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El Vadillo estaba a dos kilómetros y medio de la finca y bajé andando porque en el coche de Nando no se entra con las botas como las llevaba yo.
Salimos a las siete y veinte, con la primera luz, y el camino venía blando de toda la noche.
La cañada baja por la ladera entre dos paredes de piedra suelta, se abre en el descansadero viejo, cruza el arroyo por el paso de piedra y sube después hacia el pinar.
Ese paso lleva ahí desde antes que mi abuelo, y tiene, o tenía, cuatro losas grandes y un pretil bajo de mampostería por el lado de abajo.
En veintitrés años cruzándolo con ganado lo había visto cubierto de agua dos veces y las dos veces esperamos medio día y cruzamos.
Aquella mañana lo olí antes de verlo. El agua removida huele distinto, huele a fondo.
No había paso.
Había una losa levantada y girada como una uña, el pretil entero en el cauce y un socavón por debajo por donde cabía un hombre echado. El agua bajaba todavía turbia, con hierba y ramas enganchadas a media altura, que es como se sabe por dónde ha ido el agua cuando ya no está.
Nando bajó a la orilla y metió el cayado hasta donde le llegó.
—Aquí no hay fondo.
—Ya lo veo.
Bajé yo también. Metí el pie derecho hasta media caña para medir el borde y se me fue el borde con el pie. La tierra estaba descalzada por debajo un metro largo hacia dentro. Aquello no era un paso roto, era un paso que seguía rompiéndose.
Medí el socavón con el cayado de Nando, que tiene metro cuarenta y lo sé porque lo hice yo. Cabían dos cayados y medio de boca y uno de profundidad por el lado de aguas abajo. La losa levantada pesaría lo que pesan esas losas, que es más de lo que parece y menos de lo que uno dice en el bar.
—La última vez que se puso así fue el año del granizo —dijo Nando.
—El año del granizo se cubrió. No se llevó nada.
—Pues alguna vez se lo llevó.
—En el noventa y siete. Lo arreglaron en primavera.
—¿Cuánto tardaron?
—Cinco meses.
Nando se calló y se quedó mirando el agua, y yo me arrepentí de habérselo dicho.
—Se podría cruzar más arriba —dijo Nando.
—Más arriba es monte de particular y no hay vado.
—Pues por el puente de la carretera.
—Con ochocientas dos no.
Me senté en una piedra y me puse a echar cuentas, que es lo que hay que hacer antes de enfadarse, porque si te enfadas primero las cuentas te salen como tú quieres.
Primera. El rodeo. Para volver a la cañada sin cruzar aquí hay que subir hasta el cordel de arriba, salir por Villanueva y bajar por el otro ramal.
Eso son ocho jornadas más. Ocho jornadas son ocho días de pasto que no tengo contratado, porque el pasto de la cañada es de paso y el de los lados es de alguien.
Son ocho días de pienso para ochocientas dos, que a los precios de este año no es una cifra que me apetezca decir en voz alta.
Y es llegar a la dehesa el treinta en vez del doce, cuando el trato dice mediados de mes y el que tiene la parcela de al lado entra el quince.
Segunda. La carretera. No es una opción, es una multa y un accidente. La cañada es lo que es y el arcén de la comarcal es lo que es.
Tercera. Los camiones. Ochocientas dos cabezas son siete viajes largos, o cinco si aprietas y llegas con la mitad del rebaño de pie desde las cinco de la mañana. Lo que cuesta eso se lleva por delante lo que deja la campaña entera y un poco de la del año que viene.
Tres cuentas y ninguna sale. Las hice dos veces. La segunda vez tardé menos.
Antes de subir hice lo que no había hecho en veintitrés años, que fue quedarme allí sentado sin nada que decidir.
Uno anda porque hay adonde ir. Si quitas el adonde, lo que queda no es descanso, es un hombre sentado en una piedra a las nueve de la mañana de un jueves.
Nando se fue a mirar el otro lado y yo me quedé oyendo el agua, que bajaba con ese ruido de después, más gordo y más lento, el de cuando ya ha pasado lo peor y encima se nota.
Hay ovejas que se separan del hato y vuelven solas antes de la noche. Y hay otras que se separan y se quedan quietas donde están, esperando a que alguien vaya a por ellas. No he sabido nunca de antemano cuál es cuál.
