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—Treinta y nueve seis.
Lo dije dos veces porque la primera me salió sin voz. Había bajado al corral a por el termómetro y había vuelto en cuatro minutos y medio, cuesta arriba, con el frontal dando botes, y tenía la boca seca de una manera que no tenía nada que ver con correr.
Él lo miró a la luz.
—Treinta y nueve seis —repitió.
—¿Eso es malo?
—Eso no es fiebre.
Le volvió a abrir la boca. Le miró el morro por arriba, luego por debajo, luego le separó la lana del caballete de la nariz con dos dedos y estuvo así un rato largo.
—Esto no está hinchado igual.
—¿Qué quiere decir igual?
—Que las otras dos lo tienen por todo el morro y esta lo tiene aquí, en un sitio, y duro. Esto parece una picadura o un golpe.
—¿Parece o es?
—Parece.
Llamé a Aída a las cinco y diez. Contestó al tercer tono con la voz de quien duerme con el móvil en la mesilla porque lleva seis años durmiendo así.
Se lo conté yo, porque él tenía las manos ocupadas. Sitio, tamaño, dureza, treinta y nueve seis, y que era del primer lote y que a las nueve y media estaba bien.
—Vale. Escuchadme. Treinta y nueve seis no es fiebre. Marcadla con espray, en el lomo, para saber cuál es. Temperatura a las ocho y a las dos. Si sube de cuarenta me llamáis. Si no, la miro yo mañana cuando vaya.
—¿Y las otras dos?
—Las otras dos a las ocho. Y de las ocho a las doce, dormid.
—¿Dormir?
—Dormid —dijo—. Llevo diez años en esto. El que no duerme no ve.
La marcamos con un espray azul que él lleva en el zurrón. Una raya en el lomo, de delante hacia atrás.
Volvimos al corral a las cinco y media y les pusimos el termómetro a las dos por adelantado, porque ya estábamos allí.
Cuarenta y uno cero y cuarenta y uno uno.
Lo apuntó él en la hoja que llevaba en el bolsillo, que no es la de la cuadra sino una suya de hule negro, y luego lo pasó a la de la cuadra a las ocho, y entonces entendí que hay dos contabilidades en esta finca y que la segunda es para que la vea yo.
Le dije que se fuera a dormir dos horas. Me dijo que no. Le dije que se sentara entonces, y se sentó en el suelo con la espalda en la pared del corral, y a los once minutos se le cayó la cabeza hacia delante y se despertó de golpe y dijo que no se había dormido.
Amaneció a las ocho menos veinte. A las ocho el termómetro dio cuarenta y uno cero y cuarenta uno uno, que era lo mismo que a las cuatro, y lo mismo en aquel momento era la mejor noticia del mundo.
Y a las ocho y diez empezó a llegar gente, porque era martes.
Eso es lo que nadie me había explicado de los pueblos. Que un martes es un martes aunque tú lleves veintiséis horas sin dormir.
A las ocho y diez llegó Nando. A las ocho y veinte llegó Paco Ramiro con un ayudante y una furgoneta, porque el pleno era a las once, y Paco es de los que cargan la furgoneta antes de que se apruebe lo que va a aprobarse.
A las nueve menos cuarto tenía que salir Martina hacia casa de Angustias, y la tenía que llevar su padre, y su padre llevaba veintiséis horas de pie.
—La llevo yo —dije.
—Angustias dijo que la llevo yo.
—Angustias dijo eso el lunes.
—Angustias dice las cosas una vez.
Se fue a las ocho y cuarenta con la niña y con el Land Rover, y volvió a las nueve y cinco. Veinticinco minutos. En esos veinticinco minutos hice dos cosas que no había hecho nunca y una de ellas la hice mal.
La primera fue tomarle la temperatura a un animal enfermo, sola, con el termómetro en una mano y el rabo en la otra, con las instrucciones que me había dado él a las ocho y que me había repetido dos veces porque la primera no me enteré.
Cuarenta y uno cero. La apunté en la hoja de la cuadra, en la columna que es suya, y puse mis iniciales al lado porque no era él quien la había tomado y porque una cifra sin firma no vale.
La segunda fue Julián.
