Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 6
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La oveja se enganchó a las cinco y veinte de la tarde del jueves, en el tramo de alambrada que yo había dado por bueno aquella misma mañana.

No la vi engancharse. Lo que vi fue que el tercer lote estaba entrando al pilón a la hora que ponía el papel y que faltaba una, y faltaba una porque yo sabía cuántas tenían que estar ahí a las cinco y veinte, y sabía cuántas estaban.

Eso antes no lo sabía. Antes, a las cinco y veinte de la tarde, mi rebaño estaba donde estaba y yo lo veía entero dos veces al día, por la mañana y por la noche, y una oveja enganchada a media tarde aparecía cuando aparecía.

Con el papel de la puerta de la cuadra el rebaño estaba en tres sitios a tres horas, y una que falta se nota.

Conté el lote de entrada, como se hace cuando entran en fila y se cuenta bien: doscientas sesenta y ocho. Tenían que ser doscientas sesenta y nueve.

Volví a contar la salida y me dio lo mismo.

Una oveja que falta a media tarde está en uno de cuatro sitios. En la sombra, si hace calor, y no hacía. Parida en un rincón, y estas no paren hasta enero. Caída en un hoyo. O enganchada.

Fui derecho a la linde de abajo porque es donde está la alambrada vieja y porque las que se quedan atrás comen siempre hacia abajo.

Tardé ocho minutos en encontrarla.

Estaba en la esquina de abajo, donde la alambrada hace ángulo y el terreno se hunde.

Se había metido a por la hierba de detrás, se había vuelto, y con el vuelo le había entrado el alambre de espino entre la lana y la piel del corvejón, dos vueltas, con la mala suerte de que al tirar se había enredado más.

Tenía un tajo de cuatro dedos por encima de la pezuña y sangraba lo que sangran esas cosas, que es siempre más de lo que parece.

La reconocí antes de llegar. Es una de las de la oreja partida, de las que Angustias me había dicho aquella mañana que estaban enteras y no pintaban nada en el tercer lote, y en eso también tenía razón la vieja, porque si hubiera ido con el segundo habría bebido a las dos y a las cinco y veinte estaría echada en el centro con las demás en vez de buscando hierba en un ángulo.

Estaba de pie. Eso era lo bueno.

Me arrodillé, le pasé el brazo por el pecho y le sujeté la cabeza contra mi cadera para que dejara de tirar. Dejó de tirar. Y entonces me di cuenta de que para cortar el espino hacían falta las dos manos y que las dos manos las tenía puestas.

Grité hacia arriba una vez.

Ella llegó en cincuenta segundos, corriendo por el barro, y traía una cosa en la mano.

—Dime.

—Ponte aquí. El brazo por delante del pecho, así. Y la rodilla en el suelo, pegada a ella, que si se echa se echa encima de ti y no encima del alambre.

Lo hizo. No preguntó nada. No dijo pobrecita, no dijo qué le ha pasado, no hizo ninguna de las catorce cosas que hace la gente.

—¿Aprieto?

—Aprieta hasta que notes que deja de empujar.

—Ya deja.

—Pues ahí.

—¿Está muy mal? —dijo.

—No lo sé todavía. No mires eso, mírame a mí la mano y hazme caso cuando la levante.

—Vale.

—Si ella empuja, tú no tires hacia atrás. Empuja tú también. Es al revés de lo que te pide el cuerpo.

—Empujar.

—Empujar.

Empujó. Y el animal, que había estado tirando desde vete a saber cuándo, se aflojó de golpe, cosa que pasa cuando una oveja encuentra algo sólido contra lo que apoyarse.

Saqué las tenazas y corté el espino en dos sitios, primero el de arriba, que es el que tira. La oveja dio una sacudida y ella aguantó con el hombro, que es como se aguanta, y no se movió del sitio.

—¿Cuánto queda?

—Uno.

Corté el segundo. El alambre se soltó y vino con lana pegada, y eso no se quiere ver.

—Ya está suelta. No la sueltes tú.

—No la suelto.

La palpé por encima y por debajo del corte, buscando lo que se busca, que no es la herida sino lo que hay debajo. El corvejón se movía. La pezuña estaba fría igual que la otra, que es lo bueno. Le levanté la pata y la dejó levantar.

—¿Qué miras?

—Si ha cogido el tendón.

