Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 7
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El ayuntamiento de Majadavieja abre los viernes de nueve a una y ocupa la planta baja de una casa que fue de alguien, con dos mesas, un ordenador y un calendario de la Diputación clavado con chinchetas encima de una mancha.

Llegué a las nueve y cinco con la carpeta y con la lista de lo que necesitaba, que eran tres cosas.

Certificado de que la finca no tiene expediente urbanístico abierto.

Copia de lo que el ayuntamiento tuviera sobre la inscripción del descansadero.

Y el nombre de la oficina comarcal a la que hay que ir para la baja de actividad, con la dirección, porque en la web venían dos y ninguna contestaba.

Había cuatro personas esperando y una era Angustias.

Me senté al lado de Angustias, que tenía el bolso encima de las rodillas y una carpetilla con una goma.

—¿Usted también viene a papeles?

—Yo vengo a lo de la maestra.

—¿Qué pasa con la maestra?

—Que viene de Villanueva y que le pagan la gasolina tarde. Y una maestra a la que le pagan tarde la gasolina se busca otro sitio, y cuando se busca otro sitio mandan a otra, y a la tercera ya no mandan a nadie y te llevan a los críos en un autobús a las siete y media de la mañana.

Lo dijo mirando al frente, como quien lleva dicha esa frase muchas veces.

—¿Y eso se arregla aquí?

—Aquí se arregla que me firmen un papel y que yo lo lleve a Infantes. Lo de llevarlo ya es cosa mía.

Visi estaba detrás de la mesa de la izquierda con unas gafas de leer en la punta de la nariz. Me vio entrar y no disimuló nada, que es una de las pocas cosas que he aprendido a apreciar de esta mujer.

—Anda. La sobrina de Ovidio.

—Buenos días. Vengo a pedir tres papeles.

—Siéntate, que voy por orden.

Me senté. Fui la cuarta. Tardó cuarenta minutos en llegar a mí y en esos cuarenta minutos oí una discusión sobre un vado, una renovación de no sé qué y una señora que quería que le cambiaran un contenedor de sitio.

El del vado quería que le pintaran la línea amarilla otra vez y Visi le explicó tres veces que la pintura la pone la Diputación y que la Diputación viene en abril.

La señora del contenedor quería el contenedor doce metros más allá, y Visi le dijo que si lo movía doce metros se lo ponía en la puerta a otra vecina y que esa otra vecina también vota.

La tercera venía a por un certificado de empadronamiento para un nieto y salió con el certificado en cuatro minutos.

Eso también lo apunté, aunque no venía a eso. Cuarenta minutos de cola en un pueblo de ciento y pico habitantes quiere decir que aquí el ayuntamiento no es una oficina, es el sitio donde se decide lo que va a pasar.

Cuando me tocó, le puse la lista encima de la mesa. La leyó entera con las gafas en la punta de la nariz y luego se las quitó, como hace la gente cuando va a hablar de otra cosa.

—El urbanístico te lo hago hoy. Lo del descansadero está en el libro de vías y te lo saco el lunes. Y la oficina es la de Valdepeñas, calle Seis de Junio, que la de Infantes la cerraron en marzo.

—Perfecto. Muchas gracias.

—Y ahora tú me haces un favor a mí.

—Ya me lo veía venir.

—La Fiesta del Paso.

Dije que no antes de que terminara la frase, y ahí empezó lo que empezó.

—No.

—Todavía no te he dicho nada.

—Me ha dicho usted la Fiesta del Paso, que es lo que lleva pensando desde que me ha visto entrar por esa puerta, y probablemente desde el martes en el bar.

—Desde el lunes.

—Pues eso.

—No tengo tiempo. Me voy el treinta y uno.

—Tú no te vas el treinta y uno.

—Me voy el treinta y uno.

—Tú tienes al hombre y a las ovejas en tu finca hasta el ocho de noviembre, y tienes un papel firmado que dice que las entregas libres de ocupantes.

El ocho por la mañana se van y ese mismo día es cuando tú puedes hacer lo tuyo.

Así que estás aquí hasta el ocho. Lo tuyo del treinta y uno es un deseo.

Yo he estado en cuatrocientas reuniones y sé perfectamente cuándo alguien ha hecho los deberes. Esta mujer había leído mi calendario mejor que yo.

—Aunque estuviera, yo no soy de aquí.

