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La segunda habitación tenía papeles hasta la altura del pecho y un olor que no era humedad sino tinta vieja.
Había cosas buenas entre los papeles. Un cuaderno de cuentas de la casa con la letra de mi bisabuela.
Una caja de puros llena de llaves sin etiquetar, que es la manera más limpia que conozco de tirar una caja entera.
Y siete carpetas de gomas alineadas de canto en el suelo, detrás de la puerta, en un sitio donde se ponen las cosas que se consultan.
Las siete estaban rotuladas a rotulador negro. VIAS. CONCENTRACION. PLEITO. AGUAS. FIESTAS. FOTOS. CAÑADA.
A las diez y veinte, en la de CAÑADA, encontré el papel.
Acuerdo de aprovechamiento temporal de pastos. Cuarenta y ocho horas. Finca inscrita como descansadero y parada ganadera. Firma de Ovidio Salcedo y firma de Román Ochoa, con fecha de septiembre de este año.
Lo leí tres veces. La tercera fue por gusto profesional, porque estaba bien hecho. Tenía fechas, tenía objeto, tenía superficie, tenía qué pasa si se estropea algo y quién lo paga.
Y en la misma carpeta había otros veinte iguales, uno por año, en orden, de arriba abajo, con las firmas cambiando de pulso conforme mi tío se iba haciendo viejo.
El de hacía veinte años lo había firmado con una letra que parecía de otra persona.
El del año pasado lo había firmado apoyando tanto que se transparentaba por detrás.
En la carpeta de FIESTAS había recortes de la comarcal, un cartel de 1988 con una oveja dibujada a mano y una lista de nombres con cantidades al lado, que era la derrama de aquel año. En la de FOTOS había ciento y pico fotos en sobres de revelado, casi todas de ganado en el camino y ninguna de él.
Hice tres fotos al acuerdo firmado con el móvil, por si acaso. Lo que no está fotografiado no existe, y menos con dos copias en una casa que voy a vaciar.
Me senté en el suelo con la carpeta abierta encima de las rodillas y estuve un rato así, que no lo tenía previsto en ninguna hora.
Luego bajé con la carpeta debajo del brazo.
Estaba en el cercado con la niña, arreglando el bebedero pequeño, que perdía por la junta. Cuando me vio llegar con la carpeta dejó de hacer lo que hacía, y ese fue el único momento del día en que lo vi dudar.
—Ya lo he encontrado —dije.
—Bien.
—Está bien hecho. Se lo digo en serio.
—Lo hizo él.
—¿Sabe que caducó ayer por la mañana?
—Lo sé.
—O sea que desde ayer a las nueve usted está aquí sin papel.
—Sí.
No dijo nada más. No dijo que dónde iba a meterse, ni que la culpa era del arroyo, ni que un poco de comprensión. Se quedó ahí con la llave en la mano esperando a ver qué hacía yo, y a mí eso, que es exactamente lo que menos me conviene, me gustó.
—Entonces vamos a hacer uno nuevo —dije.
—¿Con qué condiciones?
—Eso es lo que vamos a averiguar.
Nos sentamos en la cocina a las once y media. Yo con el ordenador, él enfrente con las manos encima de la mesa, que es una postura que no se ve casi nunca. La gente esconde las manos debajo o las mete en los bolsillos. Él las puso encima como quien deja las herramientas a la vista.
Empecé por donde empiezo siempre, que es por lo que se puede contar.
—El pozo. ¿Cuánta agua bebe eso que tiene usted ahí fuera?
—En octubre, con la hierba como está, poca. Tres litros por cabeza, cuatro si pega el sol.
—Cuatro por ochocientas dos son tres mil doscientos litros al día.
—Más o menos.
—¿Y el pozo da tres mil doscientos?
—El pozo da. La bomba no.
Ahí estaba el problema de verdad, y lo habíamos encontrado en cuatro minutos.
Salimos a mirar la bomba. Estaba en el cuartito de al lado de la cuadra, con la puerta hinchada, y era vieja, de calderín, de las que suenan como si les costara. Él calculó el llenado del depósito en cuarenta minutos. Yo lo cronometré, porque cronometrar es gratis, y salieron cincuenta y uno.
—Cincuenta y uno —dije.
—Antes eran cuarenta.
—Antes era otra bomba.
