Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) 1
3%
Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1)

Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1)

Por Alicia Montalvo

© inepub.com

1

· · ·

El camino de entrada estaba levantado como si lo hubieran arado con las manos.

Metí el coche cuarenta metros y a los cuarenta y uno dejó de haber camino.

Había barro con forma de camino, que no es lo mismo.

Noté el roce de los bajos contra algo que no quise identificar, di marcha atrás, volví a probar por la izquierda y la rueda delantera se hundió lo justo para que el volante me diera un tirón.

Paré. Puse el freno de mano. Respiré por la nariz.

Salí con las botas que me había comprado el jueves pensando en una casa vacía con polvo y telarañas. A la segunda pisada tenía barro por encima del tobillo y un ruido de succión que no se me ha olvidado.

Saqué el móvil para avisar de que llegaba tarde y tenía una raya que iba y venía.

La llamada entró y se cortó a los cuatro segundos, entró otra vez y se cortó a los dos.

Levanté el brazo, como hace todo el mundo y no sirve para nada, y anduve veinte metros hacia la loma hasta que el aparato me dio dos rayas y un mensaje que se envió con una hora de retraso.

Cobertura, apunté. Y al lado puse un interrogante, porque una casa que no tiene cobertura se vende igual pero se vende peor, y porque yo iba a estar trabajando allí trece días.

Volví al coche y lo saqué a la tercera, con las dos esterillas de goma debajo de la rueda de delante y el volante recto.

Ese truco me lo enseñó un montador en una finca de Segovia, en una boda de doscientos, la noche que se nos quedaron dentro dos furgonetas de catering y el novio bailando.

En catorce años he aprendido tres cosas de verdad y esa es una.

Aparqué en la explanada de arriba, en gravilla, mirando hacia la salida. Se aparca mirando hacia la salida.

Trece días. Ese era el plan y los planes sencillos son los que se cumplen.

Dos jornadas de vaciado con las veinte cajas que llevaba en el maletero.

Una de limpieza. Media de fotos con luz de mañana, porque una casa de pueblo con luz de tarde parece un asunto pendiente.

Tasación el jueves. Baeza el lunes. Volver a Madrid el día 31 y no pisar la provincia de Ciudad Real en lo que me quede de vida.

En el buzón de la entrada había una publicidad de una empresa de pellets y nada más.

Lo cerré. Llevaba en el maletero, debajo de las cajas, un cartel de SE VENDE de los de plástico rígido, con el teléfono en vinilo, de los que duran tres inviernos.

Lo había comprado en Madrid el martes. Pensé en ponerlo al llegar y decidí que primero había que ver qué se vendía.

Llegué andando hasta la cancela y desde la cancela se veía todo, y todo era un problema.

El cercado grande estaba lleno de ovejas.

No una docena. No cincuenta. El cercado entero, de la casa a la linde de abajo, una superficie que yo había calculado en cuatro mil metros mirando el catastro en el tren, era una masa gris que se movía despacio y sonaba a cencerro y a lluvia.

Había ovejas debajo de la higuera. Había ovejas subidas al murete del pozo.

Había ovejas donde yo tenía previsto aparcar el coche de la tasadora.

Conté por bloques, que es como cuento un patio de butacas. Se coge una porción que se pueda abarcar con la mano abierta, se cuenta bien esa, y se multiplica por las veces que cabe. Me salió un número que no me creí. Volví a contar cogiendo un bloque más pequeño. Me volvió a salir.

Había un hombre en medio con un saco al hombro.

Estaba de espaldas, repartiendo algo en unos comederos largos, y lo hacía sin mirar los comederos, mirando a las ovejas, que era exactamente al revés de como lo habría hecho yo. A su lado, un perro grande y blanco, quieto, con la cabeza girada hacia mí desde que yo había puesto el pie en el barro.

Una niña pequeña iba detrás del hombre con una libreta.

Y al fondo, junto a la cuadra, había una furgoneta blanca con las puertas abiertas y dos hombres más sacando bidones.

Hice lo que hago cuando llego a un sitio y el sitio no es lo que me habían vendido.

Saqué el móvil y le hice cuatro fotos con hora, que es lo único que me ha salvado a mí en catorce años de discusiones.

Una general, dos de detalle y una del cercado con la casa detrás, para que se vea la relación entre las dos cosas. Luego me acerqué.

—Buenos días.

