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La mujer llegó a las ocho menos veinte, cuando el primer lote estaba bajando al pilón, y lo primero que hizo fue meterse en el cercado sin preguntar.
Traía un abrigo de paño encima de una bata, botas de goma verdes y un bastón que no usaba para andar. Se plantó a media distancia del pilón, de lado, en el sitio exacto donde uno se pone para ver bajar un rebaño sin cortarle el paso, y se quedó mirando.
No dijo buenos días. Miró seis o siete minutos.
—Esas dos de ahí vienen justas de carnes.
—Vienen de veintiséis jornadas.
—Ya sé de dónde vienen. Digo que vienen justas.
—Vienen justas.
Se movió veinte pasos, siempre de lado, hasta la esquina del pilón.
—¿Y el manso lo llevas delante o detrás?
—Delante.
—Pues por eso se te empoza el lote a la entrada. Con este pilón, delante no.
Tenía razón. Llevaba yo dos días viendo aquello y no le había puesto nombre.
—Usted es.
—Angustias Perea. Mi marido bajaba por aquí cuando tú no andabas.
—¿Pastor?
—Cuarenta años. De los de ir a la Serena. Y de los que se traían las cuentas hechas de memoria, no en un papel pegado a una puerta.
—¿Y la niña?
—La niña está dentro.
—Digo que si va a la escuela.
—Va. A distancia.
—A distancia.
Lo repitió como quien repite un precio que le parece caro.
—Aquí hay escuela —dijo—. Ocho críos y una maestra que viene de Villanueva. El año que cierre, cierra el pueblo, y no lo digo yo, lo dice la aritmética.
—Nosotros estamos de paso.
—Todo el mundo está de paso, hijo. Unos tardan más.
Miró el cuadro de los turnos, que estaba en la puerta de la cuadra con su celo y sus dos columnas de cruces.
—Eso no te lo has hecho tú.
—No.
—Ya se nota.
Y se fue a la cocina a que la sobrina de Ovidio le diera un café, porque a esta mujer no hay que invitarla, hay que estar en su camino.
Volvió a salir a las nueve y media, con el café dentro, y se paró otra vez en la esquina del pilón.
—El tercer lote lo tienes mal hecho.
—El tercer lote son las viejas y las que vienen preñadas.
—Ya sé lo que son. Digo que tienes ahí metidas tres que no pintan nada, esa parda y las dos de la oreja partida, que esas están enteras y te comen el tiempo a las otras.
Miré. Tenía razón otra vez.
—¿Cómo lo sabe desde ahí?
—Porque llevan la cabeza alta. Las que están justas van con la cabeza baja aunque no coman.
Se apoyó en el bastón, que era la primera vez que lo usaba para algo.
—Mi marido decía que un rebaño se lee a treinta metros y se cura a tres. A treinta metros yo todavía veo.
Y se fue camino abajo sin despedirse, que es como se despide.
Por la mañana arreglé los tres tramos flojos de la linde de abajo y dejé la cancilla para la tarde.
La cancilla llevaba dos inviernos cerrando mal y una cancilla que cierra mal enseña al rebaño a probarla.
Puse el alambre nuevo con las tenazas, apreté, y me dije que el gozne lo cambiaba el lunes, que es lo que uno se dice.
La cancilla me llevó la tarde entera, que era lo que tenía que haberme llevado el primer día.
Descolgué la hoja, saqué el gozne comido con la palanca y me di cuenta de que el poste de la izquierda estaba blando por abajo, tocado del agua de la noche del domingo.
Puse una cuña de piedra plana mientras pensaba qué hacer y al final hice lo que se hace, que es dejarlo para cuando haya materia.
Martina se sentó en el murete a mirarme. Cuando trabajo, se sienta a mirar y va cantando, y a los diez minutos ya no la oyes, igual que no oyes el agua.
—Papá.
—Dime.
—¿Veintiún días cuántos son?
—Tres semanas.
—¿Y tres semanas son mucho?
—Es lo que dura un rebaño en un sitio sin que se note.
Se lo pensó.
—Pues aquí ya se nota.
A las doce salió Chus con la furgoneta. Se llevó su lona, sus bidones y el cajón de las medicinas que es suyo, y me dejó lo que me tenía que dejar.