El depósito eran mil doscientos litros, según la chapa. El pilón largo se vaciaba en nada cuando se echaban encima trescientas a la vez, y cuando se vaciaba, las de atrás empujaban y se armaba.
—Entonces no es que falte agua —dije—. Es que llega tarde.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. Si faltara, no habría solución. Como llega tarde, hay turnos.
—Una cosa más antes de sentarnos —dije—. ¿Cuánta agua se pierde?
—¿Cómo que se pierde?
—El pilón. Lo he visto rebosar esta mañana cuando ha entrado el primer grupo. Si rebosa, eso son litros que ha subido la bomba para el suelo.
Fuimos a mirarlo. Rebosaba por el extremo de abajo, donde el pilón está descalzado y se ha vencido dos dedos hacia la esquina. Dos dedos de desnivel en un pilón de cuatro metros son bastantes litros al día, y los litros al día eran justo lo que nos faltaba.
Él metió la mano en el agua y buscó el borde por dentro.
—Con dos cuñas de piedra plana debajo de esta pata se endereza.
—¿Cuánto tarda?
—Media hora. Y luego hay que esperar a que se pose.
—Hágalo esta tarde y le pongo media hora menos de turno a los otros dos lotes.
Eso le hizo levantar la vista. No dijo nada, pero le hizo levantar la vista.
Volví adentro y abrí una hoja. Tres lotes de unas doscientas setenta, tres franjas de bebida, cincuenta y cinco minutos entre franja y franja, que es lo que tarda la bomba con margen.
Puse las horas. Puse quién abre y quién cierra.
Puse una columna para marcar con una cruz cuando estuviera hecho, porque un turno que no se firma no se ha hecho.
Giré el ordenador.
Él lo miró mucho rato. Lo miró de verdad, línea por línea, moviendo un poco los labios en la columna de las horas.
—Las siete y media no —dijo—. A las siete y media están todavía tumbadas y no bajan.
—¿A qué hora bajan?
—A las ocho menos diez.
Lo cambié.
—El segundo lote a mediodía tampoco. A mediodía no beben, se echan.
—¿Y si lo paso a las dos?
—A las dos sí.
Lo cambié.
—Y no son tres lotes —dijo—. Son dos y medio. El tercero es el de las viejas y las que vienen preñadas de arriba, y esas beben las últimas y beben más rato.
—¿Cuánto más rato?
—Doce minutos más.
—¿Doce exactos?
—Doce.
Lo puse. Y así estuvimos veinte minutos, él corrigiéndome las horas y yo corrigiéndole los tiempos de llenado, y cuando terminamos aquello no era mi hoja ni era su costumbre, era otra cosa.
Lo imprimí en la impresora de mi tío, que funcionaba y que tenía tóner, y pegué una copia con celo en la puerta de la cuadra, a la altura de los ojos de un hombre de metro ochenta.
Salimos a firmar el primer turno, el de las dos, porque una hoja que se estrena al día siguiente no se estrena nunca. Él puso su cruz en la casilla con un lápiz de carpintero que llevaba en el bolsillo del pecho y que dejaba una raya del ancho de un dedo meñique. La cruz ocupaba tres casillas.
—Ese lápiz no.
—Es el que llevo.
—Le dejo uno.
—Ya me traigo yo otro.
Al día siguiente se trajo otro. Lo digo ahora porque luego se me olvidó apuntarlo y fue de las primeras cosas que hizo sin que se lo pidiera dos veces.
—¿Y esto para qué sirve? —dijo.
—Para que cuando uno de los dos diga que lo hizo, se pueda mirar.
Después hicimos el acuerdo nuevo. Lo escribí yo, a mano, con las dos copias, en dos hojas del cuaderno de cuentas de mi bisabuela, que era el papel más bonito de la casa.
Uso del cercado grande, del abrevadero, del cuarto exterior y de la cocina hasta el día en que se abra el paso.
La casa no. La habitación de arriba no. Turnos de agua según el cuadro de la puerta de la cuadra, firmados los dos cada día.
La luz la pago yo y él pone el gasóleo del generador si hay que tirar de él.
Los desperfectos del cercado se reponen antes de la salida. Y la última, que escribí despacio.
Si la finca se enseña a un comprador, el cercado se despeja en la zona de delante durante dos horas, avisando con un día.
