Tres semanas de rebaño (Majadavieja 1) Epílogo
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Epílogo

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Llegaron el veinte de octubre a las cinco y diez.

Veinte minutos tarde sobre lo que me había dicho a las dos por teléfono. Para un hombre que lleva veintiséis jornadas andando, eso es una puntualidad que ya me gustaría a mí en un catering.

Los oí antes de verlos. Primero los cencerros de los mansos. Luego el resto.

Salí a abrir la cancela y no hizo falta. Estaba abierta desde por la mañana, sujeta con las dos piedras.

Entraron por el camino de abajo y pasaron por delante de mi puerta ochocientas cuarenta y una ovejas, que son treinta y nueve más que el año pasado porque en enero parieron ciento y pico, los corderos se vendieron en primavera, se quedaron setenta borregas de reposición y se desecharon treinta y una viejas.

No lloré. No me puse en el escalón con las manos en la boca.

Estuve contando el paso con el móvil, porque este año había que saber cuánto tarda ese rebaño en cruzar cuarenta metros de camino para la fiesta del seis.

Dieciocho minutos y once segundos.

Lo apunté.

Martina bajó del Land Rover antes que su padre. Trae el sombrero de paja de mi tío, que ahora le queda por las cejas y no por las orejas, y la caja de membrillo vacía. El huevo se lo llevó a la sierra en junio. Volvió sin él y no me ha explicado por qué.

—Hay siete nuevas con nombre.

—¿Solo siete?

—Es que se me acabó el cuaderno en agosto.

—¿Y el otro?

—El otro no lo he empezado. Ese lo tengo que empezar yo sola.

Y se fue a soltar los perros.

Ministro llegó el último, andando por el centro del camino sin trabajar, porque tiene siete años y desde el invierno pasado hace lo que le parece.

Cruzó el cercado. Subió al porche. Se echó contra la puerta.

Ahí duerme desde noviembre.

Rubio también llegó. Diez años. Ha hecho la subida de junio y esta bajada. Esta es la última y lo decidimos en agosto sin decirlo, mirándolo levantarse por las mañanas.

Del invierno voy a contar lo que se ve.

Se ve un papel en la pared de la cocina que pone INVERNADA. Cuatro filas y una cruz por día.

Se ve que la fila de la paja se empezó a rellenar el dieciséis de diciembre, porque no llovió hasta el tres de enero, y que las cuarenta toneladas apalabradas en noviembre a cuarenta euros se pusieron en enero a sesenta y cinco.

Eso son mil euros que no pagamos porque una veterinaria de veintinueve años le llevó la contraria a un guarda en un mercado.

Se ve que él baja a la dehesa lunes, martes y miércoles. Nando, jueves, viernes y sábado. El domingo bajamos todos y comemos allí con un hornillo.

Se ve que en enero, con la paridera, él no subió en tres semanas. Yo bajé siete veces.

Se ve una habitación de siete metros con una cama de noventa, una mesa y una estantería. En la estantería hay once cuadernos de cuentas de mi tío que Martina ha empezado a mirar por su cuenta.

Y se ve el tejado.

Se hizo en abril y costó trece mil doscientos más doscientos ochenta de una viga que apareció al quitar las tejas, y se pagó con dos bodas de marzo, una feria de Terrinches y nueve mil cuatrocientos euros del anticipo del catering que me devolvió el hotel en febrero, un año y medio después, por una cláusula que encontró mi abogado cuando por fin le pedí que la buscara.

El verano son tres cosas.

La primera. El veintinueve de julio subimos Martina y yo en coche y estuvimos tres semanas en la majada de verano.

Es una casa de piedra de dos habitaciones a mil trescientos metros, con cocina de leña y sin cobertura, y allí yo trabajé por las mañanas en un cuaderno de papel, como en mil novecientos ochenta, y bajaba a Tragacete los martes a mandar correos.

Martina durmió tres semanas sin despertarse.

La segunda son las videollamadas. De junio a octubre hay cobertura en un sitio y a una hora, que es el alto del pinar a las nueve y cuarenta, cuando él sube a mirar el rebaño antes de echarse, y duran cuatro minutos y se cortan siempre en el tres.

Hicimos ochenta y una. Las cuenta el teléfono.

Y la tercera. En agosto, desde una mesa de una casa de piedra sin cobertura, cerré la fiesta de este año con una cifra de verdad por primera vez desde mil novecientos ochenta y ocho.

