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Dije que sí a las nueve y diez del sábado, por teléfono, desde la loma, y lo dije con argumentos.
—Visi, buenos días. Te hago el plano y te llevo la producción. Pero te lo explico como es, porque yo trabajo así.
—Tú explícamelo como quieras, que yo ya tengo el sí.
—La fiesta me sube el producto. Una finca con una fiesta documentada que se celebra en el término y que pasa por delante de su puerta vale más que la misma finca sin ella. Yo eso lo sé vender. Así que no lo hago por el pueblo, lo hago porque me conviene.
—Muy bien.
—Y necesito dos cosas a cambio. La copia del libro de vías el lunes, no el martes. Y que alguien del ayuntamiento firme como responsable, porque yo no firmo una fiesta de la que no soy.
—Eso lo firmo yo.
—Que lo firmes tú por escrito.
—Que lo firmo por escrito.
—Una cosa más —dije—. La fiesta es el sábado seis.
Yo el domingo siete recojo y el lunes ocho tengo firma a la una en Valdepeñas.
Eso quiere decir que el siete no cuento con nadie del pueblo porque el pueblo estará durmiendo la mona, y que lo que no esté recogido el domingo a mediodía lo recoge el ayuntamiento.
—Eso se puede.
—Por escrito.
—Qué manía.
—Es que si no es por escrito, el domingo a las diez estoy yo sola en una era con ochenta sillas.
Se quedó callada al otro lado.
—Eso es verdad —dijo—. Eso ha pasado.
Colgué y me quedé mirando el pueblo con esa sensación que conozco, la de cuando aceptas un encargo por el que no vas a cobrar y te estás oyendo dar las razones.
Bajé de la loma con doce llamadas apuntadas en el orden en que hay que hacerlas, que no es el orden de importancia sino el de dependencia: primero lo que condiciona a lo demás, después lo que se puede mover.
Uno, carpa. Sin carpa no hay dónde poner la comida y todo lo demás cambia.
Dos, aseos, por el plazo. Tres, luz, porque de la luz depende dónde se pone la carpa.
Cuatro, carne, que se puede pedir hasta el miércoles anterior.
Cinco, sillas y mesas, que en los pueblos las tiene alguien.
Y de seis a doce, cosas que solo importan si las cinco primeras salen.
A las diez empecé a llamar.
Toldos Mansilla, La Solana. Contestó un chico.
—Para el seis de noviembre queremos una carpa de diez por seis.
—¿Del seis de qué mes?
—De noviembre.
—Es que el seis de noviembre estamos con las bodegas.
—¿Y suelto?
—Suelto no alquilamos.
—¿Y si voy yo a recogerla?
—Es que hay que montarla.
—La monto yo.
Silencio.
—¿Usted ha montado una carpa alguna vez?
—Doscientas once.
Otro silencio.
—Le paso con mi padre.
Su padre me dijo que sí a las once menos veinte, con la condición de que la devolviéramos plegada como me la dieran y no como la pliega la gente.
Aseos, Valdepeñas. Quince días de antelación. Yo tenía catorce.
—Lo necesito para el seis.
—Es que el aviso es de quince días.
—¿Y si pago la reserva hoy?
—Hoy es sábado.
—¿Y si pago la reserva el lunes y usted me la apunta hoy?
—Eso yo no lo puedo hacer.
—¿Quién lo puede hacer?
—Eso lo hace Marisol, que está de baja.
Apunté Marisol. Debajo apunté baja. Y debajo puse un interrogante grande, que en mi sistema quiere decir que hay una persona detrás de un no y que hay que ir a verla.
Paco Ramiro, el de la luz, jubilado y con carné. Ese no contestó al teléfono, porque los teléfonos de los jubilados de los pueblos están encima de un mueble.
Sillas y mesas. Llamé al ayuntamiento y me dijo Visi que hay ochenta sillas de plástico en el almacén de arriba y catorce mesas de caballete, y que de las catorce hay cuatro con una pata doblada desde la Candelaria.
—¿Y eso se arregla?
—Eso lleva doblado cuatro años.
—Entonces son diez mesas.
—Son catorce. Lo que pasa es que cuatro cojean.
Puse diez. En mi oficio, una mesa que cojea es una mesa que no existe, porque en el momento en que se caiga encima de alguien la responsable soy yo.
