Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 11
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El problema del lunes tenía cincuenta y un años y estaba escrito a mano.

Empezó a las nueve y cuarto, cuando bajé a casa de Paco Ramiro con la cinta métrica para medir la tirada de cable y él me dijo, con el café en la mano y sin mirarme, que la línea de la era él me la ponía pero que no la iba a poner.

—Eso es lo mismo.

—Eso no es lo mismo.

—Explíquemelo.

—Yo tengo carné y tengo herramienta, y subo y la pongo en una mañana. Lo que pasa es que el material hay que comprarlo y el material se compró ya una vez.

—¿Cuándo?

—En el setenta y cuatro.

Y ahí me contó lo que yo ya sabía a medias, pero completo.

En el setenta y cuatro su suegro tiró la línea desde el poste del pabellón hasta la era con dinero de una derrama a la que se apuntó todo el pueblo.

En el setenta y nueve se quemó el motor de la bomba de la era, que iba en esa misma línea, y hubo que pagar el arreglo.

Unos dijeron que lo pagaba el que lo había quemado.

El que lo había quemado dijo que él lo había usado como todos. Y se quedó sin pagar.

—¿Y eso qué tiene que ver con un cable en dos mil y pico?

—Que está escrito.

—¿Dónde está escrito?

—En el libro del bar.

—Paco, con todo el respeto. Usted tiene sesenta y ocho años, tiene carné, y me está diciendo que no va a subir a una era a poner un cable porque en el setenta y nueve alguien no pagó cuatro mil pesetas.

—Yo no le he dicho que no vaya a subir. Le he dicho que no la voy a poner.

—Eso es lo mismo.

—Señora, si yo subo y la pongo, mañana hay dos familias en este pueblo que no se hablan más de lo que ya no se hablan. Y yo vivo aquí, y usted se va el mes que viene.

Eso último no lo dijo con maldad. Lo dijo como se dice la hora.

—¿Y qué tiene que pasar para que la ponga?

—Que alguien lo quite de donde está puesto.

—¿Y dónde está puesto?

Fui al bar a las diez y cuarto. Chelo estaba fregando vasos.

—Necesito el libro de actas.

—¿Cuál?

—¿Hay más de uno?

—Hay siete.

Los siete estaban en una caja de vino, debajo del mostrador, envueltos en una bolsa de plástico de las de antes. Libretas de hule, de las mismas que usa ella ahora, con el año escrito en el lomo con bolígrafo.

Tardé una hora y veinte en encontrarlo, y lo encontré porque Chelo se sentó enfrente con un café y me fue diciendo por dónde buscar.

Diecisiete de junio de mil novecientos setenta y nueve. Letra apretada, tinta azul.

Se acuerda que el arreglo del motor de la era queda a cuenta de quien corresponda y que hasta que no se satisfaga no se hará gasto nuevo en la línea.

Ocho palabras eran el problema. Hasta que no se satisfaga.

—Chelo, esto no es un contrato.

—No.

—Esto no tiene ningún valor legal.

—Ninguno.

—O sea que yo puedo comprar el cable esta tarde y Paco puede subir mañana y no pasa nada.

—No pasa nada —dijo—. Y Paco no sube.

Me quedé mirando la libreta.

En catorce años he trabajado con contratos de doce páginas, con penalizaciones por hora de retraso y con abogados que cobran por leer un correo.

Y estaba sentada en un bar de Ciudad Real delante de nueve palabras escritas en una libreta de hule que no valían nada y que llevaban cincuenta y un años parando una obra de cuatrocientos euros.

—¿Y quién era el que corresponda?

—Eso es lo bonito —dijo Chelo—. Ya no se sabe.

—¿Cómo que no se sabe?

—Ahí no se puso el nombre. Se puso quien corresponda porque en aquel momento estaban los dos delante y nadie quiso escribirlo.

—¿Y los dos quiénes eran?

—Uno era el padre de Julián, el de la cuba. Y el otro era tu tío.

Estuve un minuto largo sin decir nada.

—¿Y cuánto costaba el motor?

—Cuatro mil pesetas.

—¿Eso cuánto es?

—Eso es nada, hija. Eso son veinticuatro euros.

—¿Me está diciendo usted que llevan cincuenta y un años sin luz en la era por veinticuatro euros?