Se despidió de Martina levantándola en volandas y diciéndole que le guardara una oveja, y cuando arrancó y cogió el camino, Martina se quedó en mitad del cercado con la libreta en la mano mirando el hueco donde había estado la furgoneta aparcada, que era un rectángulo de hierba aplastada y seca.
—¿Y el ordenador?
—Se lo ha llevado.
—Pero si tengo que hacer las fichas.
—Ya lo arreglaremos.
Se lo dije como se dicen esas cosas cuando uno no tiene ni idea de cómo se arregla.
A las siete bajamos al pueblo.
El Esquileo tiene la barra a la derecha, cuatro mesas a la izquierda, una televisión encendida sin sonido y un calendario de la cooperativa de hace dos años. Cuando entramos había catorce o quince personas, que para este pueblo un martes es una manifestación.
Ella entró detrás de mí. Había bajado andando desde la finca con una carpeta debajo del brazo, y yo pensé que eso era un error, porque en un sitio así una carpeta es una declaración.
Nos abrieron sitio como se abre sitio en los pueblos, que es sin moverse y quedando hueco igual. Nando ya estaba en la barra con una caña y con cara de haber contado lo de la oveja Visi el lunes por la noche y de pensar contarlo otra vez.
Yo me quedé de pie junto a la puerta. Llevo veintitrés años entrando en bares de pueblos que no son el mío y en todos me pongo en el mismo sitio, junto a la puerta y de espaldas a la pared, no por nada malo sino porque desde ahí se ve entrar a la gente y se ve salir, y porque un hombre que se sienta en la mesa del fondo de un sitio que no es suyo está pidiendo algo.
Chelo dio dos golpes en la barra con el mando de la tele.
—Punto uno. Lo del pasto.
—¿Y quién ha puesto el punto uno? —dijo ella.
—Se pone solo, hija.
Visi se levantó de la mesa del fondo con la chaqueta puesta, porque Visi no se quita la chaqueta cuando va a hablar como alcaldesa.
—Aquí siempre se ha hecho así. Cuando para un rebaño en el término, el pueblo dice si se le cobra el pasto o se le invita. Se hacía en tiempos de tu tío y antes.
—En tiempos de mi tío el pasto era de mi tío.
—Y ahora es tuyo, y por eso se te avisa.
—Se me avisa de que van a votar sobre una finca mía.
—Sobre la costumbre.
Yo estaba de pie junto a la puerta, que es donde me pongo, y no dije nada.
Podía haber dicho que el pasto ya estaba firmado y el papel lo tenía yo en el bolsillo.
Lo pensé. Lo que pasa es que ella ya lo sabía y no lo había dicho todavía, y cuando alguien se guarda una carta es porque la va a jugar en otro sitio, y meterte a jugarla tú por él es la manera más rápida de quitarle la mano.
Así que me quedé quieto y miré.
—Vamos a hacer una cosa —dijo ella—. Votad.
Aquello no se lo esperaba nadie.
—Votad lo que queráis, que yo os escucho.
Pero antes os digo tres datos. Uno, el aprovechamiento está firmado desde ayer con las mismas condiciones que firmaba mi tío hace veintiún años, y tengo aquí las veintiuna hojas por si alguien las quiere ver.
Dos, no le estoy cobrando. Tres, lo que de verdad me hace falta a mí no es una votación, es una cuba de agua.
Silencio de los buenos.
—¿Una cuba? —dijo Visi.
—La bomba del pozo llena mil doscientos litros cada cincuenta y un minutos. Ochocientas dos ovejas beben tres mil doscientos al día. Sale justo y sale mal, y si viene un día de sol sale peor. Con una cuba municipal un día a la semana, deja de salir justo.
—La cuba es para los incendios.
—La cuba en octubre está aparcada.
—La cuba tiene cinco mil litros —dijo Visi, que en cuanto oye un número técnico se pone de parte del número—. Pero es que la cuba es municipal.
—Y yo soy del municipio desde el martes, que pago el agua de una casa de aquí.
—Tú no eres del municipio. Tú tienes una casa aquí.
—Entonces vengo a la mesa como vecina y me tratáis como forastera, o vengo como forastera y no me votáis la finca. Elegid una.
Eso lo dijo despacio y sin levantar la voz, y en el bar se oyó a alguien dejar un vaso en una mesa.
Angustias dio un golpecito en el suelo con el bastón.