Julián llegó a las nueve menos diez con la cuba enganchada al tractor, porque los martes es el día de la cuba y porque en el pleno de las once iban a declarar satisfecho un gasto de veinticuatro euros que tenía que ver con su padre, aunque él eso no lo sabía o lo sabía y no lo dijo.
—¿Dónde la echo?
—¿Cuánta trae?
—Cinco mil.
—Espere un momento.
Fui a la cuadra, miré el papel de la puerta y volví.
—En el pilón no.
—En el pilón es donde se echa.
—En el pilón se sale. El pilón está nivelado desde el martes pasado pero rebosa por el extremo de abajo si le metes más de lo que cabe, y lo que cabe son cuatrocientos litros. Usted trae cinco mil.
—Pues echo cuatrocientos.
—Usted no va a venir cada dos horas a echar cuatrocientos litros.
—Yo a las nueve y media me voy a Villanueva.
—Ya lo sé. Por eso vamos a echarla en el depósito.
—El depósito es de mil doscientos.
—El depósito es de mil doscientos y la bomba tarda cincuenta y un minutos en llenarlo desde el pozo. Si usted me lo llena ahora, yo tengo mil doscientos litros que no le he pedido al pozo, y el pozo llena otros mil doscientos mientras tanto. Eso son dos mil cuatrocientos a las diez y media.
—¿Y los otros tres mil ochocientos?
—Los otros tres mil ochocientos me los deja en los dos bidones de la cuadra, en los abrevaderos pequeños, y el resto se lo lleva.
—Eso es media cuba desperdiciada.
—Eso es media cuba que le sobra a usted porque no tengo dónde meterla, y prefiero decírselo yo ahora que decírselo el martes que viene cuando ya la haya tirado.
Se quedó mirándome desde el tractor.
—¿Tú a qué te dedicas?
—A esto.
Me llenó el depósito y los bidones y se fue a las nueve y treinta y cinco, cinco minutos tarde, y desde el camino me gritó que el martes que viene traía la cuba a las ocho y no a las nueve, que así cabía todo.
A las nueve y media subieron Paco y el ayudante a la era, que no es la finca, pero a la era se sube por el camino de la finca y por eso pasaron por delante tres veces con la furgoneta y tres veces tuvieron que esperar a que Nando terminara de mover el segundo lote.
A las diez menos cuarto se cruzaron el tractor de Julián bajando y la furgoneta de Paco subiendo en la curva de la cancela, que tiene ancho para uno, y estuvieron cuatro minutos discutiendo quién echaba para atrás.
Lo miré desde el porche con una taza en la mano y pensé una cosa que no pensaba desde hacía años, y era que aquello lo arreglaba yo en diez minutos con un papel.
A las diez hice el cuadrante.
Lo que pasa en una finca con once personas y sin papel es que todo el mundo pregunta lo mismo a todo el mundo.
Julián le preguntó a Nando dónde se echaba el agua.
Nando le preguntó a Paco si podía pasar.
Paco me preguntó a mí a qué hora comía la gente.
Y los tres se lo preguntaron a Román, que llevaba veintiocho horas de pie y que contestó a los tres.
Eso es lo que arregla una tabla. No arregla el trabajo. Arregla las preguntas.
Lo hice en la mesa de la cocina, entre las siete libretas de actas y la funda de las fotocopias, y lo hice porque a las diez de la mañana había en aquella finca once personas y tres cosas incompatibles pasando a la vez, y porque yo no sé estar en un sitio así sin hacer una tabla.
Columna de horas, de las ocho a las ocho. Filas: agua, pienso, temperaturas, cable, Martina, comida. Y en cada celda, un nombre.
Ocho: temperaturas, R. Nueve menos cuarto: Martina, R. Nueve y media: cuba, J. Once: pleno, Visi. Once y media: cable tramo uno, Paco. Una: recogida Martina, R. Dos: temperaturas, R. Dos y media: comida, J. Cuatro: cable tramo dos, Paco. Seis: pienso, Nando. Ocho: temperaturas, R.
Y una fila más abajo, con una sola celda: de dos a cuatro, dormir, R.
