Tres deseos La vida continúa #2
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La vida continúa #2

―Déjame acabar, ricura, que ya queda poco.

―Levantó una mano―. Yo te amo y, a riesgo de que me alejes para siempre de tu vida, vengo a proponerte algo.

―Se enderezó―. Estoy dispuesto a enamorarte.

Poco a poco si es necesario. Con paciencia, que me sobra, y sin trampas, que ya no puedo hacer ni querría contigo. Solo necesito que me dejes intentarlo.

Alexis lo miró un rato largo.

―No hace falta que lo intentes.

―¿Cómo?

―Que llegas tarde, Everard ―le explicó, con lágrimas en los ojos y el corazón reblandecido por la declaración―. Cuando desapareciste del salón, te llevaste mi corazón contigo y ni siquiera me preguntaste si podías.

A él se le descompuso la cara entera.

―¿Qué?

―¿Por qué crees que te liberé antes de tiempo?

―Se le quebró la voz a mitad de la pregunta―.

Mi intención siempre fue usar mi último deseo en ti, pero…

La noche que pasamos juntos me hizo comprender que compartir cuatro meses contigo no era una buena idea.

Cada día me costaba más mantenerme lejos y pensar con objetividad.

Y tuve miedo de que llegara un momento en que ya no fuese capaz de dejarte marchar sin que la lámpara notase que mi deseo no era tan altruista como debería.

Lo habría rechazado y te habrías quedado atrapado para siempre por mi culpa.

Así que lo hice mientras todavía podía fingir que no me había enamorado de ti.

Y lo siento ―continuó―. Sé que te lo solté de golpe y que no te di ni la oportunidad de…

No terminó porque Everard le sujetó la cara con las dos manos y la besó.

Que Alexis le confesase que también lo amaba parecía haber sido el detonante, pero, en cuanto sus labios se tocaron, las razones para que lo hubiera hecho le dieron igual.

Se concentró en sentir todo lo que el hombre le decía sin palabras e intentó hacerle ver que era algo mutuo.

―Tengo que volver ―se quejó, casi sin aliento, con la frente apoyada en la de él―. Se ha acabado mi descanso.

―Voy contigo.

―¿A trabajar? ―Lo miró con diversión―. Ahora no te puedes volver invisible, Everard.

―Me quedaré en la sala de espera. ―Se levantó y le tendió la mano―. Llevo diez días sin verte. No pienso quedarme aquí sentado, esperando a que salgas.

Y así fue como Everard Wolfe entró en el bufete Harlow & Lambert por su propio pie, una segunda vez. Solo que en esa ocasión, se instaló en uno de los sillones de la entrada con un libro que se sacó del bolsillo del abrigo.

No pasó ni un cuarto de hora antes de que Judith se acercase al mostrador con un montón de carpetas en la mano.

―¿Ese señor tiene cita?

―No.

―¿A quién espera?

―A mí.

Judith asintió despacio, con la vista en el sillón.

―Muy bien ―dijo, tan eficaz como siempre, y se volvió a su mesa sin una sola pregunta más.

El resto del día resultó relajado. Alexis cogió el teléfono, pasó algunas llamadas y apuntó varias visitas.

Entre una cosa y otra levantaba la vista hacia la entrada para encontrárselo allí, con el libro abierto en el regazo, pero sin haber pasado una sola página en toda la tarde.

Y cada vez que ella miraba, él ya la estaba observando.

A la cuarta o quinta vez, Alexis se rindió y le sonrió desde el mostrador. Él levantó el libro y fingió leer con una concentración exagerada, que era su forma de reconocer que lo habían pillado.

Ace pasó por delante camino de su despacho y saludó a Everard con un movimiento de cabeza incómodo, seguro de conocerlo, pero sin saber de qué. Everard le devolvió el gesto con toda la cordialidad del mundo. Alexis se mordió el interior de la mejilla para no sonreír con el intercambio.

A la hora de cerrar, Alexis apagó el ordenador y cogió el abrigo a toda prisa. Luego, salieron juntos a la calle y él la llevó hasta un coche gris aparcado en la esquina y le abrió la puerta del copiloto.

Alexis se quedó plantada en la acera.

―¿Esto es tuyo?

―Sube, que llueve.

―Es que yo llevo varias semanas sin coche ―protestó, sin moverse―. El mío sigue en el taller. Ya ni pregunto. ¿Y tú tienes un coche nuevo propio?

―Y que funciona de maravilla.

―¿Y sabes conducir?

―Yo sé pedir bien los deseos ―le contestó, muy digno―. No como otras, que tienen más bien poca experiencia y acaban regalándolos.

―Serás…

Se subió. Él arrancó, puso el intermitente y se incorporó al tráfico con una soltura que a ella le pareció ofensiva.

―A ver ―dijo Alexis―. Explícamelo.

―Cuando la lámpara me ofreció el deseo, no me apresuré.

