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Empezó a llover a las siete y veinte de la tarde y a las nueve llovía como llueve aquí dos o tres veces al año, que es de golpe y sin viento, cayendo recto, con un ruido en la chapa de la cuadra que no deja hablar.
Lo primero fue el pienso.
Tengo doce sacos y medio en el rincón de la cuadra, apoyados en un palé, y el rincón de la cuadra es el sitio por donde entra el agua desde que se movió una chapa el invierno pasado. Un saco mojado es un saco tirado. Doce sacos son casi cuatrocientos euros y cuatro días de comer.
Los bajé al cuarto exterior de uno en uno, que pesan cuarenta, y para el octavo ya estaba calado hasta dentro. Nando no estaba, porque Nando duerme en el pueblo desde el miércoles y a esas horas no se sube.
Un saco de cuarenta kilos mojado por fuera se salva. Mojado por la costura de abajo, no. Y en la cuadra el agua no cae encima, entra por el suelo desde el rincón, que es peor, porque no lo ves hasta que lo pisas.
Del cuarto saco al quinto pensé en Chus, que estaría en Andújar, y en que con Chus aquello eran seis minutos y dos personas.
Los tres primeros los llevé de uno en uno al hombro. Los siguientes los fui arrastrando por el palé, dándoles la vuelta, que se tarda menos y se rompe más la espalda.
En el noveno saco apareció ella con un chubasquero amarillo de los de tienda de deportes y una linterna de verdad, de las de mango, no del móvil.
—¿Dónde los llevas?
—Al cuarto.
—El cuarto tiene el suelo de tierra.
—Ya.
—Espera.
Se fue. Volvió a los dos minutos con cuatro palés de plástico que yo no sabía que existían en aquella finca y que había sacado de detrás de la cuadra, donde llevaban veinte años puestos de pie contra la pared.
—Estaban ahí.
—Estaban ahí —dijo.
Levantamos los sacos del suelo y los tapamos con lo que había. Diez minutos.
Cuando terminamos con los sacos, el cuarto exterior olía a pienso mojado por fuera, que es un olor dulce y feo, y teníamos los dos las manos llenas de esa harina que se pega.
—¿Cuánto valen? —dijo.
—Trece euros el saco.
—O sea que acabamos de salvar ciento sesenta euros en once minutos.
—Y cuatro días de comer.
—Eso también.
Lo dijo sin ninguna gracia, apoyada en el marco, respirando fuerte, y fue la primera vez que la oí decir una cifra que no era suya.
Lo segundo fue Martina.
La encontré a las diez menos cuarto en el catre del cuarto exterior, despierta, con los ojos brillantes de esa manera. Le puse la mano en la frente y luego le puse el termómetro, porque la mano no vale.
Le pregunté las cuatro cosas que le pregunto siempre. Si le duele la cabeza. Si le duele la tripa. Si le duele al tragar. Si ve bien la luz.
Dijo que no cuatro veces y a la cuarta dijo que si podía cantar.
—Canta bajito.
Cantó bajito, que en ella es cantar igual pero más cerca.
Treinta y siete y ocho.
Le di el jarabe que le toca por su peso y me senté al lado.
Eso es lo que hay. Es lo único que hay. Le he dado ese jarabe en catorce pueblos y en tres provincias y siempre me siento al lado a esperar, y la media hora que va desde que se lo doy hasta que empieza a bajar es la media hora más larga que conozco.
A las diez y diez me di cuenta de que el agua había entrado por debajo de la puerta del cuarto y avanzaba en una lámina delgada hacia la pata del catre.
Miré el catre, la lámina de agua y la puerta, e hice la cuenta que hace uno a las diez de la noche con una niña con décimas: puedo mover el catre a la pared de la derecha y ganar dos horas, o puedo salir a resolver el canalón y dejarla sola diez minutos.
Las dos cosas se pueden hacer. Lo que no se puede es hacerlas a la vez, y eso es lo único que de verdad se echa de menos.
Salí a buscar algo con que hacer un dique y ella estaba en el porche con la linterna, mirando el canalón, que estaba desbordado por la unión.
