Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 10
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Los domingos no viene nadie y eso se nota desde por la mañana.

Angustias no baja los domingos. Nando no sube los domingos hasta las cinco, que es cuando termina de comer en casa de su hermana en Villanueva. Y el pueblo, desde arriba, los domingos hace un ruido distinto: hay coches a las once, hay coches a las dos y luego no hay nada hasta el lunes.

Me levanté a las seis y veinte, que es a la hora a la que me levanto desde hace veintitrés años esté donde esté y haya dormido lo que haya dormido, y salí al porche con el café.

Todavía estaba oscuro. Se oían las ovejas moverse arriba, esa cosa de fondo que uno deja de oír a los dos días y que solo nota cuando falta.

En el suelo del porche estaban las bridas cortadas de la noche del viernes y un charco largo debajo del cartel atornillado al canalón, que había hecho su trabajo.

Hice lo que se hace. Eché el primer pienso, di la vuelta a la linde, curé la pata de Encarna, que iba bien, y arreglé la chapa del rincón de la cuadra con dos tornillos y una arandela de goma de la caja verde que había sido del tío de ella. Cuarenta minutos. Llevaba tres años pendiente.

A la una vino Nando antes de tiempo, con una bolsa de la panadería de Villanueva que le había dado su hermana y con ganas de hablar, que es lo de Nando los domingos.

—En el bar dicen que la fiesta va.

—Va.

—Y dicen que la lleva ella.

—Eso dicen.

—Y dicen que tú pasas el rebaño por la era.

Dejé el cayado apoyado en el pilón.

—A mí eso no me lo ha pedido nadie.

—Pues en el bar ya está hecho.

Le di la vuelta a aquello un par de veces mientras acabábamos con el segundo lote.

En un pueblo las cosas se deciden así y uno se entera el último, y yo eso lo sé desde crío y no me molesta.

Lo que me molestaba era otra cosa, y era que ella tampoco me lo había pedido, y llevaba desde el viernes escribiendo cuarenta minutos y un metro más de portillo en una hoja.

Por la tarde llevé a Martina al Vadillo, que llevaba tres días pidiéndolo.

—¿Eso es el puente?

—Eso era.

—¿Y lo van a hacer otra vez?

—Ponen uno de mentira, para pasar.

—¿Y luego?

—Y luego el de verdad, en primavera.

—Pero nosotros ya no estaremos.

—No.

Se quedó mirando el agua, que ya bajaba clara y por su sitio, y se agachó a coger una piedra plana de las que hay debajo del pretil caído.

—Me la llevo.

—Llévatela.

—¿Y por qué se cayó?

—Porque llovió mucho.

—Pero llueve muchas veces.

—Llovió mucho de golpe. Eso es distinto. El agua que cae despacio se va por donde tiene que irse, y la que cae de golpe se abre camino por donde puede.

Lo miró un rato.

—¿Y si hubiéramos llegado un día antes?

—Habríamos pasado.

—¿Y estaríamos ya en la dehesa?

—Estaríamos a cuatro días.

—Pues mejor así.

Eso lo dijo mirando el agua y se agachó a por otra piedra, y yo estuve un rato con aquello dentro sin saber dónde ponerlo.

Volvimos con la piedra en el bolsillo de su abrigo, que pesaba lo que pesa una piedra, y a ella le daba igual.

En el descansadero viejo se paró a mirar el medio corral de paredes bajas, que desde el camino parece un montón de piedras y desde dentro se ve que fue una cosa.

—¿Eso qué es?

—Un corral de los de antes. Ahí dormían los que subían.

—¿Y tú has dormido ahí?

—Dos veces.

—¿Con quién?

Le dije que con gente y seguimos andando, y ella no preguntó más porque tiene seis años y porque a los seis años la palabra gente todavía vale.

Subiendo, a la altura del descansadero viejo, me preguntó por qué las ovejas no se cuentan por la mañana.

—Se cuentan por la noche.

—¿Por qué?

—Porque por la mañana salen y por la noche vuelven. Y lo que importa es lo que vuelve.