Me levanté y subí a mirar el estribo del otro lado, que también estaba tocado.
Visi llegó a las once con el coche hasta donde se podía y el resto andando, con unos zapatos que no eran para aquello y sin quejarse ni una vez, cosa que le apunto.
—Ya está aquí el papel —dijo, y lo dijo como quien trae una medalla y una mala noticia en el mismo sobre.
Traía una hoja con membrete y un sello. La leí entera, despacio, porque los papeles hay que leerlos enteros aunque te los estén contando.
Veintiún días. Instalación de paso provisional en la vía pecuaria. Firmado.
—Veintiún días.
—Eso pone. Yo he llamado esta mañana a las ocho y media y me han dicho que veintiuno es el plazo y que si llueve otra vez son más. Como alcaldesa te digo que voy a pelearlo.
—Péleelo.
—Pero no cuentes con menos de veintiuno.
No contaba. Doblé el papel en cuatro y me lo metí en el bolsillo de dentro, que es donde llevo lo que no se puede mojar.
—Román.
—Dígame.
—Tú sabes que esto al pueblo le viene bien.
—No sé cómo.
—Veintiún días con ochocientas ovejas aquí. Eso es gente que viene a verlo.
—Eso es gente que viene a verlo y se va.
Se calló, pero se le quedó la cosa en la cara, y yo ya sabía que aquello iba a volver.
Se fue con los zapatos perdidos y el papel entregado, que es lo que ella había venido a hacer.
Nando esperó a que el coche cogiera la curva.
—Román.
—Dime.
—¿Esto quién lo paga?
—Esto no lo paga nadie. Esto se pierde.
—Ya. Yo lo digo por lo mío.
—Lo tuyo lo cobras igual. Los veintiún días y la bajada entera.
—No hace falta que...
—Lo cobras igual.
Subí. Por el camino pensé en la etapa, que es lo que pienso siempre cuando no quiero pensar en otra cosa.
De la Serranía al Vadillo hay veintiséis jornadas.
Las habíamos hecho por primera vez hace nueve años, apuntando cada noche el agua y el pasto de cada parada, y desde entonces yo no había cambiado ni una.
No hacía falta. Cuando una ruta está bien hecha, lo único que tiene que hacer uno es andarla.
Volví por el descansadero viejo, que está a media ladera y ya casi no se conoce.
Queda el hito de piedra con la chapa oxidada y la mitad de un corral de paredes bajas donde antes echaban la noche los que subían.
Mi padre durmió ahí. Yo he dormido ahí dos veces, la última hace nueve años, la primera vez que bajamos con el rebaño nuestro y no con el de otro.
Aquel día llovió toda la noche y no pegamos ojo.
Me paré a mirar el corral más rato del que hacía falta y luego seguí, porque las cosas que se miran mucho acaban costando una jornada.
Llegué a la finca a la una y media. Chus estaba cargando los bidones vacíos y me dijo lo que yo ya sabía, que él tenía la otra campaña el veintitrés y que no podía estirarlo.
—Ya lo sé.
—Nando se queda.
—Ya lo hablaremos.
Chus tenía el remolque medio cargado y la lona doblada en el orden que a mí no me gusta, pero era su lona.
—El veintitrés a las seis de la mañana en Andújar —dijo—. Si no estoy, se lo dan a otro.
—Vete cuando tengas que irte.
—Puedo estirar hasta el jueves.
—Vete el jueves, entonces.
—¿Y tú qué haces veintiún días aquí, Román?
—Lo que hace todo el mundo veintiún días en un sitio.
Se rió, porque pensó que era una respuesta.
Martina estaba dentro de la furgoneta con el portátil encima de las rodillas y la impresora en el suelo, haciendo las fichas de la semana.
Tenía tres hechas y la cuarta a medias y estaba cantando.
Canta muy mal. Canta muy mal y canta todo el rato, y hay veces que no puedo con eso y hay veces que es lo único que me sostiene el día, y aquella era de las segundas.
—¿Ya has terminado?
—Me queda la de los animales.
—Pues acaba.
—¿Nos quedamos?
Le dije que nos quedábamos unos días. No le dije cuántos. A los seis años veintiuno y cinco son el mismo número.
