Tres deseos La vida continúa
96%

La vida continúa

Los lunes nunca habían sido buenos. Lo nuevo era que a Alexis ya le daba igual, porque los martes tampoco lo eran, ni los miércoles, ni ninguno de los días que venían detrás.

Se levantaba, iba al bufete, hacía su trabajo con la misma eficacia de siempre y volvía a casa.

Por fuera funcionaba. Por dentro, llevaba diez días en punto muerto.

Los fines de semana eran otra cosa, y no por mérito suyo.

Sus amigas se habían repartido el calendario sin decírselo, aunque ella se había dado cuenta enseguida.

El domingo después de aquella cena con Max se le presentaron a media tarde con palomitas para parar un tren y la firme intención de ver películas hasta que les doliera el trasero.

Alexis puso las mantas, el sofá y la tele.

Al final, solo vieron dos películas. En la tercera, Nat se durmió con la boca abierta y Mae le hizo una foto. «Por si un día la necesito como arma contra ella», le dijo a Alexis, que sonrió.

El sábado siguiente fue peor, o mejor, según se mirase.

Aparecieron a primera hora con el coche de Mae cargado y le anunciaron un viaje exprés a la costa que no admitía discusión.

Dos días de carreteras estrechas en busca de playas solitarias y acantilados que quitaban el aliento de lo impresionantes que eran.

Y, por la noche, una carrera contrarreloj para encontrar un lugar decente donde dormir.

«Es lo que tiene la improvisación», se excusó Nat cuando acabaron en un hotel pequeño, con las paredes muy finas y una pareja muy fogosa en la habitación de al lado.

Al menos, las risas estaban garantizadas.

Ya de madrugada, Alexis se levantó sin hacer ruido y se sentó en el balcón, mientras las otras dos aún dormían, para mirar el agua negra y pensar en el hombre que llevaba siglos apuntando sitios como aquel en una libreta.

En el bufete, al menos, las cosas se habían asentado. Alexis ya no tenía que ocuparse más de la agenda del señor Harlow, lo que le bajó los niveles de estrés al mínimo. Ahora volvía a disfrutar de su puesto como cuando la habían contratado, dos años atrás.

La nueva secretaria de su jefe, una mujer de unos cuarenta años llamada Judith Anderson, había llegado a mediados de la semana anterior y se había ocupado de manera rápida y eficaz de todas las labores que le correspondían, entre ellas el calendario laboral del abogado.

Era rápida, sí, pero también agradable. Aunque se tomaba en serio su trabajo, siempre tenía una sonrisa y buenas palabras para todos.

Además, no se había equivocado ni una sola vez con su nombre.

Lo más curioso del asunto es que la había contratado el señor Lambert.

Eso se lo había dicho ella en una ocasión.

Harlow había ido descartando candidatas durante una semana con excusas poco profesionales, hasta que su socio se hartó de su indecisión, revisó los currículos que había apartado y llamó él mismo a la que le pareció más apta.

―Me dijo que yo era perfecta para el puesto ―le contó Judith, sin darle mayor importancia―. Y que si el señor Harlow no estaba conforme, que fuese a protestarle a él. Me da que a este le impresionan más dos tetas ―le susurró― que dos décadas de experiencia.

Y Alexis comprendió así la verdadera razón por la que su jefe nunca tenía suerte con las secretarias: buscaba motivos para contratarlas que no tenían nada que ver con el trabajo para el que postulaban.

En el descanso salió al parque. El banco de siempre estaba libre, como todos los días.

Se sentó con el táper en las rodillas y comió sin prestar mucha atención a nada.

Aquel era su lugar predilecto desde hacía tiempo, un remanso de paz en el caos de su vida, pero ahora también suponía un recordatorio de unas risas y unas bromas que no volverían.

La tranquilidad que había encontrado antes le resultaba esquiva esos días.

Se había propuesto cambiar de banco, pero sentía que la llamaba.

Estaba a mitad de la comida cuando lo oyó.

―Deberían ponerle tu nombre a este banco, ricura.

Alexis dejó de masticar.

―Sabía que te encontraría aquí, incluso antes de llegar.

No se movió. No se giró. Se quedó con el tenedor a medio camino y los ojos clavados en la fuente.

Lo primero que pensó, con una claridad absurda, fue que se había vuelto loca.

Había creído escucharlo por la casa, en el bufete e, incluso, cuando estuvo con sus amigas en aquel hotelucho de mala muerte, al que él nunca había ido.

Su cabeza le jugaba malas pasadas y no quería seguir teniendo esperanzas, para llevarse luego el golpe de la realidad.

Así que lo mejor que podía hacer era ignorarlo.

Pasaron unos segundos.

―¿Alexis?

Oyó pasos sobre la gravilla. Alguien rodeó el banco despacio y se colocó delante de ella.

Era él.

Llevaba un abrigo oscuro que no le había visto nunca y el pelo algo más corto. Tenía las manos metidas en los bolsillos y la miraba con una expresión que le costó reconocer en él, porque era la primera vez que veía a Everard Wolfe con cara de no saber qué hacer.

―Estás llorando ―dijo él―. ¿Por qué estás…?

No llegó a terminar. Alexis dejó el táper en el banco, se puso en pie y se le echó encima con tanto ímpetu que él tuvo que dar un paso atrás para sostenerlos a los dos.