Emérito, el de la carne, contestó a la primera.
—Yo esas cosas las hablo en la carnicería.
—¿A qué hora está usted?
—De ocho a dos.
—¿Y por teléfono no?
—Por teléfono le digo lo mismo, pero en la carnicería lo hablamos.
Eso es exactamente lo mismo y no es lo mismo, y me costó tres llamadas más entenderlo. Aquí el teléfono no cierra nada. El teléfono es para avisar de que vas a ir.
A las doce y media dejé de llamar, cogí las llaves y me bajé al pueblo a pie, con la carpeta, la cinta métrica y las botas, y estuve de la una a las tres haciendo lo que tenía que haber hecho a las diez, que era ir.
En la carnicería había dos mujeres delante y me tocó esperar otra vez, y otra vez aprendí algo que no habría aprendido por teléfono, porque las dos mujeres hablaron de la fiesta delante de mí sin saber quién era yo, y una dijo que este año se hacía y la otra dijo que ya veríamos, y la primera dijo que lo llevaba una de fuera y la segunda dijo que entonces saldría bien o saldría un desastre pero que desde luego no saldría como siempre.
Eso me pareció el resumen más exacto de mi situación que he oído nunca, y me lo dijo una señora con una bolsa de pan sin saber que me lo estaba diciendo a mí.
La carnicería de Emérito tiene el mostrador de mármol, un cartel de la Denominación de Origen del queso y un calendario de un almacén de embutidos con una fecha rodeada a bolígrafo que era el martes.
Emérito me apuntó en un cuaderno con un lápiz plano, delante de mí, y me dijo el precio por kilo sin que se lo preguntara.
Paco Ramiro estaba en su casa, me hizo pasar, me enseñó el cuadro del pabellón y me dijo que el poste de la era está a nombre del ayuntamiento pero que la línea de la era la puso su suegro en el setenta y cuatro y que él sabe dónde está cortada.
Los dos me dijeron que sí. Ninguno de los dos me dio un presupuesto por escrito y a los dos se lo pedí dos veces.
Paco Ramiro me tuvo una hora. Me enseñó el cuadro del pabellón, me enseñó una foto de su suegro tirando la línea de la era en el setenta y cuatro con una escalera de madera, y me contó por qué se dejó de usar aquella línea, que fue porque un año se quemó un motor y nadie quiso pagar el arreglo entre todos.
Al final, en la puerta, me dijo la frase que me llevé a casa.
—Yo se la pongo. Pero le voy a decir una cosa, que se la digo a usted porque es de fuera y a usted se le puede decir. Aquí no falta dinero para las cosas. Aquí falta quien diga cuándo.
Medí la era a las tres y veinte, con luz de sábado.
Cuarenta y un pasos por veintiséis. Novecientos metros útiles quitando el pozo, la higuera y el hundido.
Hice las cuatro fotos de las esquinas, marqué dónde acaba el cable y dónde está la caída del terreno, y me senté en el murete a pasarlo a limpio.
A las cuatro pasé a limpio la lista de riesgos, que es la parte del oficio que a la gente le parece pesimista y que en realidad es lo único alegre que hago, porque un riesgo escrito deja de dar miedo y se convierte en una línea con un responsable al lado.
Uno. Lluvia. Consecuencia: se cae la fiesta entera.
Mitigación: carpa de diez por seis y suelo de la era, que drena.
Dos. Luz. Consecuencia: a las seis y media es de noche.
Mitigación: Paco Ramiro y un grupo electrógeno de alquiler si la línea no aguanta.
Tres. Aseos. Consecuencia: la gente se va a las ocho.
Mitigación: Marisol. Cuatro. Aforo. Consecuencia: si vienen trescientos en vez de ciento y pico, falta comida y sobra riesgo.
Mitigación: contar en la entrada de la era, no dejar de contar en ningún momento.
Cinco. El rebaño. Consecuencia: cuarenta minutos de paso con gente alrededor. Mitigación: la única mitigación es él.
Escribí él, y luego lo taché y puse el pastor, y luego lo taché otra vez y puse Román Ochoa, que es como se ponen los responsables en una hoja de riesgos.
Cuando levanté la cabeza había un hombre a doce metros mirándome, con el perro.
—¿Qué haces?
—Un plano.