—¿Está bien la niña?
—Tiene décimas.
—¿Cuántas?
—Treinta y siete y ocho.
—¿Le has dado algo?
—Sí.
—¿Está seca?
—Está seca.
—¿Está sola?
—Está sola.
—Pues vete con ella, que esto lo hago yo.
Me quedé dos segundos. Dos segundos de los que no se cuentan.
—El agua está entrando por debajo de la puerta.
—Ya lo he visto. Vete.
Volví al catre. Martina se había dormido con la boca abierta y respiraba bien, que es lo que se mira. Le puse la mano en la frente otra vez, que no sirve para nada y que se hace igual.
Desde dentro la oí trabajar. La oí abrir el maletero del coche. La oí arrastrar algo. La oí subirse a una escalera que sacó de no sé dónde. En diez años no he conocido a nadie que se mueva tan deprisa haciendo tan poco ruido.
A las diez y media le puse el termómetro otra vez. Treinta y siete y cinco. Le di agua y se la bebió entera, que es la mejor señal que hay y mejor que cualquier número.
—¿Está lloviendo mucho?
—Mucho.
—¿Y las ovejas?
—Las ovejas están arriba, en lo seco.
—¿Y Encarna?
—Encarna también.
—¿Le has mirado la pata con el agua?
—Se la miro luego.
—Mírasela.
Se la miré luego, y la tenía bien.
A las once entró, empapada hasta el pelo, y se quedó en la puerta sin pasar de la puerta.
—El canalón está desbordado por la unión y no se puede arreglar de noche. He desviado la caída.
—¿Con qué?
—Con un cartel.
—¿Qué cartel?
—Uno que tenía.
Lo vi al día siguiente por la mañana. Es un cartel de plástico rígido, blanco, de los que se atornillan a una valla, y estaba atado con bridas al canalón, inclinado, sacando el agua un metro y medio más allá de la puerta. Por el lado de dentro ponía SE VENDE y un número de teléfono.
No dije nada. Ella tampoco.
—El dique de la puerta lo he hecho con dos sacos de tierra y la cinta.
—¿Qué cinta?
—Americana. Llevo siempre.
Se quedó en la puerta, chorreando, mirando el catre.
—¿Sigue igual?
—Va bajando.
—¿Tú tienes el móvil con datos aquí?
—Aquí no hay cobertura.
—En la casa hay línea fija. Tu tío tenía internet.
Se lo explicó a sí misma mientras lo decía, que es como habla ella cuando está montando algo.
—El router estaba en la segunda habitación debajo de una caja de planos. Lo he enchufado esta noche mientras lo del canalón. Tarda seis minutos en arrancar y va lento, pero va.
—Bien.
—La niña tiene fichas sin entregar desde el jueves.
Eso me lo dijo mirándome a mí y no al catre, y con la misma voz con la que había dicho lo del canalón.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo preguntó el jueves. Y hoy no me lo ha preguntado, que es peor.
—¿Y el tejado de la cuadra? —dije.
—El tejado de la cuadra está bien. Lo que está mal es la chapa movida del rincón y eso se arregla con dos tornillos y una arandela de goma, de día, y sin lluvia.
—El lunes lo hago.
—Te doy los tornillos. Están en la caja verde de la entrada, que es de tu tío. Perdón. Que era de mi tío.
Se corrigió sola y se quedó un momento con la frase a medias, con el pelo pegado a la frente, y luego siguió a lo suyo.
Aquella noche Martina durmió en la casa.
Eso no está en el papel que firmamos. En el papel pone el cercado, el abrevadero, el cuarto exterior y la cocina. La casa no. La habitación de arriba no. Lo escribió ella y lo firmé yo el martes con un lápiz de carpintero.
La subí en brazos a las once y veinte, con la manta, y ella iba delante alumbrando los escalones y quitando cosas de en medio.
La puso en el sofá de la sala, que es una sala que huele a cerrado, y le echó por encima una manta térmica de las suyas debajo de la de lana, porque dijo que las térmicas solas dan grima pero debajo funcionan.
