Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 14
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El miércoles se pasa mirando el teléfono y haciendo lo de todos los días, y lo de todos los días se hace mal.

Me levanté a las seis y veinte y a las seis y veinticinco ya estaba mirando el móvil, cosa que no hay que hacer, porque un laboratorio no manda nada a las seis y veinticinco de la mañana y uno lo sabe perfectamente.

Eché el pienso dos veces en la misma línea del comedero.

Se me olvidó cerrar la cancilla de abajo, la que colgué yo el jueves pasado, y me di cuenta a los veinte minutos y volví corriendo, y estaba todo como tenía que estar y no pasó nada, y eso es lo peor de esos días, que no pasa nada y uno se pasa la mañana comprobando que no pasa nada.

Martina bajó a las nueve menos cuarto a casa de Angustias, que es lo segundo que se hace un día así, y por el camino me preguntó tres veces si ya se sabía.

—Todavía no.

—¿Y cuándo?

—Por la tarde.

—¿Y si sale mal?

—Si sale mal habrá que esperar más.

—¿Más de veintiún días?

—Puede.

Se quedó pensando con la cara pegada a la ventanilla.

—Entonces igual me da tiempo a aprenderme a todas las de Angustias.

Angustias tiene cuatro gallinas.

Las dos aisladas bebían. A las ocho tenían treinta y nueve ocho y treinta y nueve cinco. A las dos, treinta y nueve dos las dos. El morro deshinchando. La coja apoyaba.

La tercera, la del espray azul, tenía el bulto más pequeño y treinta y ocho nueve, y Aída lo vio por la mañana cuando subió y dijo que era una picadura de algo y que se quedara marcada dos días más y ya está.

A las cuatro subió Jimena de la era con la cinta métrica y el cuaderno y no preguntó nada, que se agradece, y se puso a trabajar en la mesa de la cocina con la ventana abierta para oír si sonaba el teléfono.

A las cinco menos diez salió al porche.

—¿Quieres que me vaya al pueblo?

—¿Por qué?

—Porque hay gente que esto lo prefiere sola.

—Quédate.

Volvió a entrar. Fue toda la conversación que tuvimos en seis horas.

Llamó a las cinco y veinte.

Yo estaba en la cuadra con el saco a medio abrir y me senté en el palé sin darme cuenta de que me sentaba.

—Negativo. Los ocho.

—Los ocho.

—Los ocho. Y te digo más, que las dos tuyas ya estaban bajando ayer y eso, con lo que se ve, apunta a otra cosa. Mañana voy y te las miro bien, pero ya te digo que aquí no hay lengua azul.

—¿Los ocho?

—Los ocho, Román. Las dos tuyas y las seis de control.

Me quedé con el teléfono en la oreja sin decir nada durante un rato que se me hizo largo a mí y que a ella no debió de parecérselo.

—¿Román?

—Sí.

—Te lo digo otra vez porque esto la gente lo oye mal. Negativo. No hay restricción sanitaria. Tus ovejas pueden moverse.

—Vale.

—El problema es que el camino todavía no.

Salí de la cuadra. Ella estaba en el porche, de pie, con el ordenador cerrado contra el pecho, mirándome desde arriba del escalón.

—Negativo —dije.

No dijo nada. Se sentó en el escalón, ahí mismo, con el ordenador todavía contra el pecho, y estuvo así un rato con la cabeza baja.

—Vale —dijo al final—. Vale.

Subió a las seis y media, porque venía de Puebla y le pillaba de paso, y lo dijo delante de los dos, que es como hay que decir las cosas.

—Que quede claro para los dos. La restricción sanitaria no existe porque no existe: era una espera, no una prohibición.

Lo que hay sigue siendo lo de siempre, que son los veintiún días del paso.

O sea que el ocho de noviembre sales, igual que el lunes, igual que el miércoles pasado.

Nada de esto ha movido esa fecha ni un día.

—Entendido.

—Y bajad al bar, que el pueblo lleva dos días viéndoos con cara de entierro y ya hay dos versiones circulando, y una de ellas dice que tienes el rebaño entero malo. Eso lo aclaro yo ahora.

