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La furgoneta se fue a las doce y diez del jueves y la finca se quedó dos tallas más grande.
Lo vi desde la ventana de arriba, con las manos llenas de polvo, y anoté la hora, que es lo que hago con las cosas que cambian el inventario de un sitio. Entraron: nada. Salieron: una furgoneta Ducato blanca, un remolque, un hombre y las cajas de él. Y algo más que no vi hasta la noche.
Chus tardó veinte minutos en cargar lo que no había cargado ya, y todo ese rato la niña estuvo dando vueltas alrededor del remolque como dan vueltas los críos cuando no quieren que una cosa pase y no saben decirlo.
Cuando arrancó, se quedó mirando el rectángulo de hierba aplastada que deja una furgoneta que lleva cuatro días aparcada en el mismo sitio.
Yo también lo miré, porque el rectángulo era la única parte del cercado que había estado limpia.
A las once y cuarto había subido a la loma con el móvil, porque Baeza llama entre las diez y las once y media y es de las pocas personas que conozco que respeta su propia franja.
—Jimena, buenos días. ¿Ha llegado el correo?
—Ha llegado.
Había llegado a las nueve y siete, con acuse. Lo había leído tres veces sentada en el escalón de la puerta.
Un correo de once líneas, sin una coma de más, con el asunto bien puesto y el documento adjunto en pedeefe y firmado. Yo he mandado cuatro mil correos así y he recibido otros tantos, y sé reconocer a un profesional por la primera línea igual que un albañil reconoce una pared.
Noventa y seis mil. Firma ante notario en Valdepeñas. Y dos condiciones en el punto cuarto, escritas con esa prosa que parece amable porque va en subordinada.
—Quería comentarle el punto cuarto —dije.
—Dígame.
—La entrega libre de ocupantes la entiendo. La segunda no.
—La baja de la actividad ganadera.
—Ahí pone baja o modificación. ¿Qué significa modificación?
—Significa que la finca figura inscrita como descansadero y parada ganadera, y eso lleva asociado un derecho de paso y de uso que a mí me estropea el producto.
Yo voy a hacer seis alojamientos. No puedo tener a la gente pagando ciento veinte euros la noche y que en octubre le pasen ochocientas ovejas por debajo de la ventana.
—Ochocientas dos.
—Ochocientas dos, entonces.
Se rió, y se rió de verdad, porque Baeza no es un mal tipo, es un hombre con una hoja de Excel que es peor que él.
—¿Y la baja cómo se tramita?
—La solicita el titular. Es un trámite. Lento, pero un trámite.
—¿Cuánto de lento?
—Dos meses, tres.
—Su oferta caduca el día veintidós a la una.
—Mi oferta caduca el día veintidós a la una. Lo que no caduca es mi interés, pero le voy a ser sincero porque usted es del oficio: tengo otras dos fincas mirándome en la comarca y las tres no las compro.
—Ya.
—Con la firma me basta el compromiso de solicitar la baja. No hace falta que esté resuelta.
Colgué y me quedé en la loma con el pueblo abajo y una frase dándome vueltas, que era la frase con la que trabajo yo: el que pone la fecha manda.
Antes de bajar hice dos cosas más desde la loma, porque desde la loma se hace todo.
Le escribí a la tasadora para confirmarle el lunes y le puse las tres fotos de la cocina, que era mi mejor argumento.
Y busqué en el móvil cómo se solicita la baja de una explotación ganadera, y a los cuatro minutos de leer supe que aquello no era un formulario de dos casillas y que había que ir a una oficina comarcal con papeles que yo no tenía.
Lo apunté con hora, las once y media del viernes, y con una palabra al lado que no suelo usar: complicado.
Volví a la casa y me puse con la segunda habitación, que era lo que tocaba.
Empecé por el suelo, que es por donde hay que empezar cuando una habitación está así, porque si empiezas por los estantes te pasas el día bajando cosas a un sitio donde no caben.
Método: caja abierta, tres montones, nada vuelve a subir. Hice hueco en diagonal, del centro hacia la ventana, para tener luz al mediodía. A las once tenía dos metros cuadrados de suelo y a la una tenía cinco.