—Te estoy diciendo que llevan cincuenta y un años sin que nadie dijera quién.

—¿Y por qué no lo ha quitado nadie en cincuenta y un años? —dije.

Chelo cerró la libreta y la puso encima de las otras seis.

—Porque para quitarlo hay que decir que se paga, y para decir que se paga hay que decir quién no pagó. Y aquí el que no pagó tiene nietos.

—¿Y si lo paga el ayuntamiento y no se dice quién?

Se quedó con el paño en la mano.

—Eso no se le ha ocurrido a nadie.

—No se le ha ocurrido a nadie o no lo ha dicho nadie.

—Eso ya es otra cosa.

Salí del bar con las siete libretas en la caja de vino, porque Chelo me dijo que me las llevara, que allí no hacían nada. Las subí a la finca por la tarde y las dejé encima de la mesa de la cocina, al lado de la funda con las fotocopias de 1901 y del cartel del ochenta y ocho.

La mesa de aquella cocina se ha convertido, sin que yo lo decidiera, en el archivo de un pueblo.

Lo resolví a las doce y media y lo resolví como se resuelven estas cosas, que es sin tocar el fondo.

Fui al ayuntamiento, le conté a Visi las nueve palabras y le dije lo que había que hacer, que era una sola frase en el acta de este año.

—Acta del pleno de mañana. Punto: la corporación declara satisfecho el gasto pendiente del motor de la era del setenta y nueve, con cargo a la partida de festejos, y autoriza gasto nuevo en la línea. Importe: veinticuatro euros.

Visi se quitó las gafas.

—¿Veinticuatro euros?

—Veinticuatro euros. Y luego, aparte, el cable, que son cuatrocientos y pico y que pago yo esta tarde en Valdepeñas y me lo devolvéis en enero con la factura.

—¿Tú pones cuatrocientos euros?

—Yo pongo cuatrocientos euros porque el almacén cierra el miércoles por inventario y porque si no lo compro hoy no hay luz el día seis. Y quiero el compromiso de devolución por escrito, con el número de partida.

—Por escrito.

—Por escrito.

—Una cosa —dijo Visi mientras escribía—. Esto lo lleva mañana al pleno la alcaldesa, o sea yo. Y el punto lo propongo yo.

—Lo propone usted.

—Y en el acta no sale tu nombre.

—Mejor. Yo el lunes ocho me voy.

Levantó la vista un segundo y volvió a escribir.

—Claro que sí.

Mientras lo escribía miré la pared de detrás, donde hay un corcho con anuncios: la recogida de enseres, el teléfono de la asistenta social, una hoja del año pasado sobre el transporte escolar y una foto pequeña, enmarcada, de una era llena de gente con un rebaño pasando por detrás.

—¿Y esa foto?

—Esa es la del ochenta y ocho.

—¿La cuarenta y siete?

Visi levantó la cabeza del papel.

—¿Tú cómo sabes que era la cuarenta y siete?

—Porque lo pone en un cartel que tengo en la cocina.

Me hizo el papel en once minutos. Es la primera vez desde que llegué que esta mujer hace algo en once minutos.

Antes de bajar pasé por la era a medir la tirada de verdad, con la cinta de treinta metros y con Paco Ramiro, que subió en cuanto le dije que el punto iba al pleno de la mañana siguiente. Subió con la escalera de su suegro, que sigue siendo de madera.

Cincuenta y dos metros hasta el poste del pabellón y ocho de bajada. Sesenta con el margen. Dos aisladores en la esquina del pretil, donde hay dos hierros puestos en el setenta y cuatro que siguen ahí.

—Su suegro puso los hierros bien.

—Mi suegro ponía todo bien y no le dio tiempo a cobrar nada.

Bajé a Valdepeñas por la tarde. Sesenta metros de cable, dos aisladores, una caja estanca y bridas, cuatrocientos treinta y siete con ochenta. Pagué con mi tarjeta y me guardé el tíquet en la funda de plástico donde llevo las fotocopias de 1901, que ya se ha convertido en la carpeta de esto.

Volví a las ocho menos cuarto con el cable en el maletero y con la sensación rara de haber tenido un lunes bueno, que en producción quiere decir que has cerrado dos cosas y has abierto solo una.