Aquello se lo oí a mi padre y me salió igual que a él, con las mismas palabras y la misma pausa, y me acordé de que yo se lo pregunté a la misma edad.

En el camino de vuelta nos cruzamos con ella, que subía del pueblo con una carpeta y el móvil en la mano, andando deprisa como anda siempre, mirando el suelo.

—¿De dónde vienes?

—De ver una era a la que no le llega la luz desde el setenta y nueve.

—¿Y eso se arregla?

—Eso depende de una libreta.

Siguió andando. A los cinco pasos se paró y se dio la vuelta.

—Martina, ¿tú sabes contar hasta veinte?

—Hasta ciento doce.

—Ciento doce es un número raro para pararse.

—Es que ahí me canso.

Se rió y siguió subiendo, y Martina me preguntó por qué se había reído, y le dije que porque tenía gracia, que es la respuesta que se les da.

Le hice huevos y le puse la piedra encima de la mesa, porque quería tenerla delante mientras cenaba. Es una piedra gris con una raya blanca que la cruza entera y la verdad es que es bonita.

—Cuando estemos en la dehesa se la enseño a Chus.

—Se la enseñas.

—¿Y cuándo estaremos?

—Cuando arreglen el paso.

—Eso ya lo sé. Digo cuándo.

Cenamos a las ocho y media. Martina se durmió a las nueve y cuarto en el cuarto exterior, con la piedra encima de la caja que le sirve de mesilla.

Antes de salir me quedé un rato sentado en el escalón del cuarto exterior con la libreta en la mano y sin abrirla.

Tengo dos libretas. Esta, la de hule negro, que va en el bolsillo de dentro y donde apunto lo que hay que apuntar: las que se pierden, las que paren, lo que se paga y lo que se cobra.

Y tengo otra, más grande, con tapas duras, que va en el fondo del petate, con una página por cada parada del camino y el agua y el pasto de cada una.

Esa la abro una vez al año, al empezar la bajada, para mirar la etapa del día siguiente. Y la vuelvo a cerrar.

Antes, a las nueve y media, salí a mirar el cercado y me la encontré en el porche, sentada en el escalón, con el ordenador cerrado encima de las rodillas y sin abrirlo.

—¿No trabajas?

—Es domingo.

—Tú el domingo pasado trabajaste.

—El domingo pasado estaba en Madrid y no contaba como domingo.

Se quedó mirando el cercado, que a esa hora ya no se ve, se oye.

—¿Siempre hacen ese ruido?

—Siempre.

—¿Y se duerme?

—Al tercer día.

—Yo llevo seis.

—Pues ya te toca.

A las diez salí a contar.

Hacía frío de verdad por primera vez desde que llegamos. En octubre, aquí abajo, el frío llega de noche y se va a las diez de la mañana, y uno lo nota en las manos antes que en ningún sitio.

Hay dos maneras de contar un rebaño. La de todos los días, que es contar por bloques desde un sitio alto, y que no es contar sino comprobar: uno mira, ve la masa, ve si hay un hueco raro, y sabe. Esa la hago yo cada noche y me lleva seis minutos y sirve para lo que sirve, que es para dormir.

Y luego está contar de verdad.

Contar de verdad es abrir el portillo un palmo, dejarlas pasar en fila, e ir cantando de veinte en veinte.

Ochocientas cabezas son cuarenta veintenas y cuarenta minutos, y a los cinco minutos ya no puedes pensar en otra cosa, porque si te distraes pierdes la cuenta y no hay manera de volver atrás.

Por eso se cuenta entre dos. Uno canta en el portillo y el otro empuja por detrás y lleva las veintenas en voz alta, y cuando el del portillo se lía, el de detrás le dice por dónde iba.

Yo no contaba de verdad desde el esquileo. En el esquileo lo hicimos Nando y yo, en dos ratos, y salió el número que llevo escrito desde junio.

Mi padre contaba de verdad tres veces al año: al salir de la sierra, al llegar a la dehesa y al esquileo. Decía que el que cuenta más es un desconfiado y el que cuenta menos es un descuidado, y que entre las dos cosas hay que elegir la que te deje dormir.