Comí de pie, que es como como cuando hay algo pendiente, y le hice a Martina la ficha de los animales, que era la que le quedaba. Había que unir con una raya el bicho con lo que come. Unió el caballo con la hierba, la vaca con la hierba y la oveja con la hierba, y se quedó parada.
—Es que todos comen lo mismo.
—Pon la raya donde te pidan.
—Pero es mentira.
—Pon la raya igual y en la libreta tuya lo apuntas bien.
Eso le pareció justo. Terminó, cerró el portátil y se fue a la libreta suya, que es donde apunta lo que ella cree que es verdad.
Le di de comer a las once y media y luego hice la vuelta larga por la linde, que es la que hago cuando llegamos a un sitio nuevo, mirando las alambradas por la parte de abajo, que es por donde se salen.
Había tres tramos flojos y una cancilla que cerraba mal.
Lo apunté de cabeza en el orden en que lo iba a arreglar, no en el orden en que lo iba viendo.
El rebaño estaba tranquilo. Después de una jornada larga se echan casi todas a la vez, como si alguien diera una orden, y desde arriba del cercado aquello parece agua que se para.
Ministro estaba en el paso de la cancela con la cabeza levantada, y Ministro se pone donde se pone porque sí, y donde se pone hay algo.
Miré adonde miraba él. Era ella, en el escalón de la puerta, con el cuaderno.
Fui a ver el abrevadero, que era lo único que de verdad me preocupaba. El pilón largo se quedaba seco en cuanto se le echaban encima trescientas a la vez y la bomba tardaba lo suyo en reponer. Con cuarenta y ocho horas aquello daba igual. Con veintiún días no.
A las siete y diez se lo dije a ella, que estaba sentada en el escalón de la puerta con un cuaderno en las rodillas y llevaba allí un rato largo, porque tenía las cajas montadas en fila y no le quedaba nada que hacer.
Se lo dije de golpe, que es como hay que decir esas cosas.
—El rebaño no se puede mover.
—¿Perdone?
—Mañana no se va, ni pasado. Lo hablamos ahora si quiere, pero se lo digo ya para que no haga planes.
Se levantó. Se sacudió el pantalón. Y en vez de decirme lo que dice la gente, que es y yo qué culpa tengo, me tendió la mano y dijo que empezáramos por lo que se podía mover.
Nos sentamos en la cocina, con Visi de pie porque Visi no se sienta cuando hay un acta mental que levantar.
Entonces empezó a preguntar.
—¿Quién firma ese plazo?
—La Junta.
—¿Firmado cuándo?
—Hoy.
—¿Los veintiún días cuentan desde hoy o desde que entre la máquina?
Visi abrió la boca y la volvió a cerrar.
—Desde hoy —dijo—. Eso creo.
—Eso no vale. Si cuentan desde que entre la máquina, son veintiuno más lo que tarde la máquina, y eso puede ser una semana. Hay que llamar mañana y que te lo digan por escrito, con el número de expediente.
—Ya, pero es que allí no te cogen el teléfono.
—Lo cogen si llamas a las ocho y cinco.
Nando se rió por la nariz.
Yo no me reí, pero tomé nota. En veinte años de tratar con administraciones yo nunca he sacado una fecha por escrito. Ella lo había pedido en la primera frase.
—Siguiente —dijo—. Si el paso se abre el día veintidós, ¿usted sale el veintidós?
—Salgo el veintidós.
—¿A qué hora?
—Al alba.
—Eso no es una hora.
—Las siete y veinte.
Lo apuntó. Y debajo apuntó otra cosa que no vi.
—Última. ¿Qué necesita usted de esta finca para aguantar veintiún días?
Le dije lo que necesitaba. El cercado, el abrevadero, el agua del pozo y la corriente de la cuadra. Ella no contestó ni que sí ni que no. Escribió las cuatro cosas en una línea, una detrás de otra, y las numeró.
Cuando se fueron, salí a echar el último pienso y a contar. Cuento todas las noches, desde siempre, y cuento el rebaño entero aunque no se pierda ninguna, porque las cuentas sirven justo para eso, para saber cuándo empiezan a perderse.
Ochocientas dos.
En la ventana de la cocina había luz y una sombra de pie que no se sentaba.
Eran las once menos cuarto y yo tenía veintiún días.