El cable pesaba veintitrés kilos y lo bajé yo sola del maletero a la cuadra en dos veces, y me hizo falta parar a la mitad, y no le pedí ayuda a nadie porque no había nadie a quien pedírsela.

Y por la mañana, entre la casa de Paco y el bar, pasó lo otro.

Angustias estaba en la puerta de su casa, que es la tercera de la calle de la Fragua, con la puerta abierta y una silla puesta en el quicio.

—Oye.

—Buenos días.

—La niña.

—¿Qué pasa con la niña?

—Que hace la escuela en una furgoneta que ya no está y ahora la hace en la mesa de tu cocina, y una mesa de cocina con gente entrando y saliendo no es una escuela.

—Ya.

—Que me la traigan de nueve a una.

Lo dijo así, sin preguntar, mirando la calle.

—Se lo tengo que decir a su padre.

—Claro que se lo tienes que decir a su padre. Y me la trae él.

—Yo la puedo bajar, que bajo todos los días.

—Me la trae él —repitió—. Tú no eres nadie para traerme a esa niña y él tiene que saber dónde la deja.

No fue desagradable. Fue exacto, que es distinto, y me dejó en el sitio en el que estoy y en el que quiero estar.

—De acuerdo.

—Y otra cosa. Que se traiga los papeles esos que tiene que rellenar, que yo se los miro.

—¿Usted lee bien de cerca?

Me miró por primera vez.

—Yo veo un rebaño a treinta metros y no veo una receta a treinta centímetros. Hace ocho años que no leo una carta yo sola.

—Entonces no puede mirarle los papeles.

—Los papeles me los lee ella en voz alta y yo le digo si están bien. Eso no hace falta verlo, hace falta saberlo.

En el pueblo, entre una cosa y otra, me pararon cuatro veces.

Una para preguntarme si iba a haber baile.

Otra para decirme que el año que su padre llevó la fiesta se hizo en el pabellón y no en la era, y que en el pabellón no se moja nadie.

Otra para ofrecerme una furgoneta. Y la cuarta para decirme que la carne de Emérito está muy bien pero que el cordero lo tiene mejor uno de Albaladejo.

Las cuatro me llevaron once minutos en total y a las cuatro les dije lo mismo, que es lo que digo siempre y que en Madrid funciona y aquí también: que me lo mandaran por escrito o que vinieran el jueves a las siete al bar, que a las siete del jueves yo estaba allí.

Dos dijeron que vale. Los otros dos dijeron que ellos eso del jueves no.

Se lo dije a Román a las siete, en el cercado, con el cable ya descargado en la cuadra.

—Angustias quiere a Martina de nueve a una.

—¿Para qué?

—Para que haga la escuela sin gente alrededor. Y para que le lea a ella las cartas, que no ve de cerca.

Se quedó quieto con el saco a medio abrir.

—¿Eso lo ha dicho ella?

—Lo segundo lo ha dicho después. Lo primero lo ha dicho como una orden.

—¿Y tú qué le has dicho?

—Que se lo tenía que decir a su padre. Y ella ha dicho que se la lleves tú, no yo.

Terminó de abrir el saco. Echó el pienso en la primera línea del comedero, que es lo que hace mientras piensa.

—Mañana la bajo a las nueve.

—Te va a auditar la manera de dejarla.

—Me audita todo.

Cenamos cada uno en su sitio, como todas las noches, y a las diez él bajó a la cuadra con la linterna y estuvo dentro veinte minutos, que es más de lo que se tarda en nada de lo que hay ahí.

Hice el cuadrante aquella noche, porque no sé hacerlo de otra manera. Salida de la finca 8:40. Llegada 8:55. Recogida 13:00. Vuelta 13:20. Días: de lunes a viernes. Responsable del traslado: Román.

Antes de cerrar el ordenador le mandé el cuadrante a Visi por correo, con copia a nadie, y con una línea debajo que decía que el traslado lo hace el padre y que el ayuntamiento no tiene que poner nada.

Lo mandé a las once y cuarto. Visi me contestó a las once y dieciocho con dos palabras.

Muy bien.

En once días esa mujer no me ha contestado nunca en tres minutos, y me contestó en tres minutos a lo único que no le pedía nada.

Puse su nombre en la columna. No puse el mío en ninguna.