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La primera la vi a las cinco y media de la tarde del lunes, en el segundo lote, y la vi porque no bebía.
Una oveja que se acerca al pilón y no mete la cabeza tiene algo. Puede tener una cosa de nada. Pero tiene algo.
La aparté con el cayado y la miré de cerca. Tenía el morro hinchado por la parte de arriba y la nariz sucia de esa manera que no es polvo. Le abrí la boca. La mucosa estaba roja, más roja de lo que tiene que estar. Le puse la mano en el costado y la tenía caliente, y no caliente de andar.
Le puse el termómetro. Cuarenta y uno cuatro.
La segunda la encontré diez minutos después, sin buscarla mucho, porque cuando una tiene eso y hay que buscar la segunda, la segunda aparece.
Estaba echada en la parte de arriba, apartada, y al levantarse cojeaba de la mano derecha.
Cuarenta y uno dos. La misma nariz. Los labios empezados a hinchar.
Antes de llamar hice las tres cosas que se hacen, en este orden.
Las miré a las dos otra vez para estar seguro de lo que iba a decir por teléfono.
Miré el reloj y apunté la hora en la libreta.
Y miré el cielo, que llevaba tres días templado y sin viento después de la tormenta, que es exactamente el tiempo en el que el mosquito de esto vuela a gusto.
Llamé a Aída a las cinco y cincuenta y cinco desde la loma.
—Aída, soy Román Ochoa, el de la finca de Salcedo.
—Dime.
—Tengo dos con fiebre alta, edema de morro, mucosa congestiva y una cojeando.
Hubo dos segundos de silencio.
—¿Cuarenta y cuánto?
—Cuarenta y uno cuatro y cuarenta y uno dos.
—Sepáralas ya. En un corral cerrado, lo más lejos que tengas del resto, y a las demás no las muevas de donde estén. Voy para allá. Estoy en Torre de Juan Abad, tardo cuarenta minutos.
—Vale.
—Román.
—Dime.
—¿Están vacunadas?
—De serotipo tres y ocho, en mayo.
—Vale. Eso es bueno. Hasta ahora.
Martina estaba en la puerta del cuarto exterior cuando pasé con la primera.
—¿Qué le pasa?
—Está mala.
—¿Cuál es?
—Una del segundo lote.
—¿Cuál?
—Martina, ahora no.
Se quedó callada. Y luego dijo lo que tenía que decir, que fue:
—Vale.
Y se metió dentro.
Las metí en el corral de la cuadra, que es de paredes de piedra y tiene puerta. Les puse agua y no les puse de comer. A las seis y diez estaban aisladas.
Esa es la hora. Las seis y diez de la tarde del lunes veinticinco.
Mientras esperaba, Jimena salió al porche con el móvil en la mano. Se había enterado por el ruido, que es como se entera uno de todo en una finca.
—¿Qué pasa?
—Dos malas.
—¿Malas de qué?
—Eso lo dirá la veterinaria.
No preguntó más. Entró en la casa y volvió a salir a los dos minutos con una bombilla portátil de las de gancho y un alargador, y los dejó en el suelo al lado del corral sin decir nada, y se volvió a meter.
Aída llegó a las seis y cuarenta con una furgoneta blanca llena de cajas y con las manos ya lavadas antes de bajarse. Es joven, habla deprisa y encima habla mientras trabaja, pero no se equivoca en nada de lo que dice.
—¿Las has tocado con las manos?
—Sí.
—Da igual, pero lávate igual antes de ir con las otras, que hay cosas que no son esta y que sí se pegan así.
Miró a las dos. Tardó doce minutos con cada una. Temperatura otra vez, boca, morro, patas, corona de la pezuña, que es donde hay que mirar.
—Vale. Escúchame, que lo digo una vez y luego lo repito si hace falta.
Jimena había bajado a los veinte minutos de llegar la furgoneta y estaba al otro lado de la pared del corral, callada.
—Lo que tienen es compatible con lengua azul. Compatible quiere decir compatible. También es compatible con otras tres cosas y una de ellas es una fotosensibilización tonta. No te estoy diciendo que lo sea.
—Vale.
—Te tomo sangre en tubo con anticoagulante de las dos y de seis más del rebaño, y va esta noche al laboratorio. El resultado tarda cuarenta y ocho horas desde que entra la muestra. Si la meto hoy, lo tenemos el miércoles por la tarde.