—Tu bisabuela sí.

—Mi bisabuela lleva muerta cincuenta años.

—Y la casa sigue de pie con su apellido en el catastro. Aquí eso cuenta, te guste o no te guste. Y a mí me da igual que te guste.

—Aunque estuviera, no hay presupuesto.

—Hay dos mil cuatrocientos en la partida de festejos que llevan tres años sin gastarse porque no hay quien organice nada. Y cuando falta, aquí se hace derrama, que no es ninguna vergüenza. Mira el cartel del ochenta y ocho, que lo tienes tú en casa.

—¿Cómo sabe usted lo que tengo yo en casa?

—Porque las carpetas de Ovidio las he visto yo más veces que tú.

Angustias, desde la silla de al lado, sin levantar la vista del bolso:

—Y no hay proveedores, ibas a decir.

—Iba a decirlo.

—Pues los hay. Toldos Mansilla, en La Solana, que puso la carpa del cincuentenario. El de la luz es Paco Ramiro, de aquí, que está jubilado pero tiene el carné. Y para la carne, Emérito, que mata los martes.

—El toldo lo tienen que traer y montar y eso son dos días.

—Lo traen en una mañana —dijo Angustias.

—Y hay que dar de comer a ciento y pico personas sin cocina.

—Emérito asa en la era desde el ochenta y dos, con su parrilla, y cobra por kilo.

—Y hay que pedir permiso para cortar el paso.

—El paso no hay que cortarlo, que la cañada es de paso y ese día pasa lo que tiene que pasar.

Lo apunté. Eso fue un error táctico, y lo supe mientras lo hacía, porque una mujer que apunta nombres ya no está discutiendo si se hace o no se hace.

—Sigo diciendo que no —dije.

—Vale —dijo Visi.

—No vivo aquí. No conozco a nadie. Y en tres semanas no se monta nada que no sea una chapuza, y si sale una chapuza, el pueblo va a decir que la chapuza la hizo la sobrina de Ovidio.

—Eso es verdad —dijo Angustias.

—Gracias.

—Por eso no la hagas chapucera.

Me quedé callada. Se oía el teclado de Visi.

—Mira —dijo, y giró la pantalla—. Yo no te estoy pidiendo que la organices. Eso lo hacemos aquí como podemos, como siempre. Yo te pido un plano.

—¿Un plano de qué?

—De dónde se pone cada cosa. Dónde pasa el rebaño, dónde va la gente, dónde se come. Eso. Una hoja.

Y ahí me tenía.

Porque decir que no a organizar una fiesta es fácil, se dice en dos palabras y te vas.

Pero a mí me dices la palabra plano y se me enciende una cosa en la nuca que lleva catorce años encendiéndose y que no depende de mí.

Yo he hecho planos de montaje de una boda a la que no fui.

He hecho planos de fincas que no vi nunca.

Un plano es lo único de mi oficio que se puede hacer sola y en silencio.

—Un plano —dije.

—Una hoja.

—Necesitaría medir la era.

—Pues mídela.

—Y saber por dónde entra el rebaño, que eso lo tiene que decir él.

—Pues que lo diga.

—¿Y el rebaño qué pinta en esto? —dije—. Porque la fiesta se llama del Paso. El paso es el del rebaño.

—El paso es el del rebaño.

—O sea que sin él no hay fiesta.

—Sin él hay una comida en una era, que es lo que hemos hecho los últimos nueve años y por eso no la hemos hecho.

—¿Y se lo ha pedido usted a él?

—Se lo voy a pedir cuando tú me digas que hay plano. Porque si se lo pido antes y me dice que no, ya no hay nada que pedirte a ti.

Miré a aquella mujer con las gafas en la punta de la nariz y entendí que llevaba tres días haciéndome esto por orden.

—Y eso no es decir que sí.

—Claro que no —dijo Visi, y se puso las gafas otra vez, que es como esta mujer cierra un punto del orden del día.

Me dio el certificado urbanístico a las diez y cuarenta, firmado y sellado, y me acompañó a la puerta.

En la calle había tres mujeres en el poyo de enfrente. Una de ellas levantó la barbilla hacia mí.

—¿Esta es la que lleva lo de la fiesta?

—Esta es —dijo Visi.

—Yo no llevo nada —dije.

—Esta es —repitió Visi, y cerró la puerta del ayuntamiento por dentro.