El hombre del saco terminó la línea del comedero antes de volverse. Tardó lo suyo. Cuando se volvió, no se sorprendió.

—Buenos días.

—Soy Jimena Salcedo. La finca es mía.

—Ya lo sé.

—¿Ya lo sabe?

—Lo del señor Ovidio lo sabe todo el mundo. Lo siento.

Eso me descolocó más que las ovejas. Llevaba cuatro meses recibiendo pésames de gente que no sabía por qué me los daba, y aquel era el primero que sonaba a haber conocido a alguien.

—Gracias. ¿Y usted es?

—Román Ochoa.

—Muy bien, Román. ¿Qué hacen aquí ochocientas ovejas?

—Ochocientas dos.

Lo dijo sin pensarlo. No hizo la pausa que hace la gente cuando redondea hacia arriba para impresionar o hacia abajo para no asustar. Lo dijo como quien dice su propio número de teléfono.

—Ochocientas dos —repetí.

—Paramos aquí todos los otoños. Hay un papel firmado con su tío.

—¿Qué papel?

—Un acuerdo de aprovechamiento. Cuarenta y ocho horas. Se firmaba cada año.

—¿Lo tiene usted?

—Yo tengo el mío en la furgoneta. El suyo estará en la casa. Su tío lo guardaba todo.

Eso era verdad y ya lo sabía yo, porque el abogado me había mandado una foto de la segunda habitación y en la foto no se veía el suelo.

—¿Y cuándo se cumplen esas cuarenta y ocho horas?

—Mañana por la mañana.

—Perfecto. Entonces mañana por la mañana se van.

No dijo nada. Dejó el saco en el suelo, se limpió las manos en el pantalón y miró hacia abajo, hacia el camino que sale de la finca y se pierde detrás de la loma.

Tenía unas manos que no parecían manos de persona sino una herramienta más de las que llevaba encima, y me sorprendí clasificándolas, que es una cosa que hago con el material y no con la gente.

—¿Cuántos son ustedes? —dije.

—Tres. Y la niña.

Señaló hacia la furgoneta con la barbilla.

—Nando y Chus. Van conmigo la ruta.

Nando levantó la mano sin dejar de cargar. Chus ni eso.

—Tengo que bajar a ver una cosa —dijo Román—. Luego hablamos.

—Yo no necesito hablar. Necesito el terreno.

—Ya.

Y se fue. Silbó algo corto, el perro blanco se levantó sin prisa y le fue detrás, y a mitad de camino el perro se paró, se giró y me miró otra vez. No se acercó. Se quedó a diez metros, entre yo y el rebaño, como quien se coloca en un sitio por costumbre.

La niña sí se acercó.

—Hola.

—Hola.

—¿Tú eres la sobrina?

—Soy la sobrina nieta.

Apuntó algo en su libreta. Miré de reojo y no eran letras, o no del todo.

—Yo soy Martina. Esa de ahí se llama Rosario, como la del bar de Munera, y esa de ahí no tiene nombre todavía porque acaba de venir.

—¿Les pones nombre a las ovejas?

—A las que se dejan.

—¿Y a ese perro?

—Ese es Ministro. A ese no le puedes poner nombre porque ya tenía.

Se fue corriendo detrás de su padre. Corría por el barro sin pensárselo, que es la ventaja de tener seis años y unas botas del número veintiocho.

Me quedé sola en el cercado con ochocientas dos ovejas y con una idea muy clara formándose en la nuca, y la idea era que yo aquello no lo controlaba.

Entré en la casa.

La casa estaba peor que en las fotos y mejor que en mi cabeza. Olía a cerrado y a humo viejo. Hice el recorrido en el orden en que lo hago siempre: primero las instalaciones, luego los daños, luego lo que se puede vender y al final lo que hay que tirar.

La corriente daba. Encendí y apagó tres veces y a la cuarta se quedó. El cuadro era nuevo, con diferencial, puesto por alguien que sabía, y eso valía dinero.

El agua daba. Abrí el grifo de la cocina, salió marrón ocho segundos y luego salió agua. Tenía calentador de gas con la bombona a medias y una junta que lloraba despacio en el codo de debajo del fregadero, con un cubo puesto y el cubo a un tercio, o sea que llevaba semanas llorando así.

El tejado no daba. En el pasillo de arriba había un cerco en el techo del tamaño de una mesa camilla y debajo otro cubo, de zinc, que alguien, no hacía mucho, se había molestado en poner.