—El miércoles por la tarde.
—Eso es.
—¿Y mientras?
—Mientras, esto. —Y se puso derecha, que fue lo único que hizo despacio en toda la noche—.
Tú ahora mismo, aunque se abriera el paso mañana, no puedes mover ese rebaño.
No porque nadie te lo prohíba. Porque la norma dice que dentro de zona sin estatus los animales se mueven si no presentan signos clínicos compatibles, y tú tienes dos con signos clínicos compatibles.
O sea que el rebaño se queda quieto hasta que esto se descarte.
—Entendido.
—No es un expediente ni una sanción ni te va a venir nadie. Es que si tú mueves y luego sale positivo, el que responde eres tú y respondes de todo lo que toques por el camino.
—Entendido.
—Y otra cosa. Esto lo transmite un mosquito, no el contacto. El aislamiento sirve para tenerlas vigiladas y para poder decir dónde estaban, no para parar nada. No te vuelvas loco desinfectando.
—¿Te ayudo? —dijo Jimena desde el otro lado de la pared.
—Sujétame la linterna aquí. Que no se mueva.
No se movió.
Sacó la sangre de las dos con la aguja apoyada en el cuello y la mano firme, y luego fuimos por las seis del rebaño con la linterna y tardamos otros cuarenta minutos. Etiquetó los ocho tubos, los metió en una nevera portátil con dos acumuladores y cerró la caja.
—¿Y esta noche qué hago?
—Mirarlas. Temperatura a las doce y a las cuatro y a las ocho. Si a alguna se le pone la lengua morada o no puede tragar, me llamas a la hora que sea y no esperas a mañana. Y mírales a las del rebaño el morro y la cojera dos veces esta noche, en el lote entero, con luz.
—El lote entero.
—El lote entero. Ochocientas y pico con una linterna. Ya lo sé.
—Una pregunta —dije—. Si sale positivo, ¿cuánto tiempo?
—Depende. Si sale positivo, lo que manda es que no haya animales con signos clínicos. O sea que el rebaño se mueve cuando se recuperen, y eso con vacunación previa suele ser cosa de días, no de semanas. Pero no te voy a dar una fecha porque no la tengo y porque si te la doy la vas a apuntar.
—La voy a apuntar.
—Por eso no te la doy.
Cerró la nevera con los ocho tubos y la metió en la furgoneta, entre dos cajas, encajada para que no se moviera en el camino.
—Y una cosa más para los dos —dijo, ya con la puerta de la furgoneta abierta—.
Esto no lo habléis en el bar. No porque haya que esconderlo, sino porque el miércoles hay un resultado y hasta el miércoles cualquier cosa que se diga en una barra vuelve mal.
Si alguien pregunta, dos con fiebre y el veterinario mirándolo.
—¿Y si sale positivo?
—Si sale positivo lo cuento yo, que para eso cobro.
Se fue a las ocho menos cuarto. Desde el camino, con la ventanilla bajada:
—Román. Están vacunadas. Eso cambia mucho las cosas.
—Ya.
—No cambia el resultado. Cambia lo que te va a pasar si sale.
Antes de empezar hice dos llamadas.
La primera a Nando, que estaba cenando en el bar, para decirle que mañana subiera a las siete en punto y no a las siete y veinte.
La segunda no la hice. Marqué el número de la dehesa del sur, el de las parcelas, que lo tengo desde julio, y lo dejé sonar una vez y colgué. Todavía no había nada que decir y llamar a alguien para decirle que no sabes nada es la manera más rápida de que empiece a preocuparse por su parcela.
Antes le puse a Martina la cena y la metí en la cama, y le dije lo que hay que decir, que es la verdad en el tamaño que le cabe.
—Hay dos malas y hay que mirarlas toda la noche. Yo voy a estar fuera. Si te despiertas, me llamas desde la puerta y yo te oigo.
—¿Se van a morir?
—No lo sé. Creo que no.
—¿Cuál es la que está más mala?
—Las dos igual.
—Ponles nombre.
—Ahora no.
—Ponles nombre mañana.
Empecé a las ocho y diez, con el frontal y con el cayado.
