otra cosa que hubiera podido hacer.

Llevaba dos cosas que hacer. Una era la oficina comarcal de la calle Seis de Junio, lo de la baja de la actividad ganadera.

La otra era ir a la empresa de los aseos a buscar a una mujer llamada Marisol que lleva de baja desde el catorce y de la que dependía que hubiera dos cabinas en una era el día seis.

Aparqué en el parking de la plaza de toros a las nueve y veinte y dejé a Angustias en la puerta del centro de salud, que abre a las nueve y media y a las nueve y veinte ya tenía ocho personas fuera.

—Nos vemos a la una aquí mismo.

—A la una menos cuarto, que yo no me quedo esperando en la calle.

—A la una menos cuarto.

La primera me llevó cincuenta minutos y salí peor de como entré.

Me atendió un hombre amable que me explicó tres cosas.

Que la baja de la explotación la solicita el titular.

Que el titular es Ovidio Salcedo. Y que Ovidio Salcedo está muerto, con lo cual lo primero que hay que hacer no es la baja, es el cambio de titularidad a nombre de la heredera, y para eso hace falta la aceptación de herencia inscrita, el libro de explotación, que él creía que estaría en la finca, y el código REGA, que está en el libro.

—¿Y eso cuánto tarda?

—El cambio de titularidad, tres semanas si está todo. La baja, después, otro mes o dos.

—O sea que en el mejor de los casos, enero.

—En el mejor de los casos, enero.

La segunda me llevó veinte minutos y salí mejor.

Marisol no estaba, pero estaba su compañero, y en la pared había un planning de papel con las semanas en columnas, hecho a mano con rotulador, y en la semana del seis de noviembre había tres huecos.

—Tienen ustedes tres unidades libres el seis.

—Ya, pero el aviso es de quince días.

—Estamos a veintiocho. Del veintiocho al seis van nueve.

—Por eso.

—¿Y los tres huecos de la pared?

Se quedó mirando la pared como si la viera por primera vez.

—Esos son de un cliente que no ha confirmado.

—¿Y si yo pago hoy y ese cliente confirma mañana?

—Entonces hay un problema.

—Entonces llame usted a ese cliente y pregúntele, y yo espero aquí.

Llamó. El cliente no confirmó. Pagué dos unidades y me dieron un papel con un sello, y ese papel fue lo mejor que me pasó en todo el día.

Comimos en un sitio de menú al lado de la plaza porque a Angustias le tocaba la cita a la una y no había manera de volver antes.

Ella pidió el de once noventa, se comió medio primero y todo el segundo, y me contó que su marido murió en marzo de dos mil nueve, en casa, y que ella lo supo dos días antes porque el perro no se le separó de la cama.

Lo contó como se cuenta lo que se ha contado muchas veces, sin pararse en ningún sitio.

—¿Y usted no ha pensado nunca en irse del pueblo?

—¿Adónde?

—No sé. Con familia.

—Tengo un hijo en Ciudad Real y una hija en Rivas. Los dos tienen su casa y los dos me la han ofrecido, y las dos veces he dicho que no.

—¿Por qué?

—Porque allí soy la madre de alguien y aquí soy yo.

A la vuelta, en el coche, Angustias sacó del bolso un sobre y me lo puso encima de la palanca de cambios.

—Léeme esto.

Era del centro de salud. Una cita para el once de noviembre, a las diez y veinte, en Infantes, y una hoja con unas instrucciones que decía que fuera en ayunas.

Se lo leí dos veces. La segunda, más despacio.

—El once —dijo.

—El once a las diez y veinte.

—Pues ya está.

Lo guardó. Y luego, sin transición, mirando la carretera:

—¿Tú te vas el ocho o te vas el once?

—Yo me voy el ocho.

—El ocho.

—El ocho firmo en Valdepeñas y me voy a Madrid.

—¿Y la fiesta del seis quién la recoge?

—El ayuntamiento, el domingo siete. Lo tengo por escrito.

—Anda, qué bien.

Dejó pasar un kilómetro entero.

—Oye.

—Dígame.

—¿Tú por qué no te casaste?

Me salí un poco del carril y volví a meterme.

—¿Quién le ha dicho eso?

—Tú, el martes pasado, en mi puerta, cuando te pregunté si tenías hijos y me contestaste que no y luego te quedaste callada de una manera que no era de no tener hijos.

—Ya.

—Y en el pueblo lo sabe todo el mundo, claro.

—Claro.

Conduje un rato.

—La cancelé once días antes.

—¿Tú?

—Yo.

—¿Y por qué?

Y ahí es donde se decide qué se cuenta. Yo llevo cuatro meses contando esto en dos formatos. El corto, que es una cosa que no salió, y el largo, que no se lo he contado a nadie.

Le conté el de en medio, que no sabía que existía hasta aquella mañana.

—La boda la organicé yo. Entera. Es mi oficio. Ciento veinte confirmados, una finca en la sierra, un catering que me hace precio porque trabajo con ellos, y una hoja de cálculo de cuatro pestañas.

—¿Y?

—Y un jueves por la noche, a once días, estaba yo repasando la pestaña cuatro, que es la de contingencias. Plan B de lluvia, plan B de proveedor, plan B de si se pone malo alguien. Y me di cuenta de que tenía un plan B para todo menos para lo único que podía salir mal de verdad.

—Que era.

—Que era que yo no quería.

Angustias no dijo nada.

—Llamé a los ciento veinte yo. En dos días. Uno por uno, porque eso no se manda por mensaje. Y el hotel no devuelve nada pasados noventa días, así que lo pagué yo, porque la empresa era mía y el error era mío.

—¿Y él?