Lo apunté. Tejado: catorce mil, con suerte doce. Y debajo apunté lo que llevaba apuntado cuatro meses en otro sitio, que era lo que me había costado cancelar una cosa en junio con ciento veinte confirmados y un hotel que no devuelve nada después del día noventa.

Cerré el cuaderno.

La habitación de mi tío tenía la cama hecha. Eso es lo que nadie te cuenta de vaciar la casa de un muerto: que la cama está hecha y que hay unas zapatillas en el sitio exacto donde uno pone los pies al levantarse. Cerré la puerta. Esa la dejé para el día tres, que es como se hace.

La segunda habitación la abrí, vi el volumen real y la volví a cerrar. Papeles hasta la altura del pecho. Dos días, no uno.

La cocina era lo mejor de la casa y no lo había visto en ninguna foto.

Tenía una chimenea baja con una cadena y un gancho, una mesa de madera con un hule de cuadros gastado en el sitio donde se pone el codo, y una alacena con cristales pequeños y treinta tarros de cristal sin etiqueta.

Los abrí uno a uno. Garbanzos, lentejas, garbanzos, algo que ya no era nada, azúcar, azúcar, garbanzos.

Aquello se vendía solo. Una cocina así, con la chimenea limpia y la mesa encerada, vale tres mil euros de foto, y eso lo digo como profesional y no como sobrina.

Subí a la loma a las once y cinco, con el cuaderno, y llamé al abogado desde allí.

Me cogió a la tercera y se oyó cortado, pero sirvió.

Le dije lo del acuerdo con el pastor, que me lo buscara en lo que él tuviera.

Me dijo que Ovidio no le había dado nada de la cañada, que eso mi tío se lo llevaba aparte.

Luego llamé a la tasadora y le moví la cita del jueves al lunes, porque una finca con ochocientas dos ovejas dentro no se tasa, se explica.

Moví la cita y me quedé mirando el pueblo desde arriba, con sus tres chimeneas y sus doce persianas bajadas, y calculé que me acababa de costar cuatro días.

Bajé, abrí el maletero, saqué dos cajas y las monté. Montar una caja de cartón es una de las pocas cosas del mundo que sale bien a la primera si se hace en el orden correcto. Monté seis más. Las dejé en la entrada, en fila, por tamaño.

A las cinco intenté hacer las fotos de la fachada, que era lo único que me quedaba aprovechable del día. Salí, me puse donde había que ponerse, a doce pasos de la esquina para que entrara el alero, y en el encuadre había once ovejas.

Me moví. Había nueve.

Me subí al murete. Había catorce y media higuera.

Guardé el móvil.

A las siete menos cuarto empezó a bajar la luz y el ruido cambió.

No sé explicarlo mejor. Por la mañana el cercado sonaba a cosa lejana y a la caída de la tarde sonaba a habitación de al lado, cencerros y patas y ese sonido de masticar de muchos animales juntos que se te mete detrás de los ojos.

Me puse a trabajar en la cocina con el ordenador y no pude.

Después me senté en el escalón de la puerta a esperar a un hombre que había ido a ver una cosa, y desde allí conté las ovejas otra vez, por bloques, y me salió ochocientas y pico, y pensé que el dato exacto lo tenía él y que eso, en mi oficio, se llama depender de un proveedor único.

Volvió a las siete y diez, cuando ya no había luz para trabajar. No venía solo. Venía Nando con él, y la alcaldesa detrás en un Panda blanco, y ninguno de los tres traía la cara de quien va a decirte que mañana se lo lleva todo.

Se paró delante del escalón.

—El rebaño no se puede mover.

—¿Perdone?

—Mañana no se va, ni pasado. Lo hablamos ahora si quiere, pero se lo digo ya para que no haga planes.

Yo ya los había hecho. Los tenía escritos con horas.

Me levanté, me sacudí el polvo de la parte de atrás del pantalón y le di la mano, que es lo que hago cuando una reunión se tuerce y necesito dos segundos para cambiar de plan.

—Pues empecemos por lo que se puede mover —dije.

Aquella noche apunté las cosas del día siguiente con su hora, como siempre. Vaciado de la habitación grande, nueve. Llamada al abogado, once, desde la loma. Fotos, imposible.

Y debajo de imposible puse las nueve y media, porque a los problemas que no se pueden resolver yo les pongo una hora y así parecen tareas.