Antes se lo dije a Martina, que estaba cenando en la cocina de la casa con el ordenador cerrado al lado del plato.

—Ya se sabe. No tienen nada.

—¿Las dos?

—Las dos.

—¿Y la del espray?

—Esa es una picadura.

—¿Y ya se les puede poner nombre?

—Ahora sí.

Se bajó de la silla y se fue a por la libreta, y estuvo dos minutos mirando el techo con el rotulador en la mano, como hace cuando se lo toma en serio.

—Aída y Jimena.

—Martina.

—¿Qué?

—Ponles otro.

—¿Por qué?

No tenía ninguna razón que le sirviera a una niña de seis años y no tenía ninguna que me sirviera a mí, así que dije lo único que se puede decir en esos casos, que es que sí.

—Nada. Ponles esos.

Antes de bajar me lavé, me cambié de camisa y me afeité, que llevaba desde el domingo sin hacerlo, y me di cuenta a mitad de afeitarme de que me estaba afeitando para bajar al bar de un pueblo en el que no vivo.

Bajamos a las ocho.

El bar estaba como está un miércoles, que son ocho o diez, pero a las ocho y veinte había el doble, porque en un pueblo la gente aparece cuando tiene que aparecer sin que nadie avise.

Aída lo contó en la barra en cuarenta segundos y en cristiano, que es su manera, y sin mirar a nadie a la cara mientras lo contaba, que también es su manera.

Hubo dos malas, se miró, se descartó, no hay nada, punto.

Chelo puso una botella de las de arriba en el mostrador y dijo que la primera la pagaba ella y que la segunda no.

Es un anís de los de antes, con la botella de cristal labrado, de los que en una casa duran veinte años. Sirvió catorce copas pequeñas y no se sentó a beber ninguna, que es como beben las que están detrás de una barra.

Nando contó lo del termómetro y la linterna con más adornos de los que tuvo. Angustias me dijo que las ovejas de morro hinchado en octubre las ha visto ella toda la vida y que la mitad de las veces no era nada, y que por qué no la había avisado a ella, y no le contesté porque no tenía respuesta.

Aída se fue a las nueve menos veinte porque le entró un aviso de un parto en Villamanrique, y se fue como se va ella, diciendo tres cosas en la puerta y una de ellas importante.

—Román. Las dos que has tenido malas no las metas mañana en el lote de las viejas. Que vayan al segundo dos semanas y luego ya veremos.

—Vale.

—Y apúntalo, que dentro de tres días no te acuerdas.

Ya estaba apuntado, porque lo apuntó Jimena desde la barra en el móvil mientras Aída lo decía.

Y justo después, Visi se levantó.

—Ahora que estamos todos. Román.

—Dígame.

—El día seis, por la tarde, ¿pasas el rebaño por la era?

Estaba todo el bar delante. Estaba Jimena al final de la barra con un vaso de agua. Estaba Paco Ramiro con mi cuadrante todavía en el bolsillo del mono.

—Por el portillo de poniente, abierto un metro más, y son cuarenta minutos —dije—. Y la gente detrás del pretil, no en el camino.

—Eso es que sí.

—Eso es que sí.

—¿Y la gente puede tocarlas? —preguntó alguien del fondo.

—La gente no toca nada —dije—. Ni las toca ni se pone delante ni les hace fotos con el móvil a un palmo. Detrás del pretil.

—Hombre, una foto.

—Detrás del pretil se hacen las fotos igual y salen mejor, porque sale el rebaño entero. Delante sale una oveja y el codo de su vecino.

Se rieron. Eso lo aprendí yo en la feria de Brihuega hace quince años y funciona en todas partes.

Se armó lo que se arma. Alguien dio dos golpes en la barra. Alguien dijo que entonces había que llamar a los de Puebla. Chelo lo apuntó en la libreta y lo leyó en voz alta, que es su manera de firmar.

Chelo me cobró las dos consumiciones y la botella que había dicho que pagaba ella, y cuando se lo hice ver me dijo que la primera era la que había pagado ella y que las otras dos eran otras dos.

Paco Ramiro me enseñó el cuadrante en el bolsillo del mono y me dijo que el tramo dos estaba puesto y que faltaba la caja estanca, que la ponía el viernes.