Doscientas cuarenta personas.

No ciento cincuenta, que fue lo que calculé el año pasado. Ni cuatrocientas, que es lo que dice Visi. Doscientas cuarenta, porque el año pasado entraron doscientas treinta y seis y las contó una niña con una hoja de cuadros.

Con doscientas cuarenta se piden sesenta y dos sillas más. Se asa en tres turnos. Y se paga la mitad de la derrama que se pagó el año pasado.

De lo mío hay que decir los números. Si no, no es verdad.

El año pasado facturé la mitad que el anterior.

Once encargos: tres bodas rurales, dos ferias de ayuntamiento, la fiesta de aquí, una comida de empresa en una bodega, dos presentaciones y dos cosas pequeñas que no merecen nombre.

Puebla del Príncipe me pagó cuatro mil doscientos por lo de mayo y me lo pagó en septiembre, que es como se paga aquí y que hay que saberlo antes de aceptar.

Febrero no existe. En febrero no hay nada y se cobra lo de enero. El año que viene voy a tener el mismo problema.

Y dije que no a cuatro.

Eso es lo nuevo. Los cuatro eran de Madrid y los cuatro pagaban más que cualquiera de los once, y a los cuatro les dije que no y a dos de ellos les recomendé a otra persona.

Hace tres años yo no sabía decir que no. Aquello me costó ochenta y siete mil euros y once días de llamadas.

Ahora bajo a Madrid dos días cada quince y duermo en casa de mi hermana. Tengo tres bodas firmadas para la primavera y ninguna es en un hotel.

Martina está en segundo.

Hizo las dos últimas semanas de junio y las cinco primeras del curso a distancia, con la itinerancia que pide la maestra cada mayo y que ya se tramita sola, y se incorporó el lunes veinticinco con cinco semanas de retraso y con los mismos contenidos, porque el CIDEAD manda el material y Angustias se lo hace leer en voz alta entero.

Incluidas las instrucciones, que es la parte que Martina se salta.

En el colegio hay nueve niños y este año diez, porque en marzo vino una familia a la casa de la esquina de la Fragua, y la maestra viene fija y ya no se habla de eso en el bar.

Cenamos a las nueve, los cuatro, porque Nando sube el día de la llegada.

Y pasó esto.

—Mañana hay que contar —dijo él.

—Mañana no. Mañana descansan.

—Mañana hay que contar porque el jueves bajamos y quiero saber lo que bajo.

—Y yo el jueves tengo a los de la carpa a las diez.

—Pues contamos mañana a las siete.

—A las siete y media.

—A las siete y cuarto.

—Vale.

—Vale.

Martina levantó la cabeza del plato.

—Este año digo yo los números.

Tres segundos de silencio.

—Tú este año empujas por detrás —dijo su padre.

—Yo llevo dos años empujando por detrás.

—Y por eso este año lo haces bien.

—Papá.

—Los números los dice el que sabe contar hasta ochocientas y pico.

—Yo sé contar hasta ochocientas y pico.

—¿Desde cuándo?

—Desde el martes.

Y era verdad, porque llevaba desde el martes contando en voz alta las traviesas de la vía muerta de Castellar en el coche, y yo lo sabía y no había dicho nada.

Su padre me miró.

Yo me encogí de hombros, que es lo que hago ahora en vez de resolver.

—Pues los dices tú —dijo él—, yo canto y ella empuja.

—¿Y si me lío?

—Si te lías, te decimos por dónde ibas.

Recogimos a las diez y media. Nando se fue al bar. Él bajó a mirar el cercado por costumbre, que falta no hacía.

Yo fregué y salí al porche.

Ministro estaba echado contra la puerta con el hocico debajo del escalón.

Al fondo se veía la linterna moviéndose a la altura de la cintura, parándose cada pocos metros.

Conté once paradas.

No dije nada de las once paradas cuando llegó, porque eso es mío, y él se sentó en el escalón a quitarse las botas y tardó lo que tarda, y luego se quedó ahí sentado sin levantarse.

—Mañana a las siete y cuarto.

—A las siete y cuarto.

Entramos y apagamos la luz. Encima de la mesa se quedó el papel nuevo, el de este otoño, con las columnas vacías y con los tres nombres en la cabecera.

Antes de subir abrí el cuaderno por la página de mañana y escribí una línea.

Contar, siete y cuarto.

Y debajo no escribí nada más, porque no hacía falta.