Yo he contado siempre esas tres veces. Este año llevo dos.

Aquella noche abrí el portillo.

No sé del todo por qué. Tenía el día hecho, la chapa arreglada, la pata de Encarna bien y el rebaño donde tenía que estar.

Pero llevaba desde el martes con un papel pegado en la puerta de la cuadra que dice a qué hora bebe cada lote, y llevaba tres días sabiendo dónde está cada animal a cada hora del día, y un hombre que sabe todo eso y no sabe cuántos tiene es un hombre que está haciendo trampas en su propia contabilidad.

Abrí el portillo un palmo, puse la linterna en el poste y empecé.

Le puse la mano en el lomo a la primera para que arrancara, que es lo único que hay que hacer, y detrás salió el resto.

Veinte. Cuarenta. Sesenta.

Van saliendo despacio, de una en una, y el ruido es el de las pezuñas en la tierra mojada, que en octubre suena distinto que en agosto. A las ocho veintenas te empiezan a doler los ojos de fijarlos en el mismo palmo de hueco. A las quince dejas de ver ovejas y ves un borde que se mueve.

Ciento sesenta. Ciento ochenta. Doscientos.

Y desde el otro lado nadie decía nada.

Ahí está la cosa. No es que haga falta otro para empujar, que no hace falta, porque estas salen solas si les abres. Es que hace falta que alguien diga doscientos cuando tú vas por doscientos, para que no vayas solo dentro de tu cabeza durante cuarenta minutos.

El otro lado del portillo lo llevó otra persona durante once años.

Seguí. Doscientos veinte. Doscientos cuarenta.

Levanté la cabeza sin querer, cosa que no hay que hacer.

En la ventana de la cocina había luz, y en la luz había una sombra que llevaba un rato sin moverse.

No hizo nada. No salió, no dijo nada, no abrió la ventana. Estaba de pie con una taza en la mano, mirando hacia el portillo, y llevaba así puede que diez minutos.

Y a mí, que estaba cantando veintenas en voz baja para nadie, se me pasó por la cabeza levantar el brazo.

Eso fue todo. Se me pasó por la cabeza levantar el brazo y decirle que se pusiera en el otro lado, que no hay que saber nada, que solo hay que repetir el número que yo diga.

No lo hice.

Y en el momento exacto en que decidí no hacerlo, perdí la cuenta.

Me quedé con el brazo a medio subir y la boca abierta y no supe si iba por doscientos cuarenta o por doscientos sesenta, y no hay manera de saberlo, y las que ya han pasado no vuelven a pasar.

Me quedé un rato con la mano en el poste, oyendo pasar a las que todavía salían, y luego las paré con el cayado atravesado, que es como se para una fila cuando ya da igual.

Cerré el portillo.

Las que habían salido se quedaron en el pedazo de arriba, tranquilas, comiendo lo que hay. Las recogí en dos minutos con un silbido y las metí otra vez, que es un trabajo de nada y que aquella noche me llevó más de lo que tenía que llevarme.

No estaba enfadado. Eso es lo que más me fastidió. Cuando uno pierde la cuenta por una tontería se enfada y vuelve a empezar, y yo no me enfadé y no volví a empezar, que son dos maneras distintas de saber lo mismo.

Conté por bloques desde el sitio alto, que era justo lo que había venido a no hacer.

Seis minutos. Estaban todas. Igual que ayer y que anteayer y que los veinte días de antes.

Apagué la linterna y me quedé a oscuras al lado del poste.

En la ventana, la sombra siguió ahí un poco más y luego se fue, y la luz de la cocina se apagó a las once menos diez.

Antes de entrar pasé por la puerta de la cuadra y miré el papel, cosa que hago ahora sin darme cuenta. Las casillas del día estaban puestas, las mías y las suyas. En la fila de Encarna ponía COME con su letra y una raya debajo.

Saqué la libreta del bolsillo, la del hule negro, donde apunto lo que hay que apuntar.

La abrí por la última página escrita, que era del catorce de junio, en la sierra, después del esquileo, con la letra que se me pone cuando llevo dos días de pie.

Y escribí el número que tenía escrito desde junio.