—¿Y si lo ha cogido?

—Si lo ha cogido, esto lo ve mañana la veterinaria y no yo.

Le miré el tajo. Limpio, largo, sin llegar al tendón. De los que se curan solos si se curan bien y se infectan solos si no.

Miré alrededor calculando lo que tenía a mano, que era lo de siempre: el cayado, las tenazas, la navaja, un pañuelo y doscientos metros de cuesta hasta la cuadra donde está todo lo demás. Doscientos metros de cuesta con un animal que hay que sujetar son doscientos metros que no puedo andar.

—Necesito agua, jabón, y algo para cortar el pelo de alrededor.

—Tengo mejor que eso.

Levantó lo que había traído, que era una bolsa de nailon azul con una cremallera y una cruz blanca descosida por una esquina.

—¿Qué es eso?

—Un botiquín de producción. Lo llevo en el coche desde dos mil catorce.

Lo abrió en el suelo con una mano. Tenía suero fisiológico en monodosis, gasas, guantes de nitrilo, esparadrapo de tela, tijeras de punta roma, povidona, mantas térmicas, tiritas de todos los tamaños y un rollo de cinta americana.

—¿Y esto para qué lo llevas tú?

—Porque en catorce años he visto a un camarero abrirse la mano con una copa, a una novia desmayarse con cuarenta grados y a un técnico caerse de una escalera de tres metros. En un montaje siempre hay sangre. Lo que no hay nunca es alguien que sepa dónde está el botiquín.

—Guantes —dijo, y me alargó un par sin preguntar si los quería.

Me los puse. Llevo veintitrés años curando sin guantes y aquella tarde me los puse porque me los dio ella con la mano estirada, que es la manera más difícil de discutir con alguien.

Nos repartimos el trabajo sin hablarlo. Ella sujetaba y me iba dando. Yo corté el pelo de alrededor con las tijeras romas, lavé con el suero, dos monodosis, y aquello quedó a la vista de verdad.

—Voy a tener que darle unos puntos.

—¿Los das tú?

—Los doy yo. Y si mañana está caliente, llamo a la veterinaria.

—¿Y eso duele?

—Le duele.

—¿Le puedes poner algo?

—Le pongo.

—Voy a necesitar que no se mueva nada durante un minuto y medio.

—¿Un minuto y medio o un minuto y medio de los tuyos?

—Un minuto y medio.

—Vale.

Y no se movió nada durante un minuto y medio.

Le puse lo que se le pone, que lo llevo yo y sé ponerlo. Ella siguió sujetando todo el rato y no apartó la cara ni una vez, aunque la primera pasada de aguja la noté en sus brazos antes que en el animal.

—¿Cuántos puntos?

—Nueve.

—¿Se los quitas tú también?

—Se caen solos. Y si no, a los doce días.

—A los doce días yo ya no estoy.

Lo dijo sin ninguna intención, mirándole la pata al animal, como se dice un dato. Y luego se quedó callada, porque se oyó a sí misma decirlo, y yo también la oí.

No contesté. Le di la gasa y siguió.

Diecisiete minutos. Los contó ella en voz alta al final, mirando el móvil, porque ella cuenta minutos igual que yo cuento cabezas.

—Suelta despacio —dije—. Primero la cabeza, luego el brazo, y tú te echas para atrás sentada, no de pie.

—¿Por qué sentada?

—Porque si se levanta con ganas y tú estás de pie, te lleva.

Se echó para atrás sentada, en el barro, con el botiquín abierto al lado y una gasa usada en la mano que no sabía dónde poner.

Cuando la soltamos, la oveja se levantó, dio cuatro pasos cojeando y se puso a comer, como hacen siempre, y eso le quita a uno el dramatismo de encima.

Se quedó agachada un momento más, con las manos todavía en el sitio donde había estado el animal, y luego se levantó y se miró el pantalón, que llevaba una mancha desde la rodilla hasta el bolsillo.

—Este pantalón no vuelve.

—No vuelve.

—Es el tercero en cuatro días.

—Cómprate otro tipo de pantalón.

—Es que yo no tengo otro tipo de pantalón. Yo tengo este, uno igual, y uno más oscuro para cuando hay que estar delante de un cliente.

—Aquí no hay clientes.