Puse arriba, en la cabecera, la fecha y una palabra: MARTES. Nada más. Ni finca, ni nombres, ni título. En un montaje la cabecera tiene que caber en un vistazo desde tres metros.
Lo imprimí dos veces. Una para la puerta de la cuadra. La otra la dejé encima de la mesa y a las once y media ya no estaba, y a la una la vi doblada en el bolsillo del pecho del mono de Paco Ramiro.
—Oiga, eso es mío.
—Esto es muy bueno —dijo Paco—. ¿Usted me hace una de estas para el día seis?
—Para el día seis va a haber una de estas con cuarenta filas.
—Pues mejor.
A las dos y media le puse un plato delante, en la mesa del cuarto exterior, sin decir nada. Judías con chorizo de un táper de Chelo, calentadas. Se lo comió entero sin decir nada tampoco. Llevaba desde el lunes al mediodía sin comer sentado.
Román durmió de dos a cuatro. No sé si durmió, pero estuvo tumbado en el cuarto exterior con la puerta abierta durante esas dos horas, que es lo que yo podía conseguir.
A las dos le tomé yo las temperaturas. Cuarenta cuatro y cuarenta dos. Bajaban.
Lo apunté con mis iniciales y no lo desperté para decírselo, que fue la decisión más difícil de todo el día, y a las cuatro y cinco él salió, fue derecho al papel de la puerta de la cuadra, lo leyó, y no dijo nada, y se fue al corral.
A las cinco pasó lo del cable.
Paco bajó a la finca a decirme que el tramo uno estaba puesto y que para el tramo dos necesitaba que alguien le sujetara la escalera dos horas, y que su ayudante se iba a las seis porque tenía que recoger a su mujer en Infantes.
—Yo no puedo. Tengo las temperaturas a las ocho y la comida de las ovejas a las seis.
—Ya.
—Y él tampoco puede.
—Ya.
Miré el papel de la puerta de la cuadra. Nando tenía el pienso a las seis, Román tenía temperaturas a las ocho, y entre las seis y las ocho había un hueco en dos filas a la vez.
—Paco. ¿Usted puede empezar a las seis y media?
—Yo puedo empezar cuando sea.
—Entonces a las seis y media le sujeta la escalera Nando, que acaba el pienso a las seis y veinte, y a las ocho y media se la sujeto yo, que para entonces ya está hecho lo de aquí.
—¿Usted sujeta una escalera?
—Yo he sujetado cosas peores.
A las seis y media subió Visi con el acta del pleno.
—Aprobado por unanimidad. Veinticuatro euros. Y Julián levantó la mano el primero.
—Muy bien.
—Y ahora quiero hablar con el pastor de lo de la era.
—Hoy no.
—Es que es lo único que me falta.
—Visi, hoy no.
Se me quedó mirando. Esta mujer lleva cuarenta años leyendo a la gente en una barra y en un mostrador.
—¿Pasa algo?
—Hoy no —dije por tercera vez.
Y lo dejó estar, que es la única vez en once días que la he visto dejar algo estar, y bajó al pueblo sin preguntar más.
A las ocho las temperaturas eran cuarenta uno y treinta nueve nueve.
A las ocho y media subí a la era a sujetarle la escalera a Paco Ramiro, como había dicho, y estuve hora y cuarto con las dos manos en un travesaño de madera del setenta y cuatro mirando a un hombre de sesenta y ocho años trabajar por encima de mi cabeza con una linterna en la boca.
—Más a la derecha, que aquí no llego.
—¿Así?
—Así.
No hablamos de nada más en hora y cuarto, y cuando bajó me dijo que el tramo dos estaba puesto y que el viernes ponía la caja estanca, y que muchas gracias, y que eso a él se lo había sujetado su suegro y luego su mujer y ahora una señora de Madrid.
A las nueve me senté a hacer la lista del miércoles y me salió de dos líneas, que es lo que sale cuando una lleva treinta y cuatro horas despierta.
Resultado, por la tarde.
Todo lo demás, después del resultado.
Y debajo, en la aplicación de notas, donde guardo lo que no enseño, escribí una palabra que no era una tarea y que borré a los diez minutos. La escribí otra vez a las once y esa vez la dejé.