Antes de salir del pueblo pasé por la era de arriba, que me cogía de camino, o me lo cogí yo.

Está en la parte alta, detrás de las últimas casas, con el pretil de piedra por el lado del barranco y la higuera en la esquina. Desde allí se ve el pueblo entero por abajo y la cañada por arriba, entrando por poniente entre dos paredes y saliendo por el otro lado hacia el Vadillo.

Estuve siete minutos. No medí nada. Me quedé mirando por dónde entra la cañada y por dónde sale y calculando sin querer cuántas personas caben mirando desde el pretil, que es un sitio elevado, seguro y con sombra, o sea el mejor sitio de un montaje que yo no estaba haciendo.

Subí a la finca andando, que son veinte minutos cuesta arriba, y en el kilómetro y medio me dio tiempo a pensar seis cosas y cinco eran sobre la era.

Antes de llegar a la cancela pasé por la cuadra a mirar el cuadro de la puerta, que se ha convertido en la primera cosa que miro cuando vuelvo, igual que en un montaje lo primero que miras al llegar es el parte del día anterior.

Las tres casillas de Encarna estaban puestas. Cura, hora, come. En la de come había escrito SÍ en mayúsculas y con un signo de admiración que no era de él.

Debajo, con su letra, había una línea nueva que decía: POSTE ESQUINA ABAJO, CAMBIADO 9.40.

Él estaba en el cercado cambiando el poste de la esquina de abajo, el que había cedido, con la camisa fuera y las manos metidas en un hoyo de barro hasta la muñeca. Llevaba desde las nueve. Yo había dicho que iba a estar a las nueve y a las nueve yo estaba en una silla del ayuntamiento.

—Perdona lo del poste.

—No hacía falta que vinieras.

—Habíamos quedado.

—Y he podido solo.

Metió la piedra de calzar con el pie, la ajustó, comprobó el poste con las dos manos y no se movió. Después se enderezó y se limpió en el pantalón.

—¿Ha ido bien lo del papel?

—Me lo han dado.

—¿Y lo otro?

—¿Qué otro?

—Lo de la fiesta.

Me quedé mirándolo.

—¿Tú cómo sabes eso?

—Nando duerme en el bar.

Claro. Nando duerme en el bar.

—Le he dicho que no.

—Ya.

—Se lo he dicho tres veces.

—Ya.

Cogí el rollo de alambre del suelo y se lo acerqué porque lo iba a necesitar, y cuando lo tuve en la mano me oí decir lo que llevaba veinte minutos de cuesta diciéndome a mí misma.

—Oye. Si el rebaño tuviera que cruzar la era de arriba, ¿por dónde entrarías?

Él cogió el alambre y no me miró.

—Por el portillo de poniente.

—¿Y cuánto tardarían?

—¿Ochocientas dos? Cuarenta minutos, si abres el portillo un metro más.

—¿Un metro más exacto?

—Un metro.

—Vale.

—Vale —dijo.

Y siguió con el poste, y no dijo nada más, y no me miró en ningún momento, y yo subí a la casa sabiendo perfectamente lo que acababa de pasar y sin ninguna intención de admitirlo.

Comí de pie mirando por la ventana, que es una costumbre que traje de Madrid y que aquí queda fatal porque hay una mesa de madera preciosa a metro y medio.

Por la tarde vacié dos estantes más y a las seis me senté con el certificado urbanístico delante, que era lo que había ido a buscar y que llevaba cuatro horas dentro de la carpeta sin que yo lo hubiera vuelto a mirar.

Estaba bien. No había expediente abierto. Era exactamente lo que necesitaba para que el lunes la tasación fuera limpia y para que Baeza no tuviera nada que rascar.

Lo escaneé con el móvil y lo guardé en la carpeta del correo con el nombre que le pongo yo a estas cosas, que es la fecha al revés y dos palabras.

Y luego cerré el ordenador y estuve veinte minutos dibujando una era en la última página del cuaderno.

Aquella noche hice la lista del sábado con sus horas. Habitación de Ovidio, nueve. Llamar a la oficina de Valdepeñas, once y media desde la loma. Y al final de todo, sin hora, como se apuntan las cosas que no son tareas, escribí: medir la era.

Le puse las ocho menos cuarto, porque a las ocho menos cuarto ya hay luz.