Llevo siglos viendo cómo la gente los pide sin pensarlo bien y pierden oportunidades interesantes.

Si solo me iba a conceder uno, tenía que ser más listo que la lámpara.

Desear ser psicólogo, en realidad, no me convertiría en uno ―señaló―, así que le dije que necesitaría ciertos conocimientos y, por supuesto, el título.

―Por supuesto ―ironizó ella.

―Además, un profesional sin un sitio donde ejercer, tampoco sería la gran cosa, de modo que hacía falta una consulta. Y, desde luego, requería de un medio de transporte propio, y todo lo que eso conlleva.

―Ajá.

―Y por último, pero no menos importante, mientras el negocio arrancaba, habría que comer, pagar alquiler y todas esas cosas, así que necesitaba cierta cantidad de dinero de partida.

―Pero todo eso supone más de un deseo.

―En realidad, si sabes cómo pedirlo, va todo enlazado en uno. Sin dinero, sin estudios, sin coche, no podría ejercer como psicólogo, así que la lámpara debía proporcionármelo todo para cumplir mi deseo.

―¿Y te lo concedió?

―Claro. ―Everard cambió de marcha―. Creo que después de tantos siglos de servidumbre mi petición le pareció justa. O igual solo quería que me callase de una vez.

―Yo apuesto por lo segundo.

―Yo también.

Lo único que la lámpara no le dio fue el sitio: colocó la consulta donde ella quiso. Y eso resultó ser a cuatro horas largas de la ciudad donde residía Alexis.

―Por eso he tardado. ―Adelantó a un autobús―. Tenía que vender el despacho y encontrar otro por aquí. Firmé el viernes. El sábado por la mañana temprano fui a verte, pero no parecía haber nadie en tu piso.

―¿Estuviste en mi casa? Bueno, este fin de semana, Mae y Nat me llevaron de viaje a la costa.

―Esas son las amigas de verdad. ―Le sonrió―. Yo habría venido a verte nada más convertirme en un humano normal y corriente, pero ya no me funciona eso de chasquear los dedos.

―Es lo que tiene ser un humano normal y corriente.

―Sí, todo un fastidio ―bromeó―. De haber sabido lo difícil que lo tenéis los humanos para conseguir las cosas, te habría insistido en que usaras el deseo para ti.

Alexis se echó a reír y no paró en un buen rato, porque Everard se dedicó a protestar sobre la burocracia y el papeleo que había tenido que rellenar.

Lo exageraba todo, claro, y la miraba de reojo de vez en cuando, con esa media sonrisa que ella tanto había echado de menos, antes de continuar hablando.

En un semáforo, Alexis sacó el móvil y abrió el grupo.

Se quedó con el dedo encima de la pantalla un momento y volvió a guardarlo en el bolso.

Mae y Nat merecían conocer la noticia, pero sabía que tendría que responder a muchas preguntas después, así que decidió guardar silencio.

Ya se lo contaría al día siguiente. Esa tarde quería a Everard para sí misma.

―¿Y bien? ―preguntó él cuando ya estaban en el piso. Habían pedido comida para llevar y la estaban esperando―. ¿Qué pasó con Ace y Robyn?

―Después de que te fuiste, llamé a Mae para contárselo.

Apareció con Nat, cómo no, así que se lo expliqué a las dos.

Mae me confesó que había puesto un programa espía en mi ordenador después de que perdiera la agenda de aquella forma tan misteriosa y, gracias a las grabaciones, supimos que había sido Robyn quien lo había hecho.

Volví al bufete y les mostré las pruebas.

A ella la despidieron, Ace recuperó sus expedientes y yo ya no me encargo de la agenda del señor Harlow. Todo salió bien.

Everard escuchó sin interrumpir ni una sola vez, cosa que no había hecho en su vida.

―Sabía que podrías ―dijo al final, con un orgullo tan descarado que a ella se le subió el color a las mejillas.

―¡Pero si tú me suplicabas que gastara el deseo en eso! ―protestó entre risas―. «Pídeme que los archivos aparezcan donde tienen que estar». Me lo dijiste dos veces.

―Porque sabía que no lo harías.

―Mentiroso.

―Un poco. ―Se acercó más a ella y dejó un beso corto en sus labios―. Pero solo un poco. Después de lo mal que lo pasaste al malgastar el primer deseo, tuve claro que los otros dos no los ibas a usar en ti. Lo que no me imaginé nunca fue que me los regalarías a mí.

Alexis le acarició la mejilla.

―Te los merecías más que yo, Everard. Llevabas siglos ayudando a los demás a encontrar su lugar en el mundo. Ya tocaba que encontrases el tuyo.

Él no contestó enseguida. Se limitó a observarla con un amor infinito que le iluminaba la mirada.

―Mi lugar está contigo, Alexis.

―Y el mío contigo, Everard.

Se inclinó sobre él y lo besó para sellar una promesa de futuro que ninguno de los dos había pronunciado, pero que ambos querían cumplir.