Se quedó mirándome y por un momento pensé que la había ofendido, porque es su oficio y porque lo había dicho como se dice una obviedad, que es como peor suenan las cosas.

—No —dijo—. Aquí no hay.

Y lo dijo de una manera que no supe si le había gustado o no.

El sol se había ido detrás de la loma y en el hoyo de la esquina se estaba quedando frío deprisa, de esa manera que tiene el campo en octubre de pasar de tarde a noche en veinte minutos sin avisar. Ella tenía las manos rojas y no se las había mirado ni una vez.

Recogimos el alambre cortado para que no se quedara ahí. Ella enrolló su trozo en la mano, apretando las vueltas, y se lo metió en el bolsillo de atrás.

—Este tramo lo arreglé yo esta mañana —dije.

—¿Y estaba mal?

—Estaba bien. Pero aquí la tierra se hunde y el poste ha cedido esta tarde con el peso de las que se apoyan. Hay que cambiar el poste, no el alambre.

—¿Cuánto tarda eso?

—Con la tierra así, hora y media.

—¿Mañana a las nueve?

—Mañana a las nueve.

—Una pregunta —dijo mientras subíamos—. ¿Tú cuántas has perdido este año?

—Ninguna.

—¿Y el año pasado?

—Tres. Dos de parto y una en el paso de la nacional, en marzo.

—¿Y eso se apunta en algún sitio?

—Se apunta.

—¿Dónde?

—En un cuaderno.

Podía haber dicho en mi cabeza y no habría mentido del todo, porque ese cuaderno lo abro poco. Dije en un cuaderno y seguí andando, y ella no preguntó más, que es de las pocas personas que he conocido que sabe dónde se acaba una pregunta.

Antes de subir volví a pasar el tercer lote por delante y saqué a las tres que sobraban, la parda y las dos de la oreja partida, y las eché con el segundo.

Cinco minutos de trabajo. Llevaba cuatro días viéndolo y lo hice el día que una de ellas me costó diecisiete minutos, nueve puntos y un pantalón ajeno.

—¿Qué haces?

—Cambiarlas de turno.

—¿Y eso por qué?

—Porque están enteras y les comen el tiempo a las viejas.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde esta mañana.

—¿Y por qué no lo has hecho esta mañana?

No tenía respuesta buena, así que di la verdadera.

—Porque me lo dijo Angustias.

Se rió con la boca cerrada, que es como se ríe ella cuando le hace gracia de verdad y no quiere gastarlo.

—Hay que cambiar el papel entonces.

—Hay que cambiarlo.

—Lo cambio yo esta noche.

Subimos con la linterna. En el cercado, el tercer lote estaba terminando en el pilón, doce minutos más que los otros, como estaba escrito.

Mi padre contaba dos veces al día y decía que el que cuenta tres veces es que no se fía de sí mismo.

Yo he contado dos veces al día durante veintitrés años y he perdido las ovejas que se pierden, ni una más, y estaba orgulloso de eso de la manera tonta en que uno se enorgullece de lo que hace todo el mundo de su oficio.

Aquella tarde había contado a las cinco y veinte porque un papel pegado con celo decía que a las cinco y veinte entraba el tercer lote.

Me paré al lado del papel de la puerta de la cuadra y lo miré como se mira una herramienta que no sabías que estabas usando.

—Si no llega a estar esto, la encuentro de noche.

Ella no dijo nada. Sacó el bolígrafo, que ya no era el lápiz de carpintero, y abrió una fila nueva debajo de la tabla.

—Hace falta una línea para esta. Cura, hora, y si come.

—Ponlo.

—¿Y esto cuántos días hay que ponerlo?

—Diez.

—¿Mañana a las nueve también?

—Mañana a las nueve tenemos el poste.

—Pues a las ocho y media la cura y a las nueve el poste.

—A las ocho y media está oscuro.

—A las ocho y media aquí en octubre hay luz de sobra. Lo he mirado.

Lo había mirado. Claro que lo había mirado.

Lo puso. Y cuando iba a escribir en la primera casilla, apareció Martina por detrás con la libreta y se estiró para ver.

—¿Cuál es?

—La de la pata. La que estaba enganchada.

—Esa es Encarna.

—¿Desde cuándo?

—Desde ahora.

Y se quedó allí, esperando con la libreta abierta a que alguien lo escribiera en el papel bueno, que era el de la puerta.