—Él se portó bien. Eso es lo peor de todo. No hay nada que contar de él. Si hubiera algo que contar de él, esto sería una historia y no lo es.

Pasamos el desvío de Torrenueva.

—Cuatro meses —dijo Angustias.

—Cuatro meses.

—Y ahora un pastor.

Frené un poco sin querer.

—¿Cómo?

—Que cuatro meses y ahora un pastor. Eso en mi pueblo tiene un nombre.

—Diga el nombre.

—Rebote.

Lo dijo sin ninguna maldad, mirando la carretera, igual que había dicho lo del once a las diez y veinte.

—Aquí no hay ningún pastor.

—Que os vi el miércoles en el bar. Y no os vi haciendo nada. Eso es lo que vi.

—Angustias.

—Dime.

—¿Usted por qué me lo dice?

—Porque en este pueblo te lo va a decir todo el mundo menos a la cara.

Estuve tres kilómetros buscando la respuesta y no la encontré, y eso a mí no me pasa. Yo tengo respuesta para todo, y la tengo rápida, y la tengo con datos. Y no tenía ninguna.

Lo que tenía era una pregunta que no me había hecho hasta ese momento, y era si yo sabría distinguir entre querer una cosa y querer no estar donde estaba.

—Y si fuera rebote, ¿qué? —dije.

—Pues que se pasa.

—¿Y si no es?

—Pues que también se pasa, pero luego vuelve.

Se quedó mirando por la ventanilla.

—Yo qué sé. Yo me casé con el primero que me habló y estuve cuarenta y un años, y no sé si eso fue saber lo que quería o fue no tener donde elegir.

Llegamos a Majadavieja a la una y diez. La dejé en su puerta.

—Gracias por llevarme.

—A mandar.

—Y una cosa.

—Dígame.

—Lo del once. No se lo digas a nadie.

—No se lo digo a nadie.

En la cuadra, el papel de la puerta tenía las casillas de la mañana puestas y una línea nueva escrita con su letra en el margen de abajo.

DOS DEL CORRAL, CON EL REBAÑO DESDE ANOCHE.

Y debajo, con rotulador y con una letra que no era ni la suya ni la mía:

AIDA Y JIMENA.

Tardé un rato en entenderlo y cuando lo entendí me quedé más tiempo del que hacía falta delante de una puerta de cuadra.

Subí a la finca y me senté en la cocina con el papel de los aseos, que tenía sello, y con la hoja de la oficina comarcal, que no tenía nada.

Comí un plato de lo del táper de Chelo de pie, mirando por la ventana, y pasé a limpio los dos papeles de la mañana en dos columnas, que es como pongo yo las cosas cuando no sé qué hacer con ellas.

A la izquierda, lo que tengo: certificado urbanístico, papel de los aseos con sello, acta del pleno, compromiso de recogida del domingo, cuadrante de la fiesta a medio hacer y un plano de la era casi terminado.

A la derecha, lo que no tengo: titularidad, libro de explotación, código REGA, baja de actividad, y un tejado.

La columna de la derecha era más corta y pesaba más.

A las cuatro llamó Baeza.

—Jimena, buenas tardes. ¿Cómo va lo de la baja?

—Va mal. El titular está muerto y hay que cambiar la titularidad antes. En el mejor de los casos, enero.

—Ya. Me lo temía.

—¿Se lo temía?

—Lo pregunté yo el lunes en el colegio de notarios. Yo también hago deberes.

—Entonces ya sabe la respuesta.

—Sé la respuesta y por eso la llamo para hacerle una oferta distinta, que le explico en treinta segundos. La de ahora caduca el ocho a la una, y es de noventa y seis. Si usted quiere esperar a tener resuelto lo de la titularidad, yo espero, y firmamos en enero.

—¿Y?

—Y es de noventa y uno.

Me quedé con el bolígrafo en la mano.

—Cinco mil menos.

—Cinco mil menos. Se lo explico, que no es un castigo. Son dos meses y medio de coste financiero, un riesgo de que lo de la titularidad se alargue y la finca parada en mi planificación de obra hasta abril. Eso vale cinco mil. Si le vale a usted más esperar, espere, y yo firmo igual y sin rencor.

—Le agradezco que no me lo venda como un favor.

—A usted no se lo podría vender así aunque quisiera. Le mando las dos por escrito esta tarde y usted elige. El ocho a la una, noventa y seis. Enero, noventa y uno.

Antes de colgar le hice la pregunta que hago siempre y que casi nadie contesta.

—Baeza, una cosa. ¿Usted ha visto la finca?

—La he visto dos veces desde el camino.

—¿Y por dentro?

—Por dentro no. Con las fotos y el catastro me vale para lo que voy a hacer.

—O sea que usted va a comprar una casa que no ha pisado.

—Yo no voy a comprar una casa. Voy a comprar cuatro mil metros con agua, luz y acceso. La casa la tiro.

Eso lo dijo sin bajar la voz y sin adornarlo, y es la frase más honrada que me ha dicho nadie en once días.

—Gracias por decírmelo.

—Se lo habría dicho igual en enero. Prefiero que lo sepa ahora.

Llegaron a las seis y once minutos, en el mismo correo, una debajo de la otra.

Salí al porche con las dos hojas en la mano. Abajo, en el cercado, él estaba echando el pienso de las siete y Nando estaba cerrando la cancilla de abajo, y Martina iba detrás de su padre con la libreta.

Volví a entrar.

Las imprimí las dos con la impresora de mi tío.

Y en la hoja del cuaderno, en la página de la derecha, que es donde pongo lo que sirve, escribí los dos números y la resta.

Cinco mil.

Y al lado de los cinco mil no escribí nada, que es la primera vez en catorce años.