Se mira una por una. Se levanta la cabeza, se mira el morro, se mira que respire por los dos lados, y se la deja.
Luego se mira cómo se va. Si se va bien, siguiente.
Ochocientas y pico son tres horas si vas rápido y no vas rápido, porque a la ciento cincuenta ya no estás seguro de si acabas de mirar a esa o a la de antes.
A la ciento y pico dejé de contar cuántas llevaba, porque contar y mirar a la vez no se puede, y porque contar era lo que no había podido hacer la noche anterior y no me apetecía nada acordarme de eso.
A las nueve menos cuarto apareció ella con dos frontales, uno puesto y otro en la mano.
—Toma.
—Tengo.
—Ese lo llevas en la cabeza desde hace media hora y a mí me sobra. Lo compré para vaciar la segunda habitación.
Lo cogí.
—Vete a dormir.
—No.
—Esto va a durar toda la noche.
—Ya lo sé.
—No hace falta que estés.
—Ya lo sé —dijo, y se metió en el cercado por el portillo, cerró detrás de ella, que eso no se lo había enseñado nadie, y se puso a tres metros de mí.
No discutí. Habría tardado más en discutirlo que en enseñarle lo que había que mirar.
—El morro. Aquí arriba, en el caballete de la nariz. Si está hinchado, se nota porque la lana de ahí se separa.
—¿Y si dudo?
—Si dudas, me la señalas y la miro yo. No la apartes tú.
—Vale.
—¿Cuántas hay que mirar?
—Todas.
—¿Todas las ochocientas dos?
—Todas.
No dijo nada más. Se ató el pelo con lo que llevaba en el bolsillo, se subió la cremallera hasta arriba y se puso el frontal.
Empezamos por el lado de poniente, ella por fuera de la fila y yo por dentro. Tardamos cuatro horas y cuarto.
En todo ese tiempo dijo diecinueve palabras, y once fueron números de las que me señaló.
Me señaló seis. Cinco no eran nada. La sexta tenía el morro limpio y estaba bien, y se lo dije, y aun así volvió a mirarla dos veces más antes de dejarla ir.
Cuando terminamos el lado de poniente eran las diez y cincuenta. Quedaba el doble.
—¿Vamos bien de tiempo? —dijo.
—No hay tiempo. Hay que mirarlas y ya está.
—Vale.
Y eso fue todo lo que dijo de eso.
A las doce y veinte subimos al corral a poner el termómetro. Cuarenta y uno tres y cuarenta y uno cero.
A las once y media me dijo la primera cosa que no era un número.
—¿Esto lo has pasado antes?
—Dos veces.
—¿Y las dos salió bien?
—Una sí.
No preguntó por la otra y yo no la conté.
A la una menos veinte trajo café en un termo. No dijo nada al dármelo. Se sentó en el suelo, con la espalda en la pared del corral, con el frontal apagado y las rodillas dobladas, y estuvo así hasta las cuatro, y cada vez que yo me levantaba a mirar, ella se levantaba también.
Las dos comían poco y bebían. Eso es lo que uno quiere ver. Una oveja que bebe es una oveja que todavía está en la pelea.
A las cuatro, cuarenta y uno uno y cuarenta y uno cero.
A las cuatro y cuarto volví a bajar al cercado a hacer la segunda pasada del lote de arriba, que es la que me faltaba, y ella bajó conmigo.
A esa hora el rebaño está echado y hay que levantarlas de una en una, que es peor y va más despacio. Se le pone la mano en el lomo, se espera, y se la deja volver a echarse. Ochenta y tantas.
Ella lo hizo igual que yo desde la tercera.
Y a las cuatro y cuarenta, en la parte de arriba, junto a la alambrada nueva, había una tercera con el morro hinchado.
Era del primer lote. La había mirado yo a las nueve y media, hacía siete horas, y a las nueve y media no tenía nada.
Me arrodillé y le abrí la boca con el frontal encendido.
—¿Qué hago? —dijo ella desde atrás.
Tenía el móvil en la mano y tenía el número marcado, porque se lo había apuntado cuando se fue la furgoneta blanca.
Y yo no sabía si aquello eran cuarenta y un grados o eran treinta y nueve y medio, porque el termómetro estaba en el corral, a doscientos metros, y porque llevaba nueve horas mirando morros y ya no me fiaba de mis ojos.