La sala tiene una lámpara de pie con la pantalla torcida y un aparador con fotos enmarcadas, y no me puse a mirarlas porque no era mi casa y porque uno no mira las fotos de los muertos de otro.
Vi una de refilón, de gente en una era, con un rebaño detrás y mucha gente joven, y no supe si era esta era ni este pueblo.
Le arreglé la manta dos veces. La segunda no hacía ninguna falta.
Se quedó dormida a las doce menos veinte con treinta y siete y dos. Le volví a poner el termómetro a la una y media, que no hacía falta, y marcaba lo mismo.
Bajé a la cuadra a las doce menos cuarto a ver cómo iba el dique de la puerta, que aguantaba, y a mirar el rincón de la chapa, que ya no era un rincón sino un charco largo pegado a la pared.
Al volver me la encontré en la cocina con una toalla al cuello y el pelo todavía goteándole encima del hule, escribiendo en el cuaderno.
—¿Qué apuntas ahora?
—Los desperfectos. Canalón, unión rota. Chapa de la cuadra. Y el poste del porche, que está comido por abajo y no lo había visto hasta esta noche.
—Eso lleva comido tres años.
—Ya, pero yo lo he visto hoy.
A las doce y media, en la mesa de la cocina, ella colocó su ordenador, sacó del bolso una carpeta de plástico, y me pidió las fichas.
—¿Cómo se entregan?
—Se escanean y se suben a una página.
—No hay escáner. Se fotografían.
Y las fotografió, una a una, encima del hule de cuadros, con el móvil paralelo a la mesa y una lámpara de pie movida desde el otro lado de la sala para que no hiciera sombra. Cuatro fichas. Tardó nueve minutos entre montarlo y subirlo.
—Ya está. Le he puesto la fecha del jueves en el cuerpo del mensaje, explicando el retraso. No he firmado yo, he puesto tu nombre.
—Bien.
—Mañana le enseño a Martina a hacerlo sola, que tiene seis años y esto lo va a hacer mejor que los dos.
A la una Martina se despertó y preguntó dónde estaba, que es lo que preguntan los críos cuando duermen en un sitio nuevo, y se lo dije, y se volvió a dormir sin acabar de oír la respuesta.
A la una y media ella recogió la mesa de la cocina, dejó el ordenador cerrado con las fichas encima y se fue arriba. Antes de subir puso un vaso de agua en el suelo, al lado del sofá, y lo puso pegado a la pata para que no se volcara de una patada. Esas son las cosas que yo miro.
Salí a las tres a ver el cercado, porque con esa agua hay que ver el cercado aunque no haga falta. Estaba todo como tenía que estar. El rebaño echado en la parte alta, que es donde se echan solas cuando llueve, y el agua corriendo por el reguero de abajo sin llevarse nada.
Desde la esquina del pozo se veía la casa.
Antes de salir había pasado por la sala a mirarla otra vez, que fue la cuarta o la quinta, y ella estaba arriba y no me oyó. Se había destapado un brazo. Se lo tapé.
En el suelo, pegado a la pata del sofá, estaba el vaso de agua.
En veintiún años de parar en aquella finca yo no había entrado nunca en aquella casa más allá de la cocina, y no por nada, sino porque un pastor entra en la cocina y no pasa de la cocina, y eso lo sabe todo el mundo y no hace falta escribirlo en ningún papel.
Aquella noche había dos ventanas encendidas. La de la cocina y la de la sala.
Conté el rebaño de lejos, por bloques, que es como se cuenta cuando no se puede contar. Me salió lo de siempre.
El agua había aflojado hacia las dos y media y ahora caía de esa manera fina que no moja pero no para. Los mastines estaban los dos arriba con el rebaño, cada uno en su lado, que es como se ponen sin que nadie se lo mande.
Ministro no. Ministro estaba en el porche de la casa, echado contra la puerta, con el hocico metido bajo el escalón para no mojarse.
Lo llamé por su nombre, en voz baja, que es el que nunca falla.
Levantó la cabeza, me miró, y volvió a bajarla.
Y me quedé allí parado más rato del que hacía falta, con el agua bajándome por la espalda, mirando dos ventanas encendidas en una casa que no era mía.