―¡Has vuelto!

Le rodeó el cuello con los brazos y apretó. Notó las manos de él en su espalda, primero con cuidado y después con fuerza, y notó también que era un cuerpo entero, sólido. Un hombre normal y real.

Se quedaron así un buen rato. Cuando por fin lo soltó, tuvo que limpiarse la cara con las dos manos.

―Perdona. Estoy hecha un desastre.

―Estás preciosa. ―Le apartó un mechón de la frente―. Pero mucho más delgada de lo que me gustaría.

―Eso me dice todo el mundo.

―Pues hazles caso.

Alexis se sentó porque las piernas no le aguantaban. Él lo hizo a su lado.

―No lo entiendo ―dijo ella al fin―. Everard, yo te liberé. La lámpara desapareció, tú desapareciste. Se acabó.

―Cierto ―confirmó él―. Pero después pasó algo que no venía en el cuaderno que leíste.

―¿Qué?

―Ni siquiera yo lo sabía. ―Se pasó una mano por la nuca.

Le explicó lo que ocurrió después de la luz blanca. El momento en el que no estaba en ningún sitio y en todas partes al mismo tiempo. No supo describírselo mejor. Y ahí, fue cuando la lámpara, antes de apagarse del todo, le concedió un deseo.

―¿Un deseo? ¿En serio?

―Uno solo. ―Levantó un dedo―. Con normas, por supuesto. Podía elegir cualquier época en la que ya hubiera estado y cualquier oficio que quisiera ejercer allí para empezar mi vida como un simple mortal. Nada más.

―Y elegiste esta época.

―Estoy aquí, ¿no?

―Bueno, tiene sentido. ―Se limpió la cara otra vez, ya más relajada―. Es mucho más fácil que las otras en las que estuviste. Hay sanidad, transporte público, oportunidades para cualquiera que se lo trabaje. Puedes viajar a cualquier parte del mundo, puedes…

―Alexis.

―… estudiar una carrera aunque no seas noble, puedes…

―Alexis. ―Se giró entero hacia ella―. Elegí esta época porque estabas tú.

Ella se calló.

―Lo que dices es cierto, pero no pensé en ello cuando elegí. ―Everard le sostuvo la mirada―. He visto épocas mejores y peores que esta. Ninguna me interesaba, porque en ninguna estabas tú. No hay más misterio.

A Alexis le empezó a temblar la barbilla otra vez y no hizo nada por evitarlo.

―Everard…

―Déjame terminar, que lo llevo ensayando desde el jueves y se me va a olvidar.

―Respiró hondo―. Te agradezco lo que hiciste.

Me diste algo que nadie me había dado nunca y no se me olvidará mientras viva, que ahora es un tiempo finito, y mucho más valioso por ello.

Pero quiero que sepas que yo habría renunciado a la libertad por quedarme unos meses más contigo. Sin pensarlo.

―Lo sé.

―Eres una persona increíble, Alexis ―continuó él―.

Altruista y generosa. Como cuando ayudaste a aquella anciana de manos temblorosas a tener su charla con el cretino aquel que no quería atenderla.

O cuando me ofreciste la habitación de invitados, aun cuando sabías que yo no necesitaba dormir.

―Negó con la cabeza―. Llevo siglos viendo a gente pedir cosas para sí misma.

Y de repente apareces tú, que solo piensas en los demás.

Que deberías ser un poco más egoísta de vez en cuando, ricura.

Por tu salud mental. Es un consejo profesional.

―¿Que ahora eres psicólogo? ―Alexis intentó restarle seriedad a la confesión.

―Lo soy.

―¿En serio?

―Bueno, ¿recuerdas el día que te dije que aparecería alguien en tu vida que te haría entender por qué ninguna de tus relaciones había funcionado?

―Yo te dije que esa persona se llamaba psicólogo. ―¡Cómo olvidarlo!

―Pues eso. ―Sonrió.

Alexis se lo quedó mirando. Tardó un par de segundos en asimilarlo, pero, cuando lo hizo, tuvo que taparse la boca con la mano, porque no supo si le salía una risa o un sollozo. O ambos a la vez.

―Everard.

―La verdad es que llevo siglos escuchando a personas contarme lo que las hace desdichadas.

Tengo experiencia ―dijo, como si aquella conversación fuera parte de una entrevista de trabajo―.

Claro que, cuando era un genio, podía saber lo que les pasaba antes de que lo dijeran, pero resulta que se me sigue dando bien sin magia. Y encima, me pagan por ello.

Alexis se rio con la nariz taponada. Everard regresó a la seriedad.

―Alexis, yo… ―Parecía buscar las palabras adecuadas―. La noche que pasamos juntos me confirmó algo que yo ya empezaba a sospechar. ―La miró a los ojos―. No solo he elegido esta época porque me parezcas la mujer más auténtica que he conocido, sino porque me he enamorado de ti.

―¿Qué?

―Sé que una noche no me da ningún derecho ―añadió, antes de que ella le pudiese dar una réplica―. Sobre todo, porque fue la razón por la que decidiste liberarme antes del tiempo que habíamos pactado, cosa que, la verdad, no me tranquiliza demasiado…

―No fue por eso ―lo interrumpió.