—La cuba se la llevó Julián a la viña en septiembre y todavía no la ha traído.
—Pues que la traiga —dijo Chelo—. Se vota.
—Yo quiero decir una cosa —dijo Visi, y se puso derecha, como hace antes de una frase que lleva preparada desde la mañana—.
Aquí llevamos nueve años sin que pare un rebaño en el término.
Nueve. Y ahora tenemos ochocientas ovejas a un kilómetro del pueblo durante tres semanas, con un pastor, una niña y dos mastines.
Eso en otro sitio se llama patrimonio vivo y se pone en un folleto.
—Eso en este sitio se llama un hombre esperando a que le arreglen un puente —dije yo.
Fue lo único que dije en toda la noche y me arrepentí a la mitad.
—Pues eso mismo —dijo Visi, encantada—. Un hombre esperando. Eso es una historia.
Salió lo que tenía que salir. Pasto invitado, doce a dos, con la abstención de Angustias, que se abstuvo mirándome a mí. Y salió la cuba un día a la semana, los martes, condicionado a que Julián la devolviera, que nadie dio por seguro.
Y luego salió una tercera cosa que yo no había pedido.
—El chico ese suyo, el que se queda —dijo Chelo—. Que duerma arriba. Tengo dos cuartos vacíos desde que cerró la casa rural de Puebla. Veinte euros con desayuno y no se hable más.
—Eso lo pago yo —dije.
—Eso lo paga usted, claro. ¿Qué se cree, que esto es una beneficencia?
Se rieron. Se rieron de ella y no de mí, que es exactamente como tiene que ser un chiste en un bar.
Chelo lo apuntó todo en la libreta, que es de tapas de hule y tiene una goma, y lo leyó en voz alta al terminar, que es la parte que a esta mujer le gusta.
—Pasto invitado, doce a dos, una abstención. Cuba los martes si Julián la trae. Cuarto para el chico, veinte con desayuno, lo paga el pastor. Y se levanta la sesión, que mañana hay que abrir a las siete.
—Esto no es una sesión —dijo ella.
—Esto es lo que yo apunte, hija.
Salimos a las nueve menos cuarto. Ella llevaba la carpeta todavía debajo del brazo y no había llegado a abrirla.
—Podía haberlo dicho al principio —dije.
—¿El qué?
—Lo del papel firmado.
—Si lo digo al principio, gano la discusión y pierdo la cuba.
Nando se quedó dentro. Tenía cuarto arriba desde aquella misma noche y una llave que Chelo le dio delante de todos, con un llavero de propaganda de una casa de piensos de Manzanares, y se la dio de esa manera que tiene la gente de aquí de hacerte un favor por delante para que no puedas devolverlo por detrás.
—Mañana a las siete y media estoy arriba —me dijo.
—A las siete y veinte.
—A las siete y veinte.
Subimos el camino con las linternas del móvil. En la curva de arriba, antes de la cancela, Ministro salió de donde estaba, que era su sitio de la cancela, y se puso a andar a la izquierda de ella, a un metro, a su paso.
Silbé.
No vino.
Volví a silbar, más corto, que es el que obedece siempre, y el perro giró la cabeza, me miró, y siguió andando al lado de ella hasta la puerta de la casa.
Ella no se dio ni cuenta. Iba hablando de la cuba y de los martes.
En la cocina se encendió la luz y se oyó la impresora de Ovidio, que hace un ruido de tren pequeño. Estuvo un rato largo funcionando para lo que tenía que imprimir, que era un papel.
A los diez minutos salió, cruzó el cercado con la linterna del móvil y cambió el cuadro de la puerta de la cuadra por otro, con el celo nuevo puesto encima del celo viejo. Volvió sin decirme nada.
Fui a mirarlo cuando ya había entrado. Era el mismo cuadro con los lotes cambiados y una fila más abajo, escrita a mano, que ponía ENCARNA y tenía tres casillas: cura, hora, come.
Me quedé en el cercado a echar el último pienso y a contar. Ochocientas dos. Y luego conté otra cosa, que fue lo que le debía yo a aquel pueblo desde las nueve menos cuarto de aquella noche: una cuba de agua a la semana, un cuarto para Nando y un pasto que no me cobran. Tres cosas.
En veintitrés años no había debido ninguna.