—¿Y eso no era que no?
—Eso sigue siendo que no.
Se acercó. Miró la hoja, que estaba ya bastante hecha y tenía el portillo de poniente marcado con una flecha y cuarenta minutos escrito al lado.
—Ahí pone cuarenta minutos.
—Me lo dijiste tú.
—Y ahí pone barra al final.
—La barra siempre al final. Si la pones al principio, la gente no ve nada.
Se quedó con la hoja en la mano más rato del que hace falta para mirar una hoja.
—¿Y esto por qué lo haces?
—Porque me sube el valor de la finca.
—¿Ah, sí?
—Una finca con una fiesta que le pasa por delante vale más.
—Ya.
Dobló la hoja por la mitad, sin darse cuenta de que la estaba doblando, y me la devolvió.
—El que quiere comprártela quiere hacer seis apartamentos y dar de baja la actividad ganadera para que no le pasen ovejas por delante de la ventana. ¿No?
—Sí.
—Pues le estás organizando una fiesta que consiste en que le pasen ochocientas dos.
Me quedé con la hoja doblada en la mano.
Hay una cosa que en mi oficio se llama tener el argumento comprado, que es cuando llevas tanto rato vendiendo una idea que se te olvida comprobar si te la crees.
Y hay otra cosa, más rara, que es cuando alguien te la desmonta en una frase y lo hace sin ninguna intención de ganarte, sino porque de verdad no le cuadraban los números.
—Le subirá el valor a otro comprador —dije.
—Puede ser.
—A uno que no quiera apartamentos.
—Puede ser.
—Te lo digo sin ánimo —dijo.
—Ya sé que me lo dices sin ánimo. Eso es lo que lo hace insoportable.
Y entonces, por primera vez desde el lunes, se rió. No mucho. Fue un ruido corto por la nariz, con la cara casi quieta, pero se rió, y me miró a mí mientras lo hacía, que es distinto de reírse de algo.
—Vete a las ovejas, Román.
Se fue a las ovejas. Y a los diez pasos, sin volverse:
—El portillo un metro más, no metro y medio. Metro y medio y te salen a cincuenta por minuto y se te desmadran.
—Ya lo había puesto en un metro.
—Ya lo sé. Lo he leído.
Antes de subir me pasé por el almacén del ayuntamiento con la llave que me dejó Visi y conté las sillas, porque yo no doy por buena una cifra que no he contado.
Setenta y seis, no ochenta. Cuatro rotas apiladas detrás de la puerta, que es donde se apilan las cosas rotas en todos los almacenes del mundo.
Doce mesas de caballete en condiciones y cuatro cojas, como estaba dicho.
Setenta y seis sillas para un aforo previsto de ciento y pico personas es exactamente lo que yo esperaba, porque en una fiesta de pie sentado está siempre la mitad larga, y setenta y seis da para eso si la gente rota.
Lo que no da es para ciento y pico sentados a la vez, y eso quería decir que la comida tenía que ser de pie y que Emérito iba a tener que asar en dos turnos.
Lo apunté y le hice una foto al montón, con la puerta abierta para que se viera el número.
Subí a la finca a las cinco. Antes de nada abrí el calendario y bloqueé el sábado 6 de noviembre entero, de ocho de la mañana a once de la noche, en rojo, como bloqueo yo un montaje.
Y luego bajé al 31 de octubre, donde llevaba desde julio una nota que decía vuelta Madrid, y me quedé con el cursor encima un rato largo.
Luego abrí un archivo nuevo y le puse nombre. Yo a los montajes les pongo siempre el mismo formato, que es el sitio y la fecha, y lo escribí sin pensarlo: ERA_MAJADAVIEJA_0611.
Y debajo, en la primera línea de la primera hoja, donde va el nombre del cliente, me quedé parada, porque en catorce años esa casilla no se me ha quedado nunca vacía.
Escribí Ayuntamiento de Majadavieja. Lo borré. Escribí Visitación Herrero. Lo borré.
Al final puse dos palabras y seguí trabajando, porque eran las siete y media de un sábado y todavía me quedaban dos horas de proveedores.
Puse: el pueblo.
No la borré. Le puse al lado, entre paréntesis, la palabra revisar, que es lo que escribo cuando una fecha ya no se sostiene y todavía no quiero saberlo.