Esa la dejó pasar sin decir nada, y yo supe que se la había apuntado en algún sitio suyo.
—Falta una —dijo.
—Diga.
—Los perros. Si viene alguien a ver la casa, que avise de verdad con un día, no con dos horas. Los mastines no son de recibir gente.
—¿Muerden?
—No. Se ponen delante. Y una persona de ciudad delante de un mastín que se pone delante hace tonterías, y luego la culpa es del perro.
Lo escribí tal cual, con sus palabras, porque sus palabras eran mejores que las mías.
—Y el generador arranca a las seis y media si hay que ordeñar algo o si hay una urgencia. Hace ruido. Se lo digo ahora para que no me lo diga usted a las seis y media.
—Anotado.
Firmamos los dos. Él firma despacio, apoyando mucho, igual que mi tío en la hoja del año pasado, y eso no se lo dije.
—Ya está —dijo.
—Ya está.
Y entonces hizo la única pregunta personal del día.
—¿Por qué tiene tanta prisa en venderla?
Tenía la respuesta entera en la punta de la lengua, con sus cifras y su fecha. El tejado. Los impuestos. El mantenimiento de una casa que está a cuatro horas de donde yo vivo. Lo que me costó cancelar una cosa en junio. Todo eso se cuenta en cuarenta segundos y es verdad.
—Porque el tejado se cae —dije— y porque tengo trece días.
—Doce.
—Doce.
Me levanté a recoger las tazas, que no hacía ninguna falta recoger, y me puse a fregarlas de espaldas a la mesa hasta que oí la silla.
A las cinco y cuarto lo intenté otra vez con las fotos, aprovechando que el segundo turno estaba en el pilón y la mitad del cercado se había quedado despejado. Salieron cuatro decentes de la fachada y una de la cocina que valía de verdad.
En la quinta, cuando iba a disparar, entró Ministro en el encuadre y se sentó en medio del camino, mirando a cámara, como si aquello lo hubiera hecho toda la vida.
La guardé también.
A las siete de la tarde apareció Martina en la cocina con la libreta abierta.
—Ya tiene nombre la que no tenía.
—¿Sí?
—Visi.
Levanté la vista. Román estaba en la puerta con un saco al hombro y se le quedó la cara de un hombre que calcula ocho jornadas de rodeo.
—Martina.
—¿Qué?
—Esa no.
—Pero si es igual que la señora del coche blanco. Tiene el mismo pelo de delante.
—Que le pongas otro.
—Ya está escrito.
Y era verdad que estaba escrito, con rotulador, en una libreta que aquella niña trataba como si fuera un registro oficial, y en cierto modo lo era.
Nando, que entraba en ese momento a por los bidones, se paró en seco y se rió con toda la boca.
—Eso lo cuento yo esta noche.
—No lo cuentas —dijo Román.
—Eso lo cuento yo esta noche —dijo Nando, y se fue con los bidones.
Cenamos cada uno en su sitio. Yo en la cocina con el ordenador y la lista de la tasación, ellos en el cuarto exterior, y a las diez y veinte oí a la niña cantar algo espantoso y a alguien decirle que se callara sin ninguna convicción.
Antes de eso, a las nueve y cuarto, salí a la cuadra a comprobar el turno de la noche y él ya lo había firmado. La casilla de las ocho tenía su cruz, hecha con un bolígrafo normal, del tamaño que tiene que tener una cruz.
Al lado, en el margen, había escrito con letra de imprenta una línea que yo no había pedido.
PILON NIVELADO. SUBE MAS DE LO QUE BAJA.
Tardé un rato en entender que aquello era un dato técnico y no otra cosa, y cuando lo entendí lo fotografié, como hago con lo que funciona.
A las diez y media llamaron a la puerta.
Era una mujer de sesenta y tantos con un abrigo encima del delantal, un táper en las manos y cara de haber venido andando desde el pueblo a oscuras.
—Chelo, del bar. Esto es de mi hermana, que hace mucho.
—Muchas gracias. No hacía falta.
—Que mañana a las siete se vota.
—¿Que se vota qué?
—Lo del pasto. Si se le cobra al pastor o se le invita.
Me quedé con el táper en las manos.
—Perdone, pero eso es mi finca.
—Ya, hija —dijo Chelo, y se dio la vuelta—. Por eso te aviso.