Y Angustias, al salir, me cogió del brazo en la puerta.

—Oye.

—Dígame.

—La niña esta mañana me ha preguntado que cuántos días son veintiuno.

—Se lo pregunta a todo el mundo.

—Le he dicho que los días son los que uno esté.

Me soltó el brazo y se fue calle arriba con el bastón, que a las diez de la noche sí lo usa para andar.

Subimos a las diez y media andando, los tres, con Martina medio dormida a hombros hasta la curva y luego andando porque pesa.

En el camino de subida, en la curva, Martina se despertó encima de mi hombro y preguntó si ya se sabía.

—Ya se sabe. No tienen nada.

—Eso ya me lo has dicho.

—Pues ya está dicho dos veces.

Se volvió a dormir antes de la cancela.

La acostamos. Y a las once salimos a hacer lo que quedaba, que era meter a las dos del corral otra vez con el rebaño.

Eso se hace despacio. Se abre la puerta del corral, se las deja salir solas y se va detrás sin empujar, y se espera a que encuentren sitio.

Encontraron sitio en tres minutos, en la parte alta, y a los cinco ya no se distinguían de las demás, y eso es lo que uno quiere ver y lo que le deja a uno un poco tonto.

Ella las siguió con la linterna apagada hasta que dejó de saber cuáles eran.

—¿Cuál es Aída?

—Ya no lo sé.

—¿Y eso es bueno?

—Eso es lo mejor que hay.

Cerré el portillo.

Es un gesto que hago cuatro o cinco veces al día desde que tengo memoria y que no se me había ocurrido nunca que se pudiera hacer acompañado.

Estábamos los dos al lado del poste, con las linternas apagadas, porque había luna y no hacía falta.

—Ya está —dijo ella.

—Ya está.

—Yo pensaba que esto iba a acabar mal.

—Yo también.

—¿Lo pensabas de verdad o lo pensabas como se piensan esas cosas?

—De verdad.

Se rió un poco, de esa manera suya con la boca cerrada, y se pasó la mano por la cara, y llevaba dos días sin dormir igual que yo y se le notaba en la manera de estar de pie.

—Oye, Román.

—Dime.

—Gracias por dejarme estar.

Ahí es donde se torció, si es que se torció, y no fue por lo que dijo sino porque al decirlo se giró hacia mí y se quedó girada.

Yo llevo dos años y medio sabiendo perfectamente dónde está cada cosa.

Sé a qué hora amanece en cada parada del camino.

Sé lo que como, sé lo que duermo, sé lo que hablo y con quién.

Un hombre solo con una niña no se puede permitir no saber dónde está cada cosa, porque el día que no lo sabe se le cae encima todo a la vez.

Y en aquel cercado, a las once y cuarto de la noche de un miércoles, con dos ovejas metidas otra vez con las demás y sin nada pendiente hasta el pienso de las siete, yo no sabía dónde estaba ninguna cosa.

Ella no se movió. No dijo nada más. Me estaba dando tiempo. Eso me pareció entonces y lo que me sigue pareciendo.

Y yo levanté la mano, la misma que no había levantado el domingo por la noche desde el portillo, y esta vez sí la levanté, y llegué a tocarle el pelo por el lado de la oreja, que lo tenía suelto y frío del relente.

Y me paré ahí.

Porque lo que iba después no era un beso.

Un beso es una cosa que se da y se acaba.

Lo que iba después era yo pidiéndole a alguien que se pusiera al otro lado de un portillo, y eso yo se lo pedí una vez a una persona y esa persona dijo que sí, y yo estuve once años sin tener que preguntarme dónde estaba cada cosa.

Y el ocho me voy.

Bajé la mano.

—El ocho me voy —dije.

Fue lo único que se me ocurrió y ni siquiera era mentira, y ella se quedó un segundo con la cara hacia mí y luego dijo que sí con la cabeza, despacio, dos veces, como quien apunta algo.

—Claro —dijo—. El ocho te vas.

Y se fue a la casa.

Me quedé a contar. Por bloques, desde el sitio alto, seis minutos.

Estaban todas.