Trabajé cinco horas seguidas. El montón de tirar llenó cuatro cajas. En la tercera hora salieron doce números de una revista de veterinaria de los años setenta, un despertador parado, una caja de diapositivas sin proyector y ochenta y tantos sobres de fotos de rebaños en el camino.
El montón de mirar tenía a esas alturas una lógica que no era mía.
Mi tío no guardaba recuerdos, guardaba pruebas.
Todo lo que había en aquella habitación servía para demostrarle algo a alguien: que una linde estaba donde él decía, que un agua venía de donde él decía, que por aquel camino se había pasado siempre.
Un hombre que guarda pruebas durante cincuenta años es un hombre que espera una discusión.
Y a las cuatro y media, en la carpeta rotulada VIAS, debajo de tres planos de deslinde doblados en acordeón, salió un taco de fotocopias grapadas con una cabecera que estaba escrita a máquina y en mayúsculas.
RELACIÓN DE FINCAS DE INVERNADA DEL TÉRMINO DE MAJADAVIEJA.
Eran fotocopias de archivo, con el sello del provincial en la esquina y el número de legajo escrito a bolígrafo por mi tío en la primera hoja, con la fecha de la consulta.
Once fincas. Once nombres con su superficie en fanegas, su propietario y su cabida en cabezas.
La primera de la lista era la nuestra, con otro nombre, y ponía novecientas.
Y al final del taco, con lápiz, la letra de Ovidio.
Última campaña, 1961.
Leí los once nombres. Cuatro eran nombres de sitio que yo había visto en los carteles de la carretera viniendo desde Valdepeñas. Dos eran apellidos. Uno era El Rincón de las Ánimas, que es el tipo de nombre que se le pone a un sitio cuando todavía hay gente que va a él.
Las cabidas iban de trescientas a mil doscientas cabezas. Las sumé por costumbre, porque yo sumo columnas igual que otros se muerden las uñas.
Siete mil ochocientas.
En un término que hoy tiene ciento y pico vecinos y donde no hay una sola oveja que no sea de paso.
Lo leí tres veces y a la tercera hice lo que hago, que fue evaluarlo.
Tenía tres usos. Uno, vender. Una casa con papeles se vende mejor que una casa sin papeles, eso lo sabe cualquiera que haya montado una finca para un catálogo, y con esto yo montaba una página entera de historia documentada con sello de archivo.
Dos, Visi. La alcaldesa habría pagado por aquello, y a una alcaldesa que te debe algo se le piden cosas.
Tres, ninguno, porque la realidad es que a Baeza le daba exactamente igual que la finca hubiera sido de invernada hasta el sesenta y uno.
A Baeza le importaba lo contrario. A Baeza le importaba que dejara de serlo.
Bajé al cercado con el taco en la mano, porque una parte de mí quería preguntarle algo, y a mitad del camino me paré y me di la vuelta.
No porque no quisiera preguntárselo. Porque no sabía qué iba a preguntar.
Un cliente me dijo una vez que yo tenía un defecto profesional que era muy bueno para el cliente y muy malo para mí, y era que yo no sé tener una conversación sin llevar un punto uno.
Si no hay punto uno, no entro en la sala.
Y allí, a mitad del camino, con un taco de fotocopias de 1901 en la mano y un hombre a cuarenta metros echando pienso, yo no tenía punto uno.
Tenía una curiosidad, que es otra cosa y que en mi oficio no se factura.
Volví a subir y lo dejé encima de la mesa.
Y ahí me paré.
Porque llevaba desde el miércoles vendiendo una casa vieja con un tejado malo, que es un producto sencillo y limpio, y a las cuatro y media de un jueves resultaba que lo que yo tenía entre manos no era una casa, era una finca inscrita, con veintiún acuerdos firmados, con un derecho de paso, con once hermanas en una lista de 1901 y con una fecha en la que aquello se acabó.
Las cosas con historia documentada no se venden peor. Se venden distinto, y sobre todo se venden más despacio.
Y con la última hoja levantada contra el cristal me acordé de una cosa que había leído dos horas antes sin fijarme, en la carpeta de FIESTAS, en aquel cartel dibujado a mano de 1988. Fui a buscarlo. Lo había dejado en el montón de mirar.
Debajo del dibujo de la oveja, en letra pequeña, ponía XLVII Fiesta del Paso.
Cuarenta y siete. Conté hacia atrás desde el ochenta y ocho y me salió 1941, y luego pensé que esas cuentas nunca salen, porque siempre hay años en que no se hace y se sigue numerando igual, y porque un pueblo cuenta sus fiestas como le da la gana.
Lo dejé donde estaba. No en la de guardar. En la de mirar, con el resto.
Fotografié las diez hojas contra la ventana, una a una, para tenerlas en el móvil.
Miré la primera línea otra vez. La finca aparecía con otro nombre, uno que no había oído nunca y que no era el de ninguna de las escrituras que yo tenía: La Majada de Arriba. Y al lado, en la casilla de propietario, un apellido que sí era el mío.
En catorce años he montado ciento y pico bodas en fincas con nombre.
El nombre de una finca vale dinero. Es lo primero que se pone en el catálogo, es lo que la gente repite cuando le pregunta a una amiga dónde se casó, y es lo único que no se puede fabricar, porque un nombre nuevo se nota a un kilómetro.
Aquella casa tenía un nombre y llevaba sesenta años sin usarlo.
Lo escribí en el cuaderno, en la página de la derecha, que es donde pongo lo que sirve.
Luego cogí el taco, lo metí en una funda de plástico y lo dejé encima de la mesa de la cocina, y no en la caja de tirar ni en la de guardar, sino en la tercera, la de mirar, que es donde se ponen las cosas cuando todavía no sabes qué son.
Llamé a la tasadora a las seis, que era la tercera llamada del día desde la loma y la que peor salió.
—¿Y las ovejas se van cuándo?
—El día veintidós.
—Jimena, yo te la puedo tasar el lunes, pero te la voy a tasar como finca con actividad ganadera inscrita y con un ocupante en precario.
—No es precario. Hay contrato.
—Peor. Con contrato.
—¿Y eso cuánto me baja?
—Eso no te baja. Eso te cambia el comprador.
Me quedé mirando el pueblo. Abajo, en la carretera, iba una furgoneta de reparto con las luces dadas aunque todavía había luz.
—¿Y si lo tasas en diciembre?
—En diciembre te lo taso limpio, si para entonces está limpio.
—Jimena.
—Dime.
—¿Tú por qué la vendes con tanta prisa?
—Porque no la puedo mantener.
—Ya. Es que te lo pregunto porque llevas catorce años diciéndole a la gente que no firme nada en agosto ni en la semana de una boda.
—Esto no es una boda.
—No, si ya.
En diciembre. Apunté diciembre y al lado apunté lo que costaba diciembre, que eran dos meses de una casa vacía, un tejado, un viaje al mes y un comprador con dos fincas más mirándolo.
A las siete, mientras hervía agua, se me puso Martina delante con la libreta.
—¿Tú tienes ordenador?
—Tengo.
—¿Y de los que imprimen?
—No.
Se fue sin decir nada más, que en ella era la primera vez.
A las ocho bajé al cercado con el papel nuevo impreso y se lo cambié a la puerta de la cuadra sin decirle nada, porque una cosa que se hace no hace falta anunciarla.
Volví a la cocina y me quedé de pie mirando la funda de plástico encima de la mesa, con las once fincas dentro y un nombre que era el de mi familia.
Aquella noche hice la lista del viernes con sus horas. Habitación de Ovidio, nueve. Tasadora, confirmar. Solicitud de baja, mirar qué papeles hacen falta, once y media, desde la loma.
Y debajo de todo, en la aplicación de notas, escribí una línea que no tenía hora ni la iba a tener, y que decía: preguntar por qué la dejaron de usar en el sesenta y uno.
Y debajo puse otra que sí tenía hora, las once y media también, y que decía: llamar al archivo provincial y preguntar por el legajo.
La borré. La volví a escribir. La dejé.
A las once y veinte se oyó el generador, que arranca con dos golpes y luego se queda.
Duró cuatro minutos. Cuando paró, el silencio de aquella casa era de los que se oyen, y por la ventana de la cocina se veía la linterna de él moviéndose por el cercado a la altura de la cintura, parándose cada pocos metros.
Conté las